Capítulo 15 de 25
Flores para Yesenia
La lluvia duró hasta bien entrada la madrugada. Alonso tuvo que salir dos veces para corregir una hoja que desviaba el agua hacia el interior. En la segunda ocasión, Yesenia lo acompañó sosteniendo la linterna. Trabajaron hombro con hombro, empapados de nuevo. Cuando consiguieron asegurar el techo, él sacudió el cabello y varias gotas le cayeron a ella en el rostro. Yesenia cerró los ojos.
—Gracias.
Alonso la miró, confundido. Ella se limpió una mejilla. Él comprendió y soltó una risa.
—Perdón.
Yesenia le devolvió el golpe sacudiendo una rama mojada. Alonso levantó las manos para protegerse. El juego duró unos segundos. Después tuvieron que agacharse para entrar en el refugio, y el dolor de las rodillas y los brazos les recordó dónde estaban. Aun así, se acostaron con una sonrisa pequeña que ninguno quiso explicar. Por la mañana regresaron a la laguna. La señal seguía allí, aunque la lluvia había desplazado algunas ramas. Alonso las acomodó mientras Yesenia revisaba el borde del claro. No había huellas recientes. Tampoco señales de que alguien hubiera visto las letras. Se quedaron escuchando.
Un ave gritó desde la otra orilla. Más arriba se movieron varias ramas y apareció un mono pequeño, con la cola extendida detrás del cuerpo. Yesenia levantó la cabeza. El animal los observó unos segundos y luego siguió entre los árboles. Alonso sonrió.
—Ese tampoco parece impresionado con el apellido.
Ella lo miró.
—Tiene buen criterio.
Él rio y volvió a levantar una piedra. Habían llevado las botellas para recoger agua y tratarla al regresar. La olla les servía para llenar los envases sin arrastrarlos por el fondo. La llenaron donde el arroyo entraba en la laguna, evitando el barro acumulado junto a la orilla. Pasaron el agua a las botellas y dejaron la olla vacía sobre una roca mientras descansaban. Yesenia tenía la pierna extendida. La herida estaba cerrando poco a poco, aunque la humedad seguía dificultando todo. Alonso ya no necesitaba preguntarle cómo colocar cada venda; aun así, esperaba sus indicaciones antes de tocarla. Ella observó sus manos.
Las ampollas empezaban a endurecerse.
—Te van a quedar callos.
Él abrió y cerró los dedos.
—Supongo que no se caen con una ducha.
Yesenia sonrió.
—No.
Alonso miró la palma. No pareció disgustarle tanto como ella habría esperado. Caminaron un poco por la zona más firme, siempre manteniendo visible el regreso a la laguna. Necesitaban saber si el claro se extendía más allá de los árboles y si había otro lugar desde donde dejar señales. Encontraron un grupo de piedras cubiertas de musgo y una abertura pequeña entre dos troncos. Más adelante, el terreno se cerraba de nuevo. Yesenia se detuvo junto a una planta de flores claras. Eran pequeñas, con pétalos que parecían de cera. Algunas crecían inclinadas hacia la luz.
—Qué bonitas —murmuró.
Alonso siguió su mirada. Ella se acercó sin tocarlas. Durante un momento se quedó observando cómo una gota descendía por el borde de un pétalo. Después continuó caminando. Alonso permaneció atrás. Cuando regresó junto a ella, llevaba una rama florida. No era un ramo. Solo unas cuantas flores, sujetas con torpeza entre sus dedos vendados. Yesenia miró primero la planta y luego su mano.
—¿Qué hiciste?
Alonso le ofreció la rama.
—La corté.
—Eso ya lo veo.
Él bajó la mirada, como si acabara de advertir que podía haberse equivocado.
—Dijiste que eran bonitas.
Yesenia permaneció callada. No recordaba cuándo había sido la última vez que alguien escuchó un comentario suyo y lo convirtió en un gesto. La rama tenía una hoja rota y una flor aplastada. Alonso la sostuvo un poco más.
—Si no la quieres…
Ella la tomó.
—Sí la quiero.
Se sentaron junto a la laguna. Yesenia dejó la rama sobre sus piernas y acomodó la flor que se había doblado. Alonso fingía mirar la señal.
—No sé cómo se llaman —dijo.
—Yo tampoco.
—En una florería siempre tienen una tarjeta.
Ella sonrió.
—¿Las escogías tú?
Alonso tardó en responder.
—A veces.
Yesenia lo miró de lado. Él soltó el aire.
—Muchas veces pedía que mandaran algo.
—¿Algo?
—Lo que les pareciera adecuado.
Ella bajó los ojos hacia la rama.
—Estas sí las escogiste.
Alonso aceptó.
—Sí.
Yesenia pasó un dedo por el borde de una hoja. No le hizo falta añadir nada. El silencio que siguió fue distinto. Alonso se había acostumbrado a conversaciones donde alguien esperaba una respuesta ingeniosa, una invitación o una fotografía. Con Yesenia, aquel momento podía quedarse quieto sin fracasar. Ella observó las flores y luego se volvió hacia él.
—Mi mamá tiene plantas en latas.
Alonso sonrió.
—¿Como la del claro?
—Más limpias.
Él rio.
—Las pinta —continuó Yesenia—. Unas amarillas, otras azules. Dice que si no tenemos jardín, al menos podemos tener colores.
Alonso miró la rama entre sus dedos.
—¿Te gustan las plantas?
—Me gustan las que sobreviven conmigo. Las delicadas no.
Él levantó una ceja.
—Eso suena razonable.
Yesenia sonrió. Después la sonrisa se apagó un poco. Alonso lo notó.
—¿Qué pasó?
Ella giró la rama.
—Me estaba imaginando llegar a casa con esto.
Él miró las flores. No resistirían el trayecto que todavía ni siquiera conocían. Yesenia se encogió de hombros.
—Es una tontería.
—No.
Ella levantó los ojos. Alonso se inclinó para recoger una hoja que el viento había acercado a la piedra.
—Podemos guardar una flor entre algo, para que se seque.
Yesenia pensó en la funda de su teléfono, en las pocas hojas de papel que quedaban entre sus documentos.
—Tal vez.
Separó una flor pequeña que ya comenzaba a desprenderse y la guardó con cuidado dentro de una hoja doblada. Alonso esperó sin apurarla. Al volver al refugio, las flores viajaron en la mano de Yesenia. Ella apoyaba la otra en el brazo de Alonso cuando el terreno se volvía irregular. En uno de los descensos, él colocó el pie sobre una piedra suelta y estuvo a punto de caer. Yesenia lo sostuvo de la camiseta. Alonso recuperó el equilibrio. Una botella mal cerrada se inclinó y derramó un poco de agua. Ambos se quedaron mirando.
—Muy elegante —dijo ella.
Él soltó una carcajada.
—No se lo cuentes a nadie.
Yesenia miró alrededor.
—Mi círculo social está bastante reducido.
Alonso volvió a reír. El sonido ya no parecía tan ajeno al bosque. Colocaron la rama en una de las botellas vacías, junto a la entrada. El recipiente estaba abollado. Las flores quedaban inclinadas hacia un costado. Yesenia retrocedió un paso para mirarlas. Aquel pequeño detalle cambiaba el refugio de una manera difícil de explicar. Seguía siendo un techo mal hecho sobre tierra húmeda, pero ahora contenía algo que no habían reunido por necesidad. Alonso la observó.
—Podemos ponerla donde le llegue más luz.
Ella movió la botella unos centímetros.
—Ahí.
Él asintió. Luego se ocupó del fuego. Mientras el agua calentaba, Alonso preparó los plátanos que les quedaban. Yesenia le ofreció ayuda.
—Hoy yo —respondió.
Ella lo miró con cautela.
—No quemes la olla.
—Tu confianza me conmueve.
Yesenia se sentó sobre las hojas secas. Él peló los frutos despacio y cortó los trozos con la herramienta limpia. Tenía que detenerse cuando el corte de la mano le tiraba demasiado. Ella lo observaba trabajar. La camisa manchada, los brazos llenos de raspones y la concentración con que trataba de no desperdiciar nada. Aquel hombre no había desaparecido por completo del pasado. Seguía siendo el mismo que había hablado de estándares junto a la cabina. Pero ahora debía convivir con lo que hacía cada día. Yesenia lo observó esperar a que el agua hirviera antes de acercar los frutos. Alonso le entregó la primera porción.
Ella sopló antes de probarla.
—Está mejor que ayer.
Él sonrió.
—Hoy esperé.
Comieron sentados frente a frente. Después de varios bocados, Yesenia miró las flores.
—No tienes que compensarme con regalos.
Alonso dejó la cuchara. La frase no llevaba dureza, pero exigía una respuesta honesta.
—No pensé que eso compensara nada.
Ella lo observó.
—¿Entonces por qué?
Él miró la botella. Tardó un poco.
—Porque te vi mirarlas.
Yesenia bajó la cabeza. El calor que sintió en el rostro no venía del fuego. Alonso recogió la olla cuando terminaron. Yesenia lo detuvo tocándole apenas el antebrazo. Él se volvió. Ella miró la venda que cubría su mano.
—Todavía me acuerdo de lo que dijiste.
Alonso respondió con un movimiento de cabeza.
—Lo sé.
—Hay días que me enojo aunque estés haciendo algo bueno.
—Lo entiendo.
Yesenia apretó los labios.
—No quiero que pienses que porque me gustaron las flores ya todo está bien.
Él apoyó la olla sobre una piedra.
—No lo pienso.
Permanecieron callados. Luego Alonso añadió:
—Me alegra que te hayan gustado.
La sencillez de la respuesta la dejó sin defensas durante un segundo. Ella retiró la mano.
—Sí me gustaron.
Al anochecer, el viento cambió de dirección. El humo comenzó a entrar bajo el techo y tuvieron que mover el fuego unos centímetros, protegiéndolo con piedras. Yesenia sostuvo la linterna. Alonso apartó una rama encendida con la herramienta. Trabajaban coordinados, anticipando pequeños movimientos del otro. Cuando terminaron, se sentaron cerca de la entrada. Las flores se distinguían apenas en la penumbra. Yesenia tomó una de las hojas y la acomodó para que no tocara la tierra. Alonso miró el gesto.
—¿Puedo preguntarte algo?
Ella asintió.
—¿Siempre cuidas así las cosas?
Yesenia pensó en la libreta de horarios de Mateo, en los recibos doblados dentro de una caja, en las latas pintadas de su madre.
—Las que me importan.
Alonso bajó la mirada hacia sus manos. No preguntó más. Se acostaron cuando el fuego quedó reducido a brasas. Yesenia conservó la flor pequeña junto al teléfono. La rama permaneció en la botella. Alonso le dejó la parte más seca del suelo y se acomodó junto a la entrada. Durante un rato escucharon a un animal moverse lejos entre las hojas. Después volvió el silencio.
—Alonso —dijo ella.
Él giró la cabeza.
—¿Sí?
Yesenia buscó las palabras. Al final eligió las más sencillas.
—Gracias por las flores.
Él sonrió en la oscuridad.
—De nada.
Ella cerró los ojos. Poco después, un crujido pesado llegó desde el otro lado del refugio. Alonso se incorporó. Otro paso hundió las hojas húmedas. Esta vez el sonido estaba mucho más cerca.