Capítulo 16 de 25
La lista de los vivos
—Mamá, esta vez sí voy contigo.
Mariana escuchó un golpe al otro lado del teléfono. Después, la respiración de Esteban Arce.
—Se está acercando a la fuente.
—Ve con él. Háblale despacio. Estoy en camino.
Mariana tomó las llaves. Julián se levantó del sofá al verla.
—¿Qué pasó?
—El padre de Arce está en el jardín. Dice que su madre vino a buscarlo.
Julián no preguntó si aquello era posible.
—Yo conduzco.
Durante el trayecto, Mariana mantuvo la llamada abierta. Oyó al director pedirle a su padre que regresara a la casa. Oyó también agua, aunque recordaba que la pequeña fuente del jardín estaba vacía.
—Papá, mírame.
La voz del anciano llegó clara:
—No la hagas esperar otra vez.
Cuando llegaron, Esteban Arce Beltrán estaba de pie junto al borde de piedra. Vestía pijama y sostenía un zapato infantil. La caja familiar, ya vacía, permanecía dentro de la casa. El zapato encontrado en Santa Dalia seguía bajo custodia de la investigación. Frente a él, al otro lado de la fuente, no había nadie.
Mariana se acercó sin apresurarlo.
—Don Esteban, soy Mariana. ¿Me recuerda?
El hombre giró apenas la cabeza.
—Mi madre no puede entrar.
—Vamos a sentarnos. Hace frío.
—Si entro, se la llevan.
Arce quiso tomarlo del brazo, pero Mariana le indicó que esperara.
—Podemos quedarnos aquí un momento —dijo—. Usted no tiene que resolverlo solo.
El anciano miró hacia un espacio vacío detrás de ella.
Su expresión cambió.
La alegría desapareció primero. Después llegó un miedo tan antiguo que su rostro pareció encogerse.
—Ese no es mi padre.
Mariana sintió a Julián acercarse.
—¿A quién ve? —preguntó ella.
Esteban apretó el zapato contra el pecho.
—Al hombre que cierra.
Entonces sonó una campanilla dentro de la casa. Arce corrió hacia la puerta. Julián se quedó junto a Mariana.
Entre los tres lograron acompañar al anciano al interior. La cuidadora llamó al servicio médico que lo atendía. No discutirían con él sobre lo que había visto; tampoco darían por sentado que cualquier cambio en su estado se explicaba por el hospital.
Mientras esperaban la valoración, Arce volvió del pasillo. Tenía una campanilla de bronce en la mano.
—Estaba sobre la cama —dijo.
Su padre empezó a llorar.
—Yo no la toqué.
• • •
A la mañana siguiente, Irene Navarro llegó a Santa Dalia antes que los primeros familiares. La ceremonia de la fundación estaba anunciada para las once. En el jardín habían instalado un atril y veinticuatro sillas. Un empleado acomodaba un arreglo de flores blancas junto a una fotografía del antiguo edificio.
Mariana lo observó desde la entrada.
—Hay que suspenderla.
—Ya lo solicité —respondió Irene—. La fundación quiere mantener una lectura breve.
—Anoche hubo otra manifestación fuera del hospital.
Irene bajó la voz.
—Podemos documentar lo sucedido. Pero para cancelar una actividad necesito razones que pueda defender ante personas que no estuvieron allí.
Mariana miró las sillas.
—El padre de Arce sigue en valoración. Su hijo no vendrá. Rebeca está descansando. Tenemos personal agotado, una investigación abierta y familias que apenas están entendiendo por qué hay restricciones. ¿De verdad es el momento de celebrar nada?
Irene sostuvo su mirada.
—Esas son las razones que puse.
Néstor Acuña salió del edificio con el teléfono en la mano. La ceremonia quedaba aplazada. El empleado empezó a retirar las flores.
Mariana respiró por primera vez desde que había llegado. En el atril permanecía una carpeta azul.
—Eso también —le indicó al hombre.
Él la abrió antes de guardarla.
—¿Se la llevo a dirección?
Mariana alcanzó a ver la primera hoja. No contenía los nombres de las víctimas antiguas. Encabezaba la lista el suyo.
Debajo aparecían Julián Valdés, Rebeca Montes, Lucía Ferrer, Daniel Robles, Alma Villaseñor y Gabriel Lozano. Más abajo había nombres que todavía no conocía. Uno era Eva Cárdenas.
A las nueve y diecisiete, una ambulancia dejó en urgencias a una mujer con ese nombre.
• • •
Eva tenía treinta y tres años y una hija de cuatro meses. Ingresó acompañada por su esposo, Bruno, después de una noche en la que había dicho que no podía seguir viviendo con miedo de sí misma. Cuando Mariana entró en la sala de entrevista, la mujer mantenía las manos debajo de las piernas.
—Necesito que me las amarren —pidió.
—Cuénteme qué teme hacer.
Eva miró a su marido. Él asintió, pero ella tardó varios segundos en hablar.
—Me vienen imágenes. Estoy bañando a mi hija y de pronto veo algo horrible. O estoy en la cocina y pienso en un cuchillo. No quiero pensarlo. Nunca quise.
Se puso a llorar.
—¿Eso significa que en el fondo sí quiero?
Mariana dejó pasar un momento.
—Que un pensamiento aparezca no significa que usted lo desee. Necesitamos entender cómo le ocurre, qué hace después y qué pasó anoche.
Eva llevaba semanas evitando quedarse sola con la niña. Había pedido a Bruno que retirara utensilios, revisara puertas y contestara una misma pregunta decenas de veces: ¿Estás seguro de que no soy peligrosa? La respuesta la calmaba unos minutos.
Después necesitaba escucharla otra vez. También repasaba mentalmente cada movimiento que hacía cerca de su hija, buscando una prueba de que no había actuado con mala intención. Su vida se había reducido a vigilarse.
La noche anterior, agotada y avergonzada, había empezado a pensar que su familia estaría mejor sin ella. Ese riesgo requería atención inmediata. Las imágenes intrusivas, por sí solas, no demostraban una intención de hacerle daño a la bebé. Bruno se inclinó hacia delante.
—Yo le digo que es buena madre.
—Lo sé —susurró Eva—. Pero nunca me alcanza.
Lucía se incorporó al tratamiento cuando Eva pudo descansar un poco. Le explicó cómo el miedo podía alimentar un ciclo de comprobaciones, evitaciones y búsqueda de certeza. El alivio momentáneo terminaba enseñándole a su mente que necesitaba repetirlo todo.
—No vamos a pedirte que dejes de querer proteger a tu hija —dijo—. Vamos a trabajar para que el miedo no decida cada movimiento de tu vida.
Eva levantó la cabeza.
—¿Y si me equivoco?
—No existe una certeza perfecta sobre todo lo que pensamos. Podemos aprender a vivir sin perseguirla a cada minuto.
Aquella tarde, Bruno lloró en el estacionamiento. Había confundido acompañarla con responder siempre. Ahora tendría que aprender otra forma de estar cerca.
• • •
El segundo ingreso fue Matías Ocampo, de cincuenta y un años. Hasta unos meses antes había trabajado como contador en una distribuidora. Tras la muerte de su hermano empezó a dormir mal, dejó de comer con regularidad y perdió interés por casi todo. Después ocurrió algo que su familia no supo nombrar.
Matías se convenció de que había provocado la muerte de personas que nunca había conocido.
—Moví una cifra —le dijo a Irene—. Por eso pasó.
Su esposa, Ofelia, abrió el bolso y sacó una carpeta.
—Traje las cuentas. No hay ningún error. Ya se las enseñamos.
Matías ni siquiera las miró.
—Lo arreglaron para que yo no lo viera.
No era una preocupación financiera común. La culpa había adquirido una certeza imposible de modificar con documentos. Dentro de su depresión grave, aquella creencia lo llevaba a rechazar comida y a afirmar que no merecía recibir cuidados. Antes del ingreso había estado en riesgo inmediato de hacerse daño. Ofelia llevaba semanas intentando demostrarle su inocencia.
Había llamado a compañeros, impreso balances y conseguido una carta de la empresa. Cada nueva prueba encontraba una explicación dentro de la misma condena.
—Pensé que, si daba con el argumento correcto, volvería —dijo.
Irene cerró con suavidad la carpeta.
—Usted no ha fracasado. Él necesita tratamiento. No tiene que encontrar una frase capaz de resolver esto.
Matías oyó sus palabras.
—Ella tampoco sabe.
En los días siguientes recibió atención para la depresión y los síntomas psicóticos, con vigilancia cercana de su seguridad, alimentación y descanso. A veces aceptaba sentarse con Ofelia sin hablar. Aquellos minutos eran pequeños, pero ella dejó de usarlos para interrogarlo.
Una tarde le contó que el limonero de su patio había dado frutos. Matías preguntó si seguía rota una maceta. Ofelia lloró al salir.
Por primera vez en mucho tiempo habían hablado de algo que no era su supuesta culpa. Nora Benítez llegó esa misma noche. Tenía veintiséis años. Había reducido bruscamente un consumo de alcohol que llevaba meses ocultando, terminó en urgencias de un hospital general y recibió allí atención para la abstinencia.
Cuando quedó médicamente estabilizada, persistían voces que la insultaban y amenazaban. La trasladaron para continuar su valoración y protegerla durante una crisis que también incluía ideas de hacerse daño. Su madre, Celia, la acompañaba.
—Nunca la vi borracha —repitió.
Nora miró al suelo.
—Bebía antes de que llegaras.
Había empezado después de un accidente de tránsito. Al principio quería dormir sin recordar el golpe. Después necesitaba beber para no temblar, para salir de casa, para contestar el teléfono. Su madre solo veía que faltaba al trabajo y que se encerraba. Habían discutido tanto que Nora dejó de explicar.
Irene habló con ambas por separado y juntas. La evaluación debía distinguir los efectos del consumo, la abstinencia y otros posibles problemas; no iban a convertir la primera impresión en una etiqueta definitiva. Celia se cubrió la cara.
—Yo le decía que era una floja.
Nora permaneció callada.
Alma, sentada a un lado, esperó.
Finalmente Nora dijo:
—Quería que me preguntaras si me pasaba algo.
Celia levantó la vista.
No hubo abrazo.
Hubo una conversación difícil que pudieron terminar sin abandonar la habitación. Esa noche, Nora oyó una voz nueva. No se parecía a las que la habían acompañado desde la crisis.
Era un hombre que le pedía contar camas. Ella llamó a la enfermera.
—No voy a obedecerlo —dijo—. Pero necesito que se quede un rato.
La enfermera se quedó.
• • •
La carpeta azul fue retirada del jardín, fotografiada y entregada a Néstor. Nadie reconoció haberla impreso. La fundación mostró una versión distinta del programa: una hoja con los nombres de los fallecidos y un discurso breve.
Néstor buscó archivos, registros de impresión y testimonios. No encontró una explicación.
—Que no la encuentre hoy no quiere decir que no exista —advirtió.
—De acuerdo —respondió Mariana—. Mientras tanto, esa carpeta contiene nombres de pacientes que ingresaron después de que la vimos.
También aparecían Matías y Nora.
Néstor guardó silencio.
Olivia revisó las rutas de salida. Las puertas de las zonas ocupadas funcionaban. La alarma respondía. El ala norte continuaba cerrada. Mariana acompañó la inspección. En una puerta de emergencia, Olivia le pidió que comprobara el mecanismo por sí misma.
La barra cedió.
Al otro lado estaban el estacionamiento, una camioneta y dos trabajadores fumando junto a la cerca. Mariana sintió un alivio absurdo.
Cerró.
Cuando volvió a abrir, vio un corredor oscuro. Había una mujer sentada en el suelo, con un uniforme antiguo. El cabello le caía sobre la cara.
Mariana retrocedió.
Olivia empujó la puerta. Volvió a aparecer el estacionamiento.
—¿Qué vio? —preguntó.
Mariana se lo contó.
Olivia tomó nota.
Después mantuvo abierta la salida mientras terminaban la revisión.
• • •
Julián fue a recoger a Mariana al final del turno. La encontró en su consulta, mirando un vaso de agua.
—No has comido.
—No tengo hambre.
Él dejó sobre la mesa una bolsa con pan y fruta.
Mariana sonrió apenas.
—Te estás volviendo predecible.
—Estoy intentando.
Compartieron la comida en silencio. Después ella le contó lo de la puerta. Julián escuchó sin acercarse a tocarla hasta que Mariana extendió la mano.
—Hoy pensé en Andrés —dijo ella.
—Lo sé.
—No lo sabes todavía.
Él bajó la mirada.
Mariana respiró despacio.
—Pensé en todo el tiempo que pasé imaginando la frase que habría cambiado aquella noche. Lo veo en las familias. En Ofelia con sus cuentas. En Bruno contestando otra vez. Y sigo haciéndolo yo.
Julián le sostuvo la mano.
—Yo también he vivido buscando esa frase.
—No quiero que nuestra vida se quede allí.
Él asintió.
No prometieron olvidar ni reparar lo irreparable.
Mariana lo besó.
Fue un beso breve, cansado, que no borró nada. Pero cuando salieron de la consulta caminaron juntos.
• • •
Durante las semanas siguientes, los tres pacientes fueron recuperando espacios de decisión. Eva empezó un tratamiento para sus síntomas obsesivos y la depresión. Bruno participó en las sesiones familiares. Aprendió a acompañar su angustia sin convertir cada pregunta en una interminable ceremonia de tranquilidad. Antes del alta, Eva recibió la visita de su hija en una situación preparada con el equipo.
La sostuvo.
El miedo apareció.
También apareció la urgencia de entregarla inmediatamente. Se quedó sentada, respirando, con Bruno cerca.
—No desapareció —dijo después.
Lucía asintió.
—Y pudiste quedarte.
Salió con seguimiento especializado y un plan acordado para los momentos de mayor riesgo. Matías necesitó una hospitalización más larga. Su certeza de haber causado muertes fue perdiendo fuerza con el tratamiento. La tristeza continuaba, pero empezó a aceptar que podía estar enfermo y que recibir ayuda no era un premio reservado para personas inocentes.
Al marcharse, le pidió a Ofelia que guardara la carpeta.
—Hoy no quiero revisar números.
Volverían a consulta. Ella tendría también apoyo para el desgaste de aquellos meses. Nora dejó de escuchar las voces durante su estancia. Eso no resolvía su relación con el alcohol ni el dolor que había intentado apagar. Aceptó continuar en un programa especializado y trabajar lo ocurrido tras el accidente. Celia escuchó cuáles serían los apoyos y los límites necesarios.
Al despedirse, Nora abrazó a su madre.
—Si vuelvo a tener miedo, voy a decirlo.
—Voy a intentar escucharte antes de enfadarme.
• • •
Daniel todavía no había regresado al trabajo. Una tarde acompañó a Lucía a buscar a Sofía a la escuela. La niña salió con un dibujo de los tres y preguntó si podían comprar helado. Mientras esperaban, Daniel observó a los padres que recogían mochilas y firmaban avisos.
—A veces me da vergüenza que me hayan atendido en una unidad como esta —dijo.
Lucía lo miró.
—Has acompañado a mucha gente en una cama. ¿Qué pensabas de ellos?
—Que estaban pasando por algo difícil.
—Puedes intentar pensarlo de ti.
Daniel tardó en responder. Después aceptó el helado que Sofía le ofrecía probar. Esa noche, Martín envió otro mensaje.
Sabía que Daniel seguía sin trabajar. Lucía lo guardó para su abogada y avisó a Néstor. La investigación sobre el acceso indebido a información continuaba. Daniel leyó el mensaje una sola vez.
—No voy a dejar que me convierta en una amenaza por haber pedido ayuda —dijo.
Lucía se sentó a su lado. Esta vez no tuvieron que fingir que todo estaba bien para quedarse juntos.
• • •
Arce regresó a Santa Dalia un viernes. Su padre continuaba bajo atención y acompañado en casa. La valoración había identificado factores que podían contribuir a sus episodios, pero no explicaba la campanilla ni los zapatos. El director pidió hablar con Mariana y Rebeca.
Había solicitado a la fundación que suspendiera cualquier homenaje hasta concluir las investigaciones.
—Mi padre cree que, si no responde cuando ella lo llama, vuelve a abandonarla.
Rebeca acarició la cicatriz de su ceja.
—Mi abuela también pensó que salir la hacía culpable.
Arce dejó una copia del acta de adopción sobre la mesa.
—Quiero que quede constancia de su nombre original. No para reemplazar la vida que tuvo. Para que Josefina no desaparezca de ella.
Mariana leyó: Esteban Ríos. El director hablaba de su abuela sin pedirles que bajaran la voz. Cuando terminó la reunión, Rebeca se quedó con Mariana.
—Mercedes volvió anoche.
—¿En tu casa?
Asintió.
—No me pidió que abriera una puerta. Me preguntó cuántos quedábamos.
• • •
Néstor examinó otra vez la carpeta azul. Al principio habían supuesto que se trataba de una lista de personas destinadas a repetir las muertes. Ahora había un detalle distinto.
Junto al nombre de Eva aparecía una fecha de alta.
La fecha correcta.
También junto a Matías y Nora. La hoja había estado sellada dentro de un sobre desde el día de la ceremonia. Néstor fotografió los cambios sin tocar el papel.
—Necesitamos dejar de abrir esto aquí —dijo.
Mariana señaló el encabezado. La tinta que antes decía CEREMONIA DE CONMEMORACIÓN se había aclarado. Debajo empezaban a verse otras palabras.
RELACIÓN DEL PERSONAL Y LOS INTERNOS QUE PERMANECEN.
Rebeca buscó su nombre. Al lado había una pequeña casilla vacía. Lo mismo ocurría con los demás trabajadores.
—No está contando a los muertos —murmuró.
Mariana pensó en los pacientes que ya habían salido. En Manuel, Amalia y Bernardo. En el niño que cruzó una verja y vivió toda una vida creyendo que su madre no lo quiso.
—Está contando quién sigue dentro.
Entonces se apagó la luz. La alarma no sonó. Desde el pasillo llegó un ruido de ruedas.
Una camilla avanzaba lentamente. Sobre ella había una sábana doblada, un cuenco metálico y una cinta azul. Mariana abrió la puerta.
Al fondo del corredor, frente a la salida que Olivia había comprobado, se encontraba Aurelio Ledesma. No llevaba una bata antigua. Vestía el uniforme actual de Santa Dalia.
Tenía una tarjeta de identificación prendida al pecho.
DIRECTOR MÉDICO.
Aurelio miró a Mariana. Después levantó una hoja.
—Ya pueden irse los que tengan el alta firmada.
Mariana sintió que Rebeca se colocaba junto a ella.
—Aquí nadie necesita su permiso para salir.
El hombre sonrió.
Detrás de él, la puerta de emergencia desapareció. En su lugar quedó una pared. Desde las habitaciones empezaron a sonar los timbres de llamada.
Uno.
Después otro.
Después todos.