Capítulo 22 de 25
El cuerpo que resistía
El motor llegó cuando el cielo apenas empezaba a aclarar. Alonso ya estaba despierto. Había pasado la última hora sentado junto a la colchoneta, atento a la respiración de Yesenia. Ella dormía de lado, con una mano debajo de la mejilla. A ratos fruncía el ceño y movía la pierna como si buscara una postura que no le doliera. Joaquim apareció en la puerta.
—La lancha —dijo en español—. Ya está aquí.
Alonso se inclinó sobre ella.
—Yesenia. Escucha.
Sus ojos se abrieron despacio. Reconoció primero su rostro, luego la habitación y, por último, el sonido que había pedido oír antes de dormir.
—¿Vinieron?
—Sí. Vamos con los médicos.
Ella intentó incorporarse sola. El esfuerzo le provocó un temblor y tuvo que detenerse. Alonso la sostuvo por los hombros sin levantarla de golpe.
—Despacio. No hace falta que te apresures.
Yesenia miró hacia la puerta. El alivio le humedeció los ojos, pero su sonrisa duró poco. Tenía frío otra vez. Celina acercó la ropa que habían dejado preparada y una bolsa con el uniforme doblado. Dentro estaba la flor seca, protegida entre dos hojas de papel. Yesenia pidió que comprobara el bolsillo. La mujer lo hizo y le mostró la pequeña envoltura antes de guardarla.
—No la perdí —murmuró Yesenia.
Alonso tomó la bolsa. En el embarcadero los esperaba Raimundo, un hombre de cabello canoso que había acudido con su lancha desde otra comunidad del río. A su lado estaba Luana, una auxiliar de salud enviada por el equipo que coordinaba la evacuación. Había traído material para valorarlos y mantenía una radio portátil encendida junto al asiento. Luana se arrodilló frente a Yesenia antes de ayudarla a subir. Le preguntó desde cuándo tenía fiebre, si había podido beber y dónde le dolía. Joaquim tradujo lo que fue necesario. Alonso le entregó las notas que habían guardado en el teléfono.
La auxiliar examinó la rodilla y volvió a cubrirla con material limpio. Después tomó otras mediciones. Su expresión se volvió más seria.
—Hay que salir ahora —explicó Joaquim después de escucharla.
Yesenia no discutió. Por primera vez en muchos días podía permitir que otra persona decidiera qué atención necesitaba. La acomodaron en la lancha con apoyo para la pierna y espacio para que Luana permaneciera a su lado. Alonso se sentó donde ella pudiera verlo. Raimundo comprobó el equipo, soltó la cuerda y esperó a que todos estuvieran sujetos antes de poner el motor en marcha. Celina levantó una mano desde el embarcadero. Yesenia quiso despedirse con una frase, pero solo consiguió apretarle los dedos cuando la mujer se acercó una última vez.
—Gracias —dijo.
La palabra salió clara. Celina la besó en la frente y se apartó. El puesto quedó detrás de la primera curva. Era el decimocuarto día desde el vuelo. Durante trece noches habían dormido bajo hojas, en el suelo o, al final, en aquella casa donde una radio volvió a unirlos con el mundo. Yesenia miró el río. Desde tierra había visto trozos separados entre los árboles; ahora aparecía una extensión que parecía no acabar. La corriente llevaba hojas, ramas pequeñas y reflejos de un cielo todavía cubierto.
—Es enorme —murmuró.
Alonso siguió su mirada.
—Sí.
Ella buscó su mano. Él se la dio por encima del borde del asiento, procurando no estorbar a Luana. La auxiliar repetía sus observaciones por radio. Al otro lado respondían desde la plataforma de evacuación, donde el equipo médico esperaba la llegada de la embarcación. El helicóptero había despegado. La noticia les llegó traducida en pocas palabras, suficientes para que Yesenia cerrara los ojos con alivio.
—Mi mamá ya sabe que vamos, ¿verdad?
—Sabe que nos encontraron. Están avisándole del traslado.
Yesenia apretó la mano de Alonso.
—Quiero hablarle antes de que vea otra noticia.
—En cuanto tengamos comunicación.
Él no añadió una hora. Había aprendido a distinguir lo que deseaba de lo que podía asegurarle. El teléfono de Yesenia iba cargado dentro de la bolsa. Antes de salir, Joaquim había comprobado que las imágenes seguían guardadas. Ella lo pidió y Alonso se lo mostró. La fotografía de Mateo apareció en la pantalla agrietada. Luana observó al niño y sonrió brevemente.
—Meu filho —dijo Yesenia, buscando una expresión que había oído en el puesto—. Mi hijo.
La auxiliar entendió. Le preguntó su nombre, y Yesenia consiguió decirlo sin llorar.
—Mateo.
Luego volvió a mirar la imagen. Durante unos segundos permaneció con los dedos apoyados sobre el borde del aparato.
—Se va a enojar conmigo —susurró.
Alonso se inclinó.
—¿Por qué?
—No sé. Porque tardé. Porque ya no me reconoce el olor.
La preocupación tenía algo de cansancio y algo que él no podía medir. Se quedó unos segundos buscando una respuesta que no la hiciera sentirse más sola.
—Cuando vuelvas, van a tener tiempo para encontrarse otra vez.
Yesenia lo miró. Después apagó la pantalla y le entregó el teléfono. El río se abrió en un tramo más tranquilo. Raimundo eligió un paso alejado de la vegetación flotante, aunque eso alargaba la ruta. Luana recibió otra indicación y comprobó de nuevo cómo estaba Yesenia. La fiebre seguía alta. Ella respondía, pero necesitaba concentrarse para hacerlo.
—¿Te duele más? —preguntó Alonso.
Yesenia asintió.
—Pensé que había mejorado.
—Podías caminar mejor.
—Sí. Y yo quería creer que con eso bastaba.
Luana se acercó al escucharla. Yesenia señaló la pierna y después el pecho. Le costaba respirar como antes. La auxiliar hizo que Raimundo avisara también a la plataforma y se quedó junto a ella. Alonso sintió que regresaba el miedo de la noche de la fiebre. Esta vez había una persona preparada para atenderla, una radio y un rumbo conocido. Se aferró a esas diferencias mientras le acomodaba el cabello.
La lancha avanzaba sin detenerse. La bolsa de comida que Celina había preparado permanecía cerrada a sus pies; ninguno pensó en abrirla. Yesenia bebió únicamente cuando Luana se lo indicó y dejó de intentarlo cuando las náuseas se lo impidieron. Un escalofrío le recorrió los hombros. Alonso quiso cubrirla con su chaqueta, pero miró primero a la auxiliar. Luana acomodó la tela sin envolverla en exceso y volvió a comprobar su estado.
—Estoy aquí —dijo él.
Yesenia abrió los ojos.
—Ya sé.
Intentó sonreír. El gesto le exigió demasiado y tuvo que descansar unos segundos antes de continuar.
—No quiero que me recuerdes siempre enferma.
Alonso sintió una presión detrás de los ojos.
—Te recuerdo riéndote de mi olla.
Ella movió apenas los labios.
—Era una olla horrible.
—Todavía la llevamos.
Yesenia giró la cabeza hacia las bolsas. La abolladura del costado se distinguía debajo de una tira de tela. Cerró los ojos otra vez, esta vez con una expresión que se acercaba a la sonrisa.
—No la tires.
Él le sostuvo la mano con cuidado. No sabía si la conversación era una despedida o una manera de mantenerla despierta. Quería contestar que no había motivo para hablar así, pero recordó cuánto le había molestado que él prometiera un regreso sin conocer el camino.
—La guardamos —respondió.
Luana pidió que le dejara espacio. Yesenia había comenzado a responder con frases más cortas. Miró hacia la orilla y preguntó si aquel techo era su casa. Alonso siguió la dirección de sus ojos: solo había árboles y una franja oscura de tierra.
—Estamos en la lancha —le explicó—. Vamos a la plataforma.
Ella lo miró sin comprender al principio. Después bajó los ojos hacia la madera bajo sus pies.
—Sí. Perdón.
—No tienes que pedir perdón.
La auxiliar transmitió el cambio de inmediato. Raimundo confirmó su posición y el tiempo que calculaba para llegar. El tono de las respuestas era urgente, pero nadie dejó de hablarle con calma. Yesenia buscó la mano de Alonso y no la encontró. Él la acercó enseguida.
—Me fui un segundo —dijo ella.
Alonso se inclinó hasta quedar frente a sus ojos.
—Te estoy viendo.
Ella intentó concentrarse en él. Sus dedos, calientes y débiles, se cerraron alrededor de los suyos. La plataforma apareció después de una curva. Había un cobertizo grande, una franja despejada sobre la orilla y personas esperando junto al agua. Una de ellas levantó el brazo cuando vio la lancha. Raimundo respondió y empezó a reducir la velocidad. Alonso sintió una esperanza tan intensa que casi le hizo daño. Allí había una camilla. Una mochila médica. Un lugar donde los pasos de nadie se hundían en el barro.
—Llegamos —dijo.
Yesenia levantó la mirada.
—¿Ya?
—Sí.
La lancha tocó suavemente el embarcadero. Luana habló con el hombre que esperaba en la orilla y le entregó las notas del trayecto. Entre varios acomodaron a Yesenia para trasladarla. Alonso se apartó cuando se lo pidieron, aunque le costó soltarla. Ella volvió la cabeza antes de que la sacaran.
—Alonso.
—Voy contigo.
Yesenia lo observó un instante. Luego miró al cielo, donde comenzaba a escucharse un ruido grave. Las aspas aparecieron por encima de los árboles. El helicóptero descendió hacia el claro mientras el equipo médico continuaba atendiendo a Yesenia bajo el techo. Alonso recogió su uniforme y el teléfono; la olla quedó con Raimundo, que prometió guardarla. Por primera vez desde el accidente podían salir de la selva sin caminar. Alonso quiso pensar únicamente en eso. Sin embargo, al volver hacia la camilla vio que una médica llamaba a Yesenia por su nombre para mantener su atención. Ella respondió. Su voz llegó débil, pero llegó.
Alonso se acercó hasta donde le permitieron. Yesenia abrió los ojos y lo encontró allí. Él levantó la bolsa del uniforme para que supiera que no habían dejado nada atrás. Entonces la médica se volvió hacia el equipo del helicóptero.
—Traslado inmediato.
La coordinadora repitió la frase en español. Alonso la comprendió sin necesitar otra explicación. La ayuda había llegado. Aún tenían que conseguir que Yesenia volviera a casa.