Capítulo 25 de 25

La casa que quedó en pie

Alexandra supo de la muerte antes de que hubiera una noticia pública. Verónica llegó al despacho y pidió que salieran los hombres que aguardaban una decisión sobre pagos pendientes.

Ella entendió al ver su cara. No hizo la pregunta inmediatamente. Miró el teléfono de Raúl sobre el escritorio. Lo había recogido del tocador y llevado al despacho después de que Verónica confirmara su partida. La batería estaba agotada.

—Lo mataron —dijo Verónica.

Alexandra se sentó. Durante unos segundos escuchó únicamente el ruido del aire acondicionado. Después preguntó cómo podían saberlo. La confirmación procedía de una persona que había visto el cuerpo y aceptado identificarlo. El abogado seguía intentando establecer dónde había sido retenido y quién autorizó el traslado.

Verónica no ocultó el nombre.

—Lo entregaron a Gerardo.

Alexandra abrió la boca sin conseguir aire. Raúl se había marchado para enfrentar una responsabilidad. Lo habían llevado ante el hombre del que la había sacado.

* * *

Teresa recibió la llamada sentada junto a su marido. Inés la había contactado cuando empezó la búsqueda. Por eso ya sabía que Raúl no había llegado al lugar donde debía estar detenido.

Todavía esperaba una explicación que le permitiera seguir esperando. Verónica habló despacio. Teresa no lloró al principio.

Preguntó dónde estaba su hijo. Después pidió que no lo dejaran solo. Su marido intentó levantarse del sillón y tuvo que apoyarse en la mesa.

La llamada terminó con una promesa concreta: el abogado los acompañaría a buscar y reclamar el cuerpo. Teresa dejó el teléfono sobre sus rodillas.

En el patio había ropa que había lavado aquella mañana. Le pareció imposible que todavía tuviera que recogerla.

* * *

La noticia llegó a la Unión del Sur antes de que Alexandra terminara de comprenderla. Algunos responsables exigieron confirmar la muerte. Otros empezaron a llamar a personas que no habían buscado desde la época de Arce.

La ausencia de Raúl abría un espacio que todos reconocían. Nadie quiso llamarlo así delante de su esposa. Pero uno de los hombres preguntó quién seguiría autorizando las decisiones.

Alexandra lo miró. Alexandra todavía escuchaba la despedida de Raúl. No comprendía cómo aquel hombre podía exigirle una decisión en ese momento.

—Yo —respondió.

Verónica se volvió hacia ella. Alexandra apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Raúl me dejó las empresas. Y les dijo que podían escucharme.

El hombre tardó en contestar. No era suficiente para mandar. Era suficiente para empezar una negociación. Al día siguiente, Alexandra intentó presidir una reunión. Dos responsables exigían decisiones incompatibles y un tercero preguntó qué haría si uno de ellos incumplía. Ella respondió que revisaría los pagos. El hombre repitió la pregunta.

Verónica intervino antes de que prometiera algo que no podía sostener. Al terminar, Alexandra quiso saber por qué la habían contradicho delante de todos.

—Porque no estaban pidiendo dinero —respondió Verónica—. Querían saber hasta dónde ibas a llegar por mantener el mando.

Alexandra había aprendido a leer cuentas y contratos. No sabía dirigir aquel sistema de amenazas, lealtades y responsabilidades que Raúl había aceptado. Tampoco quería aprender a hacerlo. Lo que deseaba conservar eran los recursos que permitían seguir teniendo una casa como aquella y una carrera con presupuestos que otros artistas no conseguían.

* * *

Los días siguientes no la convirtieron en jefa por el hecho de ser viuda. La organización conservaba responsables, acuerdos y rivalidades que no podían heredarse como una casa.

Alexandra lo sabía por lo que había aprendido durante las semanas anteriores. Tenía acceso a empresas y recursos, reconocía compromisos pendientes y podía sostener pagos que interesaban a quienes discutían la sucesión.

Fabián fue uno de los primeros en apoyar que quedara al frente provisionalmente.

No pretendía que ella sustituyera a Raúl en cada decisión. Quería que los pagos y las empresas no quedaran en manos de un dirigente que pudiera deshacerse de los talleres de Salcedo. Alexandra tenía acceso a esos recursos y él conocía su voluntad de conservarlos. Ambos necesitaban tiempo.

Otros aceptaron porque no querían entregar el mando a sus rivales internos. Ella escuchó condiciones. Prometió continuidad donde antes habría preguntado por el precio de un vestido.

No todos la obedecieron. Pero suficientes hombres lo hicieron para que, al terminar aquella semana, las órdenes empezaran a salir de su despacho.

Alexandra conseguía conservar lo que Raúl había abandonado. Cada aceptación tenía un costo que ya no podía fingir desconocer.

Durante las reuniones siguientes, delegó las disputas en Fabián y en Verónica. Cuando ellos no coincidían, aplazaba la respuesta. Los responsables empezaron a tratarla como la persona que podía pagar, no como quien podía ordenar. Alexandra comprendió que su posición sería breve si no encontraba a alguien capaz de ejercer el mando que ella no quería asumir.

Le gustaba llamar suya a la organización porque su dinero sostenía las empresas. No ignoraba ya que esa palabra era incompleta. Para seguir recibiendo los beneficios tendría que aceptar las condiciones de quienes la mantenían en funcionamiento. Verónica pidió hablar a solas.

Encontró sobre la mesa una carpeta que Alexandra había revisado y autorizado. Reconoció en las notas las primeras decisiones de alguien que ya no esperaba instrucciones de su esposo.

—Todavía puedes salir —dijo.

Alexandra dejó el bolígrafo.

—¿Y dejarles todo?

—Puedes dejar de dirigirlos.

Alexandra miró el jardín. Había pasado meses deseando salir de una habitación. Ahora temía abandonar una casa donde todas las puertas podían abrirse para ella.

—No voy a quedarme sin nada otra vez.

Verónica la observó con cansancio.

—No estás hablando de tener dónde vivir.

Alexandra no lo negó.

Mauricio le había enviado una propuesta concreta: vender parte de las propiedades, reducir el equipo y volver a trabajar con una productora que no aceptaría dinero de la Unión del Sur. Podría mantener a sus empleados esenciales y vivir de sus contratos. No le prometía las mismas campañas ni papeles elegidos para ella, pero sí una carrera que pudiera explicar sin mentir.

Alexandra leyó las cifras. No eran pobreza. Alcanzaban para una vida cómoda y para seguir cantando. Lo que faltaba era la posibilidad de estrenar una película cuando ella quisiera, llenar de publicidad las calles y entrar a las fiestas donde nadie preguntaba por qué había sido invitada.

—Con esto tendría que empezar a pedir trabajo —dijo.

—Trabajar no es volver a la casa de tu padre —respondió Verónica.

Alexandra cerró la propuesta. El recuerdo de Ernesto seguía siendo doloroso, pero no explicaba por sí solo su decisión. Añoraba los vestidos, los viajes, las alfombras y las personas que pronunciaban su nombre antes de que entrara. No quería una carrera posible: quería conservar la vida excepcional que ya conocía.

* * *

Gerardo hizo llegar la propuesta un mes después. No intentó entrar en la casa ni reunirse con ella de inmediato. Utilizó a Cárdenas, que aceptó transmitir el mensaje sin respaldarlo.

Alexandra podía conservar las empresas, la fortuna y una vida pública que él ayudaría a reconstruir. Gerardo recuperaría la dirección de la estructura que había pertenecido a Raúl.

Necesitaba su apoyo. No tenía hombres suficientes para tomarlo por la fuerza. Pero conservaba contactos, información y una experiencia que algunos responsables empezaban a considerar útil mientras discutían entre sí. Alexandra escuchó hasta el final.

—Él mató a mi esposo.

Cárdenas no intentó disfrazar la respuesta.

—Sí.

Ella sintió náuseas. No aceptó ese día. Tampoco ordenó que rechazaran la propuesta. Pidió conocer las condiciones por escrito.

Las leyó durante dos noches. Gerardo no le ofrecía amor ni disculpas. Ofrecía dirigir la organización, reunir los apoyos que se estaban dispersando y sostener las empresas que financiaban sus películas, discos y promoción. Alexandra conservaría las sociedades que ya figuraban a su nombre y respaldaría con sus recursos la nueva dirección.

La propuesta incluía mantener a Gerardo fuera de su imagen pública. Para el público, ella seguiría siendo una artista que había superado una tragedia y regresaba por su talento y su trabajo. Los patrocinadores aparecerían con los nombres de las empresas. El origen criminal del dinero seguiría escondido detrás de contratos que Alexandra ahora sabía leer.

No había descubierto una nueva mentira. Estaba decidiendo continuar la que había permitido desde sus primeros éxitos.

* * *

Inés recibió el encargo de suspender las conversaciones sobre el regreso profesional. Alexandra no podía viajar todavía, dijo una persona de su equipo. Había asuntos personales pendientes.

La mujer llamó directamente.

—Necesito escucharte a ti.

Alexandra respondió desde el despacho. Hablaron de Raúl. Inés contó lo que el abogado estaba reuniendo sobre el ingreso negado y el traslado. Quería que la declaración conservada por Verónica quedara incorporada a las investigaciones correspondientes.

Alexandra asintió, distraída. Inés lo notó.

—¿Qué estás haciendo?

Ella miró los documentos de Cárdenas. Durante un instante pudo mentir.

—Gerardo quiere hablar conmigo.

Al otro lado hubo un silencio largo.

—No tienes que volver con él.

—No sabes cómo están las cosas aquí.

Inés cerró los ojos. Conocía aquella frase. Inés le preguntó si había visto la propuesta de Mauricio.

—Sí.

—Entonces sabes que puedes vivir de otra manera.

Alexandra apretó el teléfono.

—No quiero venderlo todo y depender de que me elijan para el siguiente papel.

—Eso no es depender de Gerardo menos.

—Él sabe hacer lo que yo no sé. Puede mantener a esos hombres trabajando juntos. Yo puedo volver a lo mío.

Inés tardó en responder.

—Te estás diciendo que basta con no dirigirlos para no participar.

Alexandra no contestó. Había usado casi las mismas palabras para tranquilizarse al leer las condiciones. Siempre había un lugar donde los demás, supuestamente, no podían comprender lo suficiente para cuestionar una decisión.

* * *

Alexandra se reunió con Gerardo en una propiedad distinta, acompañada por personas de la Unión del Sur. La primera vez que lo vio, el cuerpo reaccionó antes de que ella pudiera hablar. Sintió el encierro, la puerta y la distancia que nunca había servido para detenerlo.

Gerardo quiso acercarse. Ella levantó una mano.

—Ahí.

Él se detuvo porque necesitaba que la reunión continuara. Alexandra le preguntó por Raúl. Gerardo respondió sin arrepentimiento.

Le bastó para confirmar que ninguna explicación podía volver menos terrible lo que sabía.

—Yo no sé dirigir tu mundo y no quiero pasarme la vida aprendiendo a hacerlo —dijo después—. Quiero conservar mis empresas, mis ingresos y mi carrera. Si tomas el mando, no vas a presentarte como el hombre que me dio todo. Nadie de mi equipo artístico tiene que recibir órdenes tuyas.

Gerardo la observó.

—Van a recibir el dinero que necesiten.

—De las empresas. Mi nombre no va a aparecer unido a la organización.

Él sonrió apenas. Alexandra sintió el impulso de levantarse. Sabía que ninguna cláusula podía obligarlo a respetar algo que dejara de convenirle.

—Y tú vas a respaldar que yo quede al frente —añadió Gerardo.

Ella miró a los hombres que habían acudido con ella. Fabián permanecía junto a una ventana. Necesitaba saber qué estaba dispuesta a firmar.

—Voy a respaldarlo si aceptan los demás —respondió.

Su propia voz le pareció ajena. Estaba negociando con quien había destruido su matrimonio y atacado su cuerpo. Podía levantarse.

No lo hizo. Gerardo comprendió que la puerta todavía estaba abierta.

* * *

El acuerdo necesitó varias reuniones y casi tres meses. Un responsable colombiano llamado Ocampo se negó a entregar autoridad al hombre que había atacado a su organización. Había perdido a dos colaboradores durante la guerra y no aceptaba que todo quedara reducido a quién podía sostener los pagos.

—Tenemos gente capaz de dirigir sin traerlo a él —dijo ante Alexandra.

La propuesta la obligaba a ceder a otro dirigente el control sobre empresas que ella quería conservar. Ocampo pedía administrar también sus aportaciones y revisar lo que saldría para la carrera de la cantante.

—No vas a utilizar mi trabajo como una cuenta que puedas cerrar —respondió Alexandra.

—Entonces no digas que estás escogiendo lo mejor para todos.

Fabián apoyó una dirección de Gerardo limitada por acuerdos entre los responsables. Quería conservar los talleres y los pagos que había asumido. Otros dirigentes valoraban los contactos que Gerardo todavía tenía en México; algunos temían que la confesión de Raúl pusiera en peligro sus negocios y escucharon a quien prometía defenderlos de esa exposición.

No todos aceptaron. Ocampo se apartó con parte de sus colaboradores. Hubo propiedades y acuerdos que quedaron fuera de la nueva dirección. Gerardo obtuvo apoyos porque ofreció ventajas concretas y porque Alexandra sostuvo la transición con recursos que varios necesitaban. No entró como heredero de Raúl: entró mediante un pacto que ella decidió financiar.

Los responsables que lo apoyaban exigieron conservar sus posiciones. Otros se apartaron y algunos aceptaron únicamente porque Alexandra respaldó la propuesta con recursos y compromisos que ya dependían de ella.

Gerardo no recuperó de inmediato todo lo que había perdido.

Recibió el mando sobre la parte de la estructura que aceptó el acuerdo, incluidos vínculos internacionales que su antiguo grupo nunca había tenido. Las pérdidas y las separaciones impidieron que aquello fuera una victoria intacta. La Unión del Sur terminó reconociéndolo como dirigente. Sus vínculos en varios países permanecieron sostenidos por hombres que preferían una continuidad rentable a otra disputa por el mando.

Alexandra mantuvo el control de las empresas vinculadas a su carrera y participó en la transición.

Después aceptó que Gerardo volviera a formar parte de su vida personal. Al principio compartieron cenas y viajes relacionados con la transición. Más tarde ella permitió que se quedara en la casa. No estaba enamorada de él. No lo había perdonado por el cautiverio ni por la muerte de Raúl.

Gerardo quería recuperar también el lugar del hombre que podía entrar cuando se apagaran las cámaras. Alexandra comprendió que el pacto no separaría limpiamente negocios y convivencia. Lo aceptó porque él le permitía volver a los escenarios sin administrar la organización que pagaba buena parte de su glamour.

Una noche guardó en un cajón la propuesta de Mauricio. Antes de cerrarlo, volvió a mirar la cifra con la que podía vivir lejos de aquello. Todavía era posible elegirla. Dejó el papel bajo unos contratos nuevos.

El miedo regresaba cuando Gerardo se acercaba demasiado. Alexandra continuó necesitando ayuda por lo que había sufrido y dejó de contar a su terapeuta algunas decisiones. No había una reconciliación que transformara al agresor en otro hombre. Había una convivencia que ella sostenía por interés, sabiendo que ninguna riqueza garantizaba su seguridad.

Su regreso no borraba el secuestro ni la agresión sexual. Tampoco hacía inocente su participación posterior. Alexandra era la víctima de aquellos hechos y, en otras decisiones, una mujer que elegía financiar una estructura criminal para conservar su vida pública.

* * *

Verónica se marchó antes de la última reunión. No lo hizo creyéndose ajena a lo ocurrido. Había trabajado con Arce, ayudado a Raúl a subir y permanecido durante decisiones que había cuestionado sin impedir que continuaran.

Entregó al abogado la copia autorizada de la confesión de Raúl y acordó una declaración sobre lo que conocía de su desaparición.

Incluyó lo que sabía de sus propias decisiones. Su hermana y sus sobrinos no podían servirle otra vez como explicación para seguir. Dejó de autorizar pagos, renunció a sus funciones y aceptó que la investigación revisara los recursos de los que se había beneficiado. No sabía si conseguiría apartarse sin consecuencias; por primera vez no utilizó esa incertidumbre para quedarse.

Aquello podía traerle consecuencias. No pidió que se las ahorraran. Antes de salir de la casa, habló con Alexandra.

—Él se fue cuando entendió lo que no quería seguir siendo.

Alexandra permaneció junto al escritorio.

—Eso no le devolvió la vida.

—No. Y quedarte tampoco va a devolvérsela.

Verónica recogió su bolso. La dejó frente a las carpetas que había decidido conservar.

* * *

Teresa había enterrado a su hijo poco después de recuperar el cuerpo, sin hombres de la organización junto a la tumba.

Efraín llamó desde California. Tomás se sentó a su lado durante la conversación y preguntó si podían mandar algo para los gastos. Teresa aceptó que compartieran fotografías y recuerdos, no dinero. Le contaron cómo había sido Raúl trabajando con ellos. Escuchó sin intentar que aquel muchacho borrara al hombre en que se convirtió.

Alexandra no asistió. Envió flores que la familia apartó de las que llevaron los vecinos. El abogado explicó que la investigación sobre la entrega irregular seguía abierta. No prometió un resultado rápido ni una condena que todavía no existía.

Conservaba los mensajes sobre las dos horas de llegada, la declaración de la empleada que vio pasar a Raúl y la copia de su confesión. Las negativas de Valdés no cerraban el caso. Tampoco la muerte de Raúl daba por resueltas las investigaciones sobre sus propios delitos ni sobre el secuestro de Alexandra.

Teresa pidió que no olvidaran a las otras familias. Su hijo había sido asesinado. También había hecho daño. No quería que para decir una verdad le exigieran callar la otra.

Semanas después recibió una propuesta de ayuda económica de Alexandra. La rechazó. Conservó una fotografía de Raúl tomada antes de su primer viaje, cuando todavía podía mirar una cámara sin que alguien tuviera miedo de reconocerlo.

* * *

El regreso de Alexandra a los escenarios se anunció meses más tarde. Mauricio no lo organizó. Había aceptado representar a una actriz joven y aprendía a trabajar sin vigilar llamadas que nunca figuraban en una agenda.

Inés siguió en la productora. Marta vivía con su hija, lejos de las casas donde había llevado bandejas. Elena consiguió un empleo cerca del lugar donde sus niños empezaron de nuevo las clases. Todavía guardaba el número de su esposo.

Alexandra contrató otro equipo.

Celia le escribió una vez para preguntar si era cierto que Gerardo estaba cerca de ella otra vez. Alexandra respondió que no quería hablar de su vida privada. La actriz no volvió a insistir ni aceptó la invitación al estreno. Alexandra conservó el mensaje sin responderlo de otra manera.

Los anuncios hablaron de fortaleza, nuevos proyectos y una etapa de renovación. Volvieron las fotografías, los comentarios entusiastas y los grupos de admiradores cuya actividad alguien pagaba.

Gerardo permaneció fuera de las imágenes.

Los contratos de las películas y de la campaña musical llevaban los nombres de las empresas que Alexandra había conservado. Ella sabía qué ingresos reales producían y cuánto dinero llegaba desde la organización. Firmó después de comprobar que el presupuesto alcanzaba para la promoción que había pedido. Quería que la sociedad viera su trabajo y su éxito; eligió ocultarle lo que los sostenía.

Era una discreción que conocía bien.

* * *

La noche de la primera presentación, Alexandra abrió la caja de recuerdos. La flor seguía deformada. La pulsera tenía el broche intacto.

Dejó el anillo junto a ambas cosas y cerró la tapa. Gerardo la esperaba abajo. Antes de salir, pasó por la terraza donde Raúl había detenido el último beso. La mesa estaba limpia y los recipientes de las velas habían sido guardados.

Recordó al niño que le hizo lugar en un pupitre. Después al hombre que había llegado con un anillo y una casa posible. Hubo un instante en que quiso quedarse allí y admitir cuánto había perdido.

Desde abajo la llamaron. Alexandra se secó una lágrima, acomodó el vestido y bajó. La casa que había soñado desde niña seguía en pie.

Todavía había alguien con quien compartirla. Solo que Raúl ya no tenía llave. Y el hombre que ahora la esperaba había vuelto a decidir quién podía entrar.


FIN