Capítulo 1 de 1
Renuncio a la docencia porque me mata el hambre
Me siento una aspirante a escritora de literatura universal aprisionada en el cuerpo de un docente. ¿Y acaso eso está mal?
No, al contrario: "nuestras prisiones humanas son las alas de nuestra libertad".
Estoy cansada de dar clases, estoy desgastada de tanto hablar y no ser escuchada. Me fastidia tanto que me ignoren cuando les estoy explicando la clase, de pedir una y mil veces que dejen el celular, que se quiten los audífonos inalámbricos, que guarden silencio…Yo no estudié para ser maestra, ¿qué hago aquí? De niña, claro que sí tenía esa ilusión, pero sólo tenía seis años, a esa edad quién puede tomar realmente una decisión objetiva de su razón de ser en este mundo tan desgarbado “hacer un bien social”, vaya, niña estúpida.
Estoy harta de que no puedan entender el valor del conocimiento, estoy harta de vivir como dictadora obligándolos a aprender algo que no quieren aprender. Si al menos tuvieran el valor de decir no quiero esforzarme, porque claro que aprender cuesta, pero son tan cobardes que se escudan en la frase tan trillada “no entendí”. Nadie nacimos entendiendo, esa es la idea, por eso estamos aquí, pero, ¿quién quiere estar aquí?
¿Cuánto tiempo falta para que termine la clase?, ya me quiero ir a casa, bendito Dios es viernes, descansaré todo este fin de semana. Pero, ¿y después qué? Nuevamente lunes, odioso lunes, volver a tener que regresar aquí a este estúpido lugar, a esta miserable existencia:
¡Soportar!, ¡Soportar!, ¡Soportar!, ¡Soportar!, ¡Soportar!, ¡Soportar!, ¡Soportar!...
Voy a dormir, ya es tarde, mañana tengo que levantarme temprano, es lunes y ocupo poner la alarma, a las cinco de la mañana. ¡Qué fastidio, no podré dormir ni cinco horas!, y, luego qué, para qué despertar, para volver a ese infierno llamado…llamado…llamado…
¿A quién odio realmente? ¿Qué es lo que odio realmente? ¿Qué es lo que no soporto realmente? Ya no puedo más, soy como una olla express con la perilla mal cerrada a punto de explotar. Creo que ya es momento de parar, el precipicio está justo al borde de la punta de los dedos gordos de mis pies, o me dejo caer al vacío o remendo esa última cuerda que me queda en la vida: apagar la alarma, no despertar más, no regresar jamás a ese lugar donde no soy bienvenida.
Apagaré el celular, sé que nadie hablará ni vendrá, pero ya no estoy más, quiero sentir esa tranquilidad de no poder oír a los perros de Juan Rulfo ladrar, porque si los vuelvo a escuchar, será señal de que sigo avanzando, y ya no deseo hacerlo más, estoy tan desgastada. Porque nadie vive de esperanzas, pero todos morimos sin ellas.
Renuncio a la docencia porque quiero morir en paz, con la fe y la esperanza de que di a los niños y jóvenes todo aquello que yo tanto necesité y que las generaciones pasadas me negaron. Aunque el fundamento esencial de la disciplina pedagógica explica que no existe determinismo social en la educación humana, sino libre albedrío y condiciones biológicas, el ser humano ignorante siempre tiene razón en muchas cosas y no razón en muchas otras.
Y las generaciones pasadas tuvieron razón en algo, que si me mantenía fiel a mi ideal mediocre de ser escritora de literatura universal me moriría de hambre. Pero esas generaciones antiguas también tuvieron razón en otro algo, que yo era muy inteligente y que con esa inteligencia podría estudiar una ciencia exacta y volverme millonaria.
Para ellos, las viejas generaciones, yo fui una tonta por elegir la mediocridad.
Sé que para las nuevas generaciones, los niños y jóvenes, yo ya soy ahora parte de esas generaciones viejas ignorantes y cuadradas.
Para ellos, las nuevas generaciones, yo deseo ser una mujer inteligente, porque decidí elegir la mayor riqueza que puede tener la humanidad: la literatura universal.
Realmente nunca estamos fracasando o muriendo de hambre, sólo estamos formando parte de un proceso lleno de aprendizajes que nos van llenando de pequeños fragmentos de plenitud y felicidad. Ese es nuestro destino como humanidad.
Sí, yo, la maestra Micaela, renunció a la docencia porque me estoy muriendo de hambre. Renuncio a la docencia para volverme creadora de contenido en la red social de SexiFans. Ahora seré la maestra de SexyFans, enseñaré la carne en lugar del conocimiento científico y social, porque el instinto salvaje y sexual vende más que nuestra intelectualidad y sabiduría humana. Y yo hoy, tengo hambre, y el hambre es un veneno potente con la capacidad mortal de aniquilar la dignidad.