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La luz del altar de muertos: entre lágrimas y esperanza

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Palabras del Corazón

A Inés se le quedaba noviembre entre las manos: olía a mandarina, a pétalos de cempasúchil y a la cera tibia que su madre raspaba de los candeleros. Tenía siete años y todavía creía que los muertos debían de venir cansados, porque en su casa les preparaban agua, comida y un lugar para descansar.

Sentada junto a la mesa del comedor, observaba a su madre convertir unas cajas de madera en los escalones de un altar. Las cubría con un mantel blanco y extendía encima tiras de papel picado. Las calaveras de colores se estremecían cuando alguien cruzaba la habitación, y a Inés le gustaba imaginar que aquel movimiento era el saludo de una visita que todavía no alcanzaban a ver.

Los preparativos comenzaban los últimos días de octubre. Para el primero de noviembre, su madre colocaba dulces, un pequeño vaso de leche y un caballito de madera junto al retrato de un niño que había muerto mucho antes de que Inés naciera. Se llamaba Tomás, era hermano de su madre y tenía, para siempre, cuatro años.

—Hoy esperamos a los pequeños —decía ella.

Después, al acercarse el día dos, acomodaba el café de los abuelos, el mole que espesaba lentamente sobre la estufa y unos tamales envueltos con el mismo cuidado con que arropaba a sus hijos.

Nada parecía llegar por casualidad a aquella mesa.

El agua aliviaba la sed de las almas después de su viaje; la sal representaba la purificación. El humo del copal ascendía desde un sahumerio y dejaba en la casa un olor parecido al de las iglesias cuando llueve. Una cruz ocupaba la parte más alta, junto a las fotografías, y abajo descansaba un petate pequeño.

Inés ayudaba a deshojar el cempasúchil. Hundía los dedos entre las flores y después se los acercaba a la nariz. Con los pétalos trazaban un camino desde la puerta hasta la ofrenda.

—Para que sepan llegar —explicaba su madre.

El pan de muerto quedaba entre guayabas, naranjas y mandarinas. Había calaveritas de azúcar, un platito de las semillas que le gustaban al abuelo y un vaso pequeño de la bebida que él tomaba en las fiestas.

—Cada familia pone lo suyo. ¿Cómo vamos a recibirlos sin ofrecerles lo que les gustaba?

Pero Inés apenas podía apartar los ojos de las velas.

Eran largas y delgadas. Su madre las fijaba en candeleros de distintos tamaños, una por cada difunto, y al prenderlas decía los nombres en voz baja, con una ternura que hacía que aquellas personas parecieran encontrarse en el cuarto de al lado.

Una noche, la vela de la abuela Mercedes se consumió antes de que terminara de cocerse el último tamal.

Inés vio el pabilo doblarse sobre un charco de cera.

—¿Por qué se acabó tan pronto?

Su madre tomó otra de una bolsa de papel.

—Tu abuela decía que, cuando arden muy rápido, es porque esa alma todavía necesita luz y oraciones. Que sigue en el purgatorio, pagando sus pecados, sin encontrar descanso.

Acomodó la vela nueva y la encendió.

—Por eso procuramos que no les falte su lucecita.

—¿Y cuando duran mucho?

—Entonces decimos que ya están en paz.

Su madre lo contó con la naturalidad con que explicaba por qué se remojaban los frijoles. Era una creencia recibida de otras manos, repetida junto a otros altares. Sin embargo, Inés sintió que algo frío se le instalaba debajo de las costillas.

La abuela Mercedes le calentaba los pies entre las manos durante el invierno. Le enseñaba a pelar mandarinas sin romper la cáscara y fingía asombro cuando la niña conseguía sacar una tira larga.

¿Qué podía haber hecho para seguir sufriendo después de muerta?

Mientras la vela del tío Julián conservaba casi toda su altura, la de Mercedes volvió a menguar. Su madre la sustituyó otra vez, y la niña creyó ver, en aquella prisa de la cera por desaparecer, una desgracia que no sabía cómo remediar.

Desde entonces rezó por sus abuelos antes de dormir. Juntaba las manos debajo de la cobija y repetía las oraciones del catecismo con un cuidado angustioso, temiendo que una palabra olvidada pudiera retrasar su descanso.

El tres de noviembre llegaba con el olor de las flores vencidas y la fruta madura.

Su madre retiraba los platos y guardaba las fotografías. Entonces permitía que Inés y sus hermanos escogieran el pan y la fruta.

Ella elegía una mandarina.

Hundía una uña bajo la cáscara y una pequeña brisa de aroma le perfumaba los dedos. Separaba los gajos mientras sus hermanos discutían por una calaverita y su madre sacudía el mantel en el patio.

—Ya huele a que viene Navidad —decía aquella mujer al pasar junto a ella.

Inés sonreía con la boca llena. Pensaba en las posadas, en las luces, en el ponche que empañaba los vidrios de la cocina. Durante unos minutos se sentía enteramente a salvo.

Después recordaba las velas consumidas y volvía a preocuparse.

Años más tarde, en el laboratorio de la secundaria, una profesora de química anunció que aprenderían a fabricar velas.

Inés escuchó hablar de la cera, de la parafina, del grosor de las mechas y de cómo el combustible llegaba a la llama. Vio una vela con un pabilo demasiado grueso arder con una intensidad que la deformó enseguida. Otra produjo un pequeño cráter. Una tercera mantuvo una llama serena.

—La duración depende de varios factores —explicó la profesora—. La composición, el diámetro, la mecha, las corrientes de aire. Una mecha inadecuada puede hacer que una vela se consuma demasiado rápido.

Inés dejó de escribir.

Miró la cera escurriendo por un costado y volvió a ver la fotografía de Mercedes.

Sintió alivio y, enseguida, enojo por todas las noches en que había imaginado a sus abuelos sufriendo.

Al llegar a casa encontró a su madre limpiando arroz.

—Las velas no dicen dónde están los muertos. Nos enseñaron en química. Se gastan distinto por cómo están hechas.

Su madre dejó caer unos granos en el recipiente.

—Puede ser, hija.

—Entonces, ¿por qué me dijiste lo otro?

La mujer tardó en contestar.

—Porque así me lo enseñó tu abuela.

Inés esperó una explicación que sostuviera todo el altar o lo derrumbara de una vez. Pero su madre volvió al arroz, y ella se quedó con la sensación de haber descubierto una puerta falsa dentro de su propia casa.

Comenzó a desconfiar del camino de flores, del agua, de las oraciones. Ya no sabía qué hacer con las cosas que antes había amado sin preguntarse nada.

Con los años dejó de rezar.

Después se fue a Estados Unidos.

Cruzó sin documentos, con una muda de ropa, un número telefónico aprendido de memoria y la promesa de volver cuando hubiera ahorrado suficiente. Encontró trabajo limpiando habitaciones. Aprendió a tender camas deprisa y a sonreír aunque le ardieran las muñecas. Mandaba dinero a su madre y hablaba con ella los domingos, sentada en la orilla del colchón de un cuarto rentado.

Siempre había algo que resolver antes del regreso.

La renta, una deuda, el trabajo que podía perder, la imposibilidad de volver a cruzar si salía.

Cuando su madre enfermó de fibrosis pulmonar, Inés empezó a medir las llamadas por los silencios que necesitaba para respirar.

Al principio todavía conversaban de los vecinos. Después el oxígeno silbaba al otro lado del teléfono, y su madre apenas alcanzaba a preguntarle si estaba comiendo bien.

Inés mandó más dinero. Aceptó turnos adicionales. Revisaba el precio de los vuelos aun sabiendo que regresar a México podía significar perder el trabajo con el que pagaba los gastos de ambas.

—Voy a encontrar cómo ir, mamá.

—Aquí te espero, hija.

La última vez, su madre levantó una mano frente a la cámara. Los dedos parecían demasiado delgados para pertenecer a la mujer que había amasado pan, cargado cajas y sostenido su bicicleta.

Inés apoyó los dedos sobre la pantalla.

Su madre murió en octubre, antes de que ella encontrara cómo volver.

Durante el velorio, una hermana sostuvo el teléfono unos minutos. Inés vio flores blancas, un pedazo de pared y el borde de un ataúd. Escuchó el murmullo de un rosario. Quiso pedir que acercaran la cámara, pero no pudo pronunciarlo.

Cuando terminó la llamada, el cuarto permaneció igual.

La taza junto al fregadero. La ropa de trabajo detrás de la puerta. Un camión frenando en la calle.

Le resultó insoportable que nada se hubiera movido.

El dos de noviembre compró flores en una tienda mexicana, pan de muerto, copal y una bolsa de velas largas y delgadas. Antes de pagar vio unas mandarinas junto a la caja. Tomó varias y las acomodó encima de las compras, para que no se aplastaran.

En su cuarto puso unas cajas debajo de una sábana blanca. Recortó papel de colores con tijeras pequeñas. Colocó agua, sal, una cruz, café y un plato de mole preparado con la receta que su hermana le dictó por teléfono. Añadió fruta, pan, una calaverita de azúcar y una fotografía en la que su madre estaba riéndose, todavía sin el tubo del oxígeno.

Extendió pétalos desde la puerta.

Al inclinarse, uno se le quedó adherido a la palma húmeda.

Entonces lloró sin tratar de detenerse.

Encendió una vela frente al retrato.

—Ya llegué, mamá.

La frase salió rota. Ella no había llegado a ninguna parte. Seguía lejos de la casa, del cementerio, de la tierra recién removida que no había podido tocar.

Se sentó a mirar la llama.

Recordaba el laboratorio. Sabía lo de las mechas, la composición de la cera, las corrientes de aire.

Pero la vela comenzó a consumirse deprisa.

A Inés se le cerró la garganta.

La observó perder altura y soltar lágrimas espesas sobre el candelero. Pensó en los pulmones de su madre, en el esfuerzo de cada respiración, en las noches en que habría querido tener cerca a su hija.

—Que ya no te duela nada —susurró.

Cuando la llama murió, encendió otra.

Intentó rezar un padrenuestro, pero perdió las palabras a la mitad. Empezó un avemaría y mezcló frases de distintas oraciones. Se quedó callada, avergonzada por haber olvidado algo que de niña repetía sin dificultad.

Después miró la fotografía.

—Tú sabes lo que quiero decir.

Las lágrimas le bajaban hasta el cuello. Se limpiaba con las mangas y volvía a llorar. Había pasado años imaginando el regreso: las bolsas sobre la mesa, el abrazo en la puerta, su madre preguntándole si tenía hambre. Ahora no sabía dónde poner aquel abrazo que había guardado tanto tiempo.

Otra vela se terminó.

La reemplazó.

Movió el pan unos centímetros. Enderezó el retrato. Acomodó las mandarinas en un plato. Hacía pequeñas cosas porque no podía hacer la única que deseaba.

Afuera cesó el tránsito. El café se enfrió. Las sombras del papel picado temblaron sobre la pared.

Inés siguió encendiendo velas. No sabía si alguien la escuchaba. A ratos ni siquiera sabía a quién le hablaba. Pedía descanso para su madre, perdón por la distancia, un minuto más de aquella voz preguntándole si ya había comido.

Cerca del amanecer colocó una vela nueva en el candelero, sobre una bandeja de metal despejada de flores y papel. Se arrodilló junto a la mesa y apoyó la frente en los brazos.

El cansancio la venció sin que pudiera darse cuenta.

La despertó el canto de un gallo que alguien criaba en el patio vecino.

Tenía las rodillas doloridas y la mejilla marcada por la manga. Una claridad pálida se extendía por el cuarto.

Levantó la cabeza.

La vela de su madre seguía encendida.

Era una llama pequeña, firme, apenas inclinada hacia la ventana.

Inés la miró mucho tiempo. No supo si debía pensar que su madre había encontrado la paz o que aquella vela tenía la mecha adecuada. Seguía sin tener respuestas y, aun así, la respiración comenzó a entrarle más despacio, sin aquel tropiezo doloroso en el pecho.

Tomó una mandarina de la ofrenda.

Estaba fresca. La sostuvo un momento entre las manos, mirando las pequeñas hendiduras de la cáscara. Después hundió una uña y desprendió el primer pedazo. Unas gotas diminutas le salpicaron los dedos, y el aroma subió hasta su rostro.

Inés cerró los ojos.

Recordó a su madre sentada junto a la mesa, quitándole con paciencia las hebras blancas a una mandarina. A veces le dejaba los gajos separados en un plato mientras ella terminaba la tarea. Nunca había pensado que pudiera llegar a extrañar tanto aquellas cosas: sus uñas abriendo la cáscara, el plato acercándose sobre el mantel, su voz diciéndole que comiera antes de que se secara.

Se llevó un gajo a la boca.

La pulpa cedió entre sus dientes y el jugo le tocó la lengua. Era el mismo sabor de las mañanas en que recogían el altar. Por un instante esperó escuchar a sus hermanos, el agua corriendo en el patio, los pasos de su madre acercándose.

Abrió los ojos.

Frente a ella seguía la fotografía.

Se cubrió la boca con una mano. El llanto volvió a sacudirle los hombros, más hondo al principio, hasta obligarla a inclinarse sobre las rodillas. Había una parte de ella que todavía esperaba el regreso de su madre, aunque hubiera visto el ataúd en la pantalla del teléfono, aunque llevara semanas sin escuchar su voz.

—Me hiciste mucha falta, mamá.

Lo dijo mirando el retrato, y después volvió a decirlo, apenas con aire.

Permaneció así un rato, con la mandarina abierta en una mano y la otra apoyada en el borde de la mesa. Cuando pudo enderezarse, la vela continuaba encendida.

Ya no intentó calcular cuánto le quedaba ni buscar una respuesta en la altura de la cera. Acercó la silla al altar y se sentó. Tenía frío en los pies, los párpados hinchados y un cansancio que le pesaba hasta en los dedos.

Separó otro gajo y lo comió despacio.

Luego otro.

Su madre habría querido que comiera. Recordarlo le produjo una punzada de ternura tan dolorosa que volvió a llorar, pero esta vez pudo seguir masticando.

—Está dulce —murmuró, levantando un poco la fruta hacia la fotografía.

Se quedó mirando aquella sonrisa que conocía desde antes de tener memoria. Quiso contarle cómo había preparado el mole, cuánto le había costado encontrar el copal, que las flores de la tienda casi no olían. Y empezó a hacerlo, en voz baja, deteniéndose cuando se le cerraba la garganta.

La claridad avanzó por el mantel. Afuera alguien encendió un automóvil y una puerta se cerró. Inés terminó la mandarina, recogió las cáscaras y las dejó en un plato. Antes de apartar las manos, se las acercó al rostro.

Todavía conservaban el aroma.

Respiró despacio. Le seguía doliendo la ausencia de su madre, y sabía que al levantarse de aquella silla el cuarto volvería a parecerle demasiado solo. Pero podía quedarse un poco más. Terminar el café. Hablarle mientras amanecía.

Miró la llama y dejó descansar las manos sobre el regazo.

—Mañana te cuento más, mamá.

Al decirlo sintió, junto a la tristeza, un pequeño alivio. No tenía que guardar de una vez todo lo que aún quería contarle.

La luz de la mañana alcanzó el retrato. Inés permaneció allí, con las mejillas húmedas y el aroma de mandarina entre los dedos, acompañando a su madre un rato más.

Fin


Fecha de publicación: 23 de octubre de 2026