Capítulo 20 de 25
El camino de regreso
Partieron después del amanecer. Alonso apagó el fuego hasta que la ceniza dejó de conservar calor. Yesenia recogió la botella que había sostenido las flores y la guardó con las otras. Antes de abandonar el refugio, ambos se quedaron mirando el techo. Una de las ramas todavía tenía un trozo de tela atado para sostener las hojas. Debajo se distinguían los espacios donde habían dormido, la tierra oscurecida junto a la olla y una raíz gastada por el roce de sus manos. Alonso volvió los ojos hacia Yesenia. Ella llevaba el cabello recogido y el botiquín cruzado sobre el cuerpo.
—¿Lista?
Yesenia miró hacia la laguna.
—Sí.
No estaba segura. Pero recogió su bolsa. Revisaron la señal por última vez. La flecha que Yesenia había dispuesto la tarde anterior seguía visible. Alonso reforzó su punta y ella dejó junto a las letras una tira clara de tela, sujeta a una rama alta. Si alguien llegaba hasta el claro, tendría una indicación del rumbo que habían tomado. Después comenzaron a seguir el arroyo. El agua salía de la laguna por un extremo cubierto de piedras y desaparecía bajo la vegetación. No podían caminar siempre a su lado: el terreno los obligaba a rodear troncos, apartarse de zonas blandas y buscar pasos entre raíces.
Yesenia observaba cada cambio. Alonso dejaba marcas discretas cuando encontraban un punto reconocible. Llevaban comida para unos días, si la repartían con cuidado. El agua pesaba, pero ninguno quiso dejar una botella atrás. La olla golpeaba suavemente contra la bolsa. Alonso la sujetó mejor. Durante la primera hora hablaron poco. Era el duodécimo día desde el vuelo. La distancia no era grande en un mapa que no poseían, pero Yesenia necesitaba descansar cada vez con mayor frecuencia. El dolor de la rodilla había vuelto a aumentar.
Yesenia sentía la noche anterior en pequeños detalles: la mano de Alonso esperando la suya en un desnivel, la forma en que él la miraba antes de preguntarle si necesitaba descansar. No sabía qué hacer con aquella ternura mientras intentaba encontrar dónde apoyar el pie. En una subida se detuvo para respirar. Alonso dejó su carga.
—¿La rodilla?
—Un poco. También el peso.
Él examinó las bolsas. No podían trasladar todo a una sola persona. Yesenia se sentó sobre una piedra. Alonso le acercó agua. Bebieron poco y descansaron hasta que el temblor de sus piernas disminuyó. Después siguieron. El arroyo creció. Otros hilos de agua se unían a él entre las raíces, y el sonido se hizo más fuerte. A mediodía ya no era aquella corriente estrecha donde habían lavado la olla. Una lluvia reciente había removido el barro de las orillas. Alonso observó un paso sobre varias piedras.
—Podemos cruzar aquí.
Yesenia miró la superficie. El agua ocultaba parte del fondo y corría con más fuerza de la que parecía.
—Busquemos otro.
Él aceptó. No intentó probar antes. Continuaron por el mismo lado hasta encontrar un tronco caído que alcanzaba la otra orilla. No era un puente cómodo, pero podían sentarse sobre él y avanzar despacio, manteniendo las cargas bajas. Alonso cruzó primero y dejó las bolsas. Después regresó parte del trayecto para ayudar a Yesenia. Ella avanzó centímetro a centímetro, con la rodilla extendida lo mejor que pudo. Cuando llegó al otro lado, ambos se quedaron sentados. Alonso le apoyó una mano en la espalda. Yesenia cerró los ojos. Comieron bajo un árbol.
Los plátanos empezaban a golpearse dentro de la bolsa. Separaron los más maduros para consumirlos primero y reservaron los verdes. Alonso peló uno. Le entregó la mitad a Yesenia. Ella lo recibió sin mirar enseguida. Estaba contemplando un espacio entre las hojas, donde la luz cambiaba de tono.
—¿Qué piensas? —preguntó él.
Yesenia tardó en responder.
—Que estoy un poco más cerca.
Alonso siguió su mirada.
—De Mateo.
Ella asintió. No tenía ninguna prueba de que el rumbo fuera correcto. Sin embargo, permanecer quieta le había resultado cada vez más difícil. Caminar le permitía sentir que estaba haciendo algo para regresar. Alonso terminó su mitad. Luego se levantó y le ofreció la mano. Por la tarde encontraron una cuerda. Estaba enredada alrededor de una raíz, a poca distancia del agua. Tenía fibras sintéticas y un nudo endurecido por el barro. Yesenia se agachó sin tocarla. Alonso examinó el terreno. Vieron una lata aplastada y, más adelante, un corte antiguo en un árbol. Había pasado gente por allí. La noticia los hizo detenerse.
Podía significar una salida. También podía acercarlos a los hombres del campamento. Alonso miró la cuerda.
—No sabemos cuándo la dejaron.
—Ni quién —añadió Yesenia.
Continuaron más atentos, evitando entrar de lleno en la franja de terreno que parecía una vereda. El aire comenzó a cambiar. Hasta entonces solo habían olido agua, barro y vegetación. Ahora les llegó un rastro débil de humo. Alonso levantó la cabeza. Yesenia lo percibió también. Se apartaron del arroyo y buscaron un punto elevado desde donde observar sin quedar a la vista. No encontraron edificios. Entre las hojas se distinguía apenas una columna gris que se deshacía sobre las copas, bastante lejos hacia la izquierda. Permanecieron quietos. No oyeron motores ni voces.
—Podemos acercarnos mañana —dijo Alonso.
Yesenia miró el cielo. La tarde estaba terminando.
—Primero pasamos la noche aquí.
Yesenia se sentó antes de que él terminara de dejar las bolsas. Tenía frío, aunque el aire estaba caliente. Midieron la temperatura y registraron otra subida. Alonso quiso continuar hacia el humo; ella señaló la oscuridad que crecía entre los árboles.
—Si nos perdemos ahora, tardaremos más. Al amanecer buscamos ayuda.
Prepararon el agua y dejaron las cargas listas para salir sin perder tiempo. Él respondió con un movimiento de cabeza. Ambos recordaban las luces que habían confundido con ayuda. Eligieron un lugar por encima de la orilla. El agua llevaba ramas pequeñas y hojas arrancadas, señales de que podía subir con la lluvia. Buscaron suelo firme, lejos de cualquier depresión que pudiera llenarse durante la noche. Construyeron un techo sencillo utilizando la cuerda que habían recuperado. Alonso comprobó los nudos. Yesenia reunió hojas anchas y las acomodó sobre las ramas. Trabajaron con menos torpeza que al principio. Aun así, terminaron agotados.
El refugio apenas alcanzaba para sentarse juntos y resguardar las bolsas. Encendieron un fuego pequeño. La olla recuperó su lugar sobre las piedras. Alonso removía los plátanos cuando se detuvo. Yesenia había sacado el teléfono. Lo encendió para comprobar la hora y mirar otra vez la fotografía de Mateo. La batería estaba por debajo de veinte por ciento. Ella apagó la pantalla rápidamente. Alonso dejó la cuchara.
—¿Cuánto queda?
Yesenia se lo dijo. Él contempló el aparato. No podían mantenerlo encendido esperando señal sin arriesgar las imágenes y la posibilidad de comunicarse cuando encontraran un lugar mejor.
—Mañana probamos donde viste el humo —propuso.
Ella aceptó. Guardó el teléfono junto a la flor seca. Después se acercó al fuego. La noche los encontró comiendo de la misma olla. Yesenia se apoyó contra Alonso, con cuidado de no rozarle el brazo herido. Él le acomodó un mechón detrás de la oreja. El gesto la hizo sonreír.
—¿Qué? —preguntó.
Alonso negó.
—Me gusta verte así.
Ella miró la ropa manchada y soltó una risa.
—¿Hambrienta?
—Sonriendo.
Yesenia bajó la cabeza. Él volvió a tomar la cuchara, pero ya no la usó. Se quedó contemplando sus manos. Ella notó el silencio.
—Alonso.
Él levantó los ojos.
—No quiero que lo que está pasando entre nosotros se termine cuando salgamos —dijo.
Yesenia sintió que la sonrisa desaparecía lentamente.
—Ya hablamos de eso.
—Sí.
Alonso apoyó la cuchara sobre el borde de la olla. Parecía nervioso de una manera nueva, sin el miedo inmediato de un ruido en el bosque.
—Quiero buscarte. Conocer a tu mamá. Aprender a cuidar a Mateo sin dar por hecho que alguien lo va a hacer por mí.
Ella lo observó.
—Eso lleva tiempo.
—Lo sé.
Yesenia esperó. Alonso tomó su mano.
—Y quiero casarme contigo.
El arroyo siguió sonando detrás de ellos. Yesenia miró sus dedos enlazados y después el rostro de Alonso. Durante un momento creyó haber escuchado mal.
—¿Qué?
Él tragó saliva.
—Cuando volvamos. Cuando estemos bien y puedas decidir sin todo esto alrededor.
Yesenia retiró lentamente la mano. Alonso la dejó ir. Ella se levantó y dio dos pasos hasta una raíz. Necesitaba respirar.
—No puedes decirme eso aquí como si fuera sencillo.
—No creo que sea sencillo.
Yesenia se volvió.
—No sabes cómo es mi vida.
—Me estás dejando conocerla.
—Una parte. Aquí no están mi hijo, mi mamá, tus negocios, tu familia.
Alonso asintió. Ella se llevó una mano al pecho.
—Y yo no sé cómo sería entrar en tu mundo.
Él permaneció sentado. No intentó hacerla regresar.
—No quiero que entres para acomodarte a todo lo que ya existe —dijo—. Quiero hacer una vida contigo.
Yesenia miró hacia la oscuridad. Yesenia intentó imaginar esa vida. Mateo creciendo. Su madre cansada. Alonso en reuniones, rodeado de personas que quizá pensarían de ella lo mismo que habían pensado de otras mujeres. Y también una mesa compartida, alguien que regresaba, unas manos aprendiendo a cuidar.
—No sé qué decir —admitió.
Alonso bajó la cabeza. Cuando volvió a mirarla, su expresión estaba serena.
—No tienes que responder ahora.
Yesenia se sentó otra vez, dejando un pequeño espacio entre ambos. Él no lo cerró. Más tarde, ella le tomó la mano. Alonso la miró. Yesenia tenía los ojos húmedos.
—Quiero volver a casa —dijo.
—Sí.
—Abrazar a mi hijo. Dormir en mi cama. Saber que puedo pensar sin tener miedo de morirme al día siguiente.
Él apretó suavemente sus dedos.
—Después hablamos.
Ella respondió con un movimiento de cabeza. Permanecieron junto al fuego hasta que la comida se enfrió. Antes de acostarse, Yesenia se acercó y lo besó. No era una respuesta a la propuesta. Alonso lo entendió. Le besó la frente y le dejó el espacio más seco del refugio. Ya entrada la noche, un sonido atravesó el murmullo del arroyo. Ambos levantaron la cabeza. No era un animal. Tampoco la lluvia. Un motor aceleró a lo lejos, se debilitó y volvió a escucharse entre los árboles. Alonso se puso de rodillas. Yesenia le sujetó la muñeca antes de que encendiera la linterna. Esperaron.
El ruido parecía llegar desde la dirección del humo. Luego se detuvo. Yesenia miró a Alonso. Por primera vez en varios días, había algo delante de ellos que podía conducir a otra persona. Todavía no sabían si debían buscarla o esconderse.