Portada de La voz que faltaba

La voz que faltaba

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Palabras del Corazón

Todos los días, a las seis de la mañana, Teresa encendía el micrófono de la pequeña radio comunitaria.

—Buenos días, San Jacinto. Ya está amaneciendo. Abríguense los que van al campo y no se vayan sin desayunar.

Su voz acompañaba a los panaderos, a los choferes y a las mujeres que preparaban a sus hijos para la escuela. Anunciaba perros extraviados, documentos encontrados y cumpleaños que nadie quería dejar pasar.

A veces también le tocaba pedir ayuda.

—Se necesitan donadores de sangre.

—La familia de don Eusebio está reuniendo para sus medicamentos.

Entonces el teléfono de la cabina comenzaba a sonar.

Teresa conocía la generosidad de su pueblo. Sin embargo, cuando tuvo miedo, no supo cómo pedir nada.

Vivía sola desde hacía cuatro años. Su hijo Andrés trabajaba en otra ciudad y la llamaba los domingos. Había aprendido a distinguir sus silencios, de modo que, si ella estaba triste, procuraba hablar mucho.

—¿Y el trabajo? ¿Sigues comiendo en la calle? ¿Ya arreglaron la fuga de tu departamento?

Así conseguía que él terminara contándole su semana sin preguntarle demasiado por la suya.

Una tarde, mientras se cambiaba para salir, Teresa sintió una pequeña dureza en uno de sus senos. Volvió a tocarse, primero de pie y después sentada en la orilla de la cama.

No recordaba haberla sentido antes.

Se miró en el espejo. Tenía cincuenta y dos años y algunas cicatrices que conocía bien: una marca junto a la ceja, recuerdo de una caída de niña; la línea de una operación en el vientre; una quemadura antigua en la muñeca.

Aquella dureza era nueva.

El teléfono sonó.

—¿Todo bien, mamá?

Teresa se cubrió con la blusa.

—Todo bien, hijo. Cuéntame.

En octubre, la enfermera del centro de salud llevó a la estación información sobre el cáncer de seno.

—¿Nos ayudas a anunciar las consultas, Tere?

Ella recibió las hojas y prometió leerlas.

A la mañana siguiente habló de la importancia de reconocer cambios en los senos y acudir a revisión. Leyó despacio, cuidando que se entendieran los horarios.

Cuando apagó el micrófono, se quedó mirando el teléfono del centro de salud.

Podía llamar en ese momento.

En cambio, acomodó los papeles y salió a comprar café.

Durante los días siguientes encontró razones para esperar. Tenía que grabar un anuncio, cubrir la feria del pueblo, acompañar a una vecina a cobrar su pensión.

Por las noches se tocaba otra vez. La dureza seguía allí.

Una mañana, mientras repetía al aire que un cambio debía revisarse aunque no doliera, se le quebró la voz.

Bajó el volumen del micrófono y puso una canción.

Del otro lado del vidrio, Nicolás, el muchacho que manejaba los controles, levantó la mirada.

—¿Se siente mal?

—Se me secó la garganta.

Él le acercó agua, pero no regresó a su silla.

—Mi mamá dice que usted siempre se da cuenta cuando a alguien le pasa algo.

Teresa intentó sonreír.

—Tu mamá exagera.

—¿Quiere que llame a alguien?

La pregunta terminó por desarmarla.

Se cubrió los ojos con una mano.

—Creo que necesito ir al médico.

La enfermera la recibió esa misma semana.

Teresa habló con vergüenza.

—Tengo días diciendo por la radio que vengan a revisarse y yo…

—A ti también puede darte miedo —respondió la enfermera.

La médica que la atendió la examinó y solicitó estudios. Le explicó que muchos bultos no eran cáncer, pero que necesitaban averiguar qué estaba ocurriendo.

Teresa preguntó si tocarse habría evitado aquello.

—Tocarte puede ayudarte a reconocer cambios. No impide que aparezca un cáncer ni sustituye los estudios que te correspondan —le explicó—. Lo importante ahora es completar la valoración.

Al salir, Teresa se sentó en una banca frente al centro de salud.

Sacó el teléfono.

Andrés respondió al tercer tono.

—¿Qué pasó, mamá? ¿Por qué me llamas tan temprano?

Ella miró la gente que cruzaba la plaza.

—Necesito contarte algo. Déjame terminar antes de preocuparte.

No pudo cumplir aquella petición. Su hijo se preocupó desde la primera frase, pero la escuchó hasta el final.

Los estudios llevaron a una biopsia.

Andrés llegó la noche anterior a la entrega de los resultados. Teresa lo encontró en la puerta con una mochila y una bolsa de mandarinas.

—No tenías que venir desde tan lejos.

—Ya sé que siempre dices eso.

Cenaron pan con leche. Después él lavó las tazas, tal como lo hacía cuando era adolescente, dejando demasiada agua alrededor del fregadero.

Teresa estuvo a punto de corregirlo.

En cambio, se quedó viéndolo.

Al día siguiente escucharon juntos el diagnóstico de cáncer de seno. La médica les explicó las opciones y los pasos del tratamiento.

Teresa hizo pocas preguntas. Andrés anotó todo.

De regreso a casa, ella le pidió detenerse frente a la estación.

—¿Hoy quieres trabajar?

—Quiero avisar que voy a faltar.

A la mañana siguiente encendió el micrófono.

Llevaba un texto escrito, pero después del saludo lo apartó.

—Hoy necesito hablarles de algo mío.

Nicolás dejó de mover los controles.

Teresa contó que estaba enferma y que tendría que ausentarse algunos días. No dio detalles que todavía no se sentía preparada para compartir.

Luego respiró hondo.

—Me costó pedir ayuda. Si alguien está escuchando y ha notado un cambio en su seno, por favor, busque atención. Aunque no duela. Aunque tenga miedo.

Su voz tembló.

Esta vez no puso música para esconderlo.

Cuando terminó, Nicolás le pasó una caja de pañuelos.

El teléfono comenzó a sonar.

Durante el tratamiento llegaron mensajes, comida y ofrecimientos de transporte. Teresa aprendió a aceptar algunos y a decir cuándo necesitaba descansar.

Andrés no pudo quedarse todo el tiempo, pero organizó sus visitas. Su hermana la acompañaba a las consultas y Nicolás cubría el programa.

Hubo días en que Teresa no quiso contestar llamadas. Otros en los que escuchó la radio acostada, con los ojos cerrados, extrañando la cabina.

Una tarde recibió un audio de una mujer del pueblo.

«Soy Rosa, la de la papelería. Fui a revisarme por lo que dijo. Todavía me están haciendo estudios. Quería darle las gracias».

Teresa escuchó el mensaje dos veces. Después respondió:

«Cuando quieras hablar, aquí estoy».

Meses más tarde regresó al programa, todavía con citas y seguimiento médico pendientes.

Nicolás había bajado un poco el micrófono y colocado una silla más cómoda. Sobre la mesa había agua y una mandarina.

Teresa se puso los audífonos.

Por el vidrio vio a su hijo levantar el pulgar. Había llegado la noche anterior para acompañarla.

La luz roja se encendió.

—Buenos días, San Jacinto.

Tuvo que detenerse un instante.

—Gracias por guardarme este lugar.

Y por primera vez en muchos años, dejó que fuera el pueblo quien la acompañara a ella.


FIN

Fecha de publicación: 19 de octubre de 2026