Capítulo 6 de 10

Dar amor, cobrar aparte

«Dar amor constituye, en sí, dar educación».

—Eleanor Roosevelt

La taza dejó un círculo de café sobre la dirección de la consulta. Vesania descubrió la mancha al levantarla. Una parte del número telefónico había desaparecido bajo el borde húmedo. Pasó una servilleta. El papel se rompió. Buscó la hora entre sus mensajes y la anotó de nuevo, esta vez en la esquina de un guion. A las nueve tenía que transmitir. A las once tenía que acudir a la cita.

A las once y media había programado una publicación. Miró los horarios como si los tres tuvieran el mismo peso. Después escribió un cuarto: Aprender a querer. Sería el tema de La mañanera.

⁂

Durante sus años en la escuela, había escuchado muchas veces que lo importante era amar a los alumnos. La frase aparecía en cursos, discursos y mensajes de felicitación. Casi nunca venía acompañada de una explicación sobre los límites. Amarlos cuando gritaban. Amarlos cuando no trabajaban. Amarlos cuando una familia la insultaba. Amarlos también, suponía, cuando llegaba a casa y ya no le quedaba paciencia para su hermana. Ahora un suscriptor le había escrito:

Me haces sentir acompañado. Vesania conservó el mensaje. No incluía una solicitud. No preguntaba por la próxima fotografía. Solo hablaba de compañía. Respondió: Me alegra que este espacio te sirva. El hombre volvió a escribir a los pocos minutos. Quería contarle su divorcio. Luego su insomnio. Después preguntó si podían hablar todas las noches. Vesania miró el reloj. Eran las dos de la mañana.

Había dejado de pertenecer a la escuela, pero otra persona acababa de asignarle un turno.

⁂

El tema del amor atrajo a más espectadores que el de las instituciones educativas. La transmisión comenzó con una observación sencilla:

—Cuidar a alguien no significa estar disponible para esa persona a cualquier hora.

Vesania hablaba frente al pizarrón. Había escrito cuidado en letras grandes.

—Si el afecto necesita que uno desaparezca para que el otro esté bien, hay algo que revisar.

Los comentarios avanzaron. Una mujer contó que había dejado un empleo para atender a su padre. Otro usuario dijo que cuidaba a su esposa enferma. Alguien escribió: Entonces tú no querías a tus alumnos. Vesania leyó la frase. Durante un momento vio las bancas, la maceta, el dibujo de Abril.

—Los quería —respondió—. Precisamente por eso no quiero enseñarles que una persona debe destruirse para demostrarlo.

La respuesta fue compartida fuera de la plataforma. Algunos la escucharon como una defensa de los docentes. Otros como una provocación. Un tercero recortó los últimos segundos y añadió el título: La maestra que cambió el amor a sus alumnos por dinero.

⁂

Renata llegó antes de que terminara la emisión. Esperó fuera de cuadro. Vesania la vio en el reflejo oscuro de la pantalla.

—Tengo que salir —dijo al público—. Continuamos mañana.

Apagó la cámara. Su hermana se acercó.

—Nos da tiempo.

Vesania buscó el bolso. Por primera vez en varios días, no discutió. Sin el aro de luz encendido parecía distinta: más cansada, más joven, menos capaz de sostener la certeza con la que hablaba ante desconocidos. En el transporte permaneció mirando sus manos. Renata no la obligó a conversar.

⁂

La especialista revisó con ella las últimas semanas. Vesania contó que había renunciado. Que los ingresos estaban aumentando. Que apenas dormía. También, después de varias preguntas, habló de la voz.

—Fue una palabra —dijo—. No una conversación.

—¿Qué palabra?

—Sigue.

La mujer anotó. Vesania observó la pluma.

—No quiero que todo lo que haga se explique con eso.

—No todo lo que haces se explica con un síntoma.

La especialista la dejó hablar de la escuela y de la cuenta. Después regresó al sueño, a los sonidos y a la sensación de que algunos mensajes contenían instrucciones destinadas a ella.

—¿Puedes considerar que esas conexiones quizá no sean reales?

Vesania tardó.

—Puedo considerarlo.

—¿Y qué sientes cuando lo consideras?

—Que estoy abandonando algo importante.

La mujer no discutió la importancia que sentía. Intentó explorar lo que esa certeza estaba haciendo con su vida. Vesania respondió hasta que se cansó. Al final aceptó ajustes en el tratamiento y una nueva revisión. Salió con la impresión de haber sido escuchada. También con el temor de que, si mejoraba, perdería la fuerza que necesitaba para sostener su proyecto.

⁂

Renata la acompañó a casa. Guardaron la siguiente cita en el calendario. Pusieron una alarma. Comieron. Vesania durmió esa tarde casi cuatro horas. Al despertar encontró diecisiete mensajes del suscriptor que le había hablado del divorcio. El último decía: Pensé que eras diferente. Sintió una culpa inmediata. Abrió la conversación. Escribió una explicación sobre su ausencia. La borró. No le debía su historia clínica. Tampoco una prueba de bondad.

Respondió que no podía ofrecer acompañamiento permanente y que, si necesitaba apoyo, debía buscarlo fuera de aquel espacio. El hombre dejó de contestar. Un rato después canceló la renovación. Vesania miró la notificación. Había defendido un límite. El sistema lo tradujo en una pérdida.

⁂

Durante varios días siguió las indicaciones con constancia. Durmió más. Las ideas dejaron de correr con la misma velocidad. Grabó emisiones breves y preparadas. No escuchó voces. Renata la encontraba más cercana en las conversaciones. Vesania, sin embargo, experimentaba aquella mejoría como una reducción. Le costaba levantarse temprano. Sentía el cuerpo pesado. Al revisar sus videos antiguos veía una mujer que hablaba sin vacilar, convencida de que cada frase tenía un lugar.

La mujer de ahora pedía tiempo para encontrar palabras. Aun así, hizo algo que llevaba semanas evitando: revisó sus gastos completos. Había comprado ropa, equipo y objetos de decoración que no necesitaba. Algunas compras tenían sentido para el trabajo. Otras respondían a planes que apenas recordaba. Encontró un recibo por cincuenta carpetas. Las había pedido para su futura escuela. No había escuela. Tampoco sabía a quién pensaba entregar las carpetas.

Se quedó sentada frente a la caja. Luego la cerró.

⁂

La llamada llegó de un programa digital de entrevistas. Querían conversar con «la docente que había revolucionado la educación desde una plataforma para adultos». Vesania pidió que cambiaran la descripción.

—No he revolucionado nada.

El productor se rio.

—Es una forma de decirlo.

Acordaron una entrevista remota. Ella solicitó hablar de condiciones laborales y salud mental sin mencionar datos de sus antiguos alumnos. El hombre aceptó. Renata se ofreció a estar presente. Vesania dijo que no hacía falta. Quería demostrar que podía responder por sí misma.

⁂

La entrevista comenzó con un elogio.

—Muchos hombres habrían querido tener una maestra como tú.

Vesania dejó de sonreír.

—Podemos empezar por mi trabajo.

El conductor levantó las manos.

—Claro, claro. Era un cumplido.

La conversación regresó una y otra vez a su cuerpo.

¿Cuánto ganaba?

¿Le habían escrito padres de familia?

¿Se sentía más valorada ahora?

Vesania intentó explicar que recibir atención no equivalía a ser reconocida. El conductor la interrumpió.

—Pero te va mejor económicamente.

—Eso resuelve cuentas. No resuelve todo.

—Aunque ayuda más que la vocación.

Ella aceptó que ayudaba. Luego habló de la vergüenza que sentía al no poder comprar cosas básicas con su salario anterior. Durante unos segundos, el hombre la escuchó. Después preguntó:

—¿Qué les dirías a tus alumnos si te vieran?

Vesania miró el lente.

—Que mi vida adulta no es una clase que ellos tengan obligación de mirar.

El conductor dejó pasar un silencio. Luego sonrió. Había encontrado el fragmento que necesitaba.

⁂

El video se publicó con otra pregunta en el título:

¿La maestra que todos quieren o la que ningún padre desea?

Vesania sintió náusea al leerlo. El programa había conservado algunas ideas. También había añadido imágenes de sus redes públicas y música sugerente en los cambios de sección. Su voz hablaba del agotamiento. La edición invitaba a mirar sus piernas. Renata vio la entrevista completa.

—Podemos pedir que cambien el título.

Vesania no respondió. Había pasado tanto tiempo intentando ser escuchada que cada deformación pública le parecía una derrota personal. No podía separar todavía la mala intención del conductor de su propio deseo de haber aceptado.

⁂

Los seguidores aumentaron. El ingreso previsto también. La entrevista que la humillaba llevaba personas a su cuenta.

Andrés escribió esa tarde. Había visto el programa. Preguntó cómo estaba y añadió que nunca habría imaginado encontrarla allí. Vesania leyó el mensaje como si contuviera una oportunidad de corregir toda la conversación de su despedida.

Durante una hora preparó respuestas distintas. En una le explicaba los ingresos. En otra decía que ahora podía pagar las cosas que antes aplazaba. En la última quería preguntarle si había visto, además de sus piernas, lo que había intentado decir.

No envió ninguna. Él había elegido una frase que la obligaba a imaginar su juicio, y ella estaba otra vez intentando ganarse una respuesta amable.

Contestó que no quería comentar su vida con él. Después archivó la conversación. La negativa no le dio una paz inmediata. Una parte de ella quería que Andrés insistiera, reconociera el daño y le dijera que seguía siendo alguien a quien podía amar. Le avergonzó desearlo, aunque el deseo no la hiciera cambiar la respuesta.

Esa noche un suscriptor escribió que la cuidaría mejor que cualquier hombre. Vesania sintió la tentación de contarle lo de Andrés. Se detuvo antes de empezar. No sabía quién estaba detrás del nombre ni qué esperaba recibir a cambio de aquella promesa. Por primera vez distinguió la necesidad de sentirse querida del permiso para entregar otra parte de sí misma a un desconocido.

Su madre la llamó después de que una vecina le enviara el enlace. Vesania tardó en responder. Había imaginado una discusión sobre vergüenza, familia y respeto. Al escuchar la voz de su madre encontró una pregunta más difícil.

—¿Estás haciendo esto porque quieres o porque no puedes pagar?

Vesania miró los zapatos nuevos junto a la cama.

—Las dos cosas tienen que ver.

La mujer dijo que le dolía enterarse por otra persona. No le pidió una confesión de arrepentimiento. Tampoco consiguió ocultar que las imágenes la habían desconcertado.

—No sé cómo hablar de esto contigo.

—Puedes preguntarme cómo estoy.

Su madre lo hizo. Vesania empezó a responder con los ingresos, las visitas y el plan de materiales. A mitad de la explicación se dio cuenta de que no había dicho cómo estaba. Se enojó consigo misma y atribuyó el malestar a la llamada.

—Ahora me están escuchando —insistió.

—Yo te estoy escuchando y no sé si te encuentras bien.

Vesania terminó la conversación antes de que su madre pudiera añadir algo. Después le escribió que necesitaba tiempo. La respuesta llegó varios minutos más tarde: Puedo esperar para hablar de las fotos. Para saber si estás sola y tienes miedo, no quisiera esperar tanto.

Dejó el mensaje sin contestar. Durante la noche lo leyó tres veces, cada vez con una interpretación distinta. Vesania veía las dos cifras y no sabía dónde colocar la rabia. Había mensajes amables. Uno, firmado por Irene, decía: Me preocupa lo que están haciendo contigo. Si necesitas hablar, estoy aquí. También había amenazas y acusaciones. Alguien escribió que merecía perder la posibilidad de volver a enseñar. Otro aseguró que estaba fingiendo sus problemas para promocionarse.

Un usuario le preguntó si su enfermedad venía incluida en la suscripción. Vesania hizo una captura. Después otra. Terminó con una carpeta llena de crueldades. La revisaba por la noche como si pudiera encontrar entre ellas una explicación definitiva.

⁂

Mauricio la llamó. Ella contestó porque reconoció su nombre y, por un instante, quiso escuchar una voz del tiempo anterior.

—Vi algunos fragmentos —dijo él—. Quería saber cómo estás.

—Depende de qué fragmentos.

—Por eso te llamo a ti.

Vesania apoyó la frente en la mano. Le contó lo del título. La manera en que habían cortado sus respuestas. La facilidad con que todo terminaba hablando de su cuerpo. Mauricio escuchó. No le pidió cerrar la cuenta. No la felicitó por los ingresos. Al final dijo:

—Tu explicación merece más que ese programa.

Vesania lloró sin hacer ruido. Antes de terminar, él le contó que la planta había dado otra flor. Kevin estaba pendiente del riego. Abril continuaba escribiendo. Había grabado la canción de su abuela y preparaba un texto sobre la historia que ella contaba antes de cantarla.

Mauricio también tenía noticias de Marisol: la madre había confirmado a la escuela que la muchacha seguía estudiando en otro plantel. Eso no aclaraba las asesorías de Barragán ni reparaba lo ocurrido, pero al menos no había dejado las clases.

No mencionó la reacción de los alumnos a sus videos. Ella tampoco preguntó. Por una vez, dejaron que el salón existiera sin convertirlo en tribunal.

⁂

A finales de mayo volvió a dormir mal. Primero una noche. Después tres. La entrevista seguía circulando. Los mensajes llegaban a cualquier hora. Vesania empezó a levantarse para comprobar si alguien había publicado algo nuevo. Renata propuso que otra persona le ayudara a moderar. Ella aceptó a medias. Le permitió bloquear amenazas, pero no quiso apartarse de la pantalla. Tenía miedo de que hablaran por ella si no estaba presente.

Al mismo tiempo comenzó a sentirse observada incluso después de cerrar la aplicación. Cubrió la cámara de la computadora con cinta. Aquella medida podía ser una precaución corriente. Luego tapó el pequeño indicador del cargador. Decía que no confiaba en esa luz. Renata lo vio una tarde y sintió un frío lento en el estómago.

⁂

Durante La mañanera, Vesania anunció una iniciativa. La llamó La escuela del cuidado. Quería dedicar una parte de sus ingresos a materiales para docentes. No pidió dinero al público. Compraría libretas y marcadores con lo que ya había ganado. Renata la ayudó a formular el plan de manera sencilla. Un presupuesto. Una cantidad limitada. Una organización local que pudiera recibir el apoyo.

La primera entrega se realizó sin cámaras. Habían fijado un límite de mil quinientos pesos y conservado los recibos. Al entregarla, Vesania preguntó qué materiales servían realmente; tuvo que retirar de una caja unas carpetas que el taller no necesitaba y cambiarlas por cuadernos.

Vesania llevó tres cajas. Una mujer que coordinaba talleres comunitarios le agradeció. Le habló de adolescentes que acudían después de trabajar. De adultos que estaban aprendiendo a leer. Vesania escuchó con atención. Al volver a casa dijo: —Esto sí tuvo sentido. Renata sonrió.

—Sí.

Durante aquella tarde pareció posible que el proyecto encontrara una forma que no dependiera de demostrarle nada al mundo.

⁂

Dos días después, Vesania compró otras veinte cajas. El pedido superaba los ocho mil pesos: consumía buena parte de la reserva que había apartado para la renta y los gastos del mes siguiente.

No consultó el presupuesto. Dijo que la primera entrega había sido una señal. La comunidad debía multiplicarse. Después habló de becas, de aulas y de una transmisión simultánea para todo el país. Renata intentó volver a las tres cajas iniciales.

—Funcionó porque era algo que podías sostener.

—Quieres que piense pequeño.

Renata se frotó los ojos. Había salido de un turno doble y todavía llevaba puesta la camisa de la clínica.

—Hoy no puedo quedarme a discutir esto hasta la madrugada. Te puedo ayudar mañana con las cuentas. Necesito que haya alguien más.

Vesania oyó abandono donde su hermana intentaba poner un límite. Renata tardó en comprenderlo y elevó la voz al repetir la cifra. Luego se detuvo; estaba asustada y cansada, y ninguna de las dos estaba escuchando bien.

—Quiero que puedas cumplirlo.

Vesania caminó por el departamento.

—Si alguien hubiera pensado pequeño, ninguna escuela existiría.

La frase era defendible. El gasto no. Había comprometido dinero que necesitaba para los meses siguientes. Cuando Renata se lo señaló, ella respondió que el dinero iba a llegar. Lo dijo sin mirar las cuentas.

⁂

Aquella noche llamó a sus espectadores «compañeros del nuevo sistema». Algunos se rieron. Otros repitieron el saludo. La plataforma permitía enviar propinas. Cada pago apareció junto a un mensaje. Vesania empezó a tratarlos como votos.

—Están eligiendo una educación distinta —decía.

Una persona escribió que solo estaba felicitándola por la transmisión. Ella no lo leyó. Otra preguntó qué pretendía hacer con el dinero. Respondió con un discurso sobre el amor, la enseñanza y el cuerpo. Las ideas pasaban unas sobre otras. En cierto momento se quedó mirando hacia un lado.

—Sí, ya voy —dijo.

El chat preguntó con quién hablaba. Vesania regresó al lente.

—Con los que faltan.

No explicó más.

⁂

Renata vio la emisión desde su casa. La llamó al terminar. No obtuvo respuesta. Volvió a llamar. Después salió hacia el departamento. Encontró a Vesania moviendo la mesa. Había pegado hojas en las paredes. Nombres de materias. Horarios. Frases. En una de las puertas decía: DIRECCIÓN DEL CUIDADO UNIVERSAL.

—Necesitamos llamar a la doctora —dijo Renata.

Vesania miró el teléfono que llevaba su hermana.

—No delante de ellos.

—Aquí no hay nadie más.

Vesania guardó silencio. Luego señaló la cámara apagada. Renata no discutió sobre quién podía estar mirando. Se acercó despacio.

—Puedo quedarme contigo esta noche. Después vamos a necesitar más apoyo.

La respuesta tardó.

—No apagues la escuela.

Renata sintió ganas de llorar.

—Ahora vamos a sentarnos.

⁂

No fue sencillo. Vesania desconfiaba del agua que le ofreció al principio. Después la aceptó porque vio a Renata beber del mismo vaso. Se sentaron en el suelo, junto a las cajas. La llamada a la especialista fue breve. Renata describió lo que observaba y recibió indicaciones para buscar una valoración urgente. Vesania escuchó algunas palabras. Pensó que estaban decidiendo por ella. Se levantó.

—No puedes hacerme esto.

Renata permaneció sentada.

—No quiero que pases la noche así.

—¿Así cómo?

Su hermana miró las hojas de las paredes. No señaló ninguna.

—Con miedo.

La palabra encontró un lugar. Vesania bajó los ojos. Había pasado horas hablando de una misión. No había admitido que tenía miedo.

⁂

Aceptó salir cuando Renata le dijo que la acompañaría todo el tiempo que fuera posible. Se puso una chaqueta sobre la ropa. Buscó el bolso. Después regresó por la carpeta de Abril. No quiso dejarla. En la puerta miró el aro de luz. Seguía conectado.

—Van a pensar que los abandoné.

Renata apagó la lámpara.

—Esta noche puedes descansar de ellos.

Vesania quiso responder. No encontró la frase.

⁂

En la sala de espera, una televisión mostraba un anuncio de una escuela privada. Unos niños corrían por un jardín. Una voz prometía atención personalizada, valores y un futuro brillante. Vesania observó la pantalla con los ojos húmedos.

—Todo es amor hasta que alguien necesita algo —murmuró.

Renata le tomó la mano. No dijo que la frase fuera incoherente. No intentó transformarla en una lección. Cuando las llamaron, Vesania apretó la carpeta contra el pecho. La entrevista comenzó con preguntas que le resultaron pequeñas frente a lo que estaba pensando. Cuánto había dormido. Qué había escuchado. Si se sentía segura. Si creía que alguien quería hacerle daño. Intentó explicar su proyecto. El hombre que la atendía volvió al sueño.

Vesania lo miró con irritación.

—¿No quiere saber por qué estoy haciendo todo esto?

Él apoyó la pluma.

—Quiero saberlo. También necesito entender qué te está pasando esta noche.

Ella buscó el rostro de Renata. Su hermana seguía allí.

⁂

Horas después acordaron una estancia breve de observación. Vesania no la recibió como una pausa. La recibió como una amenaza de interrupción. Preguntó por el teléfono. Por la transmisión del día siguiente. Por las cajas. Nadie podía darle una respuesta que calmara todas las preguntas. Renata se inclinó hacia ella.

—Vamos a resolver una cosa a la vez.

Vesania la miró con una tristeza repentina.

—¿Todavía me quieres?

La pregunta hizo que su hermana cerrara los ojos un instante.

—Sí.

—Aunque todos estén mirando.

—Sí.

Vesania bajó la cabeza. Durante meses había recibido atención, solicitudes, pagos, elogios y amenazas. Aquella respuesta no traía ninguna condición visible. Le costó creerla.

⁂

Antes de guardar el teléfono, publicó un mensaje breve: La clase de mañana queda suspendida. Lo leyó. Añadió: Por causas que también deberían enseñarnos algo. Las respuestas empezaron a llegar. Corazones. Preguntas. Bromas. Alguien pidió una devolución. Otro escribió: Cuídate, profe. Aquí seguimos. Vesania intentó contestar. Renata le rozó la mano. Ella apagó la pantalla. El silencio que vino después fue insoportable durante unos segundos. Luego pudo escuchar algo más.

Su hermana estaba a su lado. Una enfermera preguntaba si quería una manta. Vesania asintió. Cuando se la colocaron sobre las piernas, buscó por costumbre dónde debía confirmar que la había recibido. No había casilla. No había fotografía. No había botón de pago. Se quedó sosteniendo el borde de la tela, desconcertada por aquel cuidado que no le pedía producir nada a cambio.