Capítulo 18 de 25

Un cuerpo que merece amor

Yesenia despertó con el brazo de Alonso apoyado cerca del suyo. Durante la noche habían terminado sentados contra la misma raíz. Él dormía con la cabeza inclinada hacia ella, cuidando incluso en sueños el antebrazo vendado. La cercanía le produjo una calma que enseguida la inquietó. No quería confundirse. Estaban solos, asustados y lejos de todo. Habían compartido hambre, muerte y una noche en la que Alonso se interpuso entre ella y un animal capaz de matarlos. Eso podía unir a dos personas. También podía hacerlas necesitar algo que, en otras circunstancias, no elegirían. Yesenia se apartó despacio. Alonso abrió los ojos.

—¿Te lastimé?

—No.

Ella se incorporó antes de que él preguntara algo más. La mañana transcurrió entre tareas conocidas. Revisaron las heridas, trataron agua y corrigieron la señal de la orilla. Yesenia podía apoyar mejor la rodilla, aunque persistían el calor y el enrojecimiento alrededor de la herida; los cortes de Alonso seguían sensibles, aunque podía mover la mano sin dificultad. Les quedaban pocos alimentos. Decidieron regresar al claro de los plátanos al día siguiente y explorar después otro tramo del arroyo, buscando una ruta que pudiera conducirlos hacia un río transitado.

Era el décimo día desde el vuelo. Yesenia había tenido otro escalofrío antes del amanecer, breve pero suficiente para inquietarla. Lo anotaron junto a la temperatura y acordaron salir en cuanto reunieran agua y alimentos. No querían acercarse al campamento. Tampoco podían esperar indefinidamente. Mientras Alonso reunía ramas, Yesenia se sentó sobre una piedra para lavar una de sus prendas. Se había quitado la chaqueta. La blusa, endurecida por el sudor y el humo, descansaba junto a ella. Alonso apareció desde el sendero y se detuvo en cuanto la vio.

—Perdón.

Se volvió. Yesenia recogió la chaqueta rápidamente. El gesto fue tan brusco que le tiró de la rodilla. Soltó un quejido. Alonso se giró apenas.

—¿Te caíste?

—No mires.

Él volvió a darle la espalda. Yesenia se cubrió y se quedó respirando con fuerza, enfadada consigo misma. No había ocurrido nada. Alonso había hecho lo correcto. Aun así, ella sintió la vergüenza conocida: el abdomen que no había vuelto a ser el de antes, las marcas del embarazo, la ropa interior que ya no le quedaba igual. Y, detrás de todo, la frase escuchada en el avión. Cuando se cubrió con la chaqueta cerrada, le avisó. Dejó la blusa extendida sobre la piedra: todavía estaba húmeda. Él dejó las ramas en el suelo sin acercarse demasiado.

—No sabía que estabas aquí.

—Ya sé.

Alonso aceptó. Yesenia miró el agua. Quiso dejar la conversación ahí. No pudo.

—¿Te dio asco?

La pregunta lo hizo levantar la cabeza.

—No.

Ella apretó la chaqueta contra el cuerpo.

—Puedes decirlo.

Alonso se acercó un paso. Se detuvo.

—Yesenia, no.

Ella soltó una risa sin alegría.

—En el avión sí te molestaba cómo me veía.

Él bajó los ojos.

—Sí. Hablé de ti con desprecio.

La honestidad le dolió, aunque una negación le habría dolido más. Alonso continuó:

—No voy a hacer como si no hubiera pasado.

Yesenia se quedó mirándolo. Él tenía una rama pequeña atrapada en la camiseta y una mancha de barro en la mejilla.

—Pero no sentí eso al verte ahora —dijo—. Me aparté porque estabas cambiándote.

Yesenia volvió hacia la piedra. Se sentó con la pierna extendida. Alonso permaneció de pie hasta que ella le señaló un lugar a cierta distancia. Él se acomodó allí. Durante unos segundos escucharon el agua.

—Antes de Mateo también había cosas de mi cuerpo que no me gustaban —dijo Yesenia—. Después cambiaron muchas a la vez.

Alonso la escuchó sin interrumpir.

—La ropa dejó de cerrar. Me salieron manchas. Había días que no quería verme al espejo.

Se pasó una mano por el rostro.

—Y luego él se fue.

No necesitó aclarar de quién hablaba. Alonso miró sus propias manos.

—¿Te dijo algo?

Yesenia tardó en responder.

—Dijo que yo ya no era la misma.

El agua golpeó suavemente contra una piedra.

—Era cierto —añadió ella—. Acababa de tener un hijo. Dormía por ratos. Me dolía todo. Pero él lo decía como si le hubiera hecho algo.

Alonso respiró hondo. Pensó en las palabras que había usado durante sus propias rupturas, en las explicaciones cómodas que permitían retirarse sin mirar demasiado al otro. No quiso comparar historias.

—Lo siento —dijo.

Yesenia se frotó los ojos.

—A veces siento que mi cuerpo se convirtió en un problema para todos.

Él levantó la mirada. Ella negó antes de que respondiera.

—Ya sé. Tú dirías que no, que sobrevivimos gracias a mí o algo así.

Alonso permaneció callado. La frase que estaba formando se deshizo. Yesenia apoyó las manos sobre la piedra.

—No quiero tener que salvarle la vida a alguien para merecer que me trate bien.

Él la miró con atención.

—Tienes razón.

La respuesta dejó espacio para que Yesenia respirara. No le pidió que se sintiera agradecida por lo que su cuerpo había logrado. Alonso solo se quedó allí. Después de un rato, ella lo observó.

—¿Qué cambió?

Él comprendió la pregunta. Tardó en responder porque no quería escoger una frase bonita y vacía.

—Empecé a conocerte —dijo al fin—. Y tuve que escuchar lo que hice cuando ya no podía irme a otro cuarto y olvidarlo.

Yesenia giró un poco el rostro.

—Eso explica que seas más amable.

Alonso asintió. Ella lo miró otra vez.

—No explica cómo me miras últimamente.

Él sintió calor en el cuello. Yesenia esperó. Alonso podría haber fingido no entender. Durante años había aprendido a dejar cosas sin decir hasta que alguien más asumiera el riesgo. Esta vez no lo hizo.

—Me gustas.

La frase quedó entre ambos. Yesenia bajó la vista. Alonso continuó, despacio:

—No sé en qué momento empezó. Me doy cuenta cuando te ríes.

—Cuando te quedas mirando algo y quiero saber qué viste. Cuando te alejas unos pasos y estoy esperando que vuelvas.

Ella apretó los dedos sobre la piedra.

—Estamos solos.

—Sí.

—Puedes estar confundiendo eso.

Alonso asintió lentamente.

—Podría.

La sinceridad la hizo levantar los ojos.

—No puedo demostrarte hoy cómo sería fuera de aquí —añadió él—. Pero sí puedo decirte lo que siento ahora, sin pedirte que lo aceptes.

Yesenia observó las manos vendadas de Alonso. Le gustaba verlo concentrado en el fuego. Le gustaba que empezara a preguntarle cosas y escuchara las respuestas completas. Le gustaba la manera en que había aprendido a esperar antes de ayudarla. Todo eso la asustaba.

—Yo también pienso en ti —admitió.

Alonso no se movió. Ella sonrió apenas, avergonzada.

—Incluso cuando estoy enojada.

Él soltó una risa pequeña. Yesenia respiró hondo.

—Pero tengo un hijo. No puedo volver y meter en su vida a alguien que después descubra que solo estaba agradecido conmigo.

La sonrisa de Alonso desapareció.

—Lo sé.

—No. Todavía no sabes lo que significa.

Él aceptó la corrección.

—Entonces tendría que aprenderlo.

Un pájaro descendió hasta una rama cercana. Los dos miraron hacia él casi al mismo tiempo. El movimiento les permitió descansar de la conversación. Yesenia se pasó una mano por el cabello. Estaba limpio, aunque enredado y áspero en las puntas. Alonso la observó. Ella lo notó. Esta vez no se cubrió.

—¿Qué? —preguntó.

Él sonrió.

—Nada que tengas que arreglar.

Yesenia sintió que se le humedecían los ojos. Miró hacia el agua hasta que pudo hablar.

—Acércate.

Alonso se levantó despacio y se sentó junto a ella, dejando un espacio pequeño entre ambos. Yesenia fue quien tomó su mano. La palma tenía zonas endurecidas y una venda alrededor del corte. Le acarició con el pulgar un lugar donde la piel estaba intacta. Alonso miró el gesto. Luego su rostro.

—¿Puedo besarte? —preguntó.

Ella cerró los ojos un instante. Pensó en Mateo. En su madre. En las mujeres con quienes había visto a Alonso en fotografías. Después dejó de mirar imágenes ajenas y volvió al hombre sentado a su lado.

—Sí.

Alonso se inclinó con cuidado. El beso fue breve. Apenas un contacto tibio que le dio a Yesenia tiempo para decidir si quería continuar. Cuando él se apartó, ella mantuvo la mano entre las suyas. Lo besó de nuevo. La segunda vez duró más. Yesenia sintió la mano sana de Alonso rozar su mejilla. Se detuvo un instante, y fue ella quien apoyó los dedos sobre su cuello y lo atrajo de nuevo. Alonso tenía la piel caliente y una barba áspera que le hizo sonreír contra su boca. Él se apartó apenas.

—¿Qué pasó?

—Raspas.

Alonso rio suavemente.

—No encontré dónde afeitarme.

Yesenia volvió a besarlo, todavía sonriendo. Yesenia volvió a rozarle la barba con los dedos. Le sorprendió poder reír tan cerca de él sin sentir que debía apartarse. Después permanecieron con las frentes apoyadas. Yesenia fue la primera en apartarse. Necesitaba respirar y volver a reconocer el lugar. La laguna seguía allí. La señal también. Nada había resuelto su situación. Alonso le soltó la mano cuando ella empezó a moverse. No pareció esperar algo más. Ese detalle le permitió relajarse.

—Tenemos que regresar al refugio —dijo.

Él respondió con un movimiento de cabeza.

—Y comer.

—Y revisar tu brazo.

Alonso miró la venda.

—Eso suena menos romántico.

Yesenia levantó una ceja.

—Podemos empezar por lo romántico y terminar con la infección. Tú decides.

Él se puso de pie riendo. Le ofreció la mano sana. Ella la tomó. Caminaron juntos hasta el techo de ramas. Alonso recogió la blusa que habían dejado secándose sobre la piedra y la llevó doblada sobre el antebrazo. Yesenia cargó el botiquín. Al llegar se puso la blusa, que ya estaba casi seca, y abrió la chaqueta para acomodarla junto al fuego. Alonso estaba cerca. La vio. Yesenia sintió el impulso de cubrirse otra vez. No lo hizo inmediatamente. Él levantó la mirada hacia su rostro y sonrió con una ternura que la dejó quieta.

No dijo que su cuerpo era distinto del que había imaginado. Simplemente se acercó lo suficiente para rozarle la mano y preguntó:

—¿Te guardo el lugar más seco?

Yesenia asintió. Mientras él acomodaba las hojas, ella dejó de tirar de la blusa para esconder el contorno de su abdomen. Las marcas seguían allí, junto con el peso, las manchas y el cansancio. Nada había desaparecido con un beso. Pero esa tarde pudo sentarse sin esconderse debajo de la chaqueta, y cuando Alonso se acomodó a su lado, fue ella quien apoyó la cabeza sobre su hombro.