Capítulo 13 de 13

La novia salió del escaparate

La mañana de la despedida, Mercedes abrió la ventana antes de despertar a Inés. El aire frío entró hasta la cama. En el patio, las hojas del limonero se movían suavemente y un vecino barría la banqueta. Habían pasado varias semanas desde la noche en que Elisa cerró los ojos.

Inés se incorporó despacio.

La piel del hombro ya no estaba endurecida. Quedaban tres marcas pequeñas, apenas más claras que el resto.

Mercedes dejó una taza sobre la cómoda.

—Amalia llamó. Nos espera a las nueve.

Inés asintió.

Sobre una silla tenía preparado un vestido oscuro que había ajustado la tarde anterior. Lo tomó y pasó los dedos por el dobladillo.

No había sentido miedo al coserlo.

Se dio cuenta de eso mientras lo sostenía.

La autorización para la inhumación había llegado al terminar la revisión de los documentos. Las diligencias continuarían, pero aquella mañana Elisa recibiría una despedida con su nombre completo. Amalia dejó la carpeta sobre el escritorio y tomó el ramo que había preparado.

Se reunieron en una capilla pequeña.

No habían anunciado la hora.

Amalia quiso una despedida tranquila, lejos de cámaras levantadas por curiosidad. Asistieron Mercedes, Inés, Julián y su madre. También Adela, que llegó con un ramo sencillo y pidió sentarse cerca de la salida.

El ataúd permaneció cerrado.

Sobre él colocaron flores blancas y una fotografía de Elisa antes de morir. En la imagen llevaba un vestido cotidiano. Sonreía hacia alguien que estaba fuera del encuadre.

Inés reconoció la fotografía del paquete de Valdés.

Julián había recortado la parte donde aparecía el restaurador.

—Es mejor así —dijo Amalia cuando la vio.

No habló de borrar la historia.

Quería que, al menos durante aquella mañana, Elisa pudiera ocupar el centro de su propia despedida.

Mercedes se acercó primero.

Apoyó la mano izquierda sobre la madera.

La cicatriz había cerrado. Ya no le dolía al doblar el pulgar.

Permaneció un rato sin decir nada.

Después inclinó la cabeza.

—Yo también tenía veinte años —murmuró.

Inés, que estaba junto a ella, esperó.

Su tía retiró la mano y miró la fotografía.

—No sabía lo que te habían hecho.

Había vivido casi medio siglo creyendo que su miedo era una vergüenza privada. Pensó en las veces que despertó escuchando una voz, en los trabajos que rechazó cuando implicaban vestidos antiguos, en el encaje escondido al fondo de un cajón.

No intentó convertirlo en perdón.

Pascuala había tomado una decisión que la dejó marcada.

Mercedes podía comprender su dolor y seguir sintiendo rabia por lo que hizo con él.

Regresó al asiento.

Inés le tomó la mano.

Amalia llevaba el pañuelo donde había guardado la flor de azahar.

Durante el tiempo que Elisa permaneció bajo revisión, conservaron la flor en una pequeña caja para evitar que se deshiciera.

Ahora la colocó junto al retrato.

No llevaba el vestido antiguo.

Aquella prenda había quedado como parte de los objetos examinados. Amalia no pidió que la utilizaran. Había cubierto a Elisa con un lienzo sencillo cuando les permitieron despedirse de ella por última vez.

—Te vestí muchas veces —dijo en voz baja—. Nunca pregunté qué habrías elegido tú.

Sus dedos temblaron al acomodar la caja.

Inés se acercó para ayudarla.

Amalia dejó que lo hiciera.

Después se sentó junto a Mercedes.

Las dos mujeres no habían hablado tanto desde los años en que trabajaban como aprendices.

Ahora compartían algo más difícil que un recuerdo.

También compartían la posibilidad de dejar de guardarlo solas.

En el cementerio, el viento levantó polvo entre las lápidas.

El espacio reservado para Elisa había sido preparado. Su nombre, limpio sobre la piedra, podía leerse sin apartar ramas ni inclinarse demasiado.

A un lado descansaba Tomás Villaseñor.

Julián llevaba una copia de la última carta.

Amalia le pidió que leyera solo el párrafo donde él recordaba a Elisa caminando bajo la lluvia.

Su voz se quebró una vez.

Esperó.

Volvió a empezar.

Inés escuchó la descripción de una muchacha que levantaba la falda para no mojarse los zapatos y terminaba salpicando al hombre que intentaba cubrirla con el paraguas.

El recuerdo tenía torpeza, risa y agua.

Nada que ver con una mujer inmóvil bajo un velo.

Cuando bajaron el ataúd, Amalia cerró los ojos.

Mercedes sostuvo su brazo.

Inés dejó una flor sobre la tierra.

No pidió una señal.

Después fueron a comer a casa de la madre de Julián.

Adela se despidió en la puerta.

La casa de los moldes seguía cerrada. Los propietarios habían autorizado la revisión de los documentos y objetos relacionados con el hallazgo.

Adela ya no iba sola.

No había vuelto a ver al hombre de la cicatriz.

—A veces me parece que lo voy a encontrar en la esquina —confesó.

Inés entendió.

—A mí también me pasa.

Adela la abrazó brevemente.

No prometieron que olvidarían.

Durante la comida hablaron poco de la tienda. La madre de Julián sirvió guisado, preguntó quién quería más tortillas y contó que una vecina había confundido sal con azúcar al preparar un pastel.

Mercedes se rio.

Fue una risa corta, sorprendida.

Inés la miró y después sonrió también.

La Casa de las Novias reabrió un mes más tarde.

Amalia hizo reparar el escaparate y retiró el espejo roto.

No lo sustituyó por otro del mismo tamaño. Colocó uno nuevo junto a los probadores, donde las clientas podían verse con comodidad.

El taller conservó sus dos máquinas de coser.

La mesa de corte fue lijada.

El calendario, finalmente, cambió.

Amalia ofreció a Inés regresar al trabajo.

Se lo preguntó una tarde, sentadas en el patio de Mercedes.

—Entendería que prefirieras otro lugar.

Inés miró a su tía.

Mercedes no respondió por ella.

—Quiero volver —dijo la joven—. Pero necesito saber cuánto voy a ganar por los pedidos que haga.

Amalia levantó las cejas.

Después sacó una libreta.

Hablaron del sueldo, los horarios y las responsabilidades.

Inés se fue de aquella conversación con un acuerdo concreto.

Por primera vez, la llave de la tienda no le pesaba en el bolso.

Julián terminó de organizar el archivo de su abuelo.

Conservó las fotografías originales de los comercios y entregó copias de las imágenes relevantes a quienes revisaban el caso.

No publicó el cuerpo de Elisa.

Preparó una pequeña serie con la ciudad: calles, letreros, patios, fachadas. Entre esas imágenes incluyó el escaparate vacío durante las reparaciones.

Cuando Inés vio la fotografía, se quedó observándola.

—Parece más grande.

—Siempre tuvo ese tamaño.

Ella sonrió.

Había espacio para ver las cortinas, las tablas y la luz que entraba desde la calle.

También para imaginar algo distinto.

Julián le preguntó si quería salir a tomar café.

Inés aceptó.

No pensó en bodas ni en promesas.

Solo en una mesa, una conversación y la posibilidad de marcharse cuando quisiera. La placa y los documentos de Valdés permanecieron bajo resguardo. El nombre de Elisa seguía intacto en el cobre; las letras del restaurador habían quedado destruidas. Amalia guardó las cartas de Pascuala cuando le devolvieron sus pertenencias personales.

Las colocó en una caja identificada.

Mercedes conservó una copia de la confesión.

Durante varios días no pudo leerla.

Después lo hizo acompañada de Inés.

Lloró.

Dobló la hoja.

La guardó entre sus documentos, donde ya no tendría que fingir que nunca existió.

El nuevo escaparate estuvo listo al comenzar el invierno.

Inés confeccionó un vestido de líneas sencillas, con pequeñas flores bordadas alrededor de la falda.

Lo colocaron sobre una estructura de madera, sin rostro ni manos.

A su lado había una fotografía de Elisa joven y una tarjeta con su nombre.

Amalia pidió escribir pocas palabras.

Pasaron una tarde cambiando frases hasta encontrar una que pudiera quedarse.

En memoria de Elisa, cuya vida fue mucho más que esta leyenda.

Algunos visitantes protestaron.

Extrañaban la figura.

Otros preguntaron si podían comprar una réplica.

Amalia respondía que no.

Después los invitaba a mirar los vestidos.

El negocio tardó en encontrar una nueva rutina, pero la encontró.

Una tarde, Inés se quedó para terminar un ajuste.

Amalia estaba en el taller haciendo cuentas.

Mercedes había pasado a dejar pan y se sentó junto a la máquina antigua, reparando el bolsillo de una chamarra.

El sol bajaba detrás de las fachadas.

Inés salió al local y encontró a una niña mirando la fotografía del escaparate. Su madre esperaba cerca de la puerta con una funda de vestido.

—¿Ella trabajaba aquí? —preguntó la niña.

Inés se acercó.

—Su mamá tenía la tienda.

La pequeña observó el retrato.

—Se ve contenta.

Inés miró la sonrisa de Elisa.

—Ese día parece que sí.

La madre llamó a la niña.

Ambas se despidieron.

Inés cerró la puerta y se quedó un momento frente al vidrio.

Su reflejo aparecía junto a la fotografía.

Llevaba el cabello suelto, un lápiz detrás de la oreja y una cinta métrica sobre los hombros.

No había nadie detrás de ella.

Desde el taller llegó la voz de Mercedes:

—¿Vienes? Se enfría el café.

Inés volvió la cabeza.

Vio a su tía junto a la mesa, sosteniendo dos tazas.

Amalia apartaba los papeles para hacerles espacio.

—Ya voy.

Apagó la luz del escaparate.

La calle siguió iluminada.

Tomó su bolso y caminó hacia ellas.

Aquella noche, al terminar de comer, salió por la puerta principal y se llevó la llave consigo.

Elisa ya descansaba donde la habían esperado.

Inés todavía tenía a dónde volver.

FIN