Capítulo 11 de 25
Las manos del heredero
Durante la noche, Alonso aprendió cuánto podía durar una rama. Las pequeñas prendían rápido y se consumían antes de que él terminara de acomodarse. Las más gruesas humeaban si las acercaba demasiado pronto. Varias parecían secas por fuera, pero silbaban al entrar en contacto con las brasas. Ajustó el fuego hasta que dejó de producir tanto humo. Yesenia dormía detrás de él, encogida bajo el techo de hojas. A ratos cambiaba de postura y murmuraba algo que no alcanzaba a entender. Alonso la observó una vez para comprobar que seguía respirando con tranquilidad. Después volvió hacia las brasas.
Tenía las uñas negras, una venda sucia en la mano y varias ampollas que comenzaban a levantarse en los dedos. Recordó la última vez que alguien le había hecho la manicura. Había sido cuatro días antes del vuelo, mientras él hablaba por teléfono y pedía que fueran más rápidos. Se pasó una mano por la cara. Todavía le parecía imposible que aquellos dedos fueran los mismos. Yesenia despertó al amanecer. Por un instante, el calor junto a sus piernas le hizo pensar que estaba en casa y que su madre había abierto las cortinas. Luego vio las ramas. El humo. La camiseta húmeda de Alonso.
Él estaba dormido sentado, con la espalda apoyada contra un tronco. Una de sus manos descansaba cerca del fuego. Yesenia la apartó con cuidado. Alonso abrió los ojos de golpe.
—¿Qué pasó?
—Nada. Te estabas acercando demasiado.
Él miró las brasas.
—Sigue encendido.
Yesenia aceptó.
—Lo mantuviste toda la noche.
Alonso flexionó los dedos y ocultó una mueca. Ella la vio.
—Enséñame las manos.
Las ampollas no eran graves, pero estaban en lugares que necesitaba para casi todo. Yesenia examinó la venda del corte. Había humedad y suciedad en los bordes.
—Tenemos que cambiarla.
Alonso le entregó el botiquín. Ella contó las gasas antes de elegir una. Cada vez quedaban menos. Mientras limpiaba la mano, él miró la rodilla de Yesenia.
—¿Y la tuya?
—Después.
—Siempre dices después cuando te toca a ti.
Ella levantó la cabeza. No había reproche en su voz. Solo una observación. Yesenia terminó de fijar la venda. Luego se acomodó la falda rasgada y revisó su herida. La piel alrededor estaba algo más roja que el día anterior. Alonso frunció el ceño.
—¿Eso es normal?
—Puede ser por la humedad y el roce.
Lo dijo con más seguridad de la que sentía. Desayunaron la mitad de un plátano cada uno. Los otros dos seguían demasiado verdes. Decidieron intentar cocinarlos cuando el fuego estuviera más fuerte. Alonso miró el agua. La lluvia había permitido reunir una reserva modesta, pero no podían depender de que siguiera cayendo de la misma manera.
—Necesitamos un recipiente —dijo.
Yesenia asintió. Llevaban horas evitando el problema. Tenían un arroyo cerca y ninguna forma segura de aprovecharlo a largo plazo. Alonso pensó en la lata oxidada del claro.
—Había algo entre los plátanos.
—La vi.
—Podemos revisar.
Yesenia miró el bosque. Volver significaba acercarse a un lugar utilizado por otras personas. Pero seguir sin agua suficiente también tenía un costo.
—Vamos juntos —dijo.
Apagaron la llama con cuidado, dejando algunas brasas protegidas bajo la ceniza y apartando lo que pudiera prender alrededor. Alonso cubrió las provisiones. Yesenia comprobó las marcas de los árboles antes de salir. Caminaron despacio. Él comenzó a reconocer cosas que el día anterior había pasado por alto: una raíz blanca, un tronco abierto por un rayo, una planta de hojas agujereadas junto a la curva del terreno.
—Por aquí —dijo en uno de los cruces.
Yesenia miró la raspadura que ella había dejado.
—Sí.
Alonso sintió un alivio desproporcionado. Había conseguido recordar algo útil. Llegaron al claro sin escuchar voces. Los plátanos continuaban donde los habían visto. La cuerda vieja colgaba del poste y el suelo conservaba restos de tallos cortados. Alonso se agachó junto a la lata. Estaba demasiado deteriorada. La dejó donde estaba. Yesenia avanzó unos pasos y encontró un cobertizo casi oculto por las plantas. Tenía el techo hundido de un lado y tablas separadas por grandes huecos. Se detuvieron frente a él.
—No entres todavía —le pidió.
Alonso examinó el suelo. Había hojas acumuladas y pequeñas marcas de animales. No vio huellas recientes de botas. Golpeó suavemente una tabla con la herramienta. Algo salió corriendo por el otro extremo. Ambos retrocedieron. Era un roedor pequeño. Esperaron antes de acercarse otra vez. Dentro encontraron objetos abandonados. Una red rota. Un saco endurecido por la humedad. Dos botellas vacías. Y una olla de aluminio, volcada junto a una pared. Alonso la levantó. Tenía una abolladura y restos secos de barro, pero no vio perforaciones. Yesenia examinó el borde.
—Puede servir.
Él la sostuvo como si hubiera encontrado una pieza valiosa. También recuperaron una cuchara metálica y un tramo corto de cuerda que parecía todavía resistente. No tocaron un envase sin etiqueta que había bajo una tabla. Alonso buscó algo más. Yesenia le hizo una seña.
—Ya tenemos lo que vinimos a buscar.
Él miró hacia afuera. El claro estaba silencioso. Salieron. De regreso, encontraron una rama atravesada sobre una de sus marcas. Alonso se detuvo. Yesenia miró el suelo. No distinguió pisadas claras. Podía haber caído durante la noche o al paso de un animal. Aun así, se agachó para examinar el árbol. La raspadura seguía allí. Continuaron sin hablar, atentos a cualquier sonido que no perteneciera al bosque. Alonso sostuvo la olla contra el pecho para evitar que chocara con la cuchara. Solo cuando vieron el techo de su refugio aflojaron el paso. Todo parecía en su sitio. Yesenia comprobó las bolsas. No faltaba nada.
Limpiaron la olla con cuidado junto al arroyo. Alonso frotó el interior hasta que los nudillos le dolieron. Yesenia enjuagó varias veces y revisó que no quedaran residuos visibles. Después llevaron agua al refugio. Las brasas seguían vivas bajo la ceniza. Alonso las descubrió despacio y añadió las ramas más secas. La llama tardó en crecer. Esta vez él no se impacientó. Yesenia sostuvo la olla mientras buscaban una forma estable de apoyarla sobre piedras. Tuvieron que cambiar el arreglo dos veces. Al final, el recipiente quedó firme. Se sentaron a esperar. Cuando el agua empezó a hervir, Alonso sonrió. Yesenia también.
Por primera vez podían dejar enfriar agua hervida y guardar una reserva para la noche. Yesenia miró hacia el cauce: seguían sin saber qué había aguas arriba. Eligieron recogerla lejos de los restos de trabajo y de los envases abandonados. Alonso levantó una botella demasiado pronto y el calor le quemó los dedos. La soltó sobre la tierra. Se perdió parte del contenido.
Él se quedó mirándolo. Yesenia recogió la botella.
—La próxima esperamos más.
Alonso respiró hondo.
—La próxima espero más.
No se insultó ni culpó al recipiente. Simplemente volvió a llenarlo cuando pudo hacerlo. Por la tarde intentaron cocinar los plátanos verdes. Yesenia los peló con dificultad usando la herramienta. Alonso limpió la cuchara y llevó más ramas. Los trozos quedaron duros al principio. Tuvieron que añadir agua y esperar. El olor era suave, casi inexistente. Aun así, a ambos les hizo doler el estómago. Alonso removió con cuidado. Yesenia descansaba con la pierna extendida.
—Mi mamá les pone canela cuando los prepara dulces —comentó.
Él miró la olla.
—No encontré canela en el inventario.
Ella soltó una risa. Alonso la miró un instante más de lo necesario y después volvió a remover. Comieron directamente del recipiente, turnándose con la cuchara. Los plátanos no tenían azúcar ni sal. Algunos trozos seguían demasiado firmes. Yesenia se quedó contemplando el suyo.
—Está bien.
Alonso levantó la mirada.
—¿Sí?
—Sí.
Él pareció satisfecho de una manera que ella no le había visto antes. Había logrado preparar algo con sus propias manos. Cuando terminaron, Alonso raspó cuidadosamente lo que quedaba en el fondo y le ofreció la última cucharada. Yesenia negó.
—Te toca.
Él no insistió. Se la comió. Más tarde, Alonso quiso levantar un segundo soporte para el techo. Había comprendido dónde entraba la lluvia y buscaba una rama con una bifurcación que pudiera sostener la estructura. Yesenia le indicó una. Él empezó a cortarla. El trabajo era lento con aquella herramienta. Cada movimiento le tiraba de las ampollas. Se detuvo varias veces para sacudir la mano. Finalmente consiguió desprenderla y la llevó al refugio. No encajó. Alonso la giró. Probó desde el otro lado. La rama seguía siendo demasiado larga. Yesenia lo observaba en silencio. Él soltó el aire.
—Voy a tener que cortarla otra vez.
—Sí.
Alonso miró el punto donde debía trabajar. Se sentó y empezó. Cuando terminó, tenía la camiseta pegada al cuerpo. La rama sostuvo el techo mejor que antes. Yesenia pasó una mano por la unión.
—Quedó firme.
Alonso se sentó en el suelo. Durante un momento no pudo responder. Le dolían la espalda, los brazos y las palmas. Miró sus manos.
—Hoy habría pagado a alguien para hacer todo esto.
Yesenia acomodó la olla junto al botiquín.
—Mucha gente vive haciéndolo por otros.
Él respondió con un movimiento de cabeza. La frase no era una acusación directa. Por eso le resultó más difícil apartarla. Pensó en jardineros, cocineras, trabajadores de mantenimiento, personas que subían cajas por escaleras de servicio. Había visto sus manos muchas veces. Nunca se había detenido a pensar cómo se sentirían al terminar el día. Yesenia intentó incorporarse y tuvo que apoyar una mano en el tronco. Alonso se acercó.
—¿Te mareaste?
—Un poco.
Ella cerró los ojos hasta que el suelo dejó de moverse. Él le entregó agua. Yesenia bebió y se frotó la frente. Su piel estaba caliente. Alonso la observó con preocupación.
—Hoy no haces más.
Ella abrió la boca para protestar. Él señaló el soporte nuevo.
—Ya aprendí dónde poner las ramas.
Yesenia miró el techo. Después se recostó sobre las hojas secas que habían reunido para aislarse de la tierra.
—Despiértame para mi turno.
—Sí.
Alonso mantuvo el fuego pequeño. Lavó la olla, guardó la cuchara y dejó las botellas a la sombra. Luego revisó la venda de su mano sin retirarla. Yesenia dormía inquieta. Se había quitado la chaqueta y aun así parecía incómoda con el calor. Él se acercó para acomodarle el botiquín, que le presionaba el costado. Al tocarle el brazo, notó la temperatura. Se quedó inmóvil. Volvió a tocarle la frente con el dorso de la mano. Yesenia abrió los ojos.
—¿Qué pasa?
Alonso miró la venda de su rodilla. Luego su rostro.
—Creo que tienes fiebre.