Portada de El lamecazuelas

El lamecazuelas

S

Sergio

En casa de mi abuela nadie necesitaba invitación para comer. Bastaba con llegar cerca de las 2 de la tarde.

—¿Ya comiste? —preguntaba ella.

Era una pregunta tramposa, uno podía responder que no, que acababas de comer, que estabas empachado, que realmente no te apetecía su comida o inclusive que tu religión no te permitía comer en ciertos horarios... daba igual.

—Pues siéntante. Ya con el plato servido.

Y mas valía que te lo comieras. Con mi abuela no había paciencia para un estómago flácido.

Así empezó a comer con nosotros el novio de mi prima.

Al principio llegaba los domingos. Después se comenzó a aparecer también los sábados. De vez en cuando, entre semana. No sé sí tenía una gran coordinación con mi abuela, o si mi prima le avisaba cada vez que la comida estaba servida. Ni siquiera estoy seguro de donde venía.

Solo tenía certeza de algo: jamás lo vi aparecer cuando se estaban lavando los platos (o las cazuelas).

Mi abuela siempre lo recibía encantada.

—¡Muchacho! Siéntante que hay bastante.

Y vaya que puedo jurar que siempre había muchísima comida.

El joven, quizá no era el más distinguido de los muchachos, pero sí era incapaz de rechazar a aquella anciana armada con su cucharazón endemoniado; No le quedaba de otra, se sentaba y arrasaba con los platos.

A mi papá aquello no le hacía ninguna gracia.

—¡Ya llego el lamecazuelas!.

No se necesitaba nada mas, mi padre tenía esa forma de decir algunas cosas que hacía cambiar por completo tu ánimo para toda la tarde.

El muchacho tenía nombre, eso estaba claro, pero durante aquellos meses pareció perderlo.

Para mi papá era el lamecazuelas.

Y aunque vergonzoso, para mi terminó siéndolo también.

—Ten, aquí tienes más tortillas.

—Muchas gracias Señora.

Mi papá levantaba la mirada desde su plato, apretaba la mandíbula, respiraba agitadamente por su nariz y cambiaba el tono de su piel.

Para uno ya experimentado, solo quedaba observar lo que estaba a punto de suceder.

Pero el lamecazuelas, sin saberlo, estaba siendo participe de una batalla.

Aquí viene lo mas absurdo del asunto: mi papá estaba molesto si el muchacho comía, pero mi abuela se molestaba si el muchacho no comía. Ambos, con una actitud impredecible.


Fue una fatídica tarde que chocaron ambas fuerzas. El muchacho como de costumbre, estaba terminando su plato.

—Te serví más frijoles

—Muchas gracias señora. Hoy si que he comido mucho.

Mi papá, intervino:

—¿Por que no te quedas también a lamer la cazuela?

Mi abuela se quedó quieta. Miró a mi padre.

El muchacho miró primero a mi abuela, luego a mi padre y finalmente al plato.

Hubo silencio.

Mi prima bajó la cabeza. Yo hice lo mismo.

No se bien como describir las emociones en el comedor de esa ingrata situación, una mezcla entre miedo, vergüenza y hasta un humor absurdo por lo disparatado de aquel escenario.

Creo que por primera vez el lamecazuelas comprendió que aquellas comidas no eran gratis, había un precio, y acababan de cobrárselo.

El muchacho tomó la cuchara y siguió comiendo.

Mi padre dejó su la suya sobre el plato.

—Déjalo comer. - dijo mi abuela

— Para eso sí es puntual el cabrón, hasta llega corriendo para tragar. - dijo mi padre

—¡Tú come! —dijo mi abuela.

Y le sirvió otra cucharada.

No sé si lo hizo porque pensó que todavía tenía hambre o solamente para llevarle la contraria a mi padre.


Mi papá soltó una risa.


—Échale más. Total, uno trabaja para algo.

Un de las especialidades de ese hombre era que podía soltar una barbaridad en medio de la mesa y después continuar con su tortilla como si los demás fuéramos los que habíamos vuelto incómoda la comida.


Mi prima no decía mucho, visiblemente estaba incómoda e impotente, por que en esa casa había ciertas reglas tácitas, por ejemplo, ser mujer ahí era algo parecido a ser una cucaracha: convenía hacerse pequeña, moverse con cuidado y, cuando comenzaban los gritos, encontrar rápido dónde esconderse.

Bueno... casi todas las mujeres, mi abuela lloraba, siempre terminaba llorando.

Pero antes de llegar a las lágrimas había que recorrer un camino larguísimo.

Y aquella tarde lo recorrieron completo.

No recuerdo cómo pasaron del lamecazuelas a los hermanos de mi padre.

Pero llegaron.

Después apareció el dinero, luego un favor de mi abuela, una Navidad aparentemente arruinada, una deuda, una mentira, nombres de personas que yo ni siquiera conocía, personas que ya no vivían, pero que mi familia decidía resucitarlos para ganar una discusión sobre unos frijoles.

El lamecazuelas ya ni comía.

Creo que para entonces también el había comprendido que los frijoles tampoco tenían nada que ver.

Mi prima le hizo una seña

Él se levantó.

— Muchas gracias por la comida, señora.

Mi abuela estaba llorando.

Mi padre soltó algo con fuerza sobre la mesa.

Mi prima tomo al muchacho del brazo y salieron.

Nunca llegaron a los golpes.

Ni siquiera estuvieron cerca que yo recuerde, afortunadamente en esta ocasión no hicieron falta.


Después de aquello el lamecazuelas volvió algunas veces.

Menos.

Mucho menos.

Mi abuela seguía recibiéndolo igual.

Mi padre continuó con los comentarios. Es como si estuviera en su ADN y no pudiera contenerse.

A veces bastaba con el que el muchacho cruzara la puerta.


—¿Ya abrió el comedor comunitario?

Y otras veces ni siquiera necesitaba que estuviera presente

—¿No vino tu muerto de hambre?

Con el tiempo dejó de venir los sábados.

Luego falto también los domingos.


Hasta que mi prima y el dejaron de ser novios.

No sé por qué.

Podría decir que el muchacho se cansó de mi padre.

Que una tarde de retro-inspección decidió que ningún plato de frijoles valía semejante humillación.

Sería un buen final.

Pero no sé si ocurrió.

Seguramente terminaron por algo completamente distinto.

Lo único cierto es que un día el muchacho dejó de venir.

Con los años olvidé su nombre.

Recuerdo perfectamente su cara, su lugar preferido en la mes y su afabilidad con mi abuela; recuerdo a mi abuela con su cucharazón, pero, con el tiempo, el apodo se comió su nombre. Para mí también terminó siendo el lamecazuelas. Y eso es injusto, por que después de tantos años, hay una cosa que puedo jurar;

Jamás lo vi lamer una cazuela.

Fecha de publicación: 4 de octubre de 2026