Capítulo 8 de 10

La asignatura de lo bueno

«El objeto de la enseñanza es dar a conocer lo bueno e inspirar amor por ello».

—Platón

En la pared del pasillo había una lista de derechos. Vesania la leyó durante su segunda mañana en el hospital. Derecho a recibir información. Derecho a un trato digno. Derecho a participar en las decisiones sobre su atención. La letra era pequeña. Alguien había colocado delante una mesa con un dispensador de agua, de modo que para leer las últimas líneas había que inclinarse. Vesania lo hizo. Una auxiliar pasó a su lado.

—No se quede ahí. Van a traer el desayuno.

Ella se incorporó.

—Estoy leyendo.

—Después puede leer.

La auxiliar siguió caminando. Vesania miró la lista. El derecho a recibir información, al parecer, debía ejercerse cuando no interfiriera con la distribución de las tostadas.

⁂

No toda la estancia fue hostil. Una enfermera llamada Inés le preguntaba cómo había dormido y esperaba la respuesta completa. Un trabajador de limpieza le acercó una silla cuando la vio de pie demasiado tiempo. La doctora Ríos seguía visitándola, aunque no estaba presente todos los días. También había turnos en los que las preguntas parecían hechas para marcar casillas.

—¿Escucha voces?

—Hoy no.

—¿Ideas extrañas?

Vesania levantó la mirada.

—¿Qué considera una idea extraña?

El médico que la entrevistaba dejó de escribir.

—Usted sabe a qué me refiero.

No lo sabía siempre. Aquella era parte de la dificultad. Había ideas que podía revisar con distancia. Otras conservaban una fuerza que le impedía reconocerlas como síntomas. Y había pensamientos sobre la educación que seguían siendo razonables, aunque nadie quisiera detenerse en ellos. Necesitaba aprender a distinguirlos. La pregunta, formulada así, parecía pedirle que negara todo el conjunto.

⁂

La segunda hospitalización duró casi tres semanas, hasta la segunda semana de julio. No todos los días trajeron una novedad; algunos sirvieron para comprobar que el sueño y las decisiones podían sostenerse sin la urgencia que había precipitado el segundo ingreso.

Vesania empezó a notar el paso de los días en detalles pequeños. Una sábana distinta. El menú repetido. La ausencia de una mujer que ocupaba la cama cercana. El cambio de turno. Había dejado de consultar el contador de su cuenta. Renata conservaba el teléfono y le llevaba noticias concretas cuando ella las pedía. Los ingresos bajaban. Las publicaciones seguían circulando. Algunas personas habían difundido copias de material que no debía salir de la plataforma.

Renata estaba reuniendo enlaces y reportes. Vesania escuchó aquello sin pedir ver las imágenes. Después preguntó: —¿Se puede borrar todo? Su hermana negó lentamente.

—No puedo prometerte eso.

Habían solicitado retirar las publicaciones identificables y conservaban los comprobantes de los reportes. Una amiga de Renata las ayudó a ordenar los enlaces para una consulta de orientación sobre las imágenes difundidas. No bastaba con mirar cuánto circulaban: necesitaban decidir qué acciones podían sostener sin pasar cada noche frente a la pantalla.

Vesania miró la ventana. Había cosas que una enfermedad podía interrumpir. La circulación de una imagen no parecía ser una de ellas.

⁂

Durante una actividad de lectura, una terapeuta repartió hojas con preguntas.

¿Qué cosas le hacen bien?

¿Qué personas forman parte de su red de apoyo?

¿Qué metas le gustaría recuperar?

Vesania escribió: Dar una clase que tenga sentido. Se quedó mirando la respuesta. Luego añadió: Sin tener que perderme para sostenerla. La terapeuta pasó junto a su mesa. Leyó ambas frases.

—Podemos trabajar con esto.

Vesania sintió alivio. La segunda oración no había sido tachada. No era una falta de compromiso. Podía ser una condición.

⁂

Compartía la actividad con Teresa, la mujer que había conocido durante su primera estancia. Todavía estaba allí.

Teresa había permanecido allí durante el intervalo entre ambos ingresos. El equipo y su familia buscaban un apoyo al salir; ella decía que no quería volver a depender del mismo hijo para todo. Vesania no conocía su expediente y evitaba completar con suposiciones las partes que Teresa no contaba.

Practicaron otra vez su nombre. Teresa había mejorado la forma de la primera letra.

—Ahora parece menos torcida —dijo.

—Se entiende bien.

—Mi hijo siempre firma por mí cuando hay papeles.

Vesania levantó los ojos.

—¿Le explica lo que dicen?

Teresa se encogió de hombros.

—Dice que son cosas de adultos.

Las dos guardaron silencio. Teresa tenía sesenta y cuatro años. Vesania acercó una hoja limpia.

—Vamos a practicar también la fecha.

La mujer sonrió. Mientras escribían, el hospital dejó de ser por un rato un lugar donde Vesania estaba siendo evaluada. Volvió a ser un espacio donde podía ayudar sin anunciarlo. Eso no la curaba. Tampoco era una prueba de que pudiera regresar de inmediato a su antigua carga laboral. Pero le permitía reconocerse en algo distinto de la crisis.

⁂

La doctora Ríos le pidió que reconstruyeran las semanas anteriores. Lo hicieron despacio. Vesania pudo identificar algunas señales. La falta de sueño. La sensación de que ciertos mensajes estaban dirigidos secretamente a ella. La voz. La convicción de haber recibido una misión. No todo se volvió evidente al mismo tiempo. Había recuerdos que le provocaban vergüenza antes de permitirle comprensión.

—Creí que los pagos eran votos —dijo una tarde.

La doctora asintió.

—¿Cómo lo ves ahora?

Vesania miró sus manos.

—Era dinero por una cuenta.

—¿Y qué te hacía sentir entonces?

—Que alguien me había elegido.

La respuesta la dejó sin defensa. No había sido únicamente ambición. Había sido hambre de reconocimiento. Y sobre esa necesidad real se había construido una certeza que terminó por separarla de las personas que podían ayudarla.

⁂

Cuando preguntaba por la posibilidad de salir, las respuestas variaban. Ríos hablaba de sueño, estabilidad, seguimiento y un plan de apoyo. El doctor Salvatierra, que cubría otros turnos, hablaba de conciencia de enfermedad. Vesania entendía que necesitaba reconocer lo ocurrido. Lo que no entendía era por qué algunas conversaciones terminaban siempre en su profesión.

—Usted tiene estudios y un trabajo al que puede volver —dijo Salvatierra durante una entrevista—. Tiene que recuperar una vida normal.

—Renuncié.

—Eso se está revisando.

Vesania frunció el ceño.

—¿Quién lo está revisando?

El médico buscó una hoja.

—Hay gestiones administrativas.

No explicó más. Ella salió de la entrevista con una inquietud nueva: mientras intentaba comprender su propia mente, otros parecían estar redactando su futuro.

⁂

Renata le aclaró la situación durante la visita.

Laura había pedido únicamente documentos que Vesania pudiera autorizar para revisar lo ocurrido alrededor de la renuncia y las ausencias. Después del segundo ingreso, Renata llevó al hospital la copia del expediente administrativo que su hermana había solicitado. La entregó a Mireya cuando Vesania aceptó hablar con ella; no remitió informes clínicos por su cuenta.

Laura había ofrecido contactar a la asesoría laboral del personal. Esa gestión esperaba todavía la autorización de Vesania. Todavía no existía una resolución definitiva.

—Yo no pedí que te obligaran a volver —dijo su hermana.

Vesania la miró.

—¿Y por qué todos hablan de eso?

—Porque sería una posibilidad de ingreso y de conservar apoyos.

—Una posibilidad para ellos.

Renata acercó la silla.

—Podemos decir que no quieres decidir todavía.

Vesania asintió. Necesitaba aquella palabra. Todavía. No sabía si quería regresar. No sabía si podría. No quería que su incapacidad para responder en ese momento se convirtiera en permiso para que alguien respondiera por ella.

El martes siguiente acudió a verla Mireya, una trabajadora social del hospital. Laura había dejado su contacto para que, si Vesania lo autorizaba, pudieran coordinar los aspectos administrativos del seguimiento.

Llevaba una carpeta gruesa y una expresión cansada. Antes de preguntar nada, explicó para qué estaba allí. Vesania agradeció el gesto. Mireya habló de cobertura, trámites y continuidad de la atención. Había que aclarar qué servicios podían mantenerse y bajo qué condiciones administrativas. También mencionó la revisión de la renuncia.

—Se está considerando la documentación clínica y la fecha en que la entregaste. Puede haber una vía para solicitar que se revise la separación del puesto.

—¿Eso quiere decir que me devolverían el trabajo?

—Quiere decir que podemos pedirlo. No puedo prometerte el resultado.

Vesania respiró con dificultad. Una parte de ella sintió alivio. Otra vio de inmediato el salón, los teléfonos levantados y los padres reconociendo su rostro.

—¿Y si no quiero?

Mireya cerró la carpeta un momento.

—También necesitamos saberlo.

Era la primera vez, dentro de aquella conversación administrativa, que la negativa aparecía como una respuesta que también podían registrar.

⁂

Vesania pidió papel.

Antes de redactar las preguntas, Mireya le dejó dos autorizaciones separadas. Una permitía solicitar la revisión laboral con apoyo de la asesoría del personal. La otra limitaba la comunicación médica a una constancia sobre el periodo de atención y las necesidades de seguimiento; excluía notas de consulta y detalles íntimos.

Las leyeron juntas. Vesania corrigió el nombre del destinatario en la segunda y pidió conservar copias. Firmó para abrir la revisión, no para aceptar un regreso. Mireya escribió esa diferencia en la hoja que entregó a Laura.

Después quiso preparar preguntas para la siguiente reunión. Escribió:

¿Puedo recibir atención sin volver ahora?

¿Quién conocerá mi información clínica?

¿Qué pasaría con los videos?

¿Habría alguna adaptación del trabajo?

¿Puedo elegir otra actividad?

Le costó añadir la última. La palabra otra parecía un abandono. Durante años había definido su identidad mediante un sustantivo. Maestra. Incluso en la plataforma había conservado la palabra. Sin ella, no sabía cómo presentarse. Al final escribió una pregunta distinta:

¿Tengo derecho a dejar de ser maestra sin tener que demostrar que odio enseñar?

La leyó varias veces. No estaba dirigida únicamente a Mireya.

⁂

La respuesta institucional llegó en partes. Algunos apoyos podían continuar mientras se aclaraba su situación. La revisión laboral requería tiempo. La oficina podía plantear una reincorporación si se reunían ciertos elementos y existía la valoración correspondiente. Las medidas sobre el trabajo tendrían que discutirse con otras personas. No había una garantía de reducir grupos. No había una promesa de resolver el acoso. La información era prudente. También dejaba intacto el miedo.

Vesania comprendió que recuperar el puesto y poder habitarlo eran asuntos diferentes. Un documento podía devolverle una plaza. No podía devolverle la intimidad.

⁂

Una tarde, Salvatierra la encontró escribiendo.

—¿Qué hace?

—Preguntas.

Él tomó asiento. Vesania le habló de la diferencia entre atender una enfermedad y descalificar todas las razones que habían precedido a ella.

—Mi sueldo no dejó de ser insuficiente porque yo escuchara una voz.

El médico asintió sin interés visible.

—Eso lo verá con el área correspondiente.

—También tiene que ver con cómo voy a estar al salir.

—Ahora lo importante es que tome su medicamento y descanse.

Vesania sostuvo la pluma.

—Lo estoy haciendo.

—Entonces no se concentre tanto en esas ideas.

Ella lo miró.

—¿En cuáles?

—En el sistema, en la educación, en cambiar el mundo. Necesita volver a la realidad.

La frase la golpeó con una familiaridad desagradable. En la escuela le habían pedido una actitud positiva. Ahora le pedían una realidad adecuada. En ambos lugares tenía que averiguar qué parte de lo que decía resultaba tolerable.

⁂

Salvatierra continuó:

—Usted puede recuperar una rutina. Levantarse, ir a trabajar, dar sus clases. Ser una maestra normal.

Vesania bajó la mirada hacia su hoja.

—¿Qué es una maestra normal?

—Una persona que cumple su función sin ponerse en estas situaciones.

Él señaló vagamente la habitación. No dijo qué situaciones. La plataforma. La crisis. Los discursos. El escándalo. Todo quedó reunido en el gesto de una mano. Vesania sintió que la vergüenza empezaba a sustituir al diálogo. No respondió. El médico pareció interpretar el silencio como un avance.

⁂

Cuando Ríos regresó, Vesania le contó la conversación. No reprodujo cada frase. Le mostró la pregunta escrita en su hoja.

¿Tengo que dejar de pensar para demostrar que estoy bien?

La doctora permaneció unos segundos leyéndola.

—No.

Vesania esperó.

—Tenemos que trabajar para que puedas pensar sin que el miedo, las voces o esas certezas te arrastren. Eso no exige que estés de acuerdo con todo lo que pasa fuera.

La explicación le produjo alivio. Después enojo.

—Entonces deberían hablar entre ustedes.

Ríos asintió.

—Tienes razón en pedir que las indicaciones sean claras. Yo tampoco expliqué bien al principio quién recibiría cada documento. Voy a revisarlo contigo y con el equipo.

Acordó revisar el plan con el equipo y explicarle los criterios. El problema era que no todas las horas transcurrían bajo esa claridad. Había mañanas de inquietud. Noches en las que volvía a sentir que una palabra tenía un significado oculto. Días de tristeza pesada en los que no quería levantarse. La mejoría no avanzaba como una calificación que subía cada semana. Vesania empezó a observarse sin saber todavía cuándo confiar.

Si una idea le daba entusiasmo, temía que fuera el inicio de otra crisis. Si estaba cansada, temía haberse quedado sin vida interior. La vigilancia de su propia mente se convirtió en una tarea agotadora. No había forma de pedirle que se quitara esa tarea de encima. Tampoco debía llevarla sola. A veces lo recordaba. Otras lo olvidaba.

⁂

Teresa seguía practicando. Una mañana escribió su nombre completo sin copiarlo. Después empujó la hoja hacia Vesania.

—Ahora usted.

—Yo sé escribir mi nombre.

—Ya sé. Pero casi siempre está escribiendo cosas de otros.

Vesania tomó la pluma. Escribió: Vesania Eleonora. Teresa observó las letras.

—Tiene un nombre largo.

—Sí.

—Hay que hacerle espacio.

Teresa se interrumpió para buscar sus lentes. Los tenía sobre la cabeza. Se rio de sí misma y luego pidió otra hoja porque quería escribir el nombre de su nieta. La conversación siguió por un camino que Vesania no podía convertir en una lección sobre ella.

Vesania soltó una risa pequeña. La mujer no conocía sus videos. No había visto sus fotografías. No le había preguntado cuánto ganaba ni qué diagnóstico estaba en estudio. Frente a ella, su nombre seguía siendo algo a lo que había que darle espacio.

⁂

Durante una visita, Renata llevó una carta de Mauricio. Él había preferido no enviar trabajos de alumnos ni mensajes que pudieran comprometer su privacidad. Solo escribió sobre la escuela. La planta estaba bien. Habían cambiado otra vez el formato de planeación. El baño había sido reparado. Un grupo preparaba una exposición. Al final añadió:

Aquí siguen existiendo cosas que valen la pena. También siguen existiendo las cosas que te hicieron daño. No quiero mentirte sobre ninguna de las dos. Vesania leyó el párrafo dos veces. Después dobló la carta. Agradeció que no intentara rescatar su vocación utilizando solo la mitad bonita del recuerdo.

⁂

La cuenta para adultos seguía siendo tema de discusiones ajenas. Algunas personas afirmaban que debería cerrarla para siempre. Otras le exigían volver. Un usuario envió un mensaje largo sobre su derecho a hacer lo que quisiera con su cuerpo. Vesania lo leyó durante un momento de acceso acompañado al teléfono. Agradeció la intención. Sin embargo, le faltaba una parte.

Tener derecho a decidir no significaba que todas sus decisiones recientes hubieran sido tomadas en las mismas condiciones. Necesitaba revisar lo que había elegido. Lo que había aceptado por miedo. Lo que había hecho durante la crisis. No quería que otra persona lo decidiera en bloque. Ni el moralista. Ni el admirador. Ni el médico. Guardó el teléfono antes de terminar de leer los comentarios. Aquello fue una decisión pequeña. La reconoció como suya.

⁂

Mireya organizó una reunión para la semana siguiente. Participarían las personas necesarias para discutir la continuidad de la atención y las opciones laborales. Vesania preguntó si tendría que firmar algo.

—Puede haber documentos que revisar —respondió Mireya—. No tienes que firmarlos sin entenderlos.

Vesania recordó a Teresa. Su hijo decía que los papeles eran cosas de adultos. La enseñanza de aquella frase empezaba a parecerle más extensa de lo que había creído. Pidió que Renata estuviera presente. Pidió también una copia de lo que fueran a tratar. Mireya lo anotó. Ninguna de las dos sonrió demasiado. Había asuntos serios que no mejoraban por ponerles una expresión amable.

⁂

La noche anterior a la reunión, Vesania volvió a leer el cartel de derechos. Esta vez no había una mesa delante. Pudo terminarlo sin inclinarse. Regresó a su habitación y abrió la libreta. Quería escribir una frase sobre lo bueno. No encontró una definición completa. Pensó en la enfermera que le había ofrecido una manta durante su primer ingreso. En Ríos permitiéndole preguntar. En Salvatierra pidiéndole que dejara de pensar tanto.

En los documentos que podían darle seguridad o devolverla a un lugar que le daba miedo. Lo bueno no llegaba siempre vestido de bondad. A veces tenía un tono impaciente. A veces requería que ella insistiera. A veces alguien decía cuidarla y comenzaba a elegir por ella. Escribió: Quiero estar mejor. No sé todavía qué vida podré vivir cuando lo esté. Debajo añadió: No son la misma pregunta.

⁂

A la mañana siguiente se vistió despacio. Renata llegó temprano. Le acomodó el cuello de la blusa y luego retiró las manos.

—¿Así está bien?

Vesania asintió. Agradeció que preguntara. En la sala de reuniones había una carpeta para ella. Su nombre aparecía en la portada. Dentro, entre hojas médicas y administrativas, encontró una propuesta que incluía la palabra reincorporación. Más abajo leyó: Restablecimiento de la funcionalidad. Levantó los ojos.

—Antes de empezar —dijo—, necesito saber qué función esperan que recupere.

Nadie respondió inmediatamente. Vesania puso una mano sobre la carpeta. Esta vez no interpretó el silencio como una señal secreta. Lo dejó ser lo que era: varias personas buscando una respuesta a una pregunta incómoda. Y esperó.