Capítulo 21 de 25

Cuando escuches un motor

El motor no volvió a encenderse. Durante casi una hora, Alonso y Yesenia permanecieron sentados junto a la entrada del refugio, escuchando el arroyo y las hojas. El fuego se había reducido a unas brasas que ninguno se atrevía a avivar. Yesenia mantenía una mano sobre la muñeca de Alonso. No para impedirle moverse. Para sentir que seguía allí.

—Mañana miramos —susurró él.

Ella aceptó. Estaban demasiado cansados para acercarse a otra luz sin saber qué encontrarían. Alonso acomodó las bolsas detrás de ambos y dejó la herramienta al alcance. Después se recostaron sin desvestirse. Yesenia apoyó la cabeza sobre su hombro. La propuesta de matrimonio seguía entre ellos, pendiente, pero aquella noche no tenía espacio para responderla. Delante había un motor, una columna de humo y la posibilidad de equivocarse otra vez. Al amanecer, el cielo estaba despejado. Comieron una pequeña porción de plátano y revisaron las heridas.

Yesenia seguía con fiebre. Podía caminar, pero la rodilla estaba más inflamada y tenía que detenerse para recuperar el equilibrio. El brazo de Alonso continuaba sensible, aunque los cortes ya no sangraban. Guardaron todo. Ninguno quería dejar sus provisiones atrás y verse obligado a regresar por ellas. Antes de partir, Alonso marcó un árbol junto al refugio. Yesenia observó la dirección del arroyo y después el espacio donde habían visto humo.

—Sin salir a terreno abierto hasta mirar bien —dijo.

Él asintió. Caminaron hacia la izquierda, aprovechando la pendiente para mantenerse lejos de las zonas encharcadas. El suelo parecía más transitado conforme avanzaban. Había ramas cortadas y una marca profunda en el barro que podía pertenecer a una rueda. Yesenia se agachó. La huella era reciente. Alonso miró alrededor. Por primera vez, una ruta empezaba a tener una forma reconocible. Encontraron la construcción después de rodear un grupo de árboles. Tenía un techo de lámina, paredes de madera y una plataforma elevada sobre pilotes. A un costado había bidones y una motocicleta pequeña con los neumáticos cubiertos de barro.

El humo salía de un fogón bajo un cobertizo. Alonso se detuvo detrás de un tronco. Yesenia se acomodó junto a él. No había armas a la vista. Eso no bastaba. Esperaron. Un hombre salió de la construcción llevando una cubeta. Usaba una camiseta desteñida y caminaba con una leve cojera. Se dirigió hacia un depósito, vació el agua y regresó sin mirar al bosque. Después apareció una mujer. Llevaba una olla envuelta en un trapo. Los dos hablaron junto al fogón.

Alonso no entendió las palabras, pero el tono le hizo cerrar los ojos un instante. Parecía una conversación común: alguien preguntaba algo, el otro respondía mientras buscaba dónde dejar un objeto. Aun así, siguieron ocultos. Un perro los descubrió. Había estado bajo la plataforma. Se levantó, orientó las orejas y empezó a ladrar hacia los árboles. Yesenia apretó el brazo de Alonso. El hombre dejó la cubeta. La mujer se quedó junto al fogón. Los ladridos aumentaron. Alonso sabía que podían retroceder, pero el perro ya avanzaba hacia ellos. Si intentaban correr, dejarían las bolsas y quizá caerían antes de llegar al arroyo.

Levantó la mano sana. Salió despacio de detrás del tronco.

—Por favor —dijo—. Necesitamos ayuda.

El hombre se detuvo. El perro continuó ladrando. Alonso mantuvo ambas manos visibles. Yesenia apareció a su lado.

—Nos accidentamos —añadió ella—. En un avión.

El hombre los observó de arriba abajo. Luego llamó a la mujer. Se llamaban Joaquim y Celina. Joaquim había trabajado con cuadrillas de distintos países y comprendía algo de español. Alonso, que conocía expresiones de sus viajes de negocios, podía completar preguntas sencillas en portugués. Para lo demás usaron papel, gestos y, más tarde, la ayuda por radio de una coordinadora bilingüe. Cada dato importante se repitió hasta que ambos estuvieron seguros de haberlo entendido.

Vivían en aquel puesto de trabajo, desde donde cuidaban una pequeña explotación autorizada de árboles y mantenían contacto con otras familias del río. Yesenia no comprendió todo lo que intentaron explicarles, pero sí entendió cuando Celina señaló un banco y les pidió que se sentaran. El perro olfateó las bolsas. Joaquim lo apartó con una palabra. Alonso dejó la carga y casi perdió el equilibrio al enderezarse. Celina le acercó agua. Él miró primero a Yesenia. Ella examinó la jarra y escuchó la explicación de la mujer: era agua que habían tratado para beber. Aceptó.

El primer sorbo le produjo una emoción tan intensa que tuvo que cerrar los ojos. Alonso bebió después. Ninguno habló hasta vaciar una pequeña cantidad. Celina sirvió caldo y un poco de arroz. Yesenia sostuvo el recipiente entre las manos, sintiendo el calor atravesarle los dedos. Tenía una cuchara propia. Un lugar donde sentarse sin mirar el suelo. Comida que no había tenido que buscar ni dividir con miedo. Alonso comenzó a comer demasiado deprisa y se detuvo cuando vio que ella lo observaba.

—Despacio —murmuró Yesenia.

Él respondió con un movimiento de cabeza. Celina no hizo preguntas mientras comían. Se sentó cerca y esperó. Joaquim entró en la casa. Cuando salió, llevaba una radio. Alonso dejó la cuchara. El aparato encendió con un chasquido. Joaquim llamó a alguien y esperó. Una voz respondió. Yesenia se llevó una mano a la boca. Durante los últimos días habían oído radios únicamente cerca de hombres que querían hacerles daño. Ahora aquella voz le pareció la primera prueba de que el mundo seguía existiendo más allá de los árboles. Joaquim explicó la situación.

Alonso añadió lo de la fiebre recurrente y la herida de la rodilla. La coordinadora pidió que midieran otra vez la temperatura y describieran el estado de Yesenia. Dejó claro que necesitaba evaluación médica urgente. Joaquim no tenía personal sanitario ni medicamentos adecuados en el puesto; la ayuda debía llegar desde la base fluvial. Repitió que eran dos sobrevivientes de un avión y preguntó cómo avisar a las autoridades. Alonso pronunció su nombre cuando se lo pidieron. La respuesta llegó rápida. Joaquim lo miró con sorpresa. Volvió a hablar. Alguien ya conocía el apellido. Estaban buscándolos. Yesenia empezó a llorar.

No fue un sollozo contenido como los de las noches anteriores. Se inclinó sobre el banco y dejó salir el aire con una fuerza que le dolió en el pecho. Alonso se sentó a su lado. Celina le puso una mano sobre la espalda. Habían encontrado a alguien. Había una radio que funcionaba. Podían decir que estaban vivos. Alonso le sostuvo los dedos mientras Joaquim respondía nuevas preguntas: heridas, ubicación del puesto, condiciones del camino y estado del río. El hombre señaló el cielo. Pronunció una palabra que ambos comprendieron. Helicóptero. Yesenia levantó la cabeza. No llegaría de inmediato.

El puesto carecía de un espacio suficiente para aterrizar. Había que trasladarlos hasta una plataforma de carga situada río abajo, donde una embarcación podía detenerse y los árboles dejaban un claro amplio. Joaquim les explicó que el motor de su lancha estaba desarmado. Había ido a buscar una pieza en la motocicleta la noche anterior; por eso habían escuchado el ruido. Otra embarcación vendría por ellos cuando terminaran de coordinar el traslado. El tiempo dependía del combustible, la distancia y el clima. Alonso escuchó sin interrumpir. Antes habría exigido una solución inmediata.

Ahora miraba a Joaquim montar la antena junto a la puerta y comprendía que cada paso tenía un trabajo detrás. Intentaron comunicarse con México. La radio no permitía hacer una llamada privada de manera sencilla, pero la persona que coordinaba la búsqueda aceptó transmitir un mensaje a los contactos registrados. Alonso dio el nombre de su madre. Yesenia pidió papel. Escribió el teléfono de la suya con una mano que no dejaba de temblar. Debajo añadió su nombre y el de Mateo. Cuando Joaquim preguntó qué debían decir, ella tuvo que intentarlo dos veces.

—Que estoy viva. Que voy a volver.

Alonso la miró. Por primera vez, la promesa tenía una ruta posible. Yesenia apretó su mano. Celina revisó sus vendas y les ofreció ropa limpia. Al retirar la gasa de Yesenia vieron que el enrojecimiento se había extendido. Ella se lo comunicó de inmediato a Joaquim, que volvió a llamar. Recibieron instrucciones del equipo sanitario y se prepararon para salir en cuanto llegara la lancha. La herida había empeorado desde la última revisión. Mientras Joaquim insistía por radio, Celina dejó junto a ellos una camiseta amplia para Alonso y una blusa con una falda sencilla para Yesenia.

Después les mostró un espacio detrás de la casa donde podían lavarse con agua de un depósito. Yesenia contempló las prendas. La falda le quedaba un poco suelta. La blusa no tenía botones a punto de abrirse. Se cambió despacio y dobló el uniforme, incapaz de tirarlo todavía. Cuando regresó, Alonso estaba sentado junto a la puerta. La vio acercarse y sonrió. Yesenia se detuvo frente a él.

—¿Qué?

Él negó suavemente.

—Te estaba esperando.

Ella se inclinó y lo abrazó. Por primera vez no tuvieron que mantener un oído atento al bosque mientras lo hacían. Contaron lo ocurrido. No todo de una vez. Adrián y Alfredo. El campamento. Mariela. Joaquim dejó de mover las manos cuando Alonso describió al hombre de la cicatriz. Miró a Celina y ambos intercambiaron unas palabras. Conocían rumores sobre hombres armados que se movían por un tramo del río. Evitaban esa zona y habían informado de amenazas meses antes. Joaquim transmitió los detalles por radio. Alonso ofreció las fotografías guardadas en su teléfono y las notas con el trayecto.

Yesenia entregó la imagen del lugar donde habían dejado a Mariela. Celina se quedó junto a ella mientras lo hacía. La tarde trajo nubes. La coordinación confirmó una embarcación con un auxiliar de salud para el amanecer. Habían intentado adelantarla, pero la tormenta y un paso peligroso del río impedían navegar ese tramo de noche. El helicóptero también esperaba una ventana de tiempo seguro. Mantuvieron el puesto en contacto para informar de cualquier empeoramiento. Había personal médico avisado, pero no podían confirmar la hora del helicóptero hasta conocer las condiciones. Les prepararon un espacio para dormir dentro de la casa. Dos colchonetas. Sábanas limpias.

Un mosquitero. Yesenia pasó la mano sobre la tela. Alonso permanecía en la puerta.

—¿Estás bien? —preguntó.

Ella asintió, aunque los ojos volvieron a llenársele de lágrimas.

—Es una sábana.

Él la miró. Después bajó la cabeza y sonrió con tristeza.

—Sí.

Se sentó junto a ella. Más tarde, Alonso sacó la pulsera de Mariela. La colocó sobre su palma y contempló las cuentas doradas. Ahora que había comida, techo y una posibilidad de rescate, las pérdidas empezaban a ocupar un espacio que el miedo les había negado. Yesenia se acercó. Él cerró los dedos alrededor de la pulsera.

—No llegaron.

Ella se sentó a su lado. No intentó decirle que habían hecho todo lo posible. Sabía que esa frase no borraba las preguntas. Apoyó la cabeza sobre su hombro. Alonso la abrazó. Se quedaron allí hasta que Celina los llamó para cenar. Antes de dormir, Yesenia miró el teléfono apagado. Quería encenderlo, ver a Mateo y escuchar su risa. También quería conservar batería por si al día siguiente encontraba señal. Lo dejó junto a la colchoneta.

Joaquim encontró un cargador compatible en un cajón y lo conectó al generador. Yesenia pudo guardar batería para el trayecto. La radio seguía siendo su único contacto con la búsqueda: los teléfonos no recibían señal en aquel puesto. Alonso se recostó a su lado, fuera del espacio que ella ocupaba. Yesenia le tomó la mano.

—Cuando escuches un motor mañana —dijo—, despiértame.

Él la miró.

—Aunque sea temprano.

Alonso aceptó. Ella cerró los ojos. En la habitación contigua, Joaquim seguía hablando por radio. Yesenia durmió a intervalos, entre escalofríos y breves conversaciones. Alonso y Celina se turnaron para acompañarla. Desde la habitación contigua, la radio repetía su nombre, el lugar de recogida y la hora prevista de la embarcación.