
Alicia siempre encontraba una razón para no salir en las fotografías.
Que alguien tenía que sostener el teléfono. Que estaba despeinada. Que mejor retrataran solamente a los niños.
Por eso, cuando su hijo Bruno recibió en la escuela la tarea de llevar una fotografía con su mamá, pasó toda una tarde buscando sin encontrar una reciente.
Había fotos de cumpleaños, vacaciones y festivales. En casi todas aparecía una mano de Alicia acomodando una vela o la punta de su zapato junto a la mesa.
—Mamá, aquí tampoco sales.
Ella miró la pantalla mientras doblaba servilletas para los pedidos del día siguiente.
—Porque yo la tomé.
Bruno siguió buscando.
Tenía nueve años y una paciencia que se terminaba cuando no entendía algo.
—Pero tú también estabas ahí.
Alicia dejó una servilleta a medio doblar.
—Sí, mi amor. Yo también estaba.
Desde que se había separado, trabajaba preparando desayunos que entregaba en oficinas. Se levantaba antes de las cinco, cocinaba, llevaba a Bruno a la escuela y después salía con dos bolsas grandes colgadas de los hombros.
Tenía treinta y ocho años y una libreta donde anotaba cada gasto.
Cuando le sobraba dinero, compraba algo para su hijo. Cuando le sobraba tiempo, adelantaba trabajo.
Su hermana Verónica solía decirle que necesitaba descansar.
—Cuando termine de pagar el refrigerador.
Después fue la inscripción escolar. Luego los zapatos. Siempre había una cuenta antes que ella.
Una mañana, mientras se bañaba, sintió una pequeña dureza en un seno.
Volvió a pasar los dedos.
Se quedó inmóvil bajo el agua.
En la cocina sonó la alarma del horno y Alicia salió apresurada. Mientras retiraba las charolas, se dijo que pediría una consulta al terminar las entregas.
Esa tarde llegó un pedido grande.
Dejó la llamada para después.
Bruno resolvió el problema de la fotografía con una cámara desechable que encontró su abuelo en una tienda.
—La maestra dijo que puede ser una nueva.
Alicia se rio.
—¿Y quién la va a tomar?
—El abuelo.
Eligieron el domingo.
Bruno quiso retratarse en el parque, junto a un árbol que, según él, tenía una cara en el tronco. Alicia llevó una blusa azul y se peinó mientras esperaba que hirviera el agua del café.
Al abrocharse, sintió otra vez aquella dureza.
Se sentó en la cama.
Había pasado más de una semana.
Desde la puerta, Bruno preguntó:
—¿Ya estás lista?
Alicia levantó la vista.
—Sí. Dame un minuto.
En el parque, su padre les pidió acercarse.
Bruno rodeó la cintura de su madre.
—Pero sonríe bien —le dijo—. Como cuando te ríes de verdad.
Alicia lo miró y él hizo una mueca espantosa.
La risa salió antes que el miedo.
Su padre tomó la fotografía.
Esa noche Alicia llamó a Verónica.
—Necesito preguntarte algo.
Su hermana la escuchó sin interrumpir.
—Mañana pedimos una cita —respondió.
—Mañana tengo entregas.
—Yo te ayudo con ellas.
—No sabes las direcciones.
—Me las escribes.
Alicia apretó el teléfono.
—¿Y si es algo malo?
Verónica guardó silencio un instante.
—Voy contigo.
En la consulta, la médica la examinó y solicitó estudios.
Alicia preguntó si no era demasiado joven para preocuparse por aquello.
—La edad no es una razón para ignorar un cambio —le explicó—. Muchos bultos son benignos, pero necesitamos saber qué es.
También le habló de reconocer cómo se veían y se sentían habitualmente sus senos, y de consultar ante cualquier cambio.
—Tocarte no impide que aparezca un cáncer ni reemplaza los estudios que correspondan. Puede ayudarte a notar algo diferente y buscar atención.
Alicia pensó en las mañanas transcurridas desde que lo había sentido.
La médica le entregó las indicaciones.
—Vamos paso a paso.
Los estudios llevaron a una biopsia.
Durante la espera, Alicia preparó desayunos con una concentración extraña.
Contaba los recipientes dos veces. Olvidaba la sal. A veces abría el refrigerador y no recordaba qué necesitaba.
Una tarde Bruno la encontró llorando junto al fregadero.
—¿Te quemaste?
Ella se secó la cara.
Estuvo a punto de decir que sí.
Después se arrodilló frente a él.
—Me están haciendo unos estudios porque encontré algo en mi cuerpo que necesita revisión.
Bruno frunció el ceño.
—¿Te duele?
—No. Pero por eso fui al médico, para que me ayuden a saber qué pasa.
El niño le acarició la mejilla con la palma abierta.
—¿Puedo ir contigo?
—A algunas cosas sí. A otras irá tu tía.
Bruno asintió, todavía preocupado.
Esa noche pidió dormir con la puerta abierta.
El diagnóstico fue cáncer de seno.
Alicia escuchó a la médica mientras Verónica sostenía su libreta. Allí, entre cuentas de pan y cajas de leche, comenzaron a anotar citas y preguntas sobre el tratamiento.
Al salir, Alicia dijo:
—No sé cómo voy a hacer todo.
Su hermana cerró la libreta.
—Primero vamos a ver qué necesitas esta semana.
Su padre se encargó de llevar a Bruno a la escuela. Verónica organizó las entregas con una vecina. Algunas clientas continuaron comprando; otras mandaban comida a la casa.
Alicia descubrió cuánto le costaba recibir ayuda sin ofrecer algo inmediatamente a cambio.
Hubo cirugía, tratamiento y días en que apenas tuvo fuerzas para bañarse.
Bruno aprendió a preguntar antes de abrazarla fuerte. También aprendió que podía reír, jugar y contarle cosas de la escuela aunque ella estuviera enferma.
Una tarde llevó a casa la fotografía revelada.
En la imagen, Alicia se reía mirando a su hijo. Él tenía los ojos cerrados y la boca torcida por la mueca.
Detrás de ellos, el árbol parecía observarlos.
Bruno colocó la foto sobre la mesa de noche.
—La maestra me devolvió esta.
Alicia la sostuvo largo rato.
—Salimos muy bien.
—Porque esta vez no te escondiste.
Ella bajó la mirada hacia su hijo.
Lo acercó con cuidado y le besó el cabello.
Meses después, cuando se sintió mejor y pudo organizar una salida entre sus citas de seguimiento, Bruno pidió regresar al parque.
Su abuelo llevó el teléfono.
Alicia se acomodó junto al árbol. Su cabello había cambiado y todavía se cansaba pronto. Bruno había crecido lo suficiente para que la cabeza le llegara un poco más arriba del hombro.
—¿Listos? —preguntó el abuelo.
Bruno levantó una mano.
—Falta la tía.
Verónica dejó las bolsas en la banca y corrió a ponerse junto a ellos.
Después Bruno miró a su abuelo.
—Y tú también. Pon de esas fotos que se toman solas.
Tardaron varios intentos en aprender a usar el temporizador.
En la última fotografía quedaron los cuatro, un poco apretados y riéndose porque el abuelo casi no alcanzaba a llegar.
Esa noche, Alicia puso ambas imágenes una junto a la otra.
Por primera vez no buscó defectos en su cara ni pensó en recortar su cuerpo.
Se fijó en la mano de Bruno dentro de la suya.
Y dejó un espacio en el marco para la fotografía del próximo año.
FIN
