Capítulo 23 de 31

El regreso de Alejandro

Junio de 2016. Rebeca acababa de comunicar a Paulina la sentencia de primera instancia sobre su compensación. El fallo reconocía seis millones trescientos mil pesos sobre una base acreditada de catorce millones, equivalente al cuarenta y cinco por ciento; Alejandro había apelado. La discusión sobre avalúos, bienes excluidos y valoración de los cuidados seguiría ante la sala. La resolución tampoco comprendía el patrimonio ajeno de los otros socios ni las utilidades futuras del bufete. Paulina salió de la reunión con una explicación que pudo leer en casa y una espera nueva que ya no confundía con ausencia de derechos. Paulina tardó dos días en responder.

Durante ese tiempo, el mensaje permaneció debajo de conversaciones sobre audiencias, documentos pendientes y la cita de Lucía con la dentista. Quiero verte. No es por el juicio ni por los hijos. Es por nosotros. Lo leyó el lunes antes de entrar a una reunión. Volvió a leerlo el martes por la noche. La primera vez sintió rabia. La segunda, curiosidad.

La tercera descubrió algo que le produjo un alivio inesperado: no había pasado el día esperando otro mensaje. El miércoles escribió: Podemos hablar el viernes a las cinco, en la cafetería de la calle donde está mi oficina. Tengo una hora. Alejandro respondió casi de inmediato. Gracias, Pau. Ella miró el diminutivo. Hacía años que no lo utilizaba. Dejó el teléfono y regresó al contrato que estaba revisando.

—¿Quieres verlo? —preguntó Paola.

Estaban en el privado de Paulina, con las tazas del desayuno todavía sobre la mesa.

—Quiero escucharlo.

Paula se recargó en la silla.

—No es exactamente lo mismo.

—Lo sé.

Paulina pasó un dedo por el borde de su agenda.

—Hay cosas que imaginé preguntarle durante mucho tiempo. Ahora no sé si todavía me interesan las respuestas.

Ninguna le dijo que cancelara. Habían aprendido a no confundir acompañarse con decidir por las otras. Paola se levantó para abrir la ventana.

—¿Andrés sabe?

—Voy a contárselo.

—¿Para pedirle permiso?

Paulina sonrió.

—Para no convertir algo sencillo en un secreto.

Andrés escuchó sin interrumpir. Estaban sentados en una banca después de cenar. Su hija tenía un compromiso con amigas y él había aprovechado la tarde para verla.

—Alejandro quiere hablar de nosotros —explicó Paulina.

Andrés sostuvo la mirada sobre ella.

—¿Y tú qué quieres?

La pregunta la hizo guardar silencio. Nadie le había preguntado aquello cuando se casó. Todos querían saber si Alejandro estaba contento, si el embarazo iba bien, si ella podría ayudarlo a terminar.

—Entender por qué me busca ahora. Y decir algunas cosas.

Él asintió. Paulina lo observó.

—¿Te incomoda?

—Un poco.

La sinceridad le gustó más que una respuesta impecable. Andrés continuó:

—Pero no voy a pedirte que evites una conversación que necesitas tener.

Ella le tomó la mano. Se quedaron así hasta que empezó a refrescar.

El viernes, Paulina eligió el traje gris. No se vistió pensando en Alejandro. Se sorprendió al comprobarlo. Había pasado tantos años intentando adivinar qué ropa le parecía elegante, qué escote consideraba excesivo y qué corte podía disimular mejor su cuerpo, que esperaba sentir algo parecido. En cambio, estaba preocupada por una mancha pequeña junto al puño. Había una consulta a las cuatro. La cafetería estaba a tres minutos. A las seis y media tenía una llamada con sus socias. Su día no se había organizado alrededor de él. A las cinco en punto entró al establecimiento. Alejandro ya estaba sentado. Se levantó al verla.

Paulina notó el gesto con que recorrió su figura, la chaqueta entallada, el cabello, los zapatos.

Alejandro recordaba a la mujer de vestido verde que había apartado de la fotografía: el sobrepeso, el cabello recogido sin arreglo y la cara cansada después de organizar la casa. Ahora tenía delante un rostro más definido, el cabello castaño peinado y una figura estilizada bajo el traje. El cambio era demasiado claro para atribuirlo solo al maquillaje. También le costó reconocer la tranquilidad con que ella dejó el bolso y eligió dónde sentarse. Paulina no se acomodó la chaqueta para obtener su aprobación; abrió la carta del café. Antes aquella mirada habría decidido cómo se sentiría el resto de la tarde. Ahora le resultó incómoda.

—Estás muy guapa.

—Gracias.

Alejandro quiso besarla en la mejilla. Ella giró apenas el rostro y lo saludó con naturalidad, sin acercarse más. Se sentaron. Él había pedido una bebida por ella.

—La de siempre.

Paulina miró la taza. Antes tomaba café con leche y dos cucharadas de azúcar. Llevaba tiempo prefiriéndolo de otra manera. Llamó al mesero.

—¿Me trae un americano, por favor?

Alejandro bajó la vista. El gesto pequeño pareció desacomodarlo más que cualquier reproche.

Comenzó hablando de los hijos. Sofía estaba trabajando mucho. Mateo quería cambiar algunos planes de estudio. Lucía le contestaba con frases cada vez más breves. Paulina lo escuchó. Después miró el reloj de la pared. Alejandro siguió su mirada.

—Me dijiste que tenías una hora.

—Sí.

Él se acomodó en la silla.

—No sé por dónde empezar.

Paulina dejó la taza.

—Por lo que viniste a decir.

Alejandro respiró hondo.

—Me equivoqué.

Había ensayado muchas respuestas a una disculpa que nunca llegaba. En sus fantasías, al escucharla se quebraba una parte del mundo. Él entendía todo de golpe. Ella lloraba. Llegaban las respuestas que habían faltado. En la cafetería sonaba una licuadora. Una pareja discutía el precio de unos boletos. Paulina sintió tristeza. Nada más.

—¿En qué? —preguntó.

Alejandro levantó los ojos.

—En irme como me fui. En no valorar lo que teníamos.

Paulina esperó.

—Pensé que necesitaba otra vida.

Él se frotó las manos. Ya no llevaba el anillo. Ella tampoco.

—Mariana y yo terminamos.

Paulina no preguntó cuándo.

—Lo siento —dijo.

Alejandro pareció animarse.

—No funcionó. Quería cosas distintas. Yo llegaba cansado y ella quería salir. No entendía…

Se interrumpió. Paulina sostuvo la taza.

—¿Qué no entendía?

Él bajó la voz.

—La vida que llevo.

Paulina observó al hombre con quien había compartido más de veinte años. Estaba hablando de Mariana como había hablado de ella al marcharse: otra mujer que no encajaba en el lugar que él había preparado.

—Es una persona distinta de mí —dijo.

Alejandro asintió enseguida.

—Exactamente.

Paulina comprendió que no había entendido.

Él habló del despacho. Habían perdido algunos clientes. No todos por las mismas razones. Uno había cambiado de ciudad. Otro prefirió una firma más grande. Dos habían contratado a Serrano, Mendoza y Robles para asuntos nuevos después de recibir buenas referencias.

—Se habla mucho de ustedes —dijo.

Paulina dejó la taza sobre el plato.

—Hemos trabajado.

—Lo sé. Ahora lo veo.

Aquellas cuatro palabras la hicieron tensarse.

—¿Qué ves?

Alejandro la miró con una sonrisa que intentaba ser íntima.

—Tu capacidad. Tu carácter. Todo lo que eres.

Paulina pensó en sus apuntes de universidad. En las tarjetas con las que él preparó su examen. En las cenas para clientes. En las veces que le pidió opinión sobre un escrito y luego presentó el argumento como propio.

—También estaba antes —respondió.

Él apartó los ojos.

La propuesta llegó con la mano de Alejandro cruzando la mesa. No alcanzó a tocarla. Paulina retiró la suya para acomodar la servilleta.

—Podríamos intentarlo de nuevo —dijo él.

Ella lo miró.

—¿Qué imaginas?

Alejandro pareció aliviado de escuchar una pregunta.

—Salir. Hablar. Ver si podemos recuperar algo.

Hizo una pausa.

—Incluso podríamos encontrar una forma de colaborar entre los despachos. Tienen una línea de trabajo muy interesante. Con nuestra estructura…

Paulina se quedó inmóvil. Alejandro siguió hablando de contactos, oficinas y posibilidades. Cuando advirtió su expresión, se detuvo.

—No era por eso.

Paulina respiró despacio. Había llegado esperando una conversación sobre el pasado. Él ya estaba buscando dónde colocar su futuro.

—Cuando te fuiste, me diste tres mil pesos —dijo.

Alejandro frunció el ceño.

—No podemos reducir todo a esa noche.

—No lo estoy reduciendo. La recuerdo.

Paulina apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Yo no tenía ingresos. Lucía era una niña. Me pusiste delante un documento que decía que podía sostenerme y que dejaba sin claridad lo que ibas a aportar para nuestros hijos.

—Estaba mal asesorado.

Ella lo miró. Alejandro bajó la cabeza.

—Lo preparé yo.

La admisión quedó entre ellos. Paulina sintió un dolor antiguo, pero ya no la arrastró.

—Tuviste muchas oportunidades de hacer las cosas de otra manera después.

Él no respondió.

A las cinco con cuarenta y dos, Alejandro preguntó si había alguien más. Paulina se quedó callada un instante. No quería utilizar a Andrés para responder algo que le pertenecía por completo.

—Estoy conociendo a alguien.

Alejandro se echó hacia atrás.

—¿Luján?

Ella alzó la mirada.

—Sí.

—Tiene mucho dinero.

Paulina sintió que algo terminaba de cerrarse.

—Eso no explica mi decisión.

Él abrió la boca. Ella continuó antes de que cambiara la conversación.

—No quiero volver contigo, Alejandro.

Lo dijo sin elevar la voz.

—Podemos tratarnos con respeto. Tenemos hijos. Seguiremos hablando de lo que corresponda. Las cuestiones pendientes se atenderán con Rebeca.

Alejandro apartó la taza que había pedido por ella y la dejó junto al borde de la mesa.

—¿No queda nada?

Paulina sintió ganas de llorar. Habían existido cosas buenas. Negarlas habría sido otra manera de permitir que aquella última etapa ocupara toda su vida.

—Queda nuestra historia —respondió—. No quiero repetirla.

Él la acompañó hasta la salida. En la banqueta quiso abrazarla. Paulina aceptó un abrazo breve. No sintió el deseo de quedarse. Eso la conmovió más que cualquier palabra de la tarde. Alejandro se apartó.

—Te ves feliz.

Ella miró hacia el edificio donde estaba la oficina. Las ventanas reflejaban el cielo.

—Estoy construyendo una vida que me gusta.

Se despidió y cruzó la calle.

Paola la encontró sentada frente a la computadora. Tenía los ojos húmedos. No estaba trabajando.

—¿Quieres hablar?

Paulina asintió. Paula cerró la puerta y se sentó junto a ellas. Paulina contó la conversación sin adornarla. Al llegar a la propuesta de colaboración, Paola soltó una exclamación y después se cubrió la boca. Paula negó despacio. Ninguna celebró el dolor de Alejandro. Había demasiado del propio en aquella mesa. Cuando Paulina terminó, permanecieron en silencio. Después Paola preguntó:

—¿Qué necesitas ahora?

Paulina miró la hora. Todavía tenían la llamada pendiente.

—Cinco minutos. Y luego seguimos.

Esa noche cenó con sus hijos. No les contó la conversación. Si Alejandro quería hablar con ellos, tendría que hacerlo sin convertirlos en intermediarios. Más tarde llamó a Andrés. Él respondió desde su casa.

—¿Cómo estás?

Paulina se sentó al borde de la cama. Pensó antes de contestar.

—Triste. Y tranquila.

Andrés le dijo que también había pasado una tarde incómoda imaginando la conversación. Paulina agradeció que lo reconociera. No le contó cada frase para demostrar fidelidad; le explicó lo que necesitaba compartir y preguntó por Elisa. Hablar de sus vidas exigía aprender cuánto contar y cuánto dejar en el espacio propio de cada uno. Esa noche ninguno salió de la llamada con todo resuelto. Quedaron de caminar el domingo y cumplieron.

El sábado, Paulina fue al gimnasio sin maquillaje, hizo su rutina de fuerza y se detuvo cuando la rodilla comenzó a molestar. La imagen que Alejandro había elogiado no había aparecido para aquella cita: incluía años de entrenamiento, ropa elegida a su gusto y el hábito de reservar tiempo para ella. Se duchó, preparó comida para dos días y pasó la tarde con Lucía buscando opciones de carrera. Su hija tenía dieciséis años; el próximo ciclo terminaría la preparatoria. Ninguna necesitó preguntar qué había dicho Alejandro para disfrutar aquella conversación. Aquella noche Paulina volvió a hablar con Andrés.

Después él le contó que Elisa había quemado unas galletas y culpado al horno. Paulina se rio. Al terminar la llamada, abrió el cajón donde guardaba algunas fotografías. Encontró una de Alejandro en la universidad. Él sonreía junto a un montón de libros. Paulina acarició el borde. No rompió la imagen. La guardó.

Luego apagó la luz y se acostó con la certeza, todavía nueva, de que podía recordar aquella vida sin regresar a ella.