Capítulo 16 de 25

La noche de los dientes

Alonso buscó la herramienta sin apartar los ojos de la entrada. El ruido había cesado. Yesenia se incorporó detrás de él y contuvo el impulso de encender la linterna inmediatamente. Primero escuchó. Un roce bajo recorrió las hojas, seguido por una respiración que ninguno logró identificar. Alonso alzó una mano para pedirle que permaneciera quieta. Ella alcanzó la linterna y apuntó hacia el suelo exterior. La luz reveló las raíces, las piedras alrededor del fuego y una sombra que se retiró entre las plantas. Después aparecieron dos ojos. Yesenia dejó de respirar por un instante. El animal estaba más cerca de lo que había imaginado.

La cabeza surgió detrás de un tronco. Era un felino grande, de cuerpo compacto y pelaje manchado. Permaneció inmóvil, mirándolos desde una distancia de pocos metros. Alonso sintió que la herramienta se volvía ridículamente pequeña dentro de su mano. El jaguar movió una oreja. Yesenia giró la linterna apenas lo necesario para mantenerlo visible sin agitar el haz. Los restos de comida estaban dentro de una bolsa junto a la entrada. Alonso había dejado la bolsa de residuos demasiado cerca del lugar donde dormían.

No podía saber por qué se había acercado. Quizá habían instalado el refugio en un paso habitual del animal. La comida y los residuos, en cualquier caso, debían permanecer lejos del espacio donde dormían. Solo sabía que estaba allí.

—No corras —murmuró.

Yesenia no necesitaba que se lo repitiera. Alonso tomó una rama larga del montón de leña. La acercó a las brasas hasta que una punta comenzó a prender. El movimiento hizo que el jaguar bajara un poco la cabeza. Yesenia sintió la mano de Alonso buscarla detrás de su cuerpo. Ella se la sostuvo. Él no intentó arrastrarla. Avanzó un paso fuera del techo para no quedar encajonado, manteniéndola a su lado. La rama iluminó su rostro y el borde de los troncos. El jaguar observó la llama. Durante varios segundos no se movió.

Alonso levantó la rama y habló con una voz más firme de lo que se sentía.

—Fuera.

El animal dio un paso lateral. Yesenia se levantó despacio. La rodilla le dolió al enderezarse, pero consiguió mantener el peso. Se quedó junto a Alonso, sin ponerse detrás de él ni alejarse. El jaguar comenzó a rodear el claro. Su cuerpo desaparecía a ratos entre las hojas y volvía a mostrarse unos metros más allá. Cada vez que lo perdían de vista, Alonso sentía la necesidad de girar demasiado rápido. Yesenia le tocó el brazo.

—Ahí.

Lo había visto junto al tronco inclinado. Alonso orientó la rama. La llama estaba consumiendo la punta y empezaba a debilitarse. El animal se detuvo cerca del costado del refugio. Yesenia pensó en el techo bajo, en las hojas secas donde habían dormido y en lo fácil que sería quedar atrapados allí. La botella de flores cayó cuando una rama se movió. El ruido sobresaltó a los tres. El jaguar retrocedió medio paso. Alonso golpeó la olla con la herramienta. El sonido metálico estalló dentro del claro. Volvió a hacerlo.

Yesenia levantó la linterna y habló también, sosteniendo una voz grave que no parecía la suya. El felino giró la cabeza hacia el bosque. Por un momento creyó que se iría. Entonces se agachó. Alonso reaccionó antes de comprender el movimiento. Sujetó a Yesenia por la cintura y la desplazó hacia la parte más alta de las raíces. Ella perdió el equilibrio, golpeó el tronco con la cadera y consiguió aferrarse a una rama. El jaguar avanzó de golpe hacia el costado del refugio. Alonso interpuso la rama encendida.

El felino golpeó la rama con una pata. Las garras alcanzaron el antebrazo que Alonso había extendido para sostenerla; él retrocedió contra la raíz, con un dolor que le hizo soltarla. El animal soltó un gruñido, retrocedió y volvió a fijar los ojos en él. La rama cayó sobre el suelo. El animal se apartó del fuego disperso y Alonso aprovechó ese espacio para alcanzar la olla. Yesenia gritó su nombre. Alonso recogió la olla y la golpeó contra el tronco con toda la fuerza que le quedaba. El metal se abolló. El jaguar se apartó. No desapareció enseguida.

Permaneció detrás de una mata, visible solo en fragmentos: una oreja, el brillo de un ojo, parte de la espalda. Alonso retrocedió hasta quedar junto a Yesenia. Ella sostenía la linterna con las dos manos.

—Tu brazo —dijo.

Él no lo miró. Seguía golpeando la olla a intervalos, aunque el hombro le dolía y los dedos empezaban a entumecerse. La rama encendida había prendido varias hojas cerca del fuego. Yesenia las apartó con el pie y pisó una brasa pequeña, sin dejar de vigilar el lugar donde estaba el animal. Alonso sintió que el miedo le subía por el pecho. No podía luchar contra aquello. Solo podía intentar que se marchara. El jaguar se movió finalmente hacia la oscuridad. Primero retrocedió. Después giró entre dos árboles y desapareció. Alonso continuó de pie. Yesenia tampoco bajó la linterna.

Escucharon ramas moverse cada vez más lejos. Luego el bosque volvió a sus sonidos habituales. No sabían cuánto tiempo había pasado. Tal vez dos minutos. Tal vez diez. Alonso dejó la olla en el suelo. El metal estaba hundido en un costado. Su mano derecha comenzó a temblar. Yesenia lo obligó a sentarse cerca del fuego.

—Enséñame el brazo.

Él intentó decir que estaba bien. Ella levantó la mirada. No hizo falta discutir. La manga tenía varios desgarros. Debajo había arañazos largos sobre el antebrazo, uno de ellos más profundo que los otros. Yesenia sintió una oleada de mareo. Las heridas no parecían comprometer el movimiento, pero sangraban y estaban sucias. Abrió el botiquín. Quedaban pocas gasas limpias. Las contempló un segundo antes de tomarlas. Alonso miró el brazo. Solo entonces pareció comprender lo que había ocurrido. Yesenia presionó la herida que más sangraba. Él soltó el aire entre los dientes.

—Perdón.

—Hazlo —respondió Alonso.

Ella esperó hasta que pudo limpiar la zona con el agua tratada que habían guardado. Trabajó despacio, comprobando que moviera los dedos y que no hubiera perdido sensibilidad. El brazo le temblaba por el esfuerzo. Alonso lo mantenía extendido sin quejarse. Cuando la sangre disminuyó, Yesenia cubrió los cortes como pudo. La venda quedó más grande de lo que ambos habrían querido. Él la miró.

—Eso nos va a dejar casi sin material.

Yesenia siguió fijando la tela.

—Ahora lo necesitas tú.

El dolor llegó después. Alonso se inclinó hacia delante, con el codo apoyado sobre la pierna y el antebrazo suspendido para no tocar nada. Yesenia guardó el botiquín. Todavía tenía la respiración alterada.

—Pudiste quedarte atrás —dijo él.

Ella levantó la cabeza.

—¿Dónde?

Alonso miró el refugio. Las ramas se habían desplazado y una parte del techo estaba hundida. La botella vacía rodaba junto al árbol; las flores habían quedado esparcidas en el barro. No había un lugar verdaderamente seguro. Él cerró los ojos.

—Pensé que te alcanzaba.

Yesenia se sentó a su lado.

—Yo pensé que te alcanzaba a ti.

Durante unos minutos ninguno habló. Alonso tenía la vista fija en las brasas. Yesenia lo observaba sin saber cómo agradecer algo que todavía le daba miedo recordar. La mano de él le había sujetado la cintura con tanta fuerza que el lugar seguía doliéndole. Si no la hubiera movido, habría quedado junto al costado por donde avanzó el animal. Quiso imaginar el resto. No pudo. Se acercó y apoyó una mano sobre el hombro sano. Alonso volvió la cara.

—Gracias —dijo ella.

Él bajó la mirada.

—No sabía qué estaba haciendo.

—Y me diste tiempo para moverme.

Alonso respiró hondo. Yesenia mantuvo la mano allí hasta que su temblor comenzó a disminuir. No volvieron a acostarse. Reconstruyeron un fuego algo más firme y se sentaron juntos, mirando hacia la entrada. Alonso apoyaba el brazo vendado sobre la bolsa; Yesenia sostenía la linterna apagada para conservar la batería. Cada crujido los hacía levantar la cabeza. A ratos él cerraba los ojos por cansancio. Ella lo tocaba suavemente.

—Sigue aquí.

Alonso abría los ojos y comprobaba el claro. No sabía si Yesenia hablaba del peligro o le pedía que no se alejara hacia el sueño. En ambos casos permanecía. La lluvia empezó antes del amanecer. Tuvieron que proteger el fuego y mover las provisiones bajo la parte del techo que seguía firme. Alonso intentó levantar una rama. Yesenia se la quitó.

—Con ese brazo no.

Él aceptó. Ella trabajó despacio, sin cargar más de lo necesario. La rodilla protestaba, pero podía moverse. Cuando terminó, se sentó junto a él y le acomodó la venda para que no se mojara. Alonso observó sus dedos.

—No podemos quedarnos aquí.

Yesenia miró las marcas sobre la tierra. La frase era cierta, pero volver a caminar significaba dejar atrás el agua cercana, la ruta conocida hacia los plátanos y el refugio que tanto les había costado construir.

—Hoy buscamos un lugar mejor —respondió—. Cerca de la laguna.

Él aceptó. Con la primera luz examinaron el claro. Había huellas alrededor de los árboles y hojas removidas junto al techo. La rama utilizada como antorcha estaba partida en dos. Alonso la recogió. No dijo nada. Yesenia encontró la botella entre las raíces. La levantó y buscó las flores. Varias habían quedado aplastadas. Una conservaba los pétalos. La limpió con cuidado y volvió a colocarla en el recipiente. Alonso la observó desde la entrada.

—Puedo buscarte otras.

Ella negó.

—Esta sigue bien.

Se acercó y dejó la botella junto al botiquín. Después tomó su mano sana. Alonso miró sus dedos enlazados. Yesenia no los soltó.

—Vamos a salir de aquí juntos —dijo.

No era una certeza. Ambos lo sabían. Pero cuando Alonso se puso de pie, ella permaneció a su lado, y por primera vez la mano que se ofrecían no servía únicamente para evitar una caída.