Capítulo 7 de 25

Lo que quedó de Adrián y Alfredo

Yesenia se levantó al escuchar el grito. Alonso intentó detenerla, pero ella ya había recogido el botiquín.

—No voy a quedarme aquí oyéndolos.

—No puedes entrar.

—Necesito ver qué está pasando.

Mariela los miraba desde el suelo. Tenía los brazos alrededor de las rodillas y los labios entreabiertos. Alonso recogió las bolsas.

—Entonces vamos los tres.

Yesenia negó.

—Ella no puede acercarse así.

Mariela levantó la cabeza.

—No vuelvan a dejarme sola.

La firmeza de su voz sorprendió a ambos. Por encima del generador llegó otro golpe metálico. Yesenia miró hacia la luz y después a Mariela.

—Hasta donde podamos ocultarnos. Si te digo que nos vayamos, caminamos.

La joven asintió. Avanzaron hacia un punto más bajo que el anterior, separados del patio por una hilera de árboles y una pequeña zanja. Alonso ayudaba a Mariela; Yesenia buscaba dónde apoyar el pie antes de cargar su peso. El ruido de las voces cubría parte de sus movimientos. Desde la zanja alcanzaron a ver el patio. Habían apagado la lámpara del cobertizo. Las velas y la fogata iluminaban el círculo pintado sobre una plataforma de madera. A su alrededor había ocho o nueve hombres. Adrián y Alfredo estaban arrodillados. Alfredo apenas se sostenía. Un vigilante le sujetaba la camisa desde atrás.

Yesenia buscó la radio sobre la mesa. Seguía allí. Entre ellos y el cobertizo había demasiado espacio abierto. El hombre de la cicatriz sostenía la carpeta de Alonso. Sacó un documento, lo mostró a los demás y pronunció unas palabras en portugués. Varios levantaron la cabeza hacia los árboles. Alonso se agachó más. Yesenia notó que le temblaban las manos. El hombre se acercó a Adrián.

—Última vez. ¿Dónde está?

Adrián miró a Alfredo.

—Nos separamos después del incendio.

El jefe levantó la carpeta para golpearlo, pero uno de los vigilantes lo interrumpió. Señaló la radio portátil que llevaba el hombre del embarcadero y explicó en español que Adrián había intentado pedir ayuda cuando lo sacaron del encierro. Lo habían detenido antes de que terminara de usar el aparato. Alonso miró las luces del cobertizo: aquella radio había sido la oportunidad del capitán, y ahora el jefe la exhibía como una prueba contra él.

—Si quieren avisar afuera, ya no sirven para el trato —dijo.

Uno de los hombres protestó en portugués y señaló los documentos de Alonso. Yesenia solo distinguió la palabra dinheiro. El jefe lo apartó de un empujón y habló en español, mirando a los prisioneros:

—Si vuelven a tocar una radio, van a traer gente hasta aquí.

Se volvió hacia la tela roja y llamó a los vigilantes. Dos levantaron las armas. La posibilidad de una transferencia seguía escrita en los papeles del suelo, pero el jefe ya no parecía dispuesto a esperar por ella.

El hombre lo golpeó con la carpeta. Los papeles cayeron sobre la plataforma. Adrián no bajó la cabeza.

—Necesitamos un médico. Mi compañero…

El hombre de la cicatriz lo interrumpió con una orden. Dos de los presentes levantaron a Alfredo. Mariela hizo un sonido pequeño, involuntario. Alonso le cubrió la boca suavemente y ella se aferró a su muñeca. Yesenia abrió el botiquín. Lo hizo sin pensar, buscando vendas, algo que pudiera usar cuando llegara hasta ellos. Sus dedos se detuvieron sobre una gasa. No podía llegar. Adrián estaba a menos de treinta metros, pero entre ambos había hombres armados, un terreno despejado y una certeza que le costaba aceptar: no tenían cómo sacarlo. Volvió a mirar la radio. Quizá podía rodear el cobertizo.

Quizá, si apagaban el generador… Una mano de Alonso cerró el botiquín. Él negó despacio. Yesenia apretó la mandíbula y volvió los ojos hacia el patio. El hombre de la cicatriz levantó ambas manos. Las voces cesaron. Comenzó a hablar mirando hacia la tela roja. No parecía esperar una respuesta. Los demás escuchaban con la cabeza inclinada; uno balanceaba una cadena entre los dedos. La ceremonia tenía una disciplina que hizo sentir a Yesenia aún más miedo. Nadie discutía. Nadie parecía sorprendido por los prisioneros ni por las armas dispuestas junto a la plataforma. Adrián habló de nuevo. Esta vez no pidió nada.

—Alfredo, mírame.

El copiloto consiguió levantar el rostro.

—Aquí estoy.

Adrián intentó acercarse a él. Un hombre lo sujetó por los hombros. Yesenia sintió que le ardían los ojos. El capitán siguió hablando a su compañero, demasiado bajo para que ella entendiera. Alfredo dejó de luchar por mantenerse erguido y lo miró. Entonces el hombre de la cicatriz dio la orden. Yesenia no vio todo. Alonso la atrajo detrás del tronco cuando uno de los vigilantes se volvió hacia el bosque. Durante unos segundos quedaron ocultos, con Mariela entre ambos. Escucharon un disparo. Después otro. Las voces se reanudaron. Yesenia apartó el brazo de Alonso. Adrián estaba tendido sobre la plataforma.

Alfredo, a pocos pasos de él, ya no se movía. El hombre que sostenía el arma la entregó a otro y se limpió una mano en el pantalón. Yesenia buscó una señal de respiración. Miró el pecho del capitán, la posición de su cabeza, los dedos de Alfredo. Esperó. Nada cambió. Mariela empezó a sollozar. Alonso se inclinó sobre ella.

—Nos van a oír.

La joven se tapó la boca con ambas manos. Yesenia seguía mirando. Dos hombres llevaron al patio una mesa y varios recipientes. Otro extendió una lona junto a la plataforma. El de la cicatriz retiró del cuello de Adrián una cadena pequeña y la dejó caer sobre los papeles. Luego señaló los cuerpos. Los hombres se acercaron con herramientas que Yesenia reconoció y deseó no haber reconocido. Comprendió que la ceremonia no terminaba con las muertes.

Un hombre separó una porción de uno de los cuerpos y la llevó al recipiente situado junto a las velas. El jefe tomó un fragmento y se lo llevó a la boca; obligó al que había protestado a imitarlo. Yesenia se aferró al borde del botiquín. El hombre que había protestado retrocedió después de obedecer; el jefe le sujetó la nuca y lo obligó a permanecer junto al recipiente. Alonso se volvió hacia ella con el rostro descompuesto. No intentó ofrecer dinero. No habló de negociar.

—Tenemos que irnos —susurró.

Una radio crujió cerca del cobertizo. El hombre de la cicatriz la tomó. Escuchó y respondió mirando hacia el bosque. Después señaló la vereda. Tres hombres recogieron sus armas. La búsqueda iba a continuar. Yesenia cerró el botiquín y retrocedió. Alonso sostuvo a Mariela mientras bajaban hacia la zanja. El ruido de una bandeja sobre la mesa los siguió unos metros. Yesenia no volvió la cabeza. Sabía lo que estaban haciendo con los cuerpos. No necesitaba mirar más para comprender que aquellos hombres podían cometer cualquier cosa con quienes encontraran.

Cuando llegaron al sitio donde habían descansado, recogieron la última bolsa y siguieron hacia el río. La vegetación comenzó a clarear. Adrián había dicho que la vereda llevaba al embarcadero. Ahora era su única referencia. Yesenia caminaba delante. Detrás, Alonso llevaba casi todas las provisiones y ayudaba a Mariela cada vez que tropezaba. Un pie de la joven sangraba a través de la tela. No se quejó. Al llegar a un grupo de troncos, Yesenia se detuvo. Oyó agua golpeando contra madera. Más allá estaba el embarcadero.

Una lámpara de batería iluminaba dos lanchas. En una de ellas había bidones; la otra tenía una cubierta baja y un motor sujeto en la popa. El vigilante estaba sentado bajo un techo de hojas, fumando. Tenía el arma apoyada junto a la rodilla. Alonso observó las embarcaciones.

—Podemos llevarnos una.

Yesenia miró al vigilante.

—No sabemos manejarla.

—Puedo intentar.

Una de las lanchas se mecía contra el poste. La cuerda crujía al tensarse. Mariela se apoyó en un árbol.

—¿Y si esperamos a que se vaya?

La propuesta los hizo permanecer quietos. El hombre apagó el cigarrillo con la suela, miró hacia el campamento y levantó la radio. La conversación duró poco. Luego se puso de pie. Alonso apretó el brazo de Yesenia. El vigilante recogió el arma. Se dirigió hacia la vereda. Esperaron hasta que sus pasos dejaron de oírse. Bajaron con cuidado. La madera del embarcadero estaba resbalosa. Yesenia ayudó a Mariela a sentarse en la lancha más pequeña, mientras Alonso examinaba el motor. Había visto manejar embarcaciones durante vacaciones, siempre con alguien encargado de ponerlas en marcha. Ahora intentó recordar. Buscó el mecanismo de arranque y tiró.

El motor no respondió. Volvió a intentarlo. Un golpe seco resonó sobre el agua. Yesenia miró hacia la vereda.

—Más despacio.

Alonso revisó las conexiones. Encontró una manguera suelta junto al depósito y trató de colocarla, pero una pieza estaba dañada.

—Esta no va a arrancar.

La otra lancha tenía un motor distinto. Y una cadena que la sujetaba al poste. El candado estaba cerrado. Alonso tiró de él. No cedió. Desde el bosque llegó una voz. Los tres se quedaron inmóviles. Después vieron la luz. El vigilante regresaba. Alonso tomó la herramienta y se acercó al poste. Yesenia le sujetó la mano.

—No.

—Puedo romperlo.

—Nos escuchará.

Mariela comenzó a salir de la embarcación. El borde se inclinó bajo su peso. Yesenia la sostuvo, pero el movimiento golpeó la lancha contra el muelle. El hombre dejó de caminar.

—Quem está aí?

La linterna apuntó hacia ellos. Alonso jaló a Mariela hasta la orilla. Yesenia recogió la bolsa de agua. Corrieron hacia los árboles. El disparo llegó cuando alcanzaron la primera línea de troncos. Mariela gritó. Alonso la empujó hacia delante. Yesenia sintió que algo golpeaba las hojas a su izquierda y se agachó sin detenerse. El vigilante volvió a disparar. Una botella se escapó de la bolsa y rodó hacia el río. Ella no regresó por ella. Avanzaron siguiendo la ribera, ocultándose entre la vegetación. El terreno descendió de pronto y Mariela cayó sobre las manos. Alonso la levantó. Yesenia señaló un paso bajo unas ramas.

Lo cruzaron uno detrás de otro. El ruido del río aumentó hasta cubrir sus movimientos. Detrás, el hombre hablaba por la radio. Se detuvieron cuando ya no vieron luces. Mariela respiraba con la boca abierta. Alonso estaba doblado, con las manos sobre los muslos. Yesenia se apoyó contra un tronco. Había perdido una botella y parte de las galletas. Le quedaban el botiquín, la linterna, algunas provisiones y una rodilla que apenas toleraba el peso. Adrián y Alfredo habían muerto. La certeza llegó entonces, lejos del patio, sin nada que hacer para aplazarla. Adrián ya no daría instrucciones. Alfredo no volvería a bromear.

Nadie entre ellos sabía dónde estaban. Yesenia se deslizó hasta sentarse en el suelo. Alonso se acercó y dejó las bolsas a su lado.

—Descansamos unos minutos.

Ella miró el botiquín. Lo había llevado hasta el campamento pensando que todavía podría ayudarlos.

—No pude hacer nada —dijo.

Alonso se sentó a poca distancia. Tardó en responder.

—Yo tampoco.

Yesenia se cubrió los ojos con una mano. Mariela se acomodó junto a ella y apoyó la cabeza contra su hombro, procurando no tocar el lado lastimado. Permanecieron así hasta que el cielo comenzó a aclarar. Entonces, al otro lado del río, volvió a encenderse un motor.