En el instante que Tomás preguntó por qué aullaban los perros, su abuela dejó caer la cuchara.
Afuera, Sombra escarbaba bajo la puerta. No ladraba como cuando pasaba un desconocido: lanzaba un gemido largo, casi humano, y después retrocedía con el vientre pegado al suelo.
—Porque ven cosas —respondió la anciana.
—¿Qué cosas?
Su abuela cerró las cortinas.
—Las que nosotros tenemos la suerte de no ver.
Tomás tenía nueve años. Aquella respuesta no lo dejó dormir.
Tres días después encontró el libro.
Estaba en el bosque, abierto sobre un tronco podrido. Había llovido toda la mañana, pero sus páginas permanecían secas. La cubierta, tibia al tacto, llevaba un título grabado:
Explicación de los misterios del mundo.
Tomás buscó entre capítulos sobre pozos que respiraban y sombras que envejecían sin sus dueños, hasta encontrar una pregunta:
¿Por qué aúllan los perros algunas noches?
Debajo, unas letras diminutas decían:
Porque reconocen a quien viene a buscar a los vivos. Quien desee contemplarla deberá untarse los párpados con las legañas de un perro antes de su tercer aullido.
Tomás pasó el dedo por el renglón siguiente, pero la tinta estaba corrida.
Arrancó la página y regresó a casa.
Aquella tarde limpió con cuidado los ojos de Sombra. Guardó las pequeñas costras en un pañuelo y esperó.
A las once y diecisiete, el perro comenzó.
El primer aullido lo despertó.
Con el segundo, Tomás ya caminaba descalzo hacia el patio.
Sombra estaba junto a la verja, inmóvil, mirando calle arriba. Tenía el pelo erizado y un hilo de orina le corría entre las patas.
Tomás abrió el pañuelo.
Se frotó los párpados.
Llegó el tercer aullido.
Y la calle se llenó de gente.
Venían detrás de una mujer altísima, cubierta con un velo que arrastraba por el suelo. Bajo la tela no había pies. Donde debía estar su rostro, Tomás vio un agujero oscuro y, muy adentro, algo que masticaba lentamente.
Supo que era la Muerte.
Detrás avanzaban los demás.
Un hombre sostenía su propia mandíbula. Una niña caminaba con el cuello vencido sobre un hombro. Había cuerpos hinchados, rostros cubiertos de tierra y ancianos que estiraban las manos hacia las ventanas.
Todos lloraban.
No: todos gritaban.
El ruido entró por los ojos de Tomás.
Se tapó los oídos. Los alaridos siguieron dentro de su cabeza.
La procesión se detuvo frente a la casa de don Aurelio.
La Muerte levantó el velo hacia una ventana.
Entonces uno de los difuntos miró al niño.
Era su abuelo.
Tomás lo reconoció por la camisa con la que lo habían enterrado.
El anciano abrió la boca.
—Nos está viendo.
Todas las cabezas giraron.
El niño quiso llamar a su madre, pero olvidó su nombre.
Después olvidó la palabra madre.
Cuando lo encontraron al amanecer, estaba encogido detrás de una maceta. Tenía las manos sobre los oídos y miraba algo que se movía lentamente por encima del hombro de su padre.
Don Aurelio había muerto durante la noche.
Tomás nunca volvió a hablar.
Lo llevaron con médicos, le hicieron estudios, le mostraron fotografías. Nadie pudo explicar por qué se escondía antes del anochecer ni por qué lloraba cuando algún perro aullaba.
Su madre le lavaba la cara. Las costras desaparecieron, pero bajo los párpados quedó una línea gris que ningún médico consiguió identificar.
Tomás había olvidado que se había puesto algo en los ojos.
Había olvidado que antes no veía.
Cada noche escuchaba llegar la procesión. Aunque cerrara los ojos, distinguía sus figuras detrás de los párpados. Aunque se cubriera la cabeza, oía uñas recorriendo las paredes.
Sombra dormía contra la puerta de su habitación.
Hasta anoche.
Anoche el perro se escondió debajo de la cama.
La madre de Tomás entró al escuchar un golpe y encontró sobre la almohada una hoja húmeda. La tinta corrida se había aclarado.
Leyó:
No importa cuánto te laves. Una vez que los hayas mirado, ellos también podrán encontrarte.
Abajo aparecía una última línea:
La tercera noche, uno de los que marchan dejará de seguirla.
La madre contó las noches.
Entonces oyó respirar debajo de la cama.
Sombra estaba a su lado.
Y Tomás, por primera vez desde el bosque, abrió la boca para decir algo.
FIN

