Capítulo 24 de 25
El hijo que lo esperaba
La primera persona que Alonso vio al despertar fue su madre. Beatriz Alcaráz estaba sentada junto a la cama del hospital, con el bolso sobre las rodillas y el cabello recogido sin el cuidado habitual. Al verlo abrir los ojos, se puso de pie.
—Alonso.
Él la miró unos segundos antes de reconocer por completo la habitación. Las paredes blancas. El vendaje limpio del brazo. El sonido regular de un aparato junto a la cama. Beatriz lo abrazó con cuidado, pero terminó sujetándolo con una fuerza que le hizo cerrar los ojos.
—Pensé que te había perdido.
Alonso apoyó la frente contra su hombro. Durante un momento volvió a ser un niño. Después recordó a Yesenia. Se apartó lentamente.
—Ella no regresó.
Beatriz bajó las manos. La noticia le había llegado durante el viaje a Brasil. Yesenia había muerto esa madrugada, después de que el equipo del hospital intentara estabilizarla durante horas. Había preguntado por médicos, traslados y trámites, aferrándose a cualquier tarea concreta. Ahora no supo qué decir. Alonso permaneció varios días en Brasil.
Los médicos le explicaron que Yesenia había llegado con una infección grave y una alteración de varios órganos. La investigación médica posterior señaló la herida de la rodilla como el foco de la infección. Las curaciones que habían podido hacer en la selva y la disminución pasajera de la fiebre no habían sustituido el tratamiento que necesitaba. Alonso pidió que Elena recibiera esa explicación directamente del hospital, con traducción y tiempo para preguntar. Los médicos trataron las heridas de Alonso, la deshidratación y el agotamiento. Las autoridades tomaron su declaración cuando estuvo en condiciones de hablar. Les entregó fotografías, notas y cuanto recordaba de los trayectos.
Al mencionar a Adrián y Alfredo, tuvo que detenerse. Un investigador apartó la libreta y esperó. Alonso volvió a empezar. También explicó dónde habían dejado a Mariela. La pulsera permanecía guardada en una bolsa transparente, junto a sus objetos personales. Pidió que la entregaran a su madre. No quiso enviarla con un empleado. Cuando pudo verla, la mujer lo escuchó sin interrumpir mientras él contaba los últimos momentos de su hija. Al final, Alonso le dijo:
—No estuvo sola.
La madre de Mariela sostuvo la pulsera entre los dedos. Él comprendió entonces cuánto podía pesar una frase y qué poco podía reparar. Elena recibió la noticia en México, acompañada por la vecina que había permanecido con ella desde que avisaron del traslado. Después de hablar con el hospital, preguntó cuándo podría volver a ver a su hija. Alonso no había tenido valor para llamarla de nuevo inmediatamente después de la muerte. Una trabajadora del equipo que coordinaba el regreso le transmitió esa petición mientras él reunía los documentos del hospital. Su hija. La expresión lo obligó a sentarse.
Hasta entonces había pensado en el traslado de Yesenia como una serie de documentos y autorizaciones. Elena lo nombraba de otra manera: quería que le devolvieran a la mujer que había salido de su casa prometiendo regresar pronto. Alonso pidió hablar con ella. Cuando escuchó su voz, no encontró una presentación adecuada.
—Soy Alonso Alcaráz.
Hubo silencio.
—Ya sé quién es.
Él cerró los ojos. Todavía no le habló del amor que habían compartido. Elena acababa de perder a su hija y necesitaba saber qué había ocurrido. Le contaría lo demás cuando ella quisiera escucharlo. Le explicó que Yesenia había ayudado a todos después del aterrizaje, que había cuidado a Alfredo, que lo había mantenido con vida cuando él no sabía hacer casi nada. La voz le falló al llegar al rescate.
—Lo siento mucho.
Elena tardó en responder.
—Cuando estaban en la selva, ¿preguntaba por su hijo?
Alonso se inclinó hacia delante.
—Todo el tiempo.
La mujer respiró de una manera que él reconoció inmediatamente: el esfuerzo de contener un llanto que ya no podía sostenerse.
—¿Sufrió?
Alonso apretó el teléfono. No quiso mentirle.
—Tuvo miedo. Yo estuve con ella.
Al otro lado, Elena empezó a llorar. Él permaneció en silencio, escuchándola. Regresó a México en un vuelo distinto. Elena había decidido dónde despedir a su hija. La empresa cubrió los gastos del traslado y del funeral sin condicionar las decisiones de la familia. El cuerpo de Yesenia regresó con la documentación necesaria; Alonso viajó cuando las autoridades le permitieron hacerlo y llegó antes de la despedida. No pidió vino. No solicitó un menú especial. La sobrecargo le preguntó si necesitaba algo y Alonso levantó la mirada hacia ella antes de responder.
—Agua, por favor. Gracias.
La mujer asintió. Beatriz, sentada a su lado, observó aquel intercambio. Durante el viaje, él sostuvo el teléfono de Yesenia. Habían protegido las fotografías y los videos para que pudieran entregarlos a Elena. La flor seca estaba dentro de una pequeña carpeta, lejos de la humedad. Beatriz la vio cuando Alonso revisó los documentos.
—¿Ella te la dio?
Él negó.
—Yo se la di.
Su madre miró los pétalos quebrados. No preguntó cuánto tiempo pensaba conservarlos. Alonso acudió al funeral. Pidió entrar sin fotógrafos y sin acompañantes que ocuparan el espacio de la familia. Beatriz fue con él, pero permaneció cerca de la puerta cuando Elena se acercó. La reconoció por los ojos. Yesenia los había mencionado al hablar de Mateo. Elena era una mujer de manos pequeñas y rostro cansado. Se detuvo frente a Alonso sin ofrecerle la suya. Él llevaba el uniforme doblado. El teléfono. La hoja donde Yesenia había escrito su número.
—Esto era de ella.
Elena recibió la bolsa y acarició la tela. Alonso sintió que no tenía derecho a añadir nada. La mujer levantó la mirada.
—Gracias por traerla.
Él negó lentamente. Las lágrimas le nublaron los ojos. No había conseguido traerla como Elena la necesitaba. Conoció a Mateo tres días después. Elena aceptó que fuera a su casa para entregarle las copias de las fotografías y hablar con más calma de Yesenia. Alonso llegó solo, con una bolsa de pan que había comprado sin saber si era apropiado. Al ver el techo del pasillo, recordó lo que ella le había contado. La humedad seguía allí. Sobre el patio había latas pintadas de azul y amarillo. Elena lo hizo pasar a la cocina. Mateo estaba en sus brazos. Alonso se quedó inmóvil.
El niño de la pantalla tenía ahora un cuerpo tibio, una mejilla húmeda y una mano aferrada al cuello de su abuela. Era más pequeño de lo que había imaginado. También más real.
—Este es Mateo —dijo Elena.
Alonso se acercó despacio. El niño lo observó con la seriedad de quien intenta entender un rostro nuevo. Luego extendió una mano hacia la venda. Elena le sujetó los dedos.
—Eso no, mi amor.
Alonso sonrió con dolor. Mateo llevaba un pijama distinto del de la fotografía. Había cambiado durante los días que Yesenia pasó perdida. Ella no había alcanzado a verlo. La comprensión le hizo bajar la cabeza. Elena lo observó.
—¿Quiere cargarlo?
Alonso miró al niño.
—No sé hacerlo bien.
La mujer acomodó una silla.
—Siéntese.
Le mostró dónde apoyar el brazo y cómo sostenerlo. Alonso obedeció con una atención absoluta. Mateo se quedó unos segundos mirándolo. Después tiró del borde de su camisa y lo apretó entre los dedos. Alonso recordó la madrugada descrita por Yesenia, el esfuerzo de desprender de su blusa una mano dormida. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Elena permaneció cerca.
—Le gustan las telas —dijo.
Él aceptó.
—Las etiquetas también.
La mujer lo miró sorprendida. Alonso acarició apenas la espalda del niño.
—Ella me lo contó.
Mateo soltó un sonido breve y apoyó la frente contra su pecho. Alonso no volvió a moverse hasta que Elena le explicó que podía respirar con normalidad. Mateo lloró al cabo de unos minutos y Elena lo recibió de vuelta. Alonso se quedó sentado mientras ella preparaba lo necesario para alimentarlo. Observó los movimientos de la mujer: sabía qué buscar, dónde estaba cada objeto y cuándo el niño necesitaba otra cosa. Había cansancio en su espalda. No era nuevo. Solo se había vuelto más pesado. Alonso miró la cucharita amarilla junto al fregadero.
La reconoció antes de que Elena la tomara. Tuvo que salir al patio un momento. Allí, entre las latas pintadas, lloró sin hacer ruido. Volvió a la semana siguiente. Después, otra vez. Elena no aceptó todos sus ofrecimientos. Algunas veces le pidió únicamente que comprara algo en la farmacia o que sostuviera a Mateo mientras ella terminaba de comer. Alonso fue aprendiendo. A preparar lo que Elena le indicaba. A caminar por el pasillo cuando el niño protestaba si se sentaba. A cambiar un pañal sin esperar que alguien lo rescatara a la mitad. Una tarde, Mateo se rio mientras él hacía una mueca.
Alonso se quedó quieto. Conocía aquella risa. La había escuchado durante once segundos en un refugio de ramas. Elena lo vio llorar y no le preguntó por qué. Pasaron varias semanas antes de que Alonso hablara del futuro. Lo hizo en la cocina, después de que Mateo se durmiera.
—Quiero estar en su vida.
Elena sostuvo la taza sin beber.
—Eso ya lo está haciendo.
Él asintió.
—Quiero hacerlo de manera permanente.
La mujer lo observó. Alonso tardó en continuar.
—Quiero criarlo como a mi hijo, si algún día usted considera que eso es lo mejor para él.
Elena dejó la taza. No sonrió.
—Mi nieto no es una promesa que pueda hacerse porque extraña a Yesenia.
Alonso sintió el golpe de la frase. Lo aceptó.
—Lo sé.
—Y tiene a su abuela.
—No quiero separarlo de usted.
Elena permaneció mirándolo. Él añadió:
—Quiero que sigan juntos.
Hablaron muchas veces después de aquella tarde. Elena preguntó qué ocurriría cuando Alonso volviera a trabajar, qué lugar tendría ella y si el niño crecería sabiendo quién era su madre. Él no respondió todo de inmediato. Buscó asesoría, escuchó y aceptó que la situación del padre biológico debía aclararse. Su ausencia no borraba por sí sola los vínculos legales ni permitía apresurar una adopción. Los trámites y las valoraciones requerirían tiempo. Alonso estuvo de acuerdo. Elena pidió que cualquier decisión partiera del bienestar de Mateo. Él también. Mientras eso se resolvía, siguió llegando a la casa. Algunas tardes no llevaba nada.
Solo se sentaba en el suelo para jugar con el niño y después ayudaba a recoger. Beatriz conoció a Mateo un domingo. Elena la recibió con cortesía, pero sin reverencias. La casa era pequeña y tuvieron que mover una silla para que todos cupieran en la cocina. Mateo se quedó mirando el collar de Beatriz. Ella se lo quitó antes de cargarlo. Alonso observó el gesto. Su madre había dedicado toda su vida a cuidar la imagen de la familia. Aquella mañana pasó casi una hora con saliva de bebé sobre el hombro sin pedir que nadie la cambiara.
Cuando Elena fue a buscar una manta, Beatriz miró a su hijo.
—Tiene los ojos muy vivos.
Alonso respondió con un movimiento de cabeza.
—Como su abuela.
No dijo que también eran los ojos que Yesenia había amado. Una noche, Mateo se durmió contra su pecho. Elena estaba en la cocina y Alonso permaneció en el sillón, sin consultar el teléfono ni pensar en la hora. El niño tenía una mano cerrada sobre su camisa. Alonso apoyó la mejilla sobre su cabello. Había imaginado un regreso con Yesenia. Una boda quizá. Una casa donde ella pudiera reír sin miedo. Aquella vida ya no existiría.
La que tenía delante no reemplazaba a Yesenia ni reparaba su muerte. Exigía algo distinto: estar allí al día siguiente y al siguiente, incluso cuando el dolor dejara de ser nuevo y nadie lo estuviera mirando. Mateo se movió en sueños. Alonso le sostuvo la espalda.
—Aquí estoy —susurró.
El niño siguió durmiendo.