Capítulo 20 de 25

El hospital vacío

—Cierre las puertas, padre. Esta vez no sale nadie.

Bernardo levantó las llaves. Rebeca no esperó a descubrir si aquel hombre muerto podía tocar una cerradura. Empujó la puerta del patio y la sostuvo con el cuerpo.

—¡Sigan!

La enfermera avanzó con la camilla. El familiar caminaba a su lado, llorando y repitiendo el nombre de la paciente. Mariana miró a Mercedes. La mujer permanecía entre Bernardo y la salida. Su uniforme despedía un olor a tela quemada.

—No le entreguen a nadie —dijo.

Bernardo dio un paso. Mercedes lo miró por primera vez.

—A mí no me preguntaste.

La campanilla sonó por los altavoces. Irene salió del corredor con el segundo paciente y dos trabajadores. Néstor llamó al equipo que aguardaba fuera. La puerta empezó a cerrarse contra Rebeca.

No era un movimiento brusco. Parecía una presión paciente, cada vez mayor. Mariana se colocó junto a ella.

Después llegó Olivia.

Entre las tres mantuvieron el paso abierto mientras salían los últimos ocupantes. Bernardo se detuvo frente a Mercedes. Sus labios se movieron.

No alcanzaron a escuchar qué decía. Cuando Mariana cruzó al patio, la puerta se cerró a sus espaldas con tanta fuerza que el marco vibró. Durante un instante, a través del cristal, vio el corredor antiguo.

Camillas.

Uniformes blancos.

Personas inmóviles junto a las paredes. Después aparecieron otra vez el puesto de enfermería, las luces modernas y una silla vacía. Olivia contó a los trabajadores.

Irene verificó a los pacientes. Todos los que figuraban en el registro actual estaban fuera. Rebeca se sentó en el suelo.

Tenía sangre en la palma.

—No vuelvo a abrir una puerta por él —dijo.

•  •  •

Los vehículos salieron acompañados. Ningún traslado quedó sin confirmar. Los centros receptores avisaron cuando los pacientes llegaron y asumieron su atención. Santa Dalia quedó cerrado.

Se restringió el acceso y se entregaron los registros a las autoridades correspondientes. Las inspecciones continuarían con personal autorizado y condiciones de seguridad. Arce permaneció junto a la entrada hasta que retiraron el último vehículo. El hospital que había dirigido se veía intacto.

Desde la carretera podían distinguirse el jardín, las ventanas limpias y la fachada que aparecía en los folletos.

No había humo.

No había grietas.

Nada anunciaba que, unos minutos antes, una mujer muerta había ayudado a impedir que un sacerdote muerto encerrara a los vivos.

—Mi padre creyó que reconstruirlo iba a reparar algo —dijo.

Mariana no contestó.

Arce miró las ventanas.

—Yo también.

•  •  •

Esa noche Rebeca no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos sentía la puerta contra el hombro. Se levantaba, comprobaba la entrada y recorría el departamento de Mariana. Al amanecer tenía náuseas y las manos temblorosas.

Cuando Julián acercó un vaso, ella lo apartó.

—No puedo tragar.

Mariana se sentó frente a ella.

—Vamos a pedir ayuda.

—Ya sé lo que van a escribir.

—Vamos a contar lo que pasó y cómo estás ahora.

Rebeca miró su mano vendada.

—Si digo que vi a Bernardo, van a pensar que todo lo demás tampoco ocurrió.

Julián habló desde la puerta.

—Yo también tuve miedo de eso.

No intentó convencerla con un discurso. Se quedó mientras ella decidía. Rebeca aceptó acudir a un hospital independiente.

Teresa fue a acompañarla. Antes de salir, madre e hija se abrazaron sin hablar de Amalia.

•  •  •

La evaluación no empezó con una discusión sobre fantasmas. Empezó por el sueño, la alimentación, el dolor, los medicamentos, la orientación y la capacidad de Rebeca para cuidarse en aquel momento. La psiquiatra que la recibió, Clara Sanromán, escuchó el relato y revisó la información disponible.

Había una evacuación documentada. Una lesión en la mano. Testigos. Semanas de experiencias aterradoras y agotamiento. No necesitaba resolver el origen de cada percepción para reconocer el sufrimiento.

—No voy a darle un diagnóstico definitivo hoy —dijo—. Ahora necesitamos ayudarla a descansar y recuperar estabilidad.

Rebeca había llegado a un punto en que el miedo le impedía comer, dormir y permanecer en casa sin vigilancia constante. Aceptó una hospitalización breve y voluntaria. Firmó después de leer. Clara señaló cada apartado.

Rebeca volvió sobre una línea.

—Puedo preguntar por mi alta.

—Sí. Y revisaremos juntas cómo se encuentra y qué necesita.

Mariana esperó fuera mientras terminaban. Cuando entró, encontró a su amiga sentada sobre la cama.

—Estoy del otro lado —dijo Rebeca.

Mariana se acercó.

—Sigues siendo tú.

Rebeca empezó a llorar. No había llorado durante la evacuación. Tampoco al ver las llaves.

Ahora podía hacerlo porque alguien más estaba pendiente de la puerta.

•  •  •

En aquella unidad, Rebeca conoció a tres personas cuyas historias no tenían relación con Santa Dalia. Al principio esa distancia le pareció un descanso. Después comprendió que necesitaba escuchar también a los vivos.

La primera era Julia Aranda, de cuarenta años. Había ingresado durante un episodio de manía, dentro de un trastorno bipolar de tipo I. Dormía muy poco, hablaba con enorme rapidez y estaba convencida de que podía lanzar una empresa internacional en pocos días. Había vendido parte de sus pertenencias y comprometido dinero que no tenía.

Su pareja, Elisa, llegó a la visita con una bolsa de ropa. Julia le pidió el teléfono.

—Hay gente esperando instrucciones.

—El equipo está ayudándote a descansar.

—No necesito descansar. Tú tienes miedo de que me vaya bien.

Elisa no discutió.

Se sentó.

Más tarde, en la sala de familiares, le contó a Teresa que la peor parte había sido tardar en reconocer el episodio.

—Al principio parecía feliz. La gente decía que estaba recuperando su energía.

La manía no era simplemente alegría. Julia había perdido la capacidad de frenar, medir consecuencias y reconocer el deterioro. La euforia se alternaba con irritabilidad; cuando alguien intentaba limitarla, lo vivía como una traición. Con el tratamiento, el sueño empezó a recuperarse. La primera mañana que despertó después de varias horas seguidas, pidió revisar sus cuentas.

Lloró al verlas.

Elisa le tomó la mano. No le dijo que nada importaba. Había consecuencias reales que afrontar.

También una enfermedad que podían aprender a reconocer antes.

•  •  •

El segundo paciente era Omar Figueroa, de treinta y cinco años. Había ingresado por una depresión grave con síntomas psicóticos. Estaba convencido de que sus pensamientos podían dañar a su hijo.

No eran imágenes que reconociera como temidas o absurdas: en aquel episodio, la creencia tenía para él una certeza aterradora. Había dejado de hablar con el niño para protegerlo. Después empezó a rechazar comida y a decir que debía desaparecer.

Su hermana, Mireya, guardaba mensajes de voz en los que Omar le pedía que revisara si su sobrino seguía respirando.

—Yo iba a la casa —contó—. Se lo enseñaba por videollamada. Lo veía jugar. Al rato volvía a pedirlo.

El equipo atendía la depresión, los síntomas psicóticos y el riesgo que había motivado su ingreso. Omar permanecía apartado en la sala común. Una tarde vio las vendas de Rebeca.

—¿Usted también hizo algo malo?

Ella tardó en responder.

—Me lastimé ayudando a alguien.

Omar bajó la vista.

—Yo no sé si mis manos hacen daño.

Rebeca sintió el impulso profesional de explicarle, de tranquilizarlo, de asumir una función conocida.

Se detuvo.

Llamó a la enfermera que lo acompañaba. Después permaneció sentada cerca. No tenía que volver a ser la responsable de todos para merecer su lugar allí.

•  •  •

La tercera paciente era Violeta Duarte, de veintitrés años. Había pasado primero por un hospital general después de un consumo de estimulantes que la dejó sin dormir, agitada y convencida de que alguien la perseguía. Cuando las complicaciones médicas quedaron atendidas, continuó necesitando valoración psiquiátrica.

El equipo seguía la evolución para distinguir qué síntomas estaban asociados al consumo y si existía otro problema que requiriera atención. Violeta no quería ver a su padre.

—Va a decir que me lo busqué.

Su tía, Carmen, acudía en su lugar. Violeta había empezado a consumir para soportar turnos de trabajo y exámenes. Después utilizó las sustancias para prolongar noches, combatir el cansancio y sentirse capaz de hacerlo todo. No había una sola causa.

Había decisiones, presión, soledad y un consumo que fue ocupando cada vez más espacio.

—Pensé que podía controlarlo porque no lo hacía todos los días —dijo.

Con el descanso y el tratamiento, las ideas de persecución perdieron intensidad.

La vergüenza permaneció.

Clara trabajó con ella para que esa vergüenza no la llevara a esconder otra crisis. Cuando finalmente aceptó hablar con su padre, lo hizo con acompañamiento.

Él empezó diciendo:

—Nos hiciste pasar…

Violeta se puso de pie.

La profesional intervino.

La conversación no continuaría como un castigo. El padre guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Qué necesitas ahora?

Violeta volvió a sentarse.

•  •  •

Mientras Rebeca recibía atención, Mariana intentaba acostumbrarse a una mañana sin hospital.

Despertó tarde.

No había un turno al que llegar ni un mensaje de Irene pidiendo revisar un ingreso. Julián estaba preparando café.

—¿Qué hacemos hoy? —preguntó ella.

Él levantó una ceja.

—Desayunar parece razonable.

Mariana sonrió.

Después se quedó quieta. Había vivido semanas esperando una urgencia. La calma le resultaba sospechosa.

Julián lo notó.

—Podemos sentir miedo y desayunar.

Ella se sentó.

Hablaron de buscar trabajo, de ordenar la casa, de visitar a Rafael. No tomaron decisiones enormes. Por la tarde caminaron por una plaza.

Julián le preguntó si quería seguir viviendo con él cuando dejara de ser una medida provisional.

Mariana lo miró.

—¿Me lo estás preguntando ahora?

—Ahora que no estamos corriendo hacia una puerta.

Ella le tomó el brazo.

—Sí quiero.

Caminaron un rato más antes de hablar de llaves, armarios y espacio.

•  •  •

Lucía continuó sus consultas en otro lugar. Daniel seguía preparando su reincorporación con el equipo que lo atendía. Una noche Sofía lo encontró mirando su uniforme guardado.

—¿Todavía te da miedo?

Daniel se volvió.

—A veces.

La niña acarició la tela.

—A mí me da miedo cuando mamá tarda.

Lucía, desde la cocina, escuchó sin acercarse.

—¿Qué haces? —preguntó Daniel.

—Le pregunto a alguien.

Él sonrió.

—Eso ayuda.

Sofía le tendió el uniforme.

—Entonces pregúntale a mamá.

Daniel se rio.

Lucía apareció en la puerta. Habían hablado mucho sobre no depositar en la niña preocupaciones que correspondían a los adultos. Aquella conversación breve, sin embargo, no necesitaba fingir una familia donde nadie temía nada. Después de acostar a Sofía, Daniel dijo:

—No quiero que Santa Dalia sea lo único que compartimos.

Lucía se sentó junto a él.

—No lo es.

Le contó un problema cotidiano de su nueva consulta. Él habló de una entrevista de trabajo. Durante una hora, sus vidas tuvieron otros nombres.

•  •  •

El anillo de Bernardo llegó a manos de Néstor por medio de la persona encargada de sus pertenencias. Lo registraron y fotografiaron. Era pesado, con una piedra negra opaca.

No tenía una inscripción visible.

Mariana evitó tocarlo.

—Lo llevaba cuando sacaron a Esteban —dijo.

Néstor asintió.

—Y cuando entregaron a Mercedes.

La fundación empezó a revisar sus archivos con mayor apertura. Algunos documentos habían sido retirados años antes; otros estaban mal clasificados. Arce facilitó los que conservaba su familia. No todos revelaban delitos.

Había cuentas ordinarias, compras, reparaciones. Entre ellas, una orden antigua llamó la atención de Olivia. Se habían adquirido cierres metálicos para las ventanas pocos días antes del incendio.

La explicación era breve: Prevención de fugas durante la revisión general. No solo habían cerrado una puerta.

Habían preparado el edificio para que nadie pudiera abandonarlo.

•  •  •

Rebeca mejoró de forma gradual.

Durmió.

Pudo comer.

La necesidad de revisar cada salida disminuyó, aunque seguía sobresaltándose con algunos sonidos. Durante su estancia vio también cambios en los otros pacientes. Julia recuperó suficiente estabilidad para continuar su tratamiento fuera del hospital. Preparó con Elisa un plan para reconocer señales tempranas y revisar las consecuencias económicas sin reducir toda su identidad al episodio.

Omar pudo hablar con su hijo acompañado por el equipo. La creencia de que lo dañaba fue perdiendo fuerza. Continuaría el tratamiento y el seguimiento estrecho después del alta. Violeta aceptó un programa especializado para su consumo y una organización distinta de trabajo y estudios. Su padre participaría en algunas sesiones, si ella lo autorizaba. Salieron con tareas, apoyos y problemas que aún necesitaban tiempo.

Rebeca los vio despedirse. Luego llegó su propio día. Clara repasó con ella las recomendaciones y los contactos de seguimiento.

—No necesita volver a su puesto para demostrar que está recuperada.

Rebeca miró su mano.

—Creo que ya lo entiendo.

•  •  •

Antes de salir pidió ir al baño. Al levantar la vista hacia el espejo vio a Mercedes detrás de ella. No llevaba humo en el cabello.

Parecía agotada.

Rebeca se volvió.

La mujer estaba allí.

—Ya no hay nadie —dijo Rebeca—. Sacamos a todos.

Mercedes negó despacio.

—A los tuyos.

Rebeca sintió que el suelo se alejaba.

—¿Qué quieres decir?

La mujer extendió una mano. En la palma tenía una tira de tela con nombres escritos.

Elena Varela.

Josefina Ríos.

Otros que Rebeca no reconoció.

—Él nos vuelve a contar cada noche.

Un golpe en la puerta la hizo sobresaltarse. Teresa preguntó si estaba bien. Cuando Rebeca miró otra vez, Mercedes había desaparecido.

Sobre el lavabo quedó la tela. La recogió con un pañuelo.

Después abrió.

—Necesito que llamemos a Mariana.

•  •  •

Néstor recibió esa misma noche una alerta desde Santa Dalia. El sistema de vigilancia había detectado movimiento en el edificio cerrado. El acceso exterior permanecía restringido.

No constaba ninguna entrada. En una cámara se veía el puesto de enfermería vacío. En otra, el corredor norte.

Mariana llegó a la sala donde revisaban las imágenes. Rebeca estaba junto a Teresa. Olivia había solicitado comprobar la situación sin enviar a nadie solo al interior.

En la pantalla apareció una mujer.

Después otra.

Llevaban ropa hospitalaria.

Un hombre caminó hasta una puerta y tiró del picaporte.

No se abrió.

Mariana reconoció a Elena por la cicatriz. Josefina permanecía detrás, sosteniendo un pequeño zapato. Una figura cruzó al fondo.

Mercedes.

Entonces apareció Aurelio.

Caminó entre ellos con una carpeta bajo el brazo. No miró hacia la cámara hasta llegar al centro del corredor.

Se detuvo.

Sonrió.

Néstor comprobó la hora de la grabación. Era transmisión en directo. Néstor comparó la imagen con la grabación de la evacuación anterior. Entonces la cámara no había mostrado a Aurelio; ahora lo colocaba en el centro.

—No son una ventana neutral —dijo—. Lo que aparece cambia cuando quiere que lo veamos. Conservaremos las imágenes, pero no vamos a obedecerlas como si fueran instrucciones fiables.

El altavoz de la computadora emitió una respiración. Después la voz de Aurelio llenó la sala:

—El hospital ya tiene pacientes.

La imagen cambió.

En una cama, con una muñeca sujeta a la barandilla, estaba Manuel Salcedo. Mariana se levantó de golpe. Su abuelo miró hacia la cámara.

Apenas movió los labios. Ella alcanzó a entenderlo:

No vengas.

Detrás de él, una enfermera acomodó sobre una bandeja los instrumentos. Y empezó a afilar uno.