Capítulo 14 de 25
Una laguna en el mundo
Yesenia despertó antes que Alonso. Durante unos segundos permaneció quieta, esperando el escalofrío que la había acompañado las últimas noches. No llegó. Sentía cansancio, hambre y una molestia persistente en la rodilla, pero la cabeza estaba despejada. Se incorporó despacio. Alonso dormía junto a la entrada, con una mano bajo la mejilla y la otra extendida hacia el lugar donde había dejado la herramienta. Su cabello estaba aplastado de un lado. Yesenia lo observó sin la vigilancia de los primeros días. Así dormido parecía más joven.
No el hombre de las revistas ni el heredero que había reclamado por su aspecto. Solo alguien exhausto que había pasado una noche sobre hojas secas. Cuando él abrió los ojos, ella apartó la mirada.
—Buenos días —murmuró Alonso.
La frase les resultó extraña a ambos. Yesenia sonrió.
—Creo que hoy sí lo son.
La rodilla seguía inflamada, pero podía caminar sin que le fallara. Alonso revisó la herida mientras ella sostenía la linterna. La piel alrededor parecía menos tensa. No era motivo para descuidarse; sí para pensar en algo más que pasar otra noche inmóviles.
—Necesitamos buscar un lugar donde nos puedan ver —dijo Yesenia.
Alonso miró el techo de ramas. Habían empezado a llamar refugio a aquel hueco, pero continuaba oculto bajo los árboles. Desde el aire sería casi imposible distinguirlos.
—Podemos explorar siguiendo el arroyo —propuso.
Ella aceptó.
—Sin alejarnos demasiado hoy.
Prepararon las bolsas. Llevaron agua, un plátano, el botiquín, la herramienta y la olla. Dejaron el resto protegido para regresar antes de que oscureciera. Alonso apagó bien el fuego. Yesenia comprobó las marcas. Después salieron juntos. Era la séptima mañana desde el vuelo. Encontraron la laguna a poco más de media hora de marcha lenta. Yesenia marcó el regreso antes de bajar a la orilla. Con su rodilla no podían permitirse explorar un trayecto que luego no consiguieran desandar. El arroyo se ensanchaba en varios puntos y volvía a estrecharse entre piedras.
Caminaron por terreno firme, evitando pisar dentro del agua. A veces debían apartarse del cauce y luego buscar su sonido para encontrarlo otra vez. La selva parecía distinta aquella mañana. Quizá no había cambiado nada. Quizá Yesenia simplemente podía levantar la cabeza sin que el dolor le ocupara todo el cuerpo. Vio un grupo de mariposas reunidas sobre una zona húmeda. Una era azul; al abrir las alas parecía encenderse entre el barro y las hojas. Se detuvo. Alonso estuvo a punto de seguir caminando.
—Mira.
Él volvió. La mariposa cerró las alas y el azul desapareció. Esperaron. Cuando las abrió otra vez, Alonso sonrió.
—Parece que lo hace para que nos quedemos.
Yesenia soltó una risa. Permanecieron un momento más. El arroyo descendió hacia una franja de piedras oscuras. Detrás se escuchaba un sonido distinto, más abierto que el murmullo entre las raíces. Alonso se adelantó unos pasos y apartó una rama. Luego miró hacia Yesenia.
—Ven.
Ella avanzó con cuidado. La laguna estaba rodeada de vegetación, pero en un extremo el cielo quedaba visible entre las copas. Una caída pequeña alimentaba el agua desde las piedras. Cerca de la orilla se distinguía el fondo; más allá, el verde se volvía profundo. Yesenia se quedó inmóvil. Había olvidado que podía encontrar algo hermoso sin que inmediatamente apareciera una amenaza. El aire olía a agua y hojas calentadas por el sol. Sobre una roca descansaba una tortuga pequeña. Alonso dejó la bolsa.
—Podríamos dejar una señal aquí.
Yesenia examinó el espacio abierto. Desde arriba, una parte de la orilla sería visible. No era suficiente para asegurar que alguien los encontraría, pero era mejor que el techo cerrado del refugio. Antes de acercarse, recorrieron el borde que podían observar sin dificultad. Buscaron huellas, movimientos en el agua y salidas hacia terreno firme. No vieron personas ni rastros recientes. Eso no convertía el lugar en seguro. Yesenia lo recordó en voz alta. Alonso asintió.
—Nos quedamos cerca de la orilla.
Ella miró la venda de su rodilla. No debía mojarla. Sin embargo, tenía el cabello sucio, la piel cubierta de sudor y varios días de incomodidad acumulada. Deseó lavarse con una intensidad que la hizo bajar los ojos. Alonso pareció comprenderlo.
—Puedo mirar hacia el otro lado.
Yesenia lo observó. Él señaló una zona protegida por ramas bajas, junto a unas piedras.
—Te dejo el botiquín cerca. Yo me quedo ahí.
Ella vaciló. El uniforme se había convertido en una segunda piel: barro, humo y una falda rasgada que la obligaba a pensar en su cuerpo cada vez que se movía. No quería que él la viera desvestirse. Recordaba demasiado bien lo que había dicho.
—No tienes que quedarte mirándome para asegurarte de que estoy bien —dijo.
Alonso sostuvo su mirada.
—No voy a hacerlo.
Se alejó unos pasos, se sentó de espaldas y comenzó a revisar la bolsa. Yesenia se quitó la chaqueta y la blusa. Permaneció con la ropa interior y la falda levantada lo necesario para no arrastrarla. Se sentó sobre una piedra, manteniendo la rodilla vendada lejos del agua. Con ayuda de la olla se lavó los brazos, el cuello y el rostro. El agua fresca le provocó un suspiro. Se mojó el cabello despacio y trató de desenredarlo con los dedos. Al inclinarse vio su abdomen, los cambios del embarazo y las líneas que todavía le parecían nuevas. Por costumbre, intentó cubrirse.
Luego miró hacia Alonso. Él seguía de espaldas. Yesenia dejó caer la mano. Continuó lavándose.
—¿Todo bien? —preguntó él al cabo de un rato.
—Sí.
La respuesta salió sin esfuerzo. Alonso no volvió la cabeza. Yesenia enjuagó su blusa y la extendió sobre una piedra donde llegaba algo de sol. Después se puso la chaqueta para cubrirse y le avisó que podía acercarse. Él regresó mirando primero el suelo. Tenía dos trozos de plátano sobre una hoja limpia.
—El almuerzo.
Yesenia los contempló.
—Muy elegante.
Alonso le entregó uno.
—La vajilla combina con el paisaje.
Ella rio. Comieron sentados a varios centímetros de distancia, con las piernas estiradas hacia la orilla. La tortuga se había movido a otra roca. Alonso la señaló con el mentón.
—Nos quitó el mejor lugar.
Cuando le tocó lavarse, Yesenia se volvió para darle la misma privacidad. Escuchó el agua, el roce de la tela y una exclamación de Alonso.
—¿Qué pasó?
—Está más fría de lo que esperaba.
Ella sonrió sin mirarlo.
—Llevas días pidiendo agua.
—No tanta de golpe.
Alonso se lavó junto a la orilla, sin internarse en la parte profunda. Enjuagó su camisa y la dejó sobre una piedra. Cuando terminó, se sentó de nuevo a su lado. Tenía el cabello mojado y varias raspaduras visibles en los brazos. Yesenia le acercó el botiquín.
—La venda.
Él extendió la mano. Ella la cambió con cuidado. Alonso observó sus dedos mientras trabajaba.
—Ya casi no me duele el corte.
—Entonces deja de abrirlo cargando cosas mal.
Él sonrió.
—Sí, jefa.
Yesenia levantó los ojos. La expresión le hizo gracia, aunque no quiso demostrarlo demasiado. Terminó la venda y recogió el material. Alonso miró la orilla despejada.
—Voy a reunir piedras para una señal.
Ella le indicó una zona donde podrían disponerlas sin acercarse al borde profundo. Trabajaron despacio. Formaron tres letras grandes sobre la tierra clara, usando piedras y ramas oscuras. Alonso tuvo que retroceder varias veces para corregir la forma. Yesenia acomodó las piezas pequeñas. Desde el nivel del suelo parecía un arreglo imperfecto. Desde arriba, esperaban que pudiera leerse. El sol abrió un espacio entre las nubes. La luz cayó sobre el agua y reveló pequeños peces cerca de las piedras. Yesenia se inclinó para mirarlos. Alonso se sentó a su lado. Durante un rato no hablaron.
Sin el ruido del fuego ni el techo bajo, podía imaginarse que habían llegado allí por elección. La idea duró apenas unos segundos. Después recordó a Adrián, Alfredo y Mariela. La sonrisa se le borró. Alonso lo notó.
—Yo también —dijo.
Yesenia lo miró. Él permanecía atento al agua.
—Me estaba sintiendo bien. Y después pensé en ellos.
Ella apoyó las manos sobre la piedra.
—Sentir algo bueno no los borra.
Alonso asintió lentamente. Una hoja pequeña se había quedado atrapada en el cabello de Yesenia. Él levantó la mano. Se detuvo antes de tocarla.
—Tienes algo aquí.
Ella intentó buscarlo. No lo encontró.
—¿Me ayudas?
Alonso retiró la hoja con cuidado. Sus dedos rozaron apenas un mechón húmedo junto a su mejilla. Yesenia permaneció quieta. El contacto duró menos de un segundo, pero cuando él apartó la mano ambos parecieron necesitar mirar hacia otro lugar. Alonso dejó la hoja sobre la piedra.
—Listo.
—Gracias.
El sonido de la caída de agua llenó el silencio. Las nubes volvieron a cerrar el cielo. Recogieron la ropa todavía húmeda y comprobaron que no dejaban basura. Alonso guardó la olla; Yesenia revisó la señal una última vez.
—Podemos regresar mañana —dijo él.
Ella miró el espacio abierto sobre la laguna.
—Sí. A revisar si sigue visible.
Alonso miró la piedra donde habían comido antes de recoger la bolsa. En el camino, Yesenia se resbaló sobre una raíz. Él le ofreció la mano. Esta vez ella la tomó antes de perder el equilibrio. Caminaron así unos pasos. Cuando el terreno volvió a ser firme, Yesenia soltó los dedos. Alonso dejó caer el brazo sin intentar retenerla. Llegaron al refugio antes de la lluvia. Las provisiones continuaban protegidas y las marcas del camino seguían intactas. Alonso puso a secar la camisa bajo el techo mientras Yesenia acomodaba el botiquín. Luego reconstruyeron el fuego.
La llama creció con menos dificultad que el día anterior. Yesenia se sentó cerca del calor. Tenía el cabello limpio y el cuerpo cansado, pero se sentía un poco más dueña de sí misma. Alonso colocó la olla sobre las piedras.
—Hoy trabajaste demasiado.
Ella lo miró.
—Tú también.
Él aceptó la observación y se sentó. Afuera empezó a llover. Yesenia escuchó el agua sobre el techo y pensó en la laguna, en la mariposa azul y en la hoja que Alonso había retirado de su cabello. Todavía deseaba regresar a casa con cada parte de su cuerpo. Todavía lo recordaba como el hombre que había querido despedirla. Pero aquella tarde, cuando él le pasó una botella, sus dedos se tocaron y ninguno retiró la mano con prisa.