Capítulo 19 de 20
Un vestido en su talla
Habían dejado cinco meses entre el compromiso y la boda. Ese tiempo les permitió vender la primera casa, encontrar dónde vivir y conversar con los niños sin presentarles todos los cambios de una sola vez. Liliana terminó quinto de primaria; Ángel pasó a segundo. Los dos seguían viendo a Irene, con consultas espaciadas según lo que necesitaban.
La modista marcó la cintura con alfileres y Sara le pidió que aflojara medio centímetro.
—Aquí estás perfecta —dijo la mujer, mirando el espejo.
Sara respiró hondo. La tela le rozó las costillas.
—Quiero poder sentarme a comer.
La modista sonrió y movió el alfiler.
Liliana observaba desde una silla, con las piernas cruzadas y un cuaderno sobre las rodillas.
—¿Vas a llevar esos zapatos?
Sara miró el par que había llevado para la prueba.
—Todavía no sé.
—Son muy altos.
Lo eran.
Se los quitó y volvió a caminar frente al espejo.
El vestido tenía un escote sencillo, mangas cortas de encaje y una falda con suficiente amplitud para caminar. Sara levantó un brazo y volvió a sentarse. Quería disfrutar la boda sin pasarla pendiente de un cierre.
Sara giró.
—Así está mejor.
La boda sería pequeña.
Habían elegido un jardín donde cabían sus familias, algunos amigos y las personas con quienes compartían la vida de todos los días.
Ernesto se encargaba del lugar y la comida.
Sara, de la música y las invitaciones.
Ambos revisaban los gastos.
Sara había conservado su cuenta personal y la parte que le correspondió de la venta de la casa. Ernesto aportaría más al presupuesto común porque ganaba más; esa diferencia no le daría más votos sobre las decisiones familiares. Distribuyeron también llamadas, confirmaciones y pagos. La música no implicaba que Sara acabara recordándole a él todo lo demás.
Cuando apareció un problema con las sillas, nadie preguntó qué podía hacer ella para resolverlo antes de terminar su jornada. Ernesto llamó al proveedor, buscó alternativas y le informó cuando quedó arreglado.
Sara lo escuchó mientras guardaba ropa.
—¿Ya está?
—Sí.
Se quedó con una camiseta entre las manos.
Todavía se sorprendía de que un pendiente pudiera desaparecer sin pasar por ella.
• • •
Para vivir juntos eligieron una casa cercana a la escuela de los niños.
No era la más grande que Ernesto podía pagar.
Era la que permitía que Sara no perdiera una hora adicional en el tráfico, que Rebeca siguiera acompañándolos y que Liliana y Ángel conservaran sus rutinas.
Antes de firmar, fueron los cuatro a verla.
Ángel corrió por el pasillo hasta que su madre lo llamó.
Liliana abrió el armario de la habitación que sería suya.
—¿Puedo pintar una pared?
Ernesto miró a Sara.
—Podemos revisar colores —respondió ella.
La niña pasó la mano sobre la pintura.
Ángel encontró una ventana desde la que se veía un árbol.
—Aquí puede vivir el puente.
Sara se apoyó en el marco de la puerta.
No sentía que estuviera entrando en una vida prestada.
Habían elegido aquella casa juntos.
La venta de la vivienda anterior ya se había completado: el crédito quedó liquidado y cada uno recibió la cantidad convenida. Sara llevó sus documentos a Inés para cerrar ese seguimiento. En la nueva casa, ambos firmaron el arrendamiento. No habían usado el dinero de Sara como condición para empezar a vivir juntos; mantuvo una reserva a su nombre y acordaron sus aportaciones por separado.
• • •
Javier supo de la boda por Teresa.
Su madre había ido a recoger unas fotografías de los niños y Sara se lo contó para evitar que la noticia le llegara como un secreto.
Teresa permaneció callada.
Después preguntó:
—¿Estás bien con él?
Sara asintió.
No enumeró regalos ni promesas.
—Estoy bien siendo yo con él.
Teresa miró las fotografías que sostenía.
—Eso importa.
La frase sorprendió a Sara.
Su exsuegra no pidió una invitación. Tampoco volvió a sugerir que Javier merecía otra oportunidad.
Se despidieron con un abrazo breve.
Esa misma noche, Teresa llamó a su hijo.
• • •
Javier estaba en un bar.
Escuchó la noticia y dejó de mover el vaso.
—¿Cuándo?
Teresa se lo dijo.
Él soltó una risa áspera.
—Tenía prisa.
—Ha pasado un año y nueve meses desde que te fuiste, Javier.
—Ya veo de qué lado estás.
Su madre cerró los ojos.
—Estoy tratando de hablar contigo.
Javier pidió otra bebida sin alejar el teléfono de la boca.
Teresa escuchó la orden.
—Ven mañana. Necesitamos buscar ayuda.
—No necesito ayuda.
—Perdiste el trabajo.
Javier apretó el vaso.
La agencia lo había despedido semanas antes. Todavía decía que se trataba de un cambio temporal y que sus clientes regresarían cuando supieran la verdad.
No llamaba a ninguno.
Inés había documentado las aportaciones incompletas. Después del despido, dejaron de llegar durante varias semanas. Sara cubrió los gastos inmediatos con su sueldo y una parte de su reserva; las cantidades pendientes siguieron registradas. Ajustaron el presupuesto de la nueva casa para no depender de depósitos inciertos. Ernesto asumió su parte de los gastos comunes, sin presentar ese dinero como una compra de su lugar en la familia. Los acuerdos relativos a Javier seguían tramitándose por separado.
—Voy a conseguir algo mejor.
Teresa le pidió que fuera a verla.
Él terminó la llamada.
• • •
Dos días después escribió a Sara.
No puedes hacerme esto.
Ella leyó el mensaje al salir de una reunión.
No respondió.
Mis hijos no van a llamarle papá.
Sara hizo una captura.
Luego envió una sola respuesta:
Nadie les está pidiendo que lo hagan. Para cualquier asunto de Ángel y Liliana, utiliza el correo acordado.
Javier llamó.
Ella rechazó la llamada y avisó a Inés.
No quería que los días anteriores a su boda se convirtieran en una discusión sobre los derechos que él todavía creía tener sobre su vida.
• • •
La última confrontación ocurrió frente al gimnasio.
Sara acababa de salir de una clase. Llevaba una botella de agua y una toalla pequeña.
Vio el coche de Javier antes de verlo a él.
Se detuvo cerca de la puerta.
Paula estaba guardando material detrás del mostrador.
Sara volvió sobre sus pasos.
—Mi exmarido está afuera. No quiero hablar con él.
La entrenadora dejó lo que hacía.
Javier abrió la puerta antes de que pudieran decidir cómo actuar.
—Solo necesito cinco minutos.
Sara permaneció junto al mostrador.
—No voy a hablar contigo.
Paula se acercó.
—Tienes que retirarte.
Javier la ignoró.
Miraba a Sara con una mezcla de deseo y rabia que a ella le resultó conocida.
—¿De verdad te vas a casar?
—Vete, Javier.
• • •
Él señaló su cuerpo.
—Mírate. Ahora sí eres la mujer que yo quería.
Sara sintió un cansancio profundo.
No sorpresa.
No vergüenza.
Cansancio.
—No estoy haciendo esto para ti.
Javier dio un paso.
Paula se interpuso y pidió ayuda a un compañero que estaba al fondo del gimnasio.
—Tuviste que perderme para reaccionar —continuó él—. Te hizo bien.
Sara sostuvo la botella con ambas manos.
Recordó las mañanas sin comer, el miedo frente al espejo, las envolturas escondidas. Las consultas donde había aprendido a describir lo que le estaba pasando sin insultarse.
—Me hizo bien dejar de vivir como vivíamos —dijo.
Javier abrió la boca.
Ella no le dio otra explicación.
El compañero de Paula se quedó junto a la puerta mientras le pedían nuevamente que saliera.
• • •
Javier se fue insultando.
Sara esperó dentro hasta que confirmaron que su coche había salido.
Llamó a Inés y al número que le habían indicado para comunicar incumplimientos de la medida. Paula y su compañero aportaron sus datos como testigos; el gimnasio conservó las imágenes de la entrada. Ese encuentro se añadió al expediente y Sara recibió instrucciones para el seguimiento. No volvieron a tratarlo como una conversación privada que ella tuviera que resolver.
Después avisó a Ernesto.
Él llegó cuando ella todavía estaba sentada en una banca del gimnasio.
No preguntó por qué no lo había llamado antes.
Se sentó a su lado.
—¿Quieres que vayamos a casa?
Sara asintió.
Él tomó la bolsa que ella le entregó.
Paula les abrió la puerta.
Sara se despidió, agradeció la ayuda y salió acompañada.
En el coche lloró unos minutos.
No por querer regresar.
Porque seguía siendo agotador defender una decisión que ya había tomado.
• • •
Esa noche, Ernesto la encontró mirando las invitaciones.
Sara tenía una en la mano.
—Podemos cambiar el lugar —dijo él—. O la fecha.
Ella levantó la cara.
—No quiero cancelar mi vida cada vez que él aparece.
Ernesto se sentó enfrente.
Inés confirmó el seguimiento de la medida de protección y los ayudó a revisar las precauciones para la ceremonia. El lugar conocería la situación; no habría acceso sin invitación. Si surgía cualquier incidente, Sara no sería quien tuviera que salir a atenderlo.
También revisaron los próximos pasos con Inés.
Había niños, invitados y una boda que ambos querían disfrutar.
Necesitaban organizarla bien.
• • •
Javier volvió al club donde había conocido a Deyanira la noche siguiente.
Llevaba una camisa que antes reservaba para firmas importantes. El cuello estaba manchado y le faltaba un botón en una manga.
El encargado lo vio llegar y salió antes de que alcanzara la puerta.
—Hoy no vas a pasar.
Javier intentó sonreír.
—Ya me conoces.
—Precisamente. Tienes cuentas pendientes y la última vez discutiste con el personal.
—Voy a pagar.
—Cuando puedas hacerlo y estés en condiciones, hablamos. Hoy no.
Javier miró hacia el interior.
Se veía una parte de la barra y una pantalla encendida.
—¿Está Deyanira?
—No.
El encargado no añadió nada más.
Javier permaneció unos segundos en la entrada.
Después se alejó.
• • •
Gastó lo que llevaba en una tienda.
Compró alcohol y se sentó en una banca, cerca de una avenida donde años antes había mostrado departamentos.
Aún tenía dónde dormir, pero evitaba ir con Teresa porque ella le había dicho que no le daría dinero y quería acompañarlo a pedir ayuda. Volver al departamento significaba mirar un aviso de renta vencida. Eligió quedarse en la calle aquella noche y llamó a un antiguo compañero para pedir otra comisión. No contestó.
Sacó el teléfono.
Abrió una fotografía de Sara que todavía conservaba.
Era reciente. La había tomado de la página de Vértice.
Ella estaba junto a otras personas del equipo y sonreía.
Javier amplió la imagen hasta que los demás desaparecieron.
Por un instante imaginó que podría ir a buscarla, que bastaría llegar sin gritar, pedirle comida, decirle que estaba cansado.
Luego recordó el gimnasio.
Su respuesta.
El modo en que ya no bajaba la mirada.
Dejó el teléfono sobre la banca y bebió.
• • •
La víspera de la boda, Sara preparó las mochilas de los niños para el fin de semana y después se detuvo.
Ellos estaban jugando en la sala.
—Vengan un momento —los llamó.
Les mostró lo que había puesto y les pidió revisar lo que faltaba.
Ángel añadió el dinosaurio.
Liliana llevó un libro y una cinta para el cabello.
Sara cerró las mochilas.
En el dormitorio, el vestido esperaba dentro de una funda.
Al lado había una caja con zapatos bajos.
Mariela y Verónica llegaron poco después con comida y una bolsa que contenía todo lo que consideraban imprescindible para una novia: pañuelos, horquillas, hilo, agua y chocolate.
—No sabemos qué vas a necesitar —explicó Verónica—. Así que trajimos una ferretería emocional.
Sara se rio.
Cenaron juntas.
• • •
Cuando sus amigas se fueron y los niños estuvieron dormidos, Sara abrió la funda del vestido.
Tocó el encaje de una manga.
Pensó en su primera boda, en la certeza con que había caminado hacia Javier. Ya no tenía esa certeza sobre el futuro. Sabía que una firma no volvía bueno a un hombre ni que una promesa podía impedir todas las pérdidas.
También sabía qué no estaba dispuesta a entregar de nuevo.
Su voz.
Su trabajo.
La posibilidad de decir que algo le dolía.
Cerró la funda y dejó las manos sobre ella un momento.
Ernesto le escribió para desearle buenas noches.
Sara respondió:
Nos vemos mañana.
Luego apagó la lámpara.
En el pasillo, la luz pequeña seguía encendida para Ángel.
Sara se acostó y escuchó la casa.
No necesitaba hacer nada más aquella noche.