Capítulo 9 de 25

Dos desconocidos bajo la lluvia

Al amanecer, Alonso seguía sosteniendo el teléfono. Yesenia había dormido unos minutos sentada contra una raíz. Al abrir los ojos, tardó en reconocer la manta extendida sobre el suelo y la forma inmóvil bajo la chaqueta. Después recordó. Mariela. La lluvia. Las manos de Alonso intentando seguir cuando ya no había nada que hacer. Se incorporó con dificultad. La rodilla estaba rígida y le dolían los brazos por las maniobras de la noche.

—Tenemos que cubrirla —dijo.

Alonso levantó la cabeza. Tenía los ojos hinchados.

—No podemos dejarla aquí.

Yesenia miró el terreno. Tampoco quería hacerlo. Buscaron una zona donde la tierra fuera menos dura. Alonso utilizó la herramienta para romper la capa superficial y apartar raíces pequeñas. Yesenia lo ayudó con una rama ancha, trabajando sentada para no cargar el peso sobre la pierna. Al principio, él excavaba con movimientos rápidos, casi furiosos. La herramienta resbaló y le abrió la piel entre el pulgar y el índice. Yesenia le sujetó la muñeca.

—Déjame verla.

Alonso retiró la mano.

—Después.

—Si se ensucia más, tendremos otro problema.

Él la miró. Luego extendió los dedos. Yesenia limpió la herida con lo mínimo indispensable y la cubrió. Alonso volvió a trabajar, más despacio. No consiguieron hacer una sepultura profunda. Había demasiadas raíces y la lluvia acumulada empezaba a filtrarse desde los costados. Alonso se quedó mirando el hueco con una vergüenza que Yesenia comprendió. No era lo que Mariela merecía. Era lo que podían ofrecerle. Entre ambos la envolvieron en la manta. Yesenia acomodó las manos sobre su pecho; Alonso le retiró del cabello una hoja pequeña que había quedado enredada. Antes de cubrirla, él sacó del bolsillo la pulsera de cuentas doradas.

Mariela la había guardado durante la huida. Había aparecido junto a ella cuando movieron su cuerpo. Alonso la sostuvo un momento.

—Se la voy a llevar a su mamá.

Yesenia aceptó. Cubrieron la manta con tierra y después colocaron ramas y piedras encima. Alonso buscó un palo recto, lo clavó junto al lugar y ató en la punta una tira de su camisa. Yesenia encendió su teléfono. La batería había bajado poco desde la última vez. Abrió la cámara y fotografió el árbol más cercano, la elevación y el sitio donde habían dejado a Mariela. Alonso la observó.

—Para regresar —explicó ella.

Él sacó el suyo e hizo lo mismo. Luego abrió una nota y escribió cuanto recordaba del trayecto: el río, el embarcadero, la pendiente y la dirección aproximada que habían seguido. No eran coordenadas. Pero podían servir. Alonso guardó el aparato y permaneció frente al pequeño montículo.

—Perdón —dijo.

Yesenia se apartó unos pasos. Le dejó ese momento. Cuando se reunieron junto a las provisiones, el cielo ya estaba completamente gris. Quedaban varias barras, un paquete de galletas a medio abrir y poco más de dos botellas de agua, incluida la lluvia que habían recogido. La manta había quedado con Mariela. Alonso había retirado su chaqueta antes de envolver el cuerpo; ahora la llevaba doblada sobre las bolsas, todavía húmeda. La segunda manta se había perdido con Alfredo. Tenían la bolsa vacía, la linterna, el botiquín, el encendedor, la herramienta y los teléfonos. Yesenia contó todo dos veces. Alonso esperaba de pie.

—¿Hacia dónde?

Ella miró los árboles. Hasta entonces, alguien había decidido por ellos. Adrián había elegido el lugar del aterrizaje, la salida, el primer refugio. Después habían seguido voces, luces y veredas porque no tenían otra referencia. Ahora solo quedaban dos.

—Hay que alejarnos del campamento —respondió.

—Eso ya lo sé.

El tono le hizo levantar la mirada. Alonso se frotó los ojos.

—Perdón. No te estoy reclamando.

Yesenia guardó los alimentos.

—Primero necesitamos un sitio donde descansar y recoger agua.

—Después pensamos cómo dejar señales sin que ellos las encuentren antes.

Él asintió. Caminaron siguiendo la pendiente hacia el interior. Alonso llevaba las bolsas. Yesenia conservaba el botiquín cruzado sobre el cuerpo y la linterna en un bolsillo. Con la luz del día podían evitar algunos obstáculos, pero el bosque seguía siendo cerrado. A ratos debían rodear árboles caídos o retroceder ante zonas donde el suelo se hundía demasiado. Yesenia dejó marcas discretas en varios puntos, pequeñas raspaduras a una altura que pudiera reconocer si necesitaban regresar. Alonso la vio hacerlo y buscó un árbol al alcance.

—No en todos —le advirtió—. No queremos que nos sigan fácilmente.

Él retiró la herramienta. Continuaron. La rodilla comenzó a dolerle con cada paso. Yesenia intentó ocultarlo hasta que tropezó con una raíz y cayó sobre las manos. Alonso dejó las bolsas y la ayudó a sentarse.

—Necesitas parar.

Ella se sacudió la tierra.

—Un momento.

Él se agachó frente a su pierna.

—Está más hinchada.

—La venda se mojó.

Alonso abrió el botiquín. Yesenia se lo quitó de las manos con demasiada rapidez. Ambos quedaron quietos.

—Sé dónde está cada cosa —explicó ella.

Él se apartó un poco. Yesenia retiró la venda y examinó la herida. Había suciedad en los bordes, pero no parecía profunda. Aun así, el esfuerzo y los golpes estaban empeorando el dolor. Alonso le acercó una botella.

—Usa lo que necesites.

Ella miró el agua restante. Después la abrió. Descansaron bajo un árbol de raíces amplias. Alonso se sentó enfrente y apoyó los antebrazos sobre las rodillas. Tenía barro en la camisa, la herida de la ceja oscurecida y una barba incipiente que acentuaba su cansancio. Yesenia sacó una barra de cereal. La dividió. Le entregó la mitad. Él la aceptó y empezó a comer. Durante un rato ninguno habló. Luego Alonso señaló la herida de su rodilla.

—¿Puedes seguir?

—Sí. Más despacio.

—Puedo ayudarte.

Yesenia lo miró. El ofrecimiento era sencillo, pero le removió algo que llevaba guardando desde el avión.

—Hace dos días querías que me despidieran.

Alonso dejó de masticar y miró sus manos. El agua goteaba desde una hoja entre ambos.

—Lo escuchaste.

—Todo.

Él respiró hondo.

—No debí decirlo.

Yesenia soltó una risa breve.

—¿Decirlo o pensar que podías decidir si merecía trabajar por cómo me veía?

Alonso no respondió inmediatamente. Ella guardó el envoltorio vacío.

—Tengo un hijo de seis meses. Salí de mi casa pensando que este vuelo me iba a ayudar a pagar cosas que llevo posponiendo.

Él levantó los ojos.

—No lo sabía.

—No tenías que saberlo para tratarme con respeto.

La frase lo dejó inmóvil. Yesenia sintió que empezaban a temblarle las manos, esta vez por algo distinto al frío.

—Te serví el desayuno. Te serví vino. Cerré la puerta para que estuvieran cómodos. Y después te escuché decir que mi cuerpo desprestigiaba tu aerolínea.

Alonso apretó los labios.

—Sí.

Eso no la alivió. Yesenia apoyó la espalda contra el tronco.

—También trabajé en una de tus tiendas.

Alonso frunció el ceño.

—¿En cuál?

Ella se lo dijo. Él reconoció la sucursal.

—Cuatro años —continuó—. Estudiaba después de cerrar. A veces salía tan tarde que tenía que escoger entre pagar un taxi o arriesgarme a tomar el último transporte.

Alonso miró las bolsas con comida.

—Yo no llevaba esa operación.

Yesenia volvió el rostro hacia él.

—Pero el dinero sí llegaba a tu familia.

Alonso abrió la boca y terminó por cerrarla.

—No te estoy pidiendo que resuelvas todo ahora —dijo ella—. Estoy diciendo por qué no puedo confiar en ti solo porque estamos aquí.

Él asintió lentamente.

—Entiendo.

Yesenia negó.

—Todavía no.

La lluvia comenzó con gotas gruesas. Alonso se levantó y miró alrededor. A pocos metros había un tronco inclinado contra otro árbol. Varias ramas formaban un espacio bajo que podía cubrirse.

—Podemos quedarnos ahí.

Yesenia examinó el suelo antes de acercarse. No vio un refugio de animales ni un hormiguero evidente, aunque la zona estaba llena de insectos.

—Por ahora —aceptó.

Alonso llevó las bolsas y comenzó a recoger ramas. La primera se partió en sus manos. La segunda tenía espinas. Se detuvo a mirarse la palma. Yesenia sacó la herramienta.

—Esta te sirve para cortar las pequeñas.

Él la tomó. Trabajaron sin hablar. Ella acomodaba hojas anchas sobre las ramas; Alonso buscaba otras y las colocaba donde le indicaba. El techo quedó torcido y dejaba entrar agua por varios sitios. Aun así, pudieron sentarse debajo. Alonso extendió la bolsa vacía fuera del refugio para recoger lluvia. Esta vez la sostuvo con ramas cruzadas y comprobó que el centro quedara hundido. Yesenia observó el arreglo.

—Así está mejor.

Él asintió sin sonreír. Se sentó cerca de la entrada. Durante varios minutos contempló el agua acumularse.

—No voy a pedirte que me perdones porque estamos solos —dijo finalmente.

Yesenia mantuvo la mirada en la venda de su rodilla.

—Bien.

—Lo que dije fue cruel.

Ella levantó la cabeza. Alonso tenía los ojos fijos en la bolsa.

—Y estaba acostumbrado a hablar así sin tener que mirar lo que pasaba después.

La lluvia llenó el silencio. Yesenia no le respondió con consuelo. Él no volvió a pedirlo. Cuando el agua se filtró sobre las provisiones, Alonso movió las bolsas hacia la parte más seca. Después se quitó la camisa. Yesenia lo miró con desconfianza. Él la dobló y la colocó detrás de las ramas, en el punto donde entraba más lluvia. El agua empapó la tela casi inmediatamente.

—Se te va a enfriar el cuerpo —dijo ella.

Alonso permaneció con la camiseta interior, también húmeda.

—La comida se estaba mojando.

Yesenia acomodó mejor el techo desde dentro. Alonso sostuvo las ramas hasta que consiguió fijarlas. Quedaron unos centímetros más cerca que antes. Por la tarde, Yesenia abrió una vez más la fotografía de Mateo. Alonso la vio de reojo.

—¿Puedo?

Ella dudó y después giró la pantalla. Él observó al niño.

—Se parece a ti.

Yesenia sintió un dolor en la garganta.

—Tiene los ojos de mi mamá.

Alonso respondió con un movimiento de cabeza. No preguntó por el padre. Ella apagó el teléfono y lo guardó junto al pecho. Afuera, la bolsa empezaba a llenarse. Alonso se levantó para pasar el agua a las botellas. Tenía los dedos torpes por el cansancio, pero consiguió hacerlo sin derramar demasiado. Dejó una al alcance de Yesenia.

—Mañana necesitamos encontrar un camino.

Ella miró el pequeño refugio que acababan de construir.

—Primero tenemos que pasar esta noche.

Alonso se sentó junto a la entrada y recogió la herramienta.

—Yo vigilo un rato.

Yesenia apoyó la cabeza contra la raíz. No confiaba todavía en el hombre que estaba a su lado. Pero cuando cerró los ojos, él permaneció despierto, escuchando la lluvia y cuidando el poco alimento que les quedaba.