La noche que dejamos a Tesoro en el cerro, mi hermano menor quiso bajarse de la camioneta.
—Se va a quedar solo —dijo.
Papá aseguró las puertas y encendió el motor. Tenía sangre seca en la manga y las manos le temblaban tanto que falló dos veces al meter la llave.
Yo miraba por el vidrio trasero.
El perro permanecía donde lo habíamos dejado, entre las piedras, con el hocico vuelto hacia nosotros. No intentó seguirnos. Tampoco ladró.
Cuando las luces de la camioneta lo alcanzaron al dar la vuelta, vi que había levantado una pata.
Estaba escarbando.
Todo comenzó en Apatzingán, Michoacán, en 1992, cuando yo tenía nueve años y todavía creía que las cosas malas solo podían entrar a una casa si alguien les abría la puerta.
Vivíamos en una vivienda de un solo piso, con techo de lámina en la cocina y un solar tan grande que, desde el fondo, la luz del corredor parecía pertenecer a otra casa. Había mangos, un limón, dos tamarindos y árboles cuyos nombres nunca aprendí. Sus hojas caían sobre la tierra seca, se amontonaban junto a las raíces y crujían bajo los pies como envolturas de papel.
Mamá barría todas las mañanas.
Después de volver de la escuela, mis hermanos y yo debíamos recoger los montones, echarlos en costales y llevarlos al rincón donde papá guardaba la basura hasta poder sacarla.
Nos repartíamos el trabajo. A mi hermano mayor le tocaba junto al lavadero; al pequeño, cerca del corredor. A mí me correspondía el fondo, donde crecían las pitayas.
Nunca me gustó ese lugar.
Las ramas del tamarindo se entrelazaban encima de las plantas y dejaban una sombra espesa incluso al mediodía. Entre las pencas espinosas se atoraban bolsas, plumas y hojas que costaba sacar. A veces, al agacharme, sentía que alguien estaba detrás de mí. Me volvía y encontraba solamente el solar, la ropa en el tendedero, algún hermano jugando.
Aquella tarde olvidé mi montón.
Hice la tarea, jugué con mis hermanos y, después de cenar, me acosté en el petate frente al televisor.
Mamá lo recordó cuando estaba cerrando la puerta de la cocina.
—¿Recogiste las hojas?
No contesté.
Apagó el televisor.
—Te estoy preguntando.
—Mañana las recojo.
—Mañana habrá otras. Anda de una vez.
Le pedí a mi hermano mayor que me acompañara. Él fingió estar dormido.
Mamá me puso el costal en las manos.
—Es aquí mismo. No te va a pasar nada.
Salí descalza, con una pala pequeña y el costal arrastrando detrás de mí.
Todavía recuerdo el calor de aquella noche. No corría aire. Desde alguna calle llegaba la música de una radio, pero a medida que avancé hacia el fondo dejé de escucharla. También se apagaron los sonidos de la cocina.
Me detuve a mitad del solar.
Al principio apenas distinguía los troncos. Después mis ojos fueron acostumbrándose: apareció la cuerda del tendedero, el borde claro del lavadero, las hojas esparcidas sobre la tierra. Me repetí que podía verlo todo, que solo tenía que llenar el costal y regresar.
Me arrodillé frente al montón.
Las primeras paladas levantaron polvo. Algo pequeño corrió entre las hojas y estuve a punto de gritar, pero pensé que sería una lagartija.
Llevaba casi la mitad cuando vi la luz.
Surgió entre las pitayas, a unos pasos de mí.
Era una llama pequeña, pegada al suelo. Se alargó lentamente, azul en la base y amarilla en la punta. Luego apareció otra. Y otra más.
Me quedé inmóvil, con la pala suspendida.
No escuché el crujido de ramas quemándose. No había humo. Las pencas seguían quietas, intactas, mientras aquellas lenguas de fuego se levantaban entre ellas.
Pensé que papá habría quemado basura y dejado alguna brasa.
Entonces las llamas se inclinaron hacia mí.
Todas a la vez.
Solté la pala.
Corrí tan deprisa que tropecé con una raíz y llegué al corredor con las rodillas raspadas.
—¡Se está quemando! ¡Allá atrás!
Mamá salió de la cocina. Papá dejó su vaso sobre la mesa y buscó la lámpara.
Me hicieron acompañarlos.
Yo no quería, pero mamá me sujetó de la muñeca.
—Enséñanos dónde.
La luz de la lámpara recorrió los árboles, mi costal a medio llenar, la pala sobre la tierra.
Al llegar a las pitayas, papá movió unas ramas con el pie.
No había fuego.
Se agachó y tocó el suelo.
—Está frío.
Mamá miró alrededor.
—¿Aquí lo viste?
Asentí.
Papá revisó detrás de las plantas. No encontró ceniza, humo ni nada que pudiera haberse quemado.
—Te asustaste con alguna luz —dijo.
Yo iba a explicarle que las llamas habían salido de la tierra, pero mamá apretó mi muñeca.
Ya no me estaba mirando.
Tenía los ojos fijos en las pitayas.
Al día siguiente llegó mi abuela.
Hablaron en la cocina, en voz baja. Mis hermanos estaban en la escuela; yo me había quedado porque me dolían las rodillas y mamá no quiso mandarme con las heridas abiertas.
Desde el cuarto escuché una frase:
—Ya se dejó ver.
Después arrastraron una silla y no pude oír lo que siguió.
En nuestra familia se hablaba de un dinero enterrado en el solar. Yo había escuchado pedazos de la historia durante las visitas: que la propiedad era muy antigua, que en tiempos de la Revolución un hombre había escondido sus monedas de oro para que no se las quitaran los hombres armados, que lo habían matado antes de recuperarlas.
Nadie sabía cuánto había enterrado.
Tampoco se ponían de acuerdo sobre su nombre.
Pero todos repetían lo mismo: el muerto seguía cuidando su dinero.
Según mi abuela, las ánimas atadas a un tesoro se aparecían donde lo habían escondido. A veces se escuchaban monedas; otras, una persona veía arder la tierra. Si alguien encontraba el dinero, el alma podía salir del purgatorio y descansar.
Mamá llevaba años preguntando por aquel entierro.
Habían buscado junto al pozo viejo, debajo del tamarindo y cerca de una barda que ya no existía. Nunca habían encontrado nada.
Hasta aquella noche.
Los hombres llegaron el sábado.
Traían palas, picos y un aparato con audífonos que pasaban sobre el suelo. Uno de ellos llevaba un sombrero sudado y una libreta donde apuntaba números.
Mamá me pidió que señalara el lugar exacto.
Me acerqué hasta donde había soltado la pala.
—Ahí.
El hombre del aparato recorrió las pitayas despacio. Al pasar junto a una raíz, se detuvo. Regresó unos centímetros. Ajustó una perilla.
Le hizo una seña al otro.
—Aquí marca.
Papá preguntó si podía ser un tubo.
—Puede ser —contestó el hombre.
Volvió a pasar el aparato.
Esta vez no apartó los ojos de mamá.
—Pero vale la pena abrir.
Durante tres tardes excavaron.
Sacaron piedras, raíces y pedazos de barro. El hueco se hizo tan profundo que, desde el corredor, solo veíamos los sombreros de los hombres.
No aparecieron monedas.
La cuarta tarde, uno de los trabajadores dejó el pico y salió del hoyo.
Tenía un corte delgado en la mejilla.
Dijo que una raíz le había pegado, aunque ninguno había visto cómo.
Esa misma noche, cuando todos estábamos acostados, escuché tres golpes debajo de mi cama.
Pensé en mi hermano pequeño.
Le dije que se estuviera quieto.
Desde el otro lado del cuarto, él me contestó:
—Yo también los oí.
La mujer llegó dos días después.
Era delgada, llevaba el cabello recogido y una bolsa de tela apretada contra el pecho. Mamá la hizo pasar sin presentárnosla.
Más tarde supe que era una médium.
No pidió ver el aparato ni la tierra que habían sacado. Caminó hasta el hoyo, se quedó en el borde y cerró los ojos.
Estuvo allí tanto tiempo que uno de los hombres empezó a inquietarse.
—¿Qué hay? —preguntó mamá.
La mujer abrió los ojos.
—Alguien que no quiere que sigan golpeando.
Hablaron lejos de nosotros, pero yo me acerqué al lavadero y escuché.
La médium dijo que necesitaban un cachorro negro.
No debía tener ninguna mancha blanca.
Tenía que ladrar junto al hueco a las doce de la noche.
—Es para que pueda hablar —explicó.
Papá preguntó cómo iban a hacer ladrar a un perro a una hora exacta.
Ella lo miró un momento.
—Va a ladrar.
Consiguieron el cachorro esa tarde.
Venía envuelto en un costal limpio. Era tan pequeño que mi hermano menor lo sostuvo contra su pecho con las dos manos. Tenía las orejas caídas y los ojos brillantes.
Nos lamió los dedos.
Quisimos ponerle nombre, pero mamá nos lo quitó.
—Mañana juegan con él.
Aquella noche nos acostaron temprano.
Desde mi cama veía una franja del solar por la ventana. Los adultos habían colgado una lámpara del tamarindo. Su luz dejaba el hoyo oscuro y hacía que las caras parecieran pálidas.
No alcancé a ver al cachorro.
Escuché las campanadas lejanas de un reloj y luego el primer ladrido.
Fue agudo, breve.
Después vino otro.
Al tercero, el sonido cambió.
Me incorporé en la cama.
Lo que escuché después tenía una profundidad que no correspondía a aquel animal. Parecía venir desde abajo, como si un perro enorme ladrara dentro de un pozo.
Mi hermano pequeño empezó a llorar dormido.
En el solar, la médium dijo algo que no entendí.
Entonces oí con claridad la voz de papá:
—¿Cómo que ya entró?
Alguien pidió silencio.
La lámpara se apagó.
Durante unos segundos no hubo más que oscuridad.
Luego comenzó un tintineo.
Un sonido de monedas cayendo unas sobre otras.
Al amanecer, los hombres estaban junto a la puerta de la cocina.
Habían tapado el hoyo.
Papá tenía tierra en los pantalones y mamá no había preparado el desayuno. La médium ya se había ido.
Nunca supe qué encontraron.
Cuando preguntamos por el oro, papá dijo que esas cosas no eran asunto de niños.
El hombre del sombrero sostenía al cachorro.
—¿Y con este qué hacemos?
Mamá nos miró. Mi hermano menor ya estaba estirando los brazos.
—Déjenselo a los niños.
El cachorro corrió hacia nosotros. Mi hermano lo recibió y lo apretó contra su pecho.
—Le vamos a poner Tesoro —dijo—. Porque fue lo que encontraron.
Nos reímos. El cachorro movía la cola y trataba de lamerle la barbilla.
Desde aquel día fue el Tesoro de la casa.
Durante meses creímos que el nombre era una ocurrencia bonita. No sabíamos cuánto terminaría pesándonos.
Era un perro como cualquier otro.
Se dormía sobre nuestros zapatos, mordía las patas de las sillas y nos seguía por todo el solar. Mi hermano menor compartía con él sus tortillas. Yo lo cargaba hasta que creció tanto que dejó de caberme entre los brazos.
A veces se sentaba junto a las pitayas.
No escarbaba ni jugaba allí.
Solo se quedaba mirando el suelo.
Si lo llamábamos, tardaba en volverse.
La primera mordida ocurrió casi un año después.
Mi hermano pequeño quiso quitarle una piedra del hocico. Tesoro le abrió la mano.
Papá dijo que habíamos hecho mal en molestarlo mientras jugaba.
La segunda vez me mordió a mí.
Estaba dormido junto al lavadero y pasé cerca. No lo toqué. Apenas puse el pie a su lado, levantó la cabeza y se me prendió del tobillo.
No gruñó antes.
Después retrocedió, bajó las orejas y me miró mientras yo lloraba.
Lo llevaron al veterinario.
Le revisaron la boca, le pusieron vacunas y le hicieron preguntas a papá. Dijeron que estaba sano y aconsejaron evitar que los niños lo inquietaran.
Durante un tiempo lo mantuvieron amarrado.
Eso fue peor.
De día se echaba bajo el árbol y nos veía jugar. Al caer la noche empezaba a tensar la cadena hacia las pitayas. Tiraba hasta ahogarse, descansaba unos segundos y volvía a intentarlo.
Papá terminó soltándolo.
Entonces comenzó a caminar alrededor de la casa.
Siempre hacía el mismo recorrido: la cocina, el corredor, nuestra ventana, las pitayas.
Una noche desperté por sus uñas raspando la pared.
Lo vi al otro lado del vidrio.
Estaba sentado bajo nuestra ventana, con el hocico levantado.
No jadeaba.
Me miraba.
Bajé la cortina y regresé a la cama.
Al día siguiente encontré un puñado de tierra debajo de la ventana.
En medio había una moneda oscura.
Se la llevé a mamá.
La tomó, la limpió con el borde del delantal y se quedó callada.
Luego me preguntó dónde la había encontrado.
Cuando le dije, salió al solar.
Esa tarde la moneda desapareció y mamá puso un crucifijo sobre nuestra puerta.
Los años siguientes nos enseñaron a escuchar antes de abrir.
Si la cadena sonaba, esperábamos.
Si Tesoro estaba cerca del corredor, salíamos por la cocina.
Habíamos aprendido a quererlo a distancia.
Todavía tenía días buenos. Seguía a mi hermano menor, aceptaba comida de nuestras manos y se dormía con la cabeza sobre mis rodillas. En esos momentos nos parecía imposible que fuera el mismo animal que, horas después, nos enseñaba los dientes desde el fondo del solar.
—El Tesoro ya está bien —decía mi hermano.
Lo decía cada vez que el perro volvía a jugar con él, como si pudiera convencer a los demás.
Como si pudiera convencerse a sí mismo.
Lo llevaron nuevamente al veterinario.
Otra vez dijeron que no tenía nada que explicara aquellas conductas.
La última mordida fue en el brazo de mi hermano mayor.
Tesoro lo atacó cuando iba a recoger una pelota junto a las pitayas. Papá tuvo que golpear el suelo con una pala para que lo soltara.
Mi hermano regresó de la clínica con vendas.
Esa noche los adultos discutieron.
Mamá lloraba.
—Nos dijeron que era para hablar con él.
Papá respondió algo que no alcancé a entender.
—Nunca dijeron dónde se iba a quedar —insistió ella.
Mi abuela pidió que trajeran de nuevo a la médium.
La buscaron.
La casa donde vivía estaba vacía.
Decidieron llevarlo al cerro una tarde de junio.
Nos dijeron que allí podría vivir lejos de la gente.
Mi hermano menor preguntó quién le daría de comer.
Nadie contestó.
Papá puso agua y tortillas en una cubeta. Lo recuerdo porque, durante años, esa cubeta apareció en mis sueños.
Tesoro subió a la camioneta sin resistirse.
Yo iba junto a él. Se acomodó contra mi pierna y me dejó acariciarle la cabeza.
Por un momento pensé que todavía podíamos regresar.
Le dije a papá que se estaba portando bien.
Mamá miró por la ventana.
Seguimos subiendo.
Al llegar, papá eligió un claro entre piedras y árboles. Bajó la cubeta, soltó la cuerda del collar y se apartó.
Mi hermano menor abrazó al perro.
—Pórtate bien, Tesoro —le susurró.
El perro le lamió la mejilla.
Entonces todos empezamos a llorar.
Papá nos hizo subir.
Fue cuando mi hermano quiso bajarse otra vez.
Fue cuando vi a Tesoro escarbando entre las piedras.
Y fue cuando comprendí que no estaba buscando nuestra camioneta.
Buscaba algo debajo de la tierra.
Pasaron muchos años antes de que mamá hablara conmigo sobre aquella madrugada.
Papá ya había muerto. La casa seguía en pie, pero habían cortado el tamarindo y el solar parecía más pequeño.
Estábamos recogiendo cosas de su ropero cuando encontré una moneda envuelta en un pañuelo.
Era amarilla, pesada.
Mamá se la quitó de mis manos.
Le pregunté cuánto habían sacado.
Se sentó en la cama.
Tardó en responder.
—Había una olla.
Miré el pañuelo.
—¿Llena?
Asintió.
Me contó que, después del último ladrido, el cachorro cayó dentro del hueco. Uno de los hombres se metió para sacarlo y encontró una vasija enterrada junto a la pared.
La médium dijo que no debían tocarla todavía.
Pero el hombre del sombrero ya había roto el borde con la pala.
Dentro estaban las monedas.
—¿Y el perro? —pregunté.
Mamá comenzó a doblar el pañuelo, aunque la moneda ya estaba envuelta.
—Lo sacaron.
—¿Qué les dijo ella?
Sus dedos se detuvieron.
Durante un momento escuché el ventilador, una motocicleta en la calle, las hojas secas arrastrándose por el corredor.
—Que no debíamos traerlo a la casa.
Recordé al hombre preguntando qué hacer con el cachorro.
Recordé a mamá mirando nuestros brazos extendidos.
—¿Por qué nos lo dieron?
Ella bajó la cabeza.
—Porque cuando amaneció parecía un perrito otra vez.
No supe qué decir.
Después de un rato, mamá guardó la moneda en el ropero.
—Tu padre volvió al cerro al día siguiente —añadió—. Llevó comida. Lo estuvo llamando toda la mañana.
—¿Lo encontró?
Negó con la cabeza.
Esa noche me quedé a dormir con ella.
Cerramos las puertas antes de oscurecer.
Yo ocupé mi antiguo cuarto. Ya no estaban las camas de mis hermanos, pero la ventana seguía dando al solar.
Cerca de medianoche escuché algo en el corredor.
Primero pensé que eran hojas.
Después reconocí el sonido de unas uñas sobre el piso.
Me senté.
Los pasos se detuvieron debajo de mi ventana.
Esperé, sin atreverme a mover la cortina.
Al otro lado, algo respiraba despacio.
Entonces sonó un ladrido.
Agudo.
Breve.
El ladrido de un cachorro.
Desde el cuarto de mamá escuché que su cama crujía.
No encendió la luz.
Yo tampoco.
Y, entre las pitayas, comenzó a arder la tierra.
FIN

