Capítulo 1 de 1
El doctor Lisandro llega al pueblo de Tuca para investigar sobre una misteriosa enfermedad
El doctor Lisandro bajó del tren en el que había viajado por largos días para dirigirse a su destino final: Tuca, un pueblo alejado de la civilización en donde había comenzado a manifestarse una extraña enfermedad altamente contagiosa, que estaba diezmando a los habitantes de la localidad.
Por tal motivo había sido enviado hasta allí por los reyes de la Corona de Alejandría. Su misión era contener esa enfermedad para evitar que se siguiera propagando por otros pueblos y regiones. Ya anteriormente varios doctores habían sido enviados a Tuca con el mismo objetivo, pero ninguno de ellos había regresado, no se había recibido jamás ninguna noticia de ellos. también ese era un misterio que el doctor Lisandro debía resolver.
Era un joven apuesto de unos escasos 25 años, tez clara, ojos color miel profundo, ceja tupida, alto y de cuerpo atlético, con gran porte y atractivo varonil. Su cabellera corta color negro azabache y su barba complemente rasurada. Vestía un traje negro fino de la época con una gabardina larga color gris oxford y zapatos tono miel oscuro de vestir, perfectamente lustrados. Cargaba sus aparatos de doctor en un maletín sostenidos en una mano y su maleta con objetos personales en la otra.
Allí en la parada del tren lo esperaban un anciano y un jovencito de unos escasos 12 años, junto a una carreta tirada por dos caballos.
—Buenos y santos días tenga usted sr. Doctor. Bienvenido a Tuca —saludó el anciano, quien era el cochero a cargo de la carreta.
—¿Aquí es Tuca? —preguntó intrigado el doctor Lisandro al ver que en ese sitio no había rastro de ningún tipo de civilización, se encontraba en medio de un paisaje desolador.
—No, doctor. Tuca está detrás de aquellas montañas —dijo esto el cochero mientras señalaba con su mano el horizonte tupido de montañas verdes y frondosas—. Mi aprendiz y yo lo llevaremos en esta carreta hasta allí.
—Ah, ya entiendo —dijo Lisandro suspirando aliviado—. Disculpe mi falta de cortesía por no saludarlo. Buenos días, me presento: soy el doctor Lisandro y fui enviado por los reyes de la Corona de Alejandría para ayudarles a resolver el problema de la enfermedad que aqueja a su pueblo.
—Yo me llamo Juan, pá servirle a usted, a Dios y a todos los espíritus y a todos los santos —saludó cordialmente el anciano mientras se quitaba el sombrero de campo y lo sujetaba sobre su pecho, haciendo una leve inclinación de su cabeza y su torso ante el doctor a manera de reverencia.
—Yo me llamo Luis, pa´ servirle a usted, a Dios y a todos los espíritus y a todos los santos y a mi instructor de cochero, el señor don Juan —dijo enseguida el jovencito, al mismo momento que hacía una reverencia corporal ante el doctor, parecida a la que había hecho su amo hace un instante.
—Gracias, ustedes dos son muy amables. De igual manera he venido hasta aquí a servirlos a ustedes y a todos los habitantes de su pueblo —respondió el doctor haciendo la misma reverencia que el anciano y el jovencito, pero con su sombrero citadino.
El sombrero del doctor era uno de esos contemporáneos en la gran metrópolis de Alejandría en siglo XII, época en la que se encuentra ambientada esta historia.
Después de las presentaciones los tres se subieron a la carreta y se dirigieron rumbo a su destino, el poblado escondido de la civilización de Tuca. El camino parecía eterno, tardaron varios horas de trayecto y Tuca no se veía por ningún lado. Tampoco habían visto ningún otro poblado por el sendero. Parecía que eran las únicas tres almas existían allí.
—Disculpe, señor Juan, no quiero parecer impertinente o impaciente. Pero ha pasado mucho tiempo desde que venimos andando después de la parada del tren y todavía no hemos llegado a ninguna parte. Usted me dijo que Tuca estaba detrás de unas montañas, pero ya hemos pasado varias montañas y nada más no veo nada.
—No desespere mi estimado doctor Lisandro, cuando menos lo piense habrá encontrado lo que ha venido a buscar en estos lugares.
Después de que el señor don Juan terminó de decir esto, el jovencito volteó a mirar al doctor y le guiñó el ojo con afán de inspirarle confianza y tranquilidad. Pero mientras el doctor estaba distraído mirando al chico, no tuvo tiempo de ver lo que pasaba a su alrededor. De pronto lo único que escuchó fue un estruendoso relincho de los caballos y una sacudida de la carreta donde viajaban. Después el crujido de la madera golpeando el suelo y las rocas mientras caía al precipicio de un barranco con ellos tres encima de ella y arrastrando a los caballos que estaban sujetos a ella.
—Doctor, doctor Lisandro —llamaba Luis insistente al doctor intentando que recuperara la conciencia después de que Lisandro había perdido el conocimiento al caer al barranco y golpearse la cabeza con una roca.
Cuando por fin el jovencito pudo lograr que el doctor recupera el conocimiento le sonrió cálidamente y como si no hubiera pasado gran cosa. Por un instante Lisandro se sintió un poco desorientado sin decir absolutamente nada, solo miraba de un lado a otro sin entender dónde estaba.
—¿Qué pasó? —preguntó el doctor al jovencito que permanecía de pie junto a él.
—Una culebra mordió a los caballos y caímos junto con la carreta y los caballos al barranco —respondió el chico.
—¿Dónde está tu amo, el cochero?
—Ya se fue.
—¿Cómo que ya se fue?
—Sí, se levantó y se fue.
—Y, ¿los caballos?, ¿la carreta?
—Don Juan se los llevó con él.
—¿Cómo que se los llevó? Ni los caballos ni la carreta pudieron estar en buenas condiciones como para que se los llevara.
—Sí todo está bien, ya se fue.
—Y, ¿tú?
—¿Yo qué?
—¿Por qué sigues aquí?
—Porque estaba esperando que usted despertara para llevarlo a Tuca.
—A pie tardaremos demasiado.
—No, ya Tuca está cerca. ¿Escucha esa música de flauta?
—No, no escucho nada.
—Sí, ponga atención, la escuchará clarito.
En eso Lisandro y puso más cuidado y, en efecto, no muy lejos de allí se oía una música melodiosa de flauta.
—Tienes razón, la escucho.
—Lo ve ya estamos cerca, Tuca ya está aquí tras lomita. Deme su mano le ayudaré a levantarse y lo apoyaré en mis hombros para que juntos subamos barranca arriba.
El doctor hizo lo que el joven le indicaba y juntos subieron la pendiente. Una vez allá arriba al borde del camino pudieron ver la ciudad de Tuca frente a sus ojos. El doctor Lisandro no daba crédito a lo que estaba visualizando.
—¿Cómo es posible que Tuca esté ya aquí? Antes de caer al barranco yo no recuerdo haber visto nada.
—A veces nuestros ojos solo ven lo que quieren ver, señor doctor. Venga conmigo, lo llevaré a su casa.
—¿Mi casa?
—Sí, los lugareños le acondicionaron una casa a usted antes de su llegada, para que pudiera sentirse más cómodo.
El doctor, todavía un poco débil y desorientado, caminaba apoyado del hombro del joven.
—¿Cómo es posible que tú no tengas ningún rasguño de la caída y estés tan quitado de la pena?
—Soy fuerte señor.
—¿Quién es ella? —preguntó Lisandro al ver a lo lejos en medio del bosque a una jovencita sentada debajo de un árbol tocando una flauta.
—No la mire, señor, es el alma en pena de una bruja. Si ella lo ve a usted a los ojos quedará maldito por siempre. Cierre sus ojos rápido y encomiéndese a Dios y a todos los espíritus y a todos los santos.
Esta historia continuará...