Capítulo 13 de 25
El niño de la fotografía
Al mediodía, Yesenia logró sentarse sin ayuda. La fiebre había cedido un poco, aunque le quedaba una debilidad que la obligaba a detenerse después de cualquier esfuerzo. Alonso le acercó la olla con agua y esperó a que terminara de beber.
—¿Cómo está la rodilla? —preguntó.
Ella retiró la tela que la cubría. La inflamación seguía allí. El enrojecimiento no parecía haberse extendido más desde la madrugada. Alonso contempló la herida con una atención que ella no recordaba haber recibido ni siquiera de su antigua pareja.
—No vamos a caminar hoy —dijo.
Yesenia miró las provisiones.
—Nos queda muy poco.
—Primero puedes recuperarte.
—No voy a recuperarme si no comemos.
Él permaneció callado. Ambos tenían razón y ninguno podía resolver la parte que le faltaba al otro. Alonso salió para revisar la bolsa donde recogían lluvia. Había reunido algo de agua. La pasó a una botella y luego examinó las ramas almacenadas bajo el techo. El fuego consumía recursos que necesitaban reponer. Todo parecía ocurrir al mismo tiempo: bajar la fiebre, mantener las cosas secas, buscar comida, vigilar el bosque. Dejó la botella cerca de Yesenia.
—Voy a volver al claro de los plátanos.
Ella levantó la cabeza inmediatamente.
—Solo no.
—Conozco las marcas.
—No.
Alonso se agachó frente a ella.
—No tenemos otra comida.
Yesenia apretó los labios. Sabía que no podía acompañarlo y no quería admitir que tampoco podía retenerlo indefinidamente.
—Llévate el silbato —dijo al fin.
Él lo recogió. Ella le indicó cuáles marcas debía seguir y le pidió que regresara si encontraba huellas recientes. Alonso escuchó sin interrumpir. Antes de salir, dejó a su alcance el agua, la linterna y la herramienta.
—No voy a tardar.
Yesenia lo miró. Él corrigió:
—Voy a intentar volver pronto.
El refugio pareció cambiar en cuanto Alonso desapareció entre los árboles. Yesenia escuchó sus pasos hasta que dejaron de distinguirse. Luego se quedó mirando la entrada. Tenía miedo de que no regresara. Le molestó reconocerlo. Abrió el teléfono para comprobar la hora y descubrió que la batería marcaba treinta y un por ciento. Lo había usado poco, pero la humedad y el paso de los días empezaban a cobrar su parte. La fotografía de Mateo seguía guardada entre las favoritas. La abrió. Esta vez no se limitó a mirar el rostro.
Amplió la mano que descansaba junto a la mejilla, las uñas diminutas y el pliegue del pijama sobre el hombro. Recordó cuándo la había tomado. La madrugada del vuelo. Todavía estaba en casa. Todavía podía inclinarse sobre la cuna y levantar a su hijo. Yesenia apretó el teléfono contra el pecho y comenzó a llorar. Alonso volvió con una sección pequeña del racimo. Se detuvo al verla. Yesenia se limpió los ojos con el dorso de la mano.
—¿Encontraste a alguien?
—No.
Él dejó los plátanos junto a la olla. Había recuperado siete, varios maduros y otros todavía verdes. También traía dos botellas vacías encontradas en el cobertizo. Se sentó sin hacer preguntas. Yesenia mantuvo el teléfono sobre las piernas. Alonso miró la pantalla encendida.
—¿Es la misma foto?
Ella asintió.
—La última que le tomé.
Él contempló al niño.
—¿Tienes otras?
Yesenia dudó. Después abrió la galería. En la primera imagen, Mateo aparecía con un gorro demasiado grande. Alonso sonrió.
—Casi no se le ve la cara.
—Mi mamá dijo que le iba a durar todo el invierno.
Pasó a otra. Mateo dormía sobre el pecho de Yesenia. Ella tenía el cabello recogido y unas ojeras profundas, pero miraba a la cámara con una sonrisa cansada. Alonso se quedó observándola. Yesenia pasó la imagen rápidamente.
—Ahí acabábamos de llegar del hospital.
La siguiente mostraba al niño sujetando un dedo.
—Ese es mío —explicó ella.
Alonso miró sus manos vendadas. Luego el dedo pequeño que Mateo había atrapado en la pantalla.
—Tiene fuerza.
Yesenia sonrió por primera vez en toda la mañana.
—Cuando decide no soltar algo, no lo suelta.
Encontraron un video. Duraba apenas once segundos. Mateo estaba recostado sobre una manta y movía los brazos mientras su abuela le hablaba desde fuera de la imagen. De pronto se escuchaba una carcajada del niño. Yesenia tuvo que bajar el volumen. El sonido le hizo temblar la boca. Alonso apartó la mirada un instante, como si hubiera entrado sin permiso en una habitación íntima.
—Puedes verlo —le dijo ella.
Reprodujo el video otra vez. Mateo volvió a reír. Durante esos once segundos, el refugio tuvo algo que no había tenido desde que llegaron: una voz que pertenecía a casa. Yesenia apagó la pantalla.
—Mi mamá le dice que soy piloto.
Alonso la miró.
—¿Por qué?
—Porque cuando era niña yo decía que quería volar aviones.
—Después entendí lo que costaba estudiar eso y empecé a buscar otra manera de trabajar en el aire.
Se acomodó contra el tronco.
—No me arrepiento de haber sido sobrecargo. Me gusta. Me gustaba.
Alonso observó la venda de su rodilla.
—Puede seguir gustándote cuando salgamos.
—También quiero retomar mis consultas —añadió—. Lo que me pasaba antes del vuelo no desapareció porque ahora tengamos otras urgencias.
Alonso dejó que terminara.
—Cuando volvamos, pregúntame qué ayuda necesito. A veces voy a querer hablar; otras, que alguien cuide a Mateo para poder salir.
—Te lo preguntaré —respondió él.
Yesenia no respondió de inmediato.
—Ahorita no puedo pensar tan lejos.
Él asintió. Peló uno de los plátanos maduros y se lo entregó. Ella lo aceptó. Comieron despacio. Alonso contó lo que había visto en el claro: ninguna marca reciente, el cobertizo igual que antes y parte del racimo empezando a madurar. Yesenia escuchó con atención. Luego le pidió que describiera el trayecto. Él fue nombrando los árboles que recordaba y los lugares donde había tenido que rodear raíces. Se detuvo al notar su expresión.
—¿Me estás examinando?
—Estoy viendo si de verdad sabes volver.
Alonso sonrió apenas.
—Creo que pasé.
—Por ahora.
El pequeño intercambio alivió algo entre ellos. No lo suficiente para olvidar dónde estaban, pero sí para que el silencio dejara de pesar de la misma manera. Por la tarde, Yesenia intentó ponerse de pie. Alonso se acercó, pero ella levantó una mano.
—Déjame probar.
Apoyó el peso con cuidado. La rodilla protestó, aunque pudo dar unos pasos hasta la entrada. El aire le tocó el rostro y le permitió respirar sin el olor constante a humo. Alonso permaneció cerca.
—No voy a salir del claro —dijo ella.
—No te lo iba a pedir.
Yesenia lo miró. Él se encogió de hombros.
—Ya aprendí que prefieres decidirlo tú.
Ella bajó los ojos y sonrió un poco. Alonso vio las manchas de sus mejillas bajo la luz de la tarde. Recordó su propia voz en el avión. No encontró cómo separar al hombre que había sido de aquella frase. Cuando regresaron al refugio, Yesenia pidió un poco de privacidad. La producción de leche había disminuido desde los primeros días. Seguía aliviándose con cuidado cuando lo necesitaba y revisaba que no aparecieran nuevas molestias. Pensar en cómo alimentar a Mateo al regresar le dolía tanto como imaginar el tiempo perdido; quería consultar con alguien, no decidirlo sola desde aquel refugio.
Alonso salió a reunir ramas a unos pasos. Desde allí podía escucharla si lo llamaba. Comprendía ya parte de lo que significaba para ella estar lejos de Mateo. La leche que había tenido que aliviar sin su hijo, la preocupación por las reservas en casa, el dolor de mirar una fotografía y no saber cuánto tiempo faltaba. Recordó las quejas sobre horarios de las que había oído hablar en la empresa. Ningún informe mencionaba aquella presión en el pecho ni el miedo de que un niño aprendiera a dormir sin su madre. Se agachó para recoger una rama y se quedó un momento mirando sus manos. No sabía nada de niños.
No sabía cómo sostener a uno de seis meses ni qué hacer si lloraba. Mateo le parecía, sin embargo, cada vez menos una imagen ajena. Yesenia lo llamó. Alonso volvió y colocó las ramas junto al fuego. Ella estaba doblando su chaqueta para usarla como apoyo.
—Puedes sentarte —dijo.
Él se acomodó cerca de la entrada. Durante un rato observaron la olla.
—¿Tú tienes hermanos? —preguntó Yesenia.
—Una hermana. Mayor.
—¿Tiene hijos?
—Dos.
Ella volvió la cabeza hacia él.
—Entonces sí conoces bebés.
Alonso soltó una risa avergonzada.
—Conozco a mis sobrinos. Eso no significa que haya sido útil cuando eran bebés.
—¿Nunca cambiaste un pañal?
—Una vez intenté ayudar.
—¿Y?
—Me pidieron que mejor trajera una toalla.
Yesenia rio. La risa la hizo toser, pero volvió a sonreír cuando pudo respirar bien. Alonso removió el agua donde cocían los plátanos verdes.
—Mi mamá organizaba todo cuando nacieron mis sobrinos —dijo—.
—Enfermeras, horarios, visitas.
Yesenia escuchó.
—A veces creo que en mi familia nos acostumbramos a resolver la preocupación contratando a alguien.
—Eso ayuda, si puedes hacerlo.
—Sí.
Él miró la cuchara.
—Pero también sirve para no estar.
Yesenia apoyó la cabeza en el tronco.
—Mi mamá no puede pagar que alguien la releve. Ella se queda.
Alonso respondió con un movimiento de cabeza. Pensó en la mujer que cuidaba a Mateo mientras su hija permanecía perdida. Quizá estaba mirando el teléfono en ese mismo momento. Quizá había aprendido los horarios de los noticieros para buscar un nombre. No sabía cómo podía soportarlo. Después de comer, Yesenia volvió a encender el teléfono. Abrió el video de Mateo, pero esta vez lo dejó sin sonido. Alonso observó el movimiento de las manos pequeñas.
—¿Qué le gusta? —preguntó.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿A Mateo?
Él asintió. Yesenia pensó.
—Que mi mamá le cante. Agarrar las etiquetas de la ropa. Y una cucharita amarilla que no quiere soltar.
Se le humedecieron los ojos.
—Le gusta que lo cargue caminando. Si me siento, protesta.
Alonso sonrió.
—Ya sabe lo que quiere.
—Sí.
Ella apagó la pantalla antes de seguir gastando batería. Luego sostuvo el teléfono entre las manos.
—No quiero que se acostumbre a que no estoy.
Alonso sintió un nudo en la garganta. No le prometió que el niño no sufriría. No podía saberlo.
—Vamos a guardar suficiente batería para que puedas volver a verlo —dijo.
La fiebre no regresó con la misma intensidad aquella noche, pero la piel seguía caliente alrededor de la herida. Yesenia pidió que anotaran las horas de fiebre y los cambios de la rodilla en el teléfono; quería poder explicarlos cuando encontraran a un médico. Alonso comprobó la temperatura antes de guardar el termómetro. Ella se acomodó sobre las hojas secas.
—Hoy puedes dormir tú primero.
Alonso miró el fuego.
—Un rato.
—Alonso.
Él se volvió. Yesenia tenía una mano extendida. No pedía ayuda para levantarse ni una botella. Él se acercó y se la sostuvo.
—Gracias por volver —dijo ella.
Alonso miró sus dedos entre los suyos.
—Traje pocos plátanos.
Yesenia negó suavemente.
—No te estoy dando las gracias por los plátanos.
Él permaneció a su lado hasta que ella cerró los ojos. Después se recostó junto a la entrada. Antes de dormirse, pensó en un niño de seis meses que reía durante once segundos. Por primera vez desde el accidente, el futuro que deseaba tenía un rostro concreto: Mateo, levantando los brazos al ver regresar a su madre.