Portada de Las vueltas que nos faltan

Las vueltas que nos faltan

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Palabras del Corazón

El primer día que Irene fue a la alberca, permaneció diez minutos sentada en el vestidor sin sacar el traje de baño de su bolsa.

A sus cincuenta y seis años le daba vergüenza mostrar las piernas, el vientre y aquella cicatriz de cesárea que había aprendido a esconder incluso de sí misma.

Estaba a punto de irse cuando una mujer de cabello blanco se sentó a su lado.

—¿También es tu primer día?

Irene asintió.

—Estoy pensando que mejor regreso mañana.

La mujer miró la bolsa cerrada.

—Yo llevo tres mañanas haciendo lo mismo. Si tú entras, entro.

Se llamaba Ofelia. Tenía sesenta y ocho años y llevaba un traje de baño azul que todavía conservaba la etiqueta.

Las dos terminaron riéndose mientras intentaban quitársela.

Irene se había inscrito porque su hija Paula le regaló el curso.

—Siempre quisiste aprender.

—Cuando era joven.

—Todavía quieres. Cada vez que vamos al mar dices que te gustaría meterte más lejos.

Irene no había sabido qué responder.

Había pasado la vida trabajando en una fonda, contando monedas, cuidando horarios y procurando que a su hija no le faltara nada. Después Paula se casó, se mudó y tuvo un niño.

Irene continuó ocupada, aunque a veces prolongaba la limpieza de una mesa para no llegar tan temprano a su casa vacía.

La alberca le cambió las mañanas.

Al principio se aferraba al borde. Ofelia hacía lo mismo a unos pasos de distancia. Después aprendieron a meter la cara, a soltar el aire bajo el agua y a dejar que el cuerpo flotara.

—No te pelees con el agua —les decía Daniel, el instructor—. Vamos despacio.

Un jueves, Irene consiguió avanzar varios metros sin tocar el fondo.

Al salir llamó a Paula.

—Hoy nadé.

Su hija guardó silencio un instante.

—¿De verdad, mamá?

Irene sonrió, todavía con el cabello mojado.

—Poquito. Pero nadé.

Fue en el vestidor donde notó el cambio.

Al quitarse el traje de baño, sintió una pequeña dureza cerca de la axila, hacia un lado del seno. Se tocó nuevamente.

No sabía si antes había estado allí.

Bajó el brazo cuando escuchó que alguien entraba y comenzó a vestirse deprisa.

Durante la siguiente clase perdió la concentración. Tragó agua, se cansó pronto y dijo que le dolía la cabeza.

Ofelia la alcanzó a la salida.

—¿Quieres que te acompañe a tu casa?

—Estoy bien.

Su amiga no insistió, pero se quedó junto a ella mientras esperaban el transporte.

Irene miró sus zapatos.

—¿Tú te revisas los senos?

Ofelia tardó un momento en responder.

—Procuro conocer cómo están. Y voy a mis revisiones. ¿Notaste algo?

Irene asintió, avergonzada.

—No sé si sea importante.

—Vamos a preguntar.

—No quiero hacer un escándalo.

Ofelia le tocó suavemente el brazo.

—Podemos ir sin hacer ninguno.

Pidieron una cita.

La noche anterior, Irene abrió varias veces el teléfono para llamar a Paula.

Siempre terminaba cerrándolo. Su hija estaba ocupada con el trabajo y el niño; no quería preocuparla sin saber nada.

En la consulta, la médica escuchó lo que había encontrado, la examinó y solicitó estudios.

—Muchos bultos tienen causas benignas, pero este cambio necesita valoración.

Irene preguntó si debía doler para ser peligroso.

—No. Hay cambios que requieren atención aunque no duelan.

También le explicó que observarse y tocarse podía ayudarla a reconocer algo diferente en su cuerpo, pero que no reemplazaba la mamografía ni los estudios indicados.

Ofelia la esperaba afuera con dos botellas de agua.

—¿Cómo te fue?

Irene se sentó junto a ella.

—Tengo que hacerme estudios.

Le tembló la boca al decirlo.

Su amiga abrió una botella y se la puso en las manos.

Permanecieron allí hasta que Irene pudo levantarse.

Paula se enteró esa tarde.

Llegó a la casa con su hijo dormido sobre el hombro. Lo acostó en el sillón y fue hasta la cocina, donde su madre fingía buscar un recipiente.

—¿Por qué no me dijiste?

Irene dejó de mover las tapas.

—Porque todavía no sabemos.

—Pero tú ya estabas pasando miedo.

Aquello la hizo llorar.

Paula la abrazó entre el fregadero y la mesa. Irene apoyó la cara en su hombro, sorprendida por la fuerza de aquellos brazos que ella había cargado tantas veces.

—Yo también quiero acompañarte, mamá —le dijo su hija.

Después de los estudios vino una biopsia.

El resultado confirmó un cáncer de seno.

Irene escuchó la explicación del equipo médico con una mano apretada sobre la rodilla. Preguntó por el tratamiento, por su trabajo y por cuánto tiempo necesitaría ayuda.

Al final hizo una pregunta más:

—¿Voy a poder volver a nadar?

La médica le explicó que tendrían que avanzar por etapas y que le indicarían cuándo y cómo retomar la actividad.

Irene asintió.

En el camino a casa lloró mirando por la ventanilla.

Paula conducía. En un semáforo extendió la mano y su madre se la sostuvo hasta que cambió la luz.

Hubo una cirugía y meses de tratamiento.

La fonda quedó temporalmente en manos de una sobrina. Paula organizó sus horarios para acompañarla a varias consultas. Ofelia aparecía los sábados con fruta y las noticias de la alberca.

—Daniel ya consiguió que me quite el flotador.

—No te creo.

—Me lo quitó él. Yo tampoco estaba convencida.

Irene reía y después, algunas veces, lloraba.

Extrañaba el agua. Extrañaba tener una preocupación pequeña, como aprender a respirar sin atragantarse.

Una tarde le pidió a Ofelia que se llevara sus goggles.

—Para que alguien los use.

Su amiga los sostuvo un momento y volvió a guardarlos en el cajón.

—Pueden esperarte aquí.

No hablaron más del asunto aquel día.

Cuando recibió autorización para regresar gradualmente, Irene pasó toda la noche buscando pretextos.

A la mañana siguiente llegó al vestidor y encontró a Ofelia en la misma banca donde se habían conocido.

Sacó el traje de baño. Sus manos se detuvieron sobre la tela.

—Mi cuerpo está distinto.

Ofelia esperó.

Irene respiró hondo.

—Todavía me cuesta mirarme.

Su amiga asintió y le dejó espacio para cambiarse.

Esta vez Irene tardó, pero salió.

Daniel la recibió sin aplausos ni anuncios. Le explicó los ejercicios suaves que harían y la ayudó a entrar.

El agua le cubrió las piernas, la cintura, los hombros.

En el otro extremo, detrás del vidrio, estaban Paula y su nieto. El niño pegó una mano pequeña al cristal.

Irene levantó la suya.

Después se sujetó del borde. Ofelia esperaba a su lado.

—¿Lista?

Irene miró el tramo de agua que tenía enfrente.

—Despacio.

Soltó una mano y luego la otra.

Avanzó unos metros. Se detuvo a descansar y sintió la respiración agitada, el agua sosteniéndola, la presencia cercana de su amiga.

Al levantar la vista encontró a su nieto saltando detrás del vidrio.

Irene sonrió.

Todavía les quedaban muchas mañanas para aprender.


FIN

Fecha de publicación: 19 de octubre de 2026