Capítulo 8 de 25

La última noche de Mariela

El motor se acercó despacio. Alonso levantó la cabeza antes de que Yesenia pudiera advertirle. Entre los troncos se veía una franja del río y, sobre ella, una lancha que avanzaba pegada a la orilla. Había dos hombres. Uno manejaba. El otro examinaba la vegetación con un arma apoyada sobre las piernas. Yesenia tocó el hombro de Mariela.

—Tenemos que movernos.

La joven abrió los ojos. Durante un instante pareció no recordar dónde estaba; luego escuchó el motor y se incorporó. No habían dormido. Solo habían permanecido sentados, vencidos por el cansancio, mientras el cielo cambiaba de color. Alonso recogió las bolsas. Yesenia intentó levantarse y la rodilla le falló. Él le ofreció la mano. Ella la tomó porque la necesitaba. Se alejaron del agua procurando aprovechar el ruido del motor. La vegetación dificultaba cada paso, pero también los ocultaba. Con la primera luz distinguieron mejor el terreno.

Había raíces sumergidas en charcos, plantas espinosas y una pendiente que se elevaba detrás de una maraña de lianas. Yesenia buscó un paso donde las hojas no estuvieran demasiado aplastadas. No querían dejar un camino fácil de seguir. Mariela caminaba despacio. A ratos cerraba los ojos mientras avanzaba, como si el esfuerzo de mirar también la agotara.

—¿Te mareas? —preguntó Yesenia.

—Desde anoche.

Alonso se detuvo.

—¿Por qué no dijiste?

Mariela lo miró con una expresión cansada.

—Había otras cosas pasando.

Continuaron. El motor quedó detrás, pero ninguno se sintió a salvo. Encontraron una elevación con suelo firme y un tronco caído que les ofrecía algo de resguardo. Yesenia dejó el botiquín y se sentó para revisar su rodilla. La venda estaba húmeda; la piel alrededor de la herida se veía irritada, aunque no observó señales de una lesión profunda. Mariela se quitó las telas de los pies. Tenía varias cortaduras. Alonso se agachó frente a ella.

—Déjame ver.

Mariela retiró ligeramente una pierna.

—Me duele todo.

Yesenia le pidió agua y limpió lo que pudo, utilizando una cantidad pequeña. El envase quedó casi vacío. Alonso lo contempló.

—Necesitamos encontrar dónde llenar las botellas.

Yesenia aceptó. Todos tenían sed. El río estaba cerca, pero ninguno sabía cómo volver sin exponerse a los hombres. Comieron una barra de cereal entre los tres. Mariela aceptó apenas un trozo.

—No me entra.

—Prueba despacio —le pidió Yesenia.

La joven lo sostuvo entre los dedos y acabó guardándolo en el bolsillo. Alonso empezó a revisar el equipo sobre la manta. Colocó la herramienta, el encendedor, la linterna y el teléfono satelital. Se detuvo frente al aparato roto. Yesenia pensó que volvería a intentar encenderlo. En cambio, lo apartó.

—¿Qué podemos usar para recoger lluvia?

Ella miró las bolsas.

—Esto, si las extendemos. Y las botellas.

Alonso examinó el cielo. La claridad que penetraba entre las ramas ya comenzaba a debilitarse. La lluvia llegó antes del mediodía. Intentaron sostener una bolsa entre varias ramas para que recibiera el agua sin tocar el suelo. Alonso tuvo que rehacer dos veces los nudos; la primera bolsa se dobló y derramó casi todo. Yesenia le mostró dónde sujetarla. Él obedeció sin discutir. Mariela permanecía junto al tronco, envuelta en la manta. La lluvia le mojaba el cabello y las rodillas.

—Ven aquí —le dijo Alonso.

Ella negó.

—Estoy bien.

Yesenia la observó. El rostro de Mariela se veía demasiado pálido, incluso bajo la luz gris. Se llevó una mano al costado y después la retiró, como si no quisiera que ellos lo notaran.

—¿Te golpeaste ahí? —preguntó.

Mariela bajó la mirada.

—En el aterrizaje. Contra el brazo del asiento.

—¿Desde entonces te duele?

—Un poco.

Yesenia se acercó.

—Necesito que me digas cuánto es un poco.

La lluvia arreció. Alonso sostuvo la manta sobre ellas mientras Yesenia examinaba a Mariela con el cuidado que permitía su entrenamiento. Había una zona amoratada cerca de las costillas inferiores. La joven se tensó apenas la tocaron.

—Ahí no.

Yesenia retiró la mano. Mariela respiraba más rápido que antes. Al preguntarle, reconoció que el dolor había aumentado durante la madrugada y que sentía el hombro izquierdo extraño, aunque no recordaba haberlo golpeado. Yesenia levantó la mirada hacia Alonso. No quiso decir delante de Mariela lo que temía. Él lo comprendió por su expresión.

—¿Qué necesita?

La respuesta era sencilla. Un hospital. Un médico. Todo lo que estaban demasiado lejos de conseguir.

—Que descanse. Y no moverla más de lo indispensable.

Cuando pudieron sentarla mejor, Alonso se apartó unos pasos con Yesenia.

—Dímelo.

Ella miró a Mariela.

—Puede tener una lesión interna. No puedo confirmarlo.

Alonso se quedó inmóvil.

—Pero tenemos un botiquín.

Yesenia respiró hondo.

—No alcanza para esto.

Él se pasó ambas manos por el cabello mojado.

—Hay que volver al río.

—Nos están buscando.

—Podemos encontrar otra lancha.

—No sabemos si puede caminar.

Alonso miró hacia la pendiente por donde habían llegado. Yesenia vio el esfuerzo que hacía por hallar una decisión que resolviera todo. Ella también estaba buscándola. El agua acumulada en la bolsa les permitió llenar parcialmente dos botellas. Alonso se las llevó a Mariela y se sentó a su lado.

—Toma un poco.

Ella bebió apenas.

—¿Se me corrió el maquillaje?

Él tardó en comprender la pregunta.

—No importa.

Mariela soltó una risa débil.

—Eso no contesta.

Alonso le apartó del rostro un mechón húmedo.

—Un poco.

—Mucho, seguro.

Yesenia se volvió hacia las provisiones para darles privacidad. Escuchó a Mariela preguntar si las noticias ya hablarían de ellos. Alonso dijo que seguramente sí.

—Van a poner esa foto horrible del aeropuerto —murmuró ella.

Él no respondió.

—La de ayer —añadió Mariela—. Antes de subir.

A Yesenia le costó creer que todo hubiera comenzado el día anterior. La tarde transcurrió bajo una lluvia intermitente. Alonso reunió ramas para elevar una parte de la manta y cubrir a Mariela. No consiguió un refugio completo, pero logró que el agua dejara de caerle directamente sobre el rostro. Yesenia lo ayudó hasta que la rodilla le obligó a sentarse. Mariela permanecía cada vez más callada. Cuando le preguntaban algo, tardaba en contestar. Alonso le tomó la mano.

—Vamos a salir.

La joven abrió los ojos.

—¿Tú crees?

Él asintió.

—Nos están buscando.

Mariela miró hacia los árboles.

—Los otros también.

Alonso bajó la cabeza. Ella le apretó los dedos.

—No hagas esa cara.

Cerca del anochecer, Yesenia se sentó al otro lado de Mariela. La joven la observó unos segundos.

—¿Cómo se llama tu bebé?

—Mateo.

—Bonito.

Yesenia acomodó la manta alrededor de sus pies.

—Tiene seis meses, ¿verdad?

—Sí.

Mariela dejó escapar el aire lentamente.

—Mi hermana tiene una niña. Siempre me pide que la cuide y yo digo que estoy ocupada.

Sonrió apenas.

—A veces sí estoy ocupada. A veces solo quiero dormir.

Yesenia le sostuvo la mirada.

—Cuando volvamos, la visitas.

Mariela asintió, aunque sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Perdón por el avión.

Yesenia no comprendió.

—¿Por qué?

—Por hacerte ir y venir. Por las copas. Por no mirarte cuando me hablabas.

Yesenia sintió un nudo en la garganta.

—Ahora descansa.

Mariela volvió los ojos hacia Alonso. Él había escuchado. La noche llegó sin que pudieran encender una fogata. Las ramas estaban mojadas y cada intento consumía un poco más del combustible del encendedor. Alonso terminó guardándolo. Se sentó detrás de Mariela para sostenerla, pero Yesenia le pidió acomodarla con cuidado sobre la manta. Le preocupaba moverla demasiado. Mariela empezó a quejarse de frío. La cubrieron con la chaqueta de Alonso. Su piel estaba húmeda. Yesenia comprobó la respiración y el pulso varias veces, buscando cambios que no tenía medios de detener. Alonso la observaba en silencio.

Cada vez que ella retiraba la mano, él esperaba una noticia. No podía dársela.

—Llama a alguien —murmuró Mariela.

Alonso sacó el teléfono. La pantalla se encendió. Sin servicio. Probó de todos modos. El intento terminó casi inmediatamente. Mariela lo escuchó y cerró los ojos.

—A mi mamá.

Alonso se inclinó hacia ella.

—Dime el número.

La joven empezó a dictarlo. Se detuvo a la mitad, confundió dos cifras y volvió a comenzar. Él lo anotó. Yesenia miró hacia la oscuridad para contener las lágrimas. Mariela respiró con esfuerzo.

—Dile que no estaba sola.

Alonso le sostuvo la mano entre las suyas.

—Se lo vas a decir tú.

Ella intentó sonreír. No pudo. Más tarde, Mariela dejó de responder. Yesenia pronunció su nombre y le tocó el hombro. Alonso se incorporó de golpe.

—Está dormida.

Yesenia volvió a llamarla. Comprobó su respiración. Luego el pulso.

—Alonso, necesito espacio.

Él retrocedió apenas. Yesenia comenzó las maniobras que conocía. Le pidió que la ayudara y le indicó qué hacer. Alonso obedeció, contando con una voz que se quebraba a cada momento. El suelo estaba húmedo. La linterna iluminaba el rostro de Mariela. Trabajaron hasta que los brazos les temblaron. La joven no volvió a respirar. Yesenia se quedó arrodillada. Alonso continuó un poco más, incluso después de que ella le tocara el hombro.

—Espera.

Ella no respondió.

—Espera —repitió él.

Su voz ya no tenía fuerza. Finalmente se detuvo. Miró a Mariela como si todavía pudiera despertarla con una palabra. Yesenia le cerró los ojos y acomodó la chaqueta sobre su cuerpo. Alonso se sentó junto a ella. Durante un largo rato solo se escuchó la lluvia empezando otra vez sobre las hojas. Él bajó la cabeza.

—No sé el nombre de su mamá.

Yesenia lo miró. Alonso sostenía el teléfono donde había anotado el número incompleto.

—No se lo pregunté.

La pantalla se apagó entre sus manos. Yesenia se acercó lo suficiente para que sus hombros se tocaran. No encontró ninguna frase que pudiera ayudarlo. Permanecieron junto a Mariela hasta el amanecer, vigilando una vida que ya no podían proteger.