Capítulo 12 de 25

La fiebre

Yesenia intentó sentarse. El movimiento le provocó un escalofrío tan violento que tuvo que sujetarse los brazos. Alonso acercó su chaqueta, pero ella la apartó casi inmediatamente.

—Tengo calor.

Un momento después empezó a temblar otra vez. Él se quedó de rodillas junto a ella, sin saber qué hacer con la prenda.

—¿Hay un termómetro?

Yesenia señaló el botiquín. Alonso lo abrió y comenzó a sacar paquetes. Las gasas, los guantes y las vendas se le mezclaron sobre el suelo.

—Despacio —murmuró ella.

Él se detuvo. Respiró. Buscó uno por uno hasta encontrar el pequeño estuche. La lectura confirmó lo que había sentido al tocarla. Yesenia tenía fiebre. Alonso le mostró el termómetro. Ella lo observó durante unos segundos, como si le costara entender los números.

—La rodilla —dijo.

Él retiró la venda con el cuidado que pudo. La herida no era grande, pero la piel alrededor estaba más roja que esa mañana. Parte de la inflamación se extendía hacia un costado, y al rozarla Yesenia apretó los dientes. Alonso levantó los ojos.

—¿Es por esto?

—Puede ser.

Su voz sonaba agotada. Él miró el botiquín abierto. Hasta entonces, aquellos objetos habían significado que podían resolver algo. Ahora veía paquetes pequeños frente a un problema que parecía crecer mientras lo observaba. Yesenia le explicó cómo limpiar la zona sin lastimarla más. Alonso siguió sus indicaciones. Usó agua que habían hervido y dejado enfriar, y retiró cuidadosamente la suciedad superficial. Ella cerró los ojos.

—¿Te duele mucho?

Asintió. Él detuvo la mano.

—Tengo que terminar.

—Ya sé.

Alonso continuó. Se le hacía difícil mantener los dedos firmes. No era asco. Tampoco miedo a la sangre. Era saber que una torpeza suya podía aumentar el dolor de la única persona que había conseguido sostenerlos desde que abandonaron el avión. Terminó de cubrir la herida con una gasa limpia. Yesenia soltó el aire.

—Gracias.

Él bajó la cabeza. Revisaron los medicamentos disponibles. Yesenia identificó lo que conocía y leyó las etiquetas para comprobarlo. Había un analgésico y antipirético, pero nada que permitiera tratar con certeza una infección.

—Necesito que recuerdes a qué eres alérgica —le pidió Alonso.

Ella le respondió. Él volvió a leer el envase. No quiso adivinar ni mezclar cosas. Esperó a que Yesenia confirmara lo que podía tomar y le acercó agua. Después guardó el resto. La fiebre podía bajar un poco. La causa seguiría allí. Alonso salió del refugio para añadir ramas al fuego. El cielo estaba oscureciendo y comenzaba a soplar un viento húmedo. Miró la pendiente por donde habían llegado y después los árboles que ocultaban el arroyo. Podía volver al campamento. Podía entregarse. Decir quién era, ofrecer dinero, pedir que mandaran un médico. Durante unos segundos la idea le pareció razonable.

Luego recordó al hombre derramando agua frente a Alfredo. La plataforma. La voz ordenando que se llevaran los cuerpos. Se apoyó contra el tronco. No había una llamada que pudiera hacer para obligar a alguien a resolverlo. Regresó al lado de Yesenia. Ella estaba intentando alcanzar el teléfono. Alonso lo recogió del lugar donde había quedado entre las hojas y se lo entregó. Yesenia abrió la fotografía de Mateo. La pantalla iluminó su rostro.

—¿Qué día es? —preguntó.

Él tuvo que mirar la fecha. Habían perdido la cuenta entre la noche del accidente, la huida y el tiempo en el refugio.

—Es el quinto día desde que salimos de México —respondió, después de comparar la fecha con la del vuelo.

Yesenia tragó saliva.

—Mi mamá ya debe estar desesperada.

Alonso observó al niño. Seis meses. Una vida tan pequeña que todavía se medía en cambios de sueño y de alimentación.

—Voy a ayudarte a volver.

Yesenia mantuvo los ojos en la pantalla.

—No me lo prometas si no sabes cómo.

Él se quedó callado. Después asintió.

—Entonces voy a hacer lo que pueda hoy.

Ella apagó el teléfono. Alonso preparó agua y calentó los restos del plátano que habían guardado. Cuando se lo acercó, Yesenia negó.

—No tengo hambre.

Alonso dejó la olla a un lado. No insistió de inmediato. La ayudó a beber unos sorbos y esperó hasta que ella aceptó una pequeña cantidad de comida. Su manera de sostener la cuchara le pareció demasiado débil.

—Puedo dártela —dijo.

Yesenia intentó sonreír.

—No estoy tan mal.

La cuchara le tembló. Alonso extendió la mano sin arrebatársela. Ella acabó entregándosela. Comió tres bocados. Luego apartó el rostro. Él dejó de ofrecerle. La noche avanzó lentamente. Alonso comprobó la temperatura, la ayudó a beber y procuró mantener la ropa y las hojas donde descansaba lo más secas posible. Yesenia dormía a ratos. En otros momentos hablaba con alguien que no estaba allí. Una vez pidió que no dejaran llorar a Mateo. Otra murmuró:

—Yo cierro la caja. Ya voy.

Alonso comprendió que estaba en la tienda. La vio mover los dedos sobre las hojas, como si contara monedas. Se acercó.

—Yesenia. Estás conmigo.

Ella abrió los ojos. Tardó en reconocerlo.

—Tengo que salir —dijo—. Si pierdo el transporte…

Alonso le sostuvo la mano.

—Hoy no tienes que ir a trabajar.

Yesenia lo miró con una confusión que le hizo daño. Después volvió a cerrar los ojos. Un ruido entre los arbustos lo obligó a incorporarse. Tomó la herramienta y se quedó junto a la entrada. No vio nada. Escuchó hojas moviéndose y un roce bajo cerca del tronco donde guardaban la comida. Avanzó apenas lo necesario para iluminarlo. Un animal pequeño salió de entre las bolsas y desapareció. Alonso revisó los alimentos. El último envoltorio estaba mordido. Lo apartó. Permaneció de pie con una rabia absurda, sintiendo que incluso aquello les quitaba algo que ya no podían perder. Luego escuchó a Yesenia llamarlo. Regresó inmediatamente.

—¿Estás ahí?

Se arrodilló junto a ella.

—Sí.

—Pensé que te habías ido.

Alonso miró la herramienta en su mano. La dejó lejos de su cuerpo.

—Solo estaba afuera.

Yesenia respiró despacio.

—Él también decía que iba a volver.

Alonso no preguntó quién. Ella tenía los ojos húmedos.

—Cuando Mateo nació, estuvo unos días. Después siempre había algo. Trabajo, cansancio… otra persona.

Su voz se apagó. Alonso le acercó agua. Yesenia bebió y apoyó la cabeza otra vez.

—Yo seguía esperando que abriera la puerta.

Él sostuvo la botella sin saber dónde colocarla. Había escuchado muchas historias de rupturas. Las propias se discutían en programas de televisión y se resumían en fotografías. Aquello era otra cosa: una mujer enferma, preocupada por un hijo, recordando una puerta que nadie había abierto.

—No tienes que contarme si no quieres —dijo.

Yesenia miró el techo.

—No sé por qué te lo estoy diciendo.

Alonso se sentó a su lado.

—Porque estás cansada.

Ella soltó una risa que terminó en un escalofrío. Él acomodó la chaqueta sobre sus piernas.

—Y porque no hay nadie más —añadió Yesenia.

Alonso aceptó la verdad de la frase.

—Estoy aquí —respondió.

Ella buscó su mano bajo la tela. Él se la dio. Alonso perdió la noción de las horas. Vigilaba el fuego y volvía a comprobar cómo respiraba Yesenia. Cuando la lluvia empezó, corrigió las hojas del techo desde afuera y terminó empapado. La camisa se le pegó a la espalda. Se la quitó, la retorció y la dejó cerca del calor, procurando no acercarla demasiado a las llamas. Sus manos ardían. La venda del corte estaba otra vez húmeda. Pensó en los empleados que trabajaban enfermos porque faltar significaba perder una parte del salario. Había escuchado esa explicación antes, durante alguna discusión sobre ausentismo.

Entonces le había parecido una cifra. Ahora sabía cómo temblaba una persona mientras intentaba asegurar que podía continuar. Cerca del amanecer, Yesenia dejó de tiritar. Alonso volvió a medir la temperatura. Había bajado algo. No lo tomó como una victoria definitiva. La herida seguía inflamada y ella continuaba muy débil. Pero cuando le habló, respondió con mayor claridad.

—¿Dormiste? —preguntó Yesenia.

Él negó. Ella lo miró.

—Tienes una cara horrible.

Alonso soltó una risa que lo sorprendió.

—Gracias.

Yesenia intentó acomodarse. Él la ayudó sin tirar de la pierna. Durante un momento quedaron muy cerca. Ella observó las vendas de sus manos.

—Te las lastimaste más.

—Después las revisamos.

Yesenia sostuvo su mirada. Él comprendió lo que acababa de decir y sonrió apenas.

—Está bien. Ahora.

Sentado junto a ella, se quitó la venda mientras Yesenia le indicaba cómo limpiarse. Trabajaron despacio. Ella tenía que descansar entre frases, pero seguía atenta a lo que hacía. Alonso terminó y recogió el material.

—Hoy te quedas aquí —dijo.

Yesenia miró hacia afuera. La mañana había comenzado. No se oían motores ni voces, solo agua cayendo de las hojas.

—No te alejes.

—No voy a hacerlo.

Ella cerró los ojos. Alonso permaneció a su lado hasta que volvió a dormirse. Después alimentó el fuego con una rama pequeña y preparó la olla. Mientras el agua calentaba, miró el techo: una hoja estaba soltándose. La acomodaría en cuanto Yesenia despertara. Por ahora se quedó junto al fuego.