Capítulo 10 de 25

El precio de un plato

Alonso despertó cuando una gota fría le cayó dentro del cuello. Había terminado dormido junto a la entrada, con la herramienta apoyada sobre las piernas. El techo improvisado cedía en uno de los extremos y dejaba pasar un hilo de agua. Se incorporó con un sobresalto. Yesenia estaba despierta.

—Te tocaba descansar —dijo ella.

Alonso miró hacia afuera. El cielo ya tenía claridad.

—¿Cuánto dormí?

—No sé.

Él buscó las provisiones. Seguían donde las había dejado. La bolsa destinada a recoger lluvia se había inclinado durante la madrugada. Parte del agua permanecía dentro; el resto había formado un charco sobre la tierra. Alonso cerró los ojos un instante. Luego salió a corregirla. Yesenia extendió los alimentos sobre el plástico seco del botiquín. Quedaban dos barras completas, una mitad envuelta con cuidado y varias galletas quebradas. Las contempló como si pudiera aumentar la cantidad al contarlas otra vez. Alonso regresó con una botella parcialmente llena.

—¿Cuánto tenemos?

Ella le mostró. Él se sentó.

—Podemos repartirlo.

—Eso hemos estado haciendo.

Alonso tomó una galleta pequeña y esperó a que ella hiciera lo mismo. La comieron sin hablar. El hambre había dejado de ser una incomodidad pasajera. Yesenia la sentía en el estómago, pero también en las manos temblorosas y en la dificultad para concentrarse. Alonso debía de sentirla también. Movía la mandíbula mucho después de haber tragado. Intentaron encender fuego. El encendedor aún funcionaba, pero las hojas y las ramas recogidas del suelo estaban húmedas. Una llama prendía durante unos segundos, consumía una esquina y se apagaba. Alonso probó varias veces. Yesenia le tocó la muñeca.

—Vamos a gastar todo.

Él miró el encendedor. En su vida anterior había sido un objeto olvidado en una maleta. Ahora medía la distancia entre tener fuego y quedarse sin ninguna manera de producirlo. Guardó el aparato. Buscó ramas que no hubieran tocado la tierra y empezó a reunirlas bajo el techo.

—Tal vez estas se sequen.

Yesenia le ayudó a acomodarlas. Necesitaban mejorar el refugio, encontrar comida y conservar agua. También dejar alguna señal para un rescate que no sabían si estaba cerca. No podían hacer todo a la vez. La rodilla de Yesenia había amanecido menos hinchada, aunque seguía doliéndole. Se levantó despacio y comprobó que podía caminar. Alonso tomó la bolsa vacía.

—Voy a buscar algo.

Ella negó.

—Vamos juntos.

—Puedes descansar.

—Si te pasa algo, no voy a saber dónde encontrarte.

Alonso miró la entrada del refugio.

—No pensaba alejarme.

—Adrián tampoco pensaba terminar en ese campamento.

Él bajó la cabeza. Yesenia se arrepintió del tono, pero no de lo que había dicho. Guardaron los alimentos, cubrieron el botiquín y dejaron marcas discretas en dos árboles cercanos. Después comenzaron a caminar. Encontraron agua antes que comida. Un hilo transparente corría entre piedras pequeñas y desaparecía bajo unas raíces. Alonso se agachó de inmediato. Yesenia lo detuvo.

—Que se vea limpia no significa que podamos beberla así.

Él miró el cauce.

—Entonces necesitamos hervirla.

—Sí.

Alonso volvió a pensar en las ramas húmedas. La selva parecía llena de todo lo que buscaban, pero cada recurso exigía resolver otro problema primero. Se lavó las manos usando apenas el agua que corría, evitando mojar la venda. Yesenia hizo lo mismo. Luego marcaron el lugar para reconocerlo. Una bandada cruzó por encima de ellos. El movimiento de las ramas hizo que ambos levantaran la cabeza. Entre el follaje apareció un ave de pico grande, con colores tan intensos que Yesenia permaneció mirándola hasta que se perdió detrás de las hojas. Alonso siguió su mirada.

—Nunca había visto uno así.

Ella tampoco, pero no respondió. Más adelante encontraron frutos pequeños, oscuros, agrupados en una planta baja. Alonso tomó uno.

—¿Esto se come?

Yesenia le hizo abrir la mano.

—No lo sé.

Él lo dejó caer. Había estado a punto de probarlo sin otra razón que el hambre. Continuaron buscando. El claro apareció después de rodear un árbol derribado. No era grande. Tenía plantas que crecían en hileras irregulares y varios tallos cortados hacía tiempo. Entre ellos se alzaban unas matas de hojas enormes. Yesenia se detuvo. Había plátanos. Un racimo colgaba a una altura que Alonso podía alcanzar si se subía sobre el tronco cercano. Algunas piezas estaban amarillas; otras conservaban la cáscara verde. Él avanzó. Yesenia le sujetó la camisa.

—Espera.

Alonso miró alrededor. Entonces vio lo que ella había visto. Un poste viejo. Un pedazo de cuerda. Y, bajo la vegetación, una lata oxidada. Aquel lugar había sido trabajado por personas. Permanecieron escuchando. No oyeron motores ni voces. El claro parecía abandonado, aunque ninguno podía asegurarlo. Alonso se inclinó hacia Yesenia.

—Necesitamos comer.

Ella miró el racimo. Tenía razón.

—Solo lo que podamos cargar. Y nos vamos.

Él trepó al tronco. La corteza húmeda le hizo resbalar y tuvo que sujetarse con ambos brazos. Yesenia lo observó con la herramienta preparada para entregársela. Alonso alcanzó el racimo, intentó desprender varios plátanos y descubrió que no era tan sencillo como había supuesto. Terminó cortando una pequeña sección, con movimientos torpes que le hicieron sudar. Cuando bajó, llevaba cinco. Uno estaba golpeado. Los otros parecían intactos. Yesenia los metió en la bolsa. Se alejaron sin detenerse a comer. Regresaron siguiendo sus marcas. Al llegar al refugio, Alonso dejó la bolsa y se sentó sobre el suelo. Le temblaban los brazos.

Yesenia separó dos plátanos maduros. Revisó la cáscara, los abrió y le entregó uno. Alonso lo tomó con las dos manos. Comió el primer bocado despacio. La expresión de su rostro cambió. No sonrió. Cerró los ojos. Yesenia sintió lo mismo al probar el suyo: alivio, una dulzura sencilla y la urgencia de comerlo demasiado rápido. Se obligó a detenerse entre bocados. Cuando terminó, Alonso miró la cáscara sobre sus piernas.

—Nunca pensé que conseguir esto pudiera costar tanto.

Ella guardó los tres restantes.

—A veces el problema empieza antes de cocinar.

La frase lo hizo levantar la cabeza. Yesenia se sentó junto al botiquín.

—En la tienda había días en que salía sin desayunar. Si comía algo afuera, ya no me alcanzaba para el transporte.

Alonso contempló sus manos.

—¿No tenían comedor?

—Teníamos un espacio para sentarnos. La comida la llevaba cada quien.

Él parecía recordar una presentación que había visto mucho tiempo atrás.

—En los informes hablaban de bienestar del personal.

Yesenia soltó el aire por la nariz.

—¿Quién hacía los informes?

Alonso no respondió. Ella le mostró el envoltorio de una barra.

—Esto cuesta poco para ti. Para alguien que gana contando cada peso, comprar varias cosas así todos los días sí pesa.

Él volvió a mirar la cáscara.

—Yo nunca veía esos gastos.

—Alguien los veía por ti.

Alonso apoyó los codos en las rodillas.

—En mi casa siempre había comida.

Yesenia lo escuchó.

—Si no quería lo que preparaban, pedía otra cosa. Nunca sabía cuánto tardaban ni quién había ido a comprar.

Se frotó la venda de la mano.

—Hoy me enojé porque no prendía el fuego.

Ella miró las ramas secándose bajo el techo.

—También yo.

Alonso levantó la cabeza. Por primera vez desde aquella conversación, Yesenia no parecía hablarle desde el otro lado de una distancia imposible. Ambos tenían hambre. Ambos estaban cansados. Eso no borraba lo anterior, pero les permitía trabajar sobre algo compartido. Pasaron la tarde reparando el techo. Alonso buscó ramas más firmes y Yesenia reorganizó las hojas para que el agua escurriera hacia afuera. Trabajaban durante unos minutos y descansaban otros tantos. Cuando él intentó levantar una rama demasiado pesada, ella lo detuvo.

—No necesitamos esa.

—Va a aguantar mejor.

—No si te lastimas cargándola.

Alonso la soltó. Eligió otra. El techo quedó más bajo, pero también más cerrado. Apenas podían sentarse derechos debajo. Yesenia se acomodó en el lugar menos húmedo. Alonso dejó a su lado una botella y uno de los plátanos verdes.

—Para mañana.

Ella aceptó. Antes del anochecer consiguieron mantener una pequeña llama. Las ramas más finas habían pasado varias horas bajo el refugio. Alonso probó con una porción de papel que encontró entre los documentos de su bolsillo y añadió fragmentos secos poco a poco. Yesenia protegió el espacio del viento. La llama creció. Ambos permanecieron mirándola con una atención casi reverente. No tenían un recipiente adecuado para hervir agua, pero el fuego les permitiría secar parte de la ropa y sostener algo de calor durante la noche. Alonso acomodó una rama pequeña. Se quemó la punta de un dedo.

Retiró la mano, maldijo en voz baja y después empezó a reír. Yesenia lo miró sorprendida.

—¿Qué?

Él negó mientras se soplaba el dedo.

—Nada. Estoy pensando en la convención.

Ella tardó un instante en comprender. Luego también soltó una risa breve. El sonido resultó extraño entre los árboles. Más tarde, Alonso cortó una de las barras restantes en dos partes iguales. Dejó una frente a Yesenia. Ella observó el reparto.

—Podemos guardar un poco más.

—Podemos —respondió él—. Pero hoy caminaste, me ayudaste con el techo y casi no has comido.

Yesenia lo miró con cautela. Alonso señaló su propia mitad.

—Yo tampoco.

Ella aceptó. Comieron cerca del fuego. La noche fue cerrando el pequeño espacio que habían conseguido sostener. Fuera seguían los ruidos de animales, el agua sobre las hojas y un territorio que no conocían. Alonso miró las provisiones. El día entero se había ido en conseguir unos plátanos y sostener aquel techo defectuoso. Pensó en los platos que dejaba a medias. En las personas que retiraban la mesa. En Yesenia, caminando por el avión con una bandeja mientras él decidía que su aspecto era motivo suficiente para quitarle el trabajo. Levantó los ojos hacia ella. Estaba calentándose las manos frente a la llama.

Alonso no dijo nada. Se acercó al montón de ramas y añadió una pequeña al fuego. Por esa noche, al menos, tenía una tarea concreta: mantenerlo encendido.