Capítulo 19 de 25

La promesa bajo las hojas

Yesenia despertó antes del amanecer y encontró a Alonso mirando hacia la entrada. La mano sana de él descansaba cerca de la suya. Durante la noche no se habían atrevido a moverse demasiado, como si cualquier gesto pudiera alterar lo que había ocurrido junto a la laguna. Ella giró sobre el costado.

—¿No dormiste?

Alonso volvió la cabeza.

—Un poco.

—¿Por el brazo?

—También.

Yesenia lo observó. Él sonrió apenas. No necesitó decir qué más lo mantenía despierto. Ella extendió la mano y le tocó los dedos. Alonso los cerró suavemente alrededor de los suyos. Permanecieron así mientras la primera claridad apareció entre las ramas. Afuera, un ave comenzó a llamar. Yesenia se acercó y lo besó. Esta vez ninguno tuvo que preguntar si aquel momento había sido imaginado. El hambre los obligó a levantarse. Quedaban dos plátanos pequeños. Las barras de cereal se habían terminado días antes. Habían consumido las reservas más rápido de lo que podían reponerlas. Alonso miró la bolsa.

—Hoy tenemos que buscar más.

Yesenia aceptó.

—Y decidir qué hacemos después.

Él levantó los ojos. La señal de la laguna seguía sin atraer ayuda. Llevaban varios días escondidos bajo los árboles, lejos del avión y de cualquier lugar donde alguien pudiera suponer que estaban.

—No podemos quedarnos aquí para siempre —dijo ella.

Alonso observó el techo. Habían empezado a mejorarlo por costumbre: una hoja más, una rama mejor colocada, un espacio seco para la comida. Pero hacerlo habitable no lo convertía en un destino.

—Seguimos el arroyo —propuso.

Yesenia miró hacia el agua.

—Primero reunimos lo que podamos cargar. Y dejamos indicado hacia dónde nos fuimos.

Alonso asintió. Por primera vez hablaron del camino sin esperar que alguien más eligiera por ellos. Regresaron al claro de los plátanos después de revisar las heridas. Alonso podía mover mejor el brazo, aunque evitaba cargar con él. La rodilla de Yesenia le permitía avanzar despacio y sin apoyo en los tramos firmes. No estaba curada. Al retirar la venda esa mañana encontraron una mancha nueva en la gasa. Yesenia admitió que seguía sintiendo un dolor profundo al doblarla. Limpiaron la zona y guardaron la tela aparte para poder describir el cambio. El sendero empezaba a resultarles familiar. Aquello les inquietaba.

La selva estaba dejando de ser un lugar por el que pasaban para convertirse en el espacio donde organizaban sus días. Al llegar al claro, se detuvieron a escuchar. No había voces. El cobertizo seguía vacío. Recogieron varios frutos maduros y otros verdes. Alonso los bajaba; Yesenia revisaba los que podían llevar y descartaba los dañados. Llenaron la bolsa sin exceder un peso que pudieran sostener. Antes de irse, Alonso miró los postes antiguos.

—Alguien llegó hasta aquí alguna vez.

—Sí.

—Entonces tiene que existir una manera de salir.

Yesenia acomodó la carga.

—Tenemos que encontrar la nuestra.

Volvieron al refugio a media tarde. Prepararon comida, trataron agua y extendieron las prendas para que terminaran de secarse. Después reunieron los objetos que llevarían al partir. La olla. El botiquín casi vacío. La herramienta, el encendedor y la linterna. Las botellas. Los teléfonos. Yesenia recogió la flor seca que guardaba junto al suyo y comprobó que siguiera protegida entre las hojas dobladas. Alonso la vio.

—Pensé que la habías perdido.

Ella negó.

—Esta viaja conmigo.

Él sonrió. La rama de la botella ya no tenía pétalos. Yesenia la sostuvo un momento y después la dejó junto a una raíz. No todo podía acompañarlos. El sol abrió una franja de luz sobre la laguna. Decidieron aprovecharla para lavarse y revisar la señal una última vez antes de organizar la salida del día siguiente. Alonso corrigió las letras con la mano sana. Yesenia acomodó debajo una flecha hecha con ramas, apuntando hacia la dirección en que planeaban seguir el arroyo. No sabían si alguien la vería. Aun así, dejarla les permitió sentir que el camino no desaparecería por completo detrás de ellos.

Se sentaron junto al agua. La tortuga no estaba. Había pequeños peces cerca de las piedras y una mariposa que cruzó sobre la superficie sin detenerse. Yesenia apoyó el hombro contra Alonso. Él le acarició el dorso de la mano.

—Tengo miedo de salir —admitió ella.

Alonso miró el sendero.

—Yo también.

Yesenia levantó la cabeza. Él no intentó parecer seguro.

—Aquí conocemos dónde conseguir agua y comida —continuó—.

—Afuera de este pedazo no sabemos nada.

Ella miró el sendero antes de responder.

—Pero si nos quedamos…

No terminó. Alonso le sostuvo la mano.

—Mañana avanzamos despacio. Si el terreno se pone imposible, paramos. No tenemos que resolver todo el primer día.

Yesenia respiró hondo. Le gustó que no prometiera una salida rápida. Le gustó todavía más que, al decirlo, la mirara esperando su respuesta.

—De acuerdo.

Cuando regresaron al refugio, el cielo comenzó a cerrarse. La lluvia llegó suave, constante, sin el viento de otras noches. Alonso preparó el fuego mientras Yesenia acomodaba las provisiones. Trabajaban cerca. Cada vez que sus manos se encontraban, ninguno apartaba la suya inmediatamente. Él terminó de asegurar la olla y se volvió hacia ella. Yesenia estaba de pie, con la chaqueta entre los brazos. Alonso se acercó.

—¿Puedo?

Ella supo qué preguntaba. Asintió. Él la besó con calma. Yesenia apoyó las manos sobre sus hombros, cuidando el brazo herido. Cuando Alonso se apartó, ella lo atrajo suavemente de nuevo. El beso cambió. No por prisa, sino porque ambos dejaron de esconder cuánto deseaban aquel contacto. Yesenia se detuvo primero. Alonso la soltó enseguida.

—¿Te dolió algo?

Ella negó. Tenía los ojos húmedos.

—No quiero hacer esto porque pienso que mañana nos puede pasar algo.

Él sostuvo su mirada.

—Yo tampoco.

Yesenia bajó la cabeza.

—Quiero estar contigo. Pero necesito saber que eso es lo que estoy escogiendo.

Alonso le tomó la mano.

—Podemos quedarnos aquí, hablar y dormir. No tienes que decidir nada más.

Ella respiró despacio. La posibilidad de detenerse la hizo sentirse más segura que cualquier declaración. Lo miró otra vez.

—Ya decidí.

Alonso esperó. Yesenia se acercó y lo besó. La intimidad llegó despacio. Se acomodaron bajo el techo de hojas, lejos del fuego, sobre el espacio seco que habían preparado para descansar. Hablaron en voz baja; se preguntaron por las heridas y por aquello que necesitaban cuidar. Yesenia preguntó también por la protección. Entre los objetos personales que Alonso había rescatado de la maleta quedaba un preservativo en su envoltura intacta. Lo revisaron antes de decidir continuar. Ella quiso dejarlo hablado: la lactancia no era una garantía y no deseaba otro embarazo en esas circunstancias. —Si me duele, paramos —dijo ella.

—Paramos —respondió Alonso.

Cuando ella dejó caer la chaqueta, sintió el impulso de cubrirse. Alonso esperó a que volviera a acercarse y le acarició el rostro. La miró a los ojos. Yesenia se acercó por voluntad propia. Compartieron aquella noche con ternura, atentos a los límites y al cansancio de ambos. La lluvia sobre el techo les dio una privacidad frágil, suficiente para que dejaran de pensar durante un rato en los pasos que tendrían que dar al amanecer. Después, Alonso permaneció abrazándola con el brazo sano.

Ella apoyó la mejilla sobre su pecho y escuchó cómo su respiración recuperaba la calma. Durante unos minutos no hablaron. Yesenia podía sentir el calor de su cuerpo y la tela doblada bajo la cabeza. Afuera seguían los insectos, el agua y la oscuridad que tantas noches la había obligado a mantenerse alerta. No había desaparecido el miedo. Había encontrado un lugar donde descansar de él. Alonso le apartó un mechón del rostro.

—¿Estás bien?

Ella asintió. Luego levantó la cabeza.

—Sí.

Él sonrió. Yesenia volvió a recostarse. No había perdido el peso que le avergonzaba ni las marcas del embarazo. Su piel seguía manchada, las piernas llenas de picaduras y el cuerpo cansado. Aun así, se sentía deseada sin tener que fingir que era otra mujer. La emoción la hizo cerrar los ojos. Alonso notó que estaba llorando.

—Yesenia…

Ella le tocó el pecho.

—Estoy bien.

Él esperó.

—Llevaba mucho tiempo sintiéndome incómoda conmigo —dijo—.

—Hasta cuando estaba sola.

Alonso le sostuvo la mano. Yesenia buscó las palabras.

—Hoy no.

Él acercó los labios a su frente. La abrazó un poco mejor y dejó que ella hablara o guardara silencio. Eso terminó de conmoverla. Más tarde, Yesenia mencionó a Mateo. Lo hizo casi en un susurro, mirando hacia la entrada.

—No sé cómo voy a explicarle todo esto cuando crezca.

Alonso siguió la dirección de sus ojos.

—Puedes empezar por decirle cuánto querías volver.

Ella sonrió con tristeza.

—Eso sí.

Alonso pensó en el niño de la fotografía.

—Y que aprendiste a construir un techo.

—Muy malo.

Él soltó una risa.

—El mío era peor.

Yesenia se volvió hacia él.

—Le voy a contar que cocinabas plátanos sin quemarlos.

—Después de varios intentos.

Ella le acarició suavemente la mejilla.

—Los últimos estaban bien.

La conversación los llevó al regreso. Hasta entonces habían hablado de salir como quien habla de alcanzar una orilla. Esa noche empezaron a imaginar lo que vendría después. La casa de Yesenia. Su madre abriendo la puerta. Mateo, que habría cambiado durante aquellos días. Alonso escuchó mientras ella describía el cuarto pequeño, la cuna junto a la cama y las latas pintadas en el patio.

—No quiero que desaparezcas cuando ya no me necesites —dijo Yesenia de pronto.

Él se quedó quieto. La frase no era un reclamo. Era el miedo que ella ya conocía.

—Voy a buscarte —respondió.

Yesenia lo miró.

—Sin cámaras.

—Sin cámaras.

—Y sin llegar a decidir qué necesito antes de preguntarme.

Alonso asintió.

—Te lo voy a preguntar.

Ella permaneció observándolo, midiendo las palabras. Después apoyó de nuevo la cabeza sobre su pecho. Antes de dormir, Alonso se levantó para comprobar el fuego. Añadió una rama pequeña y se aseguró de que no hubiera hojas secas demasiado cerca. Luego guardó el encendedor y dejó la linterna al alcance de ambos. Yesenia lo observaba desde el refugio. Él regresó y se sentó junto a ella.

—Mañana —murmuró.

Ella miró las bolsas preparadas.

—Mañana.

Alonso le tendió la mano. Yesenia la sostuvo. Yesenia miró las bolsas una última vez. Quería salir de allí y descubrir, en su propia casa, si aquella mano seguiría esperándola. La lluvia disminuyó. Yesenia cerró los ojos. Alonso permaneció despierto un poco más, escuchando su respiración y pensando en la puerta de una casa que todavía no conocía.