Capítulo 17 de 25
Lo que no compra el dinero
Alonso no pudo cargar la olla. La sostuvo unos segundos con la mano sana, pero el movimiento le tiró del brazo herido y tuvo que dejarla en el suelo. Yesenia estaba recogiendo las provisiones. Al verlo, se acercó.
—Eso lo llevo yo.
Él miró las dos bolsas que ella ya tenía preparadas.
—Es demasiado.
—Podemos hacer dos recorridos.
Alonso volvió los ojos hacia los árboles. Bajo la luz de la mañana, el lugar donde había aparecido el jaguar parecía una abertura cualquiera entre las plantas.
—Prefiero no regresar.
Yesenia aceptó. Separaron lo indispensable y repartieron el peso otra vez. La olla llevaba dentro la cuchara, el encendedor y las botellas vacías. Los alimentos quedaron junto al botiquín. La botella con la última flor viajaría en la mano de Yesenia. Antes de irse, Alonso miró el techo que había aprendido a construir. Al llegar habría considerado aquello un montón de ramas. Ahora sabía cuánto trabajo contenía. Caminaron despacio hacia la laguna. Yesenia se detenía en los tramos difíciles para comprobar su rodilla. Alonso procuraba mantener el brazo inmóvil, aunque cada tropiezo le provocaba una punzada. No hablaron mucho.
Había algo distinto entre ellos desde la noche anterior, una cercanía que todavía no tenía palabras. Yesenia lo esperaba cuando quedaba rezagado. Él vigilaba que no apoyara el pie sobre raíces sueltas. En un desnivel, Alonso quiso ofrecerle la mano. Ella miró la venda.
—Con la otra.
Él cambió de lado. Yesenia tomó sus dedos y bajó. Al soltarlo, rozó suavemente el dorso de su mano. El gesto fue pequeño. Alonso lo sintió durante varios pasos. Encontraron un lugar cerca de la laguna, lo bastante apartado del borde para no quedar expuestos a una subida del agua. Dos árboles crecían próximos y entre sus raíces había una franja de terreno elevada. Desde allí se distinguía una parte de la señal que habían construido en la orilla. Yesenia examinó el suelo. Alonso recorrió el contorno sin alejarse. No vieron huellas grandes ni madrigueras. Eso no garantizaba nada, pero tenían que decidir.
El nuevo lugar quedaba a unos veinte minutos del anterior y podía formar parte del mismo territorio del felino. Separaron los residuos del lugar donde dormirían, despejaron una salida y acordaron turnos de vigilancia. Ninguno quiso volver a dormirse junto al fuego.
—Aquí —dijo ella.
Dejaron las bolsas. Antes de empezar, comprobaron la señal. La lluvia había movido algunas piezas; Yesenia las corrigió mientras Alonso observaba el cielo abierto sobre el agua. Nada cruzó entre las nubes. Ni una avioneta. Ni un helicóptero. El nuevo refugio exigió toda la mañana. Alonso podía recoger ramas ligeras con la mano sana, pero no cortar ni sujetar bien las más gruesas. Yesenia tuvo que detenerse varias veces para descansar. El techo quedó más pequeño que el anterior. Apenas podían sentarse debajo. Cuando terminó, ella se apoyó contra una raíz y cerró los ojos. Alonso dejó una rama sobre el suelo.
—En mi casa hay cuartos que nunca usamos.
Yesenia abrió los ojos. Él estaba mirando el techo.
—No sé cuántos.
Ella no respondió. Alonso se sentó.
—Aquí llevamos horas para conseguir un espacio donde no nos caiga el agua.
Yesenia se acomodó la falda sobre las rodillas.
—Aquí cada cosa la tenemos que hacer nosotros.
Él asintió. Le dolían las manos de solo mirar las ramas que aún faltaba colocar. Encendieron el fuego antes de que cambiara el tiempo. Habían llevado algunos fragmentos secos protegidos en una bolsa. Alonso pudo mantener la llama mientras Yesenia acomodaba la olla. No tenían suficiente comida para una jornada larga. Dividieron un plátano maduro y reservaron los verdes. Alonso miró la cuchara.
—En una de mis cuentas hay dinero suficiente para alimentar a muchas familias durante años.
Yesenia levantó los ojos.
—Aquí no puedes sacarle nada.
—No.
Él giró la cuchara entre los dedos.
—Nunca había sentido tan inútil tener dinero.
Yesenia dejó la cáscara dentro de la bolsa destinada a los residuos.
—El dinero sí sirve. Mi hijo necesita pañales. Mi mamá necesita pagar la casa. Yo necesito atención para esta pierna.
Alonso la miró.
—No estoy diciendo que no sirva.
—Entonces no confundas esto con vivir sin dinero donde sí hace falta.
Él permaneció callado. Luego apoyó la cuchara.
—Tienes razón.
Yesenia observó el agua empezar a moverse dentro de la olla. Le había hablado con dureza, pero estaba cansada de imaginar el regreso como una puerta que se abriría igual para ambos. Alonso tendría médicos, una casa grande y personas encargadas de recibirlo. Ella encontraría a Mateo, que era cuanto deseaba, pero también cuentas atrasadas, dudas sobre el trabajo y una madre agotada. La selva no les había borrado esas diferencias.
—Cuando salgamos —dijo—, tú vas a poder descansar.
Alonso alzó la cabeza.
—Tú también.
Yesenia lo miró. Él comprendió antes de continuar. No podía decidir por ella con otra promesa.
—Quiero que puedas hacerlo —corrigió.
Ella bajó los ojos.
—Yo también quiero.
Alonso se levantó para retirar la olla del fuego. Yesenia lo detuvo.
—Yo la agarro.
Él esperó mientras ella utilizaba un trozo de tela para no quemarse. Después vertieron el agua en las botellas cuando estuvo suficientemente fría. El trabajo sencillo les permitió dejar reposar la conversación. Alonso revisó la venda del brazo. Un borde se había humedecido con sudor. Yesenia se acercó. Los arañazos estaban doloridos, pero no vio un cambio que la alarmara de inmediato.
La rodilla de Yesenia, en cambio, mantenía una zona roja que no acababa de desaparecer. Al compararla con la nota que habían hecho dos días antes, decidieron que encontrar atención médica debía pesar más que conservar un refugio cómodo. Limpiaron lo necesario y volvieron a cubrirlos usando parte de la tela que habían reservado. Las gasas casi se habían terminado. Él observó sus manos.
—Sigues cuidándome después de todo lo que hice.
Yesenia terminó el nudo.
—Estás herido.
Alonso respondió con un movimiento de cabeza. La respuesta lo dejó más conmovido que una declaración de afecto. La tarde abrió un espacio de sol. Se sentaron cerca de la laguna, a distancia del agua profunda. La tortuga había vuelto a una de las piedras; esta vez había otra más pequeña junto a ella. Yesenia las señaló. Alonso sonrió. Durante un rato pudieron escuchar la caída de agua sin revisar constantemente el bosque.
—¿Extrañas tu casa? —preguntó ella.
Él pensó antes de contestar.
—A mi mamá. A mi hermana.
—¿Y tus cosas?
Alonso miró su reloj. Lo llevaba desde el accidente, aunque la pantalla se había apagado días atrás. Había seguido consultándolo por costumbre.
—Extraño abrir una llave y tener agua —dijo—. Dormir sin estar escuchando.
Yesenia aceptó. Eso sí podía comprenderlo. Alonso se quitó el reloj. La correa estaba sucia y le había dejado irritada la piel. Lo puso a su lado sobre la piedra.
—Me lo regalaron cuando entré al consejo del grupo.
Yesenia miró el objeto.
—Debe ser caro.
—Sí.
Él intentó recordar la cifra exacta y sintió vergüenza de hacerlo.
—Mi mamá organizó una cena. Había como cuarenta personas.
Yesenia contempló el agua.
—¿Querías entrar?
La pregunta lo sorprendió. Nadie se la había hecho con tanta sencillez.
—Era lo que seguía.
—Eso no es lo que pregunté.
Alonso se quedó mirando el reloj.
—No sé.
Hablaron de su madre. Alonso contó cómo Beatriz Alcaráz supervisaba las invitaciones, las fotografías y hasta las personas con quienes le convenía aparecer. Lo describió al principio como una costumbre familiar; después empezó a escuchar sus propias palabras.
—Siempre decía que uno no puede darse el lujo de olvidar quién es.
Yesenia apoyó las manos sobre las piernas.
—¿Y tú quién eres?
Él miró sus vendas. La respuesta que habría dado antes contenía apellidos, cargos y nombres de empresas. Ahora le parecía insuficiente.
—Estoy tratando de averiguarlo.
Yesenia no sonrió. Tampoco se burló. Lo dejó pensar. Más tarde, Alonso mencionó a Renata. No comenzó por el escándalo. Habló de una noche en la que habían salido a cenar sin fotógrafos y de cómo ella se había reído cuando él no supo pronunciar el nombre de un platillo.
—Hubo momentos buenos —dijo.
Yesenia lo escuchó.
—Entonces, ¿por qué todo terminó así?
Alonso recogió el reloj.
—Porque también había cosas malas. Y porque ninguno supo irse sin hacer daño.
Ella giró el rostro.
—¿Lo de los rumores era cierto?
Él entendió a qué se refería.
—No tengo pruebas de esas cosas. Se repitieron tanto que la gente empezó a hablar como si hubiera estado ahí.
Yesenia asintió lentamente. Alonso se frotó la frente.
—Yo dejé que siguieran. A veces me convenía que ella pareciera la única culpable.
Yesenia pensó en la canción, en los videos y en las frases de la madre de Alonso.
—Tu mamá dijo cosas muy feas.
—Sí.
—Y tú también.
Él sostuvo su mirada.
—Sí.
Yesenia bajó los ojos hacia sus brazos, donde comenzaban a secarse las marcas del sol y las picaduras.
—Las mujeres no se vuelven menos dignas por ser actrices —dijo.
—Lo sé.
Ella esperó. Alonso respiró hondo.
—Lo sabía antes. Y aun así permití que hablaran de ellas así.
El agua siguió cayendo detrás de ambos. Yesenia acomodó la botella con la flor entre dos piedras. El pétalo que quedaba estaba empezando a doblarse. Alonso la observó.
—Cuando regrese, tengo que hablar con varias personas.
Ella no levantó la mirada.
—Hazlo porque corresponde.
—Sí.
Él guardó el reloj dentro de la bolsa.
—También tengo que saber qué pasa en las tiendas. De verdad.
Yesenia pasó un dedo por el borde de la botella.
—Habla con quienes trabajan ahí cuando no está el gerente escuchando.
Alonso asintió.
—Y pregunta cuánto les queda después de pagar transporte —añadió ella—. No solo cuánto reciben en la nómina.
Él se quedó pensando en eso. Por primera vez, la conversación sobre sus empresas tenía un trayecto en autobús, un horario de salida y una mujer esperando cobrar para comprar pañales. Regresaron al refugio cuando la luz comenzó a cambiar. Yesenia tropezó cerca de la entrada y Alonso la sostuvo con la mano sana. Ella no se apartó enseguida. Quedaron frente a frente. Él tenía el rostro cansado, el cabello desordenado y una inquietud que ya no intentaba ocultar.
—¿Qué? —preguntó Yesenia.
Alonso negó suavemente.
—Nada.
Ella lo miró un poco más. Luego soltó su mano y se sentó. Alonso permaneció de pie, consciente de que lo que sentía no podía solucionarse encargando flores ni reservando una mesa. Tenía que esperar. Y, sobre todo, seguir siendo digno de aquella cercanía cuando ya no estuvieran obligados a permanecer juntos. Esa noche, Yesenia le dejó apoyar la cabeza sobre su hombro durante un rato. Alonso se había sentado a su lado para revisar el fuego. El cansancio le fue venciendo la postura hasta que ella sintió el peso de su cuerpo. Podría haberlo despertado. No lo hizo.
Miró el cielo oscuro a través de la abertura entre los árboles y pensó en Mateo. Luego miró las manos de Alonso, quietas sobre sus piernas. Todavía había mucho que no sabía de él. Mucho que todavía le hacía desconfiar. Pero cuando Alonso despertó y murmuró una disculpa, Yesenia sostuvo suavemente su muñeca.
—Descansa —dijo.
Él volvió a acomodarse, cuidando no lastimarla. Afuera, la selva continuó moviéndose en la oscuridad. Dentro del pequeño refugio, por un momento, ninguno tuvo que sostenerlo todo a solas.