Capítulo 1 de 1
Reseña crítica de la película
Beasts of No Nation es una película dirigida y escrita por Cary Joji Fukunaga y se basa en la novela con el mismo nombre, escrita en 2005 por Uzodinma Iweala. El filme trata sobre la historia de un niño llamado Agu, que es separado de su madre y ve morir a su padre y hermano por motivos de una guerra civil; posteriormente, es obligado a colaborar con una banda de rebeldes al sistema de gobierno del país de África, en donde se desenvuelve la trama de dicho largometraje. Al final, el niño logra liberarse de esa banda de guerrilleros y es apoyado por las personas de una estancia infantil en donde se encargan de ayudar a los niños que, como él, fueron forzados a participar en esa guerra civil.
Bestias de ninguna nación
Al final de la película, Agu está platicando con una enfermera que le pide que se desahogue con ella sobre todos los tragos amargos que tuvo que pasar, para que así logre sentirse un poco mejor. El niño le dice unas frases conmovedoras, en donde expresa que teme confesarle todas las cosas que ha hecho porque ella va a pensar que él es un monstruo. Pero también le dice que, él antes de hacer todas esas cosas tuvo familia, madre, padre, hermano, hermana; todo lo cual lo resumo yo en una sola expresión: “yo en algún momento de mi vida fui un ser humano”.
Esto en el sentido de que Agu se autoflagela al juzgarse a sí mismo de esa manera tan injusta, pero en lo recóndito de su ser queda la esperanza de que sus acciones puedan ser justificadas con el “antes fui un humano”. Considero, pues, que sí, en efecto, todos en algún momento de nuestras vidas hemos sido humanos. Pese a todo lo que nos haya podido arrastrar a la barbarie, existe un instante de nuestro pasado histórico en que “fuimos humanos”.
En el caso de la película analizada, la barbarie se trata de una guerra civil, de matanzas y acciones violentas; pero en nuestra vida diaria, también nosotros cometemos acciones que perjudican de alguna manera a las demás personas que nos circundan. Y digo circundan en el sentido de que, hoy en día el mundo globalizado ocasiona que todas nuestras acciones o inacciones repercutan en todos los seres humanos que poblamos este planeta.
Hago mención aquí al caso de las atrocidades que ocurren hoy en el mundo, en pleno siglo XXI de exploración del espacio, de políticas de sustentabilidad, de desarrollo incontrolado de la tecnología: en donde todavía hay niños muriendo a causa de bombardeos, pobreza extrema, la trata de personas “esclavitud”, etc.
Sí, en el siglo XXI persiste la animalidad de desgarrarse físicamente unos contra otros. En el que los grandes líderes gubernamentales y empresariales, pensadores, científicos y filósofos ya no deberían apoyar a Aristóteles respecto a su posición de la necesidad de la esclavitud humana.
No obstante, es un hecho que la existencia de la esclavitud humana es hoy en día, lamentablemente, real e inevitable. Y digo inevitable, porque los seres humanos vivimos interconectados gracias a los avances tecnológicos, pero tan distantes respecto a una intersubjetividad productiva.
Es por ello que si me preguntan: ¿puede la racionalidad moderna y sus formas de organización de la vida ayudar a superar la barbarie?
Responderé:
No lo sé, es un cuestionamiento con un inminente modo subjuntivo verbal, un deseo, una posibilidad, un sueño. Nada cuesta vivir con una ilusión, con una esperanza, algo que nos dé las fuerzas necesarias para mantenernos aferrados a la vida. Bien lo decía Habermas en su anhelo de lo otro, de lo absoluto: es necesario vivir con fe en que ese algo exista.
Tal cual lo podemos observar con Agu, el protagonista y narrador del filme de “Beasts of No Nation”, que en todo momento, en sus introspecciones hace referencia a Dios, a su temor en Dios y fe puesta en él, en su existencia, en su perdón. No hay en este personaje una razón que rompa con la unidad de todo bajo la supremacía de un ser divino, no hay en él una razón subjetiva, ni una razón objetiva, ni una razón instrumental.
Él hace todo lo que hace porque se ve forzado y siempre es consciente de ello, y se siente culpable por tal motivo, se atormenta a sí mismo constantemente con la carga de la culpa por las atrocidades que hace y que ve hacer a los demás. En todo momento mantiene su mente no reificada, sino humanizada, hace lo que hace porque lo obligan a hacerlo; es eso, matar o morir. La ley de la jungla, la barbarie.
Todos en algún momento fuimos seres humanos, pero nos arrojaron a la jungla y nos vimos forzados a luchar por nuestra supervivencia. ¿Razón comunicativa? Tal vez esa es su salvación, cuando logra hacer catarsis con la enfermera y contarle todo aquello que ha hecho y que tanto le atormenta, entonces, por fin, logra sentirse liberado y sale a jugar con las olas del mar junto a sus demás compañeros.
Pero también podemos ver en la película en cuestión que otros personajes, aun cuando ya están a salvo de la guerra en aquella estancia habitacional, deciden regresar a la selva, a la barbarie. ¿Qué los mueve? ¿Qué nos mueve a salir o quedarnos dentro de la jungla? ¿Cómo recuperar esa humanidad algún día poseída?
En la película el niño protagonista es una pequeña e insignificante figura que está sometida por completo a un sistema gubernamental, administrativo, mundial, económico, política, etc.: movimientos logísticos de personas que mueven los hilos de una nación. Esto lo podemos observar cuando en el filme los rebeldes acuden a hablar con el jefe de su comandante, quien destituye a dicho comandante solo porque necesita cuidar su imagen pública. Dicha acción funciona solo como estrategia, puesto que se espera la intervención pacificadora de otras naciones en esa guerra civil y el dirigente teme ser juzgado por crímenes de guerra.
Es decir, el “estado actual de barbarie humana” es solo un sinfín de procesos burocráticos. En donde los que están al mando y tienen el control de todo, no tienen ni siquiera que “empolvarse el saco”; mientras que, los de abajo viven las penurias del sol, la guerra, el hambre, la muerte. Aquéllos que en algún momento fueron humanos, y siguen siéndolo, pero que han tenido que olvidarse de sí mismos, precisamente para ello, para resguardarse y preservarse a sí mismos “en la jungla” de ese mundo hambriento de poder y dinero.
¿Es necesario superar esta barbarie? ¿Es posible? Un posible es eso, subjuntivo, lo que es posible siempre es definitivamente una ilusión, un hecho siempre indeterminado.
El modo indicativo cabría en el hecho como tal, que sólo puede partir de la expresión imperativa del deber, pero no un enunciado imperativo externo a nosotros mismos, sino intrínseco a nuestro ser, nuestros deseos y necesidades más profundas, nuestras aspiraciones espirituales. Se trata de buscar en lo más recóndito de nuestra conciencia ese instante en que fuimos humanos, y tratar de encontrar los motivos del por qué nos perdimos a nosotros mismos.
Pero no podemos limitarnos a la subjetividad de mí mismo, porque eso nos mantendría aislados, tal como ahora lo estamos, en un mundo que paradójicamente se erige como la época de la globalización comunicativa e interconexión tecnológica mundial. Vivimos en una época de razón subjetiva e instrumental, disfrazadas de racionalidad comunicativa.