Capítulo 23 de 25

La última orilla

La médica no dejó de trabajar mientras hablaba. Alonso permanecía al pie de la camilla, con el uniforme de Yesenia contra el pecho. Luana describía la fiebre, las mediciones y los cambios durante el trayecto. Raimundo explicó cuánto habían tardado desde el puesto. Una coordinadora transmitía la información al hospital que recibiría a la paciente. Yesenia tenía los ojos abiertos. Miraba a quien se inclinaba sobre ella, pero a ratos parecía perder el hilo de las preguntas.

—¿Es alérgica a algún medicamento? —preguntó la médica en español.

Alonso buscó las notas del teléfono. Recordaba que lo habían hablado en el refugio y agradeció haberlo escrito. Mostró la pantalla. La médica leyó y volvió hacia Yesenia para confirmar lo que ella todavía podía responder. Le colocaron equipo de vigilancia y comenzaron el tratamiento que podían administrar allí. La herida de la rodilla había dejado de ser un problema local: la fiebre y el estado general hacían sospechar una infección grave. Necesitaban llegar al hospital y completar los estudios.

Alonso escuchó la explicación. Quiso preguntar si iba a vivir, pero vio a la médica ajustar una conexión y comprendió que obligarla a responder en ese instante no ayudaría a Yesenia.

—¿Qué necesita de mí?

La mujer lo miró.

—Lo que recuerde de estos días. Y que nos deje espacio.

Él le entregó el registro de las temperaturas y explicó cómo habían limpiado la rodilla, cuándo empezó la fiebre y qué material les quedaba en el botiquín. No intentó hacer que sus decisiones parecieran mejores. Consultó las notas para dar las fechas que conocía; cuando no recordaba una hora, lo dijo. La médica escuchó. Después se volvió hacia el enfermero. El helicóptero había terminado de aterrizar. Los rescatistas aseguraron el traslado desde el cobertizo hasta la aeronave. Alonso recibió indicaciones para subir sin interferir con el equipo. Su brazo también necesitaba atención, pero él apenas sentía el dolor. Antes de mover la camilla, Yesenia lo llamó.

Él se acercó.

—El teléfono.

Alonso lo sacó de la bolsa.

—Lo tengo.

—Que mi mamá tenga las fotos.

Él cerró los ojos un instante.

—Se las voy a dar.

Yesenia observó la pantalla apagada y luego su rostro. Quiso decir algo más. La médica le pidió que descansara y ella aceptó con un movimiento pequeño de cabeza. Alonso acomodó el aparato dentro del uniforme. La flor seca seguía en el bolsillo, protegida por el papel doblado. No la abrió. Aquellas cosas podían esperar.

Durante el vuelo, Yesenia permaneció junto al equipo sanitario. Alonso iba sujeto a un asiento desde el que podía ver una parte de su rostro. No pudo sostenerle la mano todo el trayecto. La distancia era mínima y, sin embargo, le resultaba mayor que cualquiera de las que habían recorrido en la selva. Las copas de los árboles se extendían debajo de ellos. En algún punto estaba la laguna. La señal de piedras, las ramas de los techos y el lugar donde habían despedido a Mariela. Desde aquella altura el paisaje no ofrecía ninguna explicación del trabajo que había costado atravesarlo.

Alonso miró otra vez hacia Yesenia. La médica comprobaba el monitor; el enfermero respondía sin levantar la voz. Nadie había dejado de atenderla. Pensó en la primera noche de fiebre. En las horas que había pasado creyendo que bajar la temperatura significaba ganar terreno. Yesenia había advertido que la causa seguía allí. Lo había dicho con claridad. Después tuvieron que buscar comida, escapar del jaguar y caminar hacia el humo. Cada tarea había ocupado las manos que necesitaban para hacer otra. No podía cambiar esas horas desde el asiento. Se quedó mirando el rostro de ella hasta que las nubes ocultaron el río.

Al llegar al hospital la esperaban junto al acceso de emergencias. La llevaron a una sala donde Alonso no pudo entrar. Una enfermera le indicó dónde sentarse y otra comenzó a revisar su brazo. Le hicieron preguntas sobre el accidente, la comida y el agua que habían tomado. Respondió sin recordar después la mayor parte de sus respuestas. Elena recibió la noticia de que su hija había llegado viva al hospital. La coordinadora consiguió comunicarse con ella y puso el teléfono al alcance de Alonso mientras un médico terminaba de examinarlo.

Él escuchó la voz de la madre de Yesenia y tuvo que apoyarse en el respaldo.

—La están atendiendo —dijo—. Ya estamos fuera de la selva.

Al otro lado hubo una respiración temblorosa.

—¿Puedo hablar con ella?

Alonso miró la puerta.

—Ahora no. Voy a preguntar en cuanto salgan.

Elena pidió que alguien le explicara lo que estaba pasando. La coordinadora tomó la llamada y acordó organizar una conversación con el hospital y un intérprete. Alonso agradeció que la mujer pudiera pedir respuestas sin tener que depender de las palabras que él, asustado, lograba encontrar. Después llamó a Beatriz. Su madre lloró al escucharlo y empezó a preguntar por el viaje, por los médicos, por cómo podía llegar hasta él. Alonso contestó lo indispensable.

—Yesenia está muy grave, mamá.

El silencio de Beatriz cambió.

—¿La sobrecargo?

—Sí. La mujer que nos cuidó después del accidente.

Quiso decir cuánto la amaba. No pudo hacerlo sin perder la voz. Beatriz no volvió a preguntar quién era. Le dijo que viajaría y que permanecería pendiente del hospital. Las horas se alargaron en una sala de paredes claras. Alonso tenía un vendaje limpio, ropa prestada y una botella de agua sobre una mesa. No podía beber sin recordar cómo habían repartido los últimos sorbos.

Una médica salió para hablar con él y, por teléfono, con Elena. Explicó que Yesenia tenía sepsis, una respuesta grave a la infección que estaba afectando el funcionamiento de sus órganos. El equipo había comenzado tratamiento y continuaba buscando el foco. La herida de la pierna era una de las posibilidades que debían estudiar. Elena hizo preguntas. Alonso escuchó las respuestas en la traducción, cada vez más consciente de que el hospital no era una garantía de regreso. También era el lugar donde por fin podían comprender lo que el cuerpo de Yesenia había soportado sin recursos suficientes.

Les permitieron acompañarla de forma breve antes de trasladarla a cuidados intensivos. Alonso entró después de que la enfermera le explicara qué podía tocar y qué debía dejar libre. Yesenia abrió los ojos al escuchar su nombre.

—Mi mamá —murmuró.

Alonso acercó el teléfono. La llamada seguía conectada. Elena dijo «hija» varias veces, con una ternura que llenó la habitación. Yesenia intentó responder. Su voz era muy baja y la enfermera acercó el aparato sin mover el equipo que la atendía.

—Mateo…

—Está conmigo, mi amor. Está bien.

Una lágrima se deslizó hacia la sien de Yesenia. Alonso la retiró con la punta de un pañuelo. Elena siguió hablándole. Le contó que el niño había dormido, que llevaba el pijama de rayas y que la cucharita amarilla estaba junto a su plato. Eran cosas pequeñas, escogidas para llevarla hasta su casa sin exigirle ningún esfuerzo. Yesenia cerró los ojos, pero no soltó la mano de Alonso.

—Aquí estoy —dijo él.

La enfermera esperó unos minutos antes de avisar que necesitaban continuar. Alonso dejó el teléfono conectado al personal para que Elena pudiera hablar con quien la atendía. Luego salió con las manos vacías y se sentó frente a la puerta. La madrugada llegó sin que él la viera comenzar. En algún momento le llevaron un informe para firmar y comida que apenas tocó. La coordinadora confirmó que Elena estaba acompañada por una vecina. Beatriz ya había salido hacia Brasil.

Alonso se quedó dormido unos minutos. Soñó con Yesenia sentada junto a las flores, preguntándole si las había escogido él. Despertó cuando una médica pronunció su nombre. Se puso de pie. La mujer le pidió que la acompañara a una habitación pequeña. Él vio una silla, una mesa y una caja de pañuelos antes de comprender lo que significaba aquel espacio.

—Su estado empeoró a pesar del tratamiento —explicó ella—. Presentó un paro. Intentamos reanimarla, pero no conseguimos recuperar la circulación.

Alonso miró la puerta por la que acababan de entrar.

—La vi hace un rato.

La médica permaneció frente a él.

—Lo siento mucho. Yesenia ha muerto.

La frase llegó entera. Alonso no pudo discutirla. Tampoco supo qué hacer con ella. Se sentó porque las piernas dejaron de sostenerlo y apoyó los antebrazos sobre las rodillas, cuidando por costumbre el brazo herido. Elena recibió la noticia del equipo médico, con una persona cercana a su lado y la traducción que habían organizado. Alonso no escuchó esa llamada. Más tarde agradecería que nadie hubiera dejado a la mujer sola ante una publicación o una versión incompleta.

Le permitieron despedirse. Yesenia estaba cubierta hasta el pecho y tenía el rostro tranquilo de una manera que él no reconocía. Durante su estancia en la selva siempre había habido algo pendiente en sus ojos: una herida, el fuego, la comida o el regreso junto a Mateo. Alonso se sentó a su lado y tomó su mano.

—Ya no tienes que vigilar —susurró.

El llanto le llegó cuando recordó que aquella frase nunca podría decírsela al volver a casa. Había querido verla dormir en su cama, sin pedir que la despertaran para un turno. Había querido conocer a Mateo con ella cerca, preguntándole cómo cargarlo. Apoyó la frente junto a sus dedos. No encontró una promesa que pudiera devolverle la vida. Se quedó hasta que una enfermera le avisó, con cuidado, que necesitaban continuar con los procedimientos.

Al salir, le entregaron las pertenencias de Yesenia. El uniforme, el teléfono y el pequeño papel doblado seguían juntos. Alonso abrió la envoltura de la flor. Uno de los pétalos se había quebrado, pero conservaba la forma que ella había querido guardar. La protegió de nuevo. Después encendió el teléfono. Mateo apareció sobre la manta, con una mano junto a la mejilla. Alonso conocía sus etiquetas favoritas, su risa de once segundos y la costumbre de exigir que lo cargaran caminando. Todavía no sabía cuánto pesaba.

Pidió que alguien lo ayudara a conservar las fotografías para Elena. También solicitó hablar con la persona encargada de la búsqueda: Adrián, Alfredo y Mariela seguían en Brasil y sus familias necesitaban saber qué había ocurrido. La coordinadora tomó nota de todo. Alonso le entregó las referencias y las imágenes de la sepultura. Luego volvió a sentarse con el uniforme sobre las piernas. En el pasillo comenzó la actividad de la mañana. Se oyeron ruedas, pasos y una conversación sobre una habitación que había quedado libre. Alonso miró hacia la ventana. La ciudad empezaba a iluminarse.

Habían salido de la selva. Yesenia había alcanzado una cama limpia y había escuchado a su madre. El regreso que él había imaginado se había detenido allí, a una puerta de distancia. Alonso sostuvo el teléfono hasta que la pantalla se apagó. En México, Mateo despertaría dentro de unas horas. Elena tendría que levantarlo, alimentarlo y seguir diciendo el nombre de su hija. Él todavía no sabía cómo acompañarlos. Solo sabía que quería aprender.