Capítulo 6 de 25
Los hombres del río
Yesenia dio un paso hacia las voces. Alonso la sujetó del brazo. Ella se soltó.
—Se los llevan.
—Lo escuché.
Mariela estaba doblada junto a un árbol, con una mano sobre la boca. A pocos metros, las luces se movían entre los troncos. Los hombres hablaban con la tranquilidad de quienes ya habían conseguido parte de lo que buscaban. Yesenia distinguió una protesta de Adrián. Después oyó a Alfredo gemir.
—No podemos dejarlos —susurró.
Alonso miró el botiquín que ella llevaba cruzado sobre el cuerpo.
—Y no podemos volver corriendo hacia las armas.
Un haz de luz pasó por encima de sus cabezas. Los tres se agacharon. Desde la vereda, un hombre llamó a otro. La respuesta llegó más lejos, en dirección al río. Estaban buscándolos también a ellos. Yesenia les indicó que avanzaran hacia una depresión del terreno. Había visto unas raíces anchas que podían ocultarlos sin obligarlos a recorrer demasiado. Alonso ayudó a Mariela. La joven caminaba con los labios apretados. Cada vez que apoyaba el pie derecho, se le tensaban los músculos del cuello. Se acomodaron detrás de una raíz cubierta de musgo. La tierra olía a humedad y madera podrida.
Yesenia dejó el botiquín entre sus piernas y contó las bolsas. Una con alimentos. Otra con agua. Una manta. Alonso aún llevaba la herramienta y el teléfono satelital roto. La segunda manta había quedado con Alfredo. Los perseguidores pasaron cerca. Uno llevaba una linterna; el otro arrastraba algo que rozaba las hojas. Yesenia no alcanzó a distinguir si era una cuerda o una correa. Escuchó palabras sueltas. Mulher. Três. Después, otra vez, el apellido. Alonso se quedó tan quieto que Yesenia tuvo que mirarlo para comprobar que respiraba. La luz descendió hacia una huella fresca. El hombre se agachó.
Mariela clavó las uñas en su propia muñeca. Yesenia le cubrió la mano. Desde más arriba silbaron dos veces. El hombre contestó con una frase breve, señaló el suelo a su compañero y ambos se alejaron hacia el campamento. Los silbidos parecían una orden de regreso. Yesenia esperó todavía unos minutos: podían estar reorganizando la búsqueda. Esperaron hasta que el silencio se volvió más estable. Alonso se inclinó hacia Yesenia.
—Necesitamos salir de aquí antes de que amanezca.
Ella miró en dirección a las luces.
—Adrián sabía cómo orientarnos.
—Adrián está preso.
La dureza de la frase la hizo levantar la cabeza. Alonso bajó la voz.
—Yo tampoco quiero dejarlo.
Yesenia se frotó la frente. Le dolía la rodilla, tenía frío dentro de la ropa mojada y sentía una presión persistente en el pecho. Intentó ordenar lo que sabían. El campamento estaba arriba. El río, abajo. Había dos lanchas, un vigilante y hombres armados que conocían el terreno. Ellos no sabían siquiera hacia qué lado quedaba una población.
—Si nos vamos sin mirar, no sabremos qué les hicieron —dijo.
Mariela cerró los ojos.
—No quiero verlo.
Yesenia la observó. La joven tenía barro en el rostro y una pequeña hinchazón en el labio, donde se había mordido para no gritar.
—Quédate aquí —le pidió—. Vamos a acercarnos lo suficiente para ver.
Alonso alzó la cabeza.
—¿Vamos?
—No puedo ayudar a dos heridos sola.
Él tardó un instante en responder.
—De acuerdo.
Dejaron con Mariela casi toda el agua y los alimentos. Yesenia le entregó el silbato que Alfredo había guardado en el equipo al revisar las provisiones.
—Solo úsalo si estás en peligro inmediato.
Mariela lo recibió con ambas manos.
—¿Y si no regresan?
Yesenia se agachó frente a ella.
—Vamos a volver por ti.
La promesa salió antes de que pudiera medirla. Alonso tomó la herramienta. Yesenia lo miró.
—No intentes enfrentarte a nadie con eso.
Él observó la pieza metálica que sostenía.
—No pensaba hacerlo.
La guardó entre el cinturón y el pantalón. Se desplazaron siguiendo la pendiente. Yesenia avanzaba primero. Usaba las manos para comprobar el suelo y evitaba apoyar todo el peso sobre la pierna lastimada. Alonso comenzó a imitar sus movimientos. Cuando una rama se enganchó en su camisa, estuvo a punto de tirar de ella. Yesenia le sujetó la muñeca y deshizo el enganche despacio. Él asintió. No hablaron. La luz del campamento apareció entre dos troncos. Se tendieron detrás de un pequeño montículo. Desde allí podían ver el espacio central. Adrián estaba de rodillas junto a un poste.
Alfredo permanecía sentado en el suelo, con la espalda apoyada en otro. Tenía las manos sujetas delante del cuerpo. La cabeza le caía hacia un lado. Un hombre examinaba el reloj del capitán. Otro abría los bolsillos de su chaqueta. Yesenia apretó los dedos contra la tierra. Estaban vivos. El hombre que hablaba español salió de una construcción. Era alto, llevaba una camisa oscura y tenía una cicatriz junto a la boca. Los otros guardaron silencio al verlo. Se agachó frente a Adrián.
—¿Dónde está Alcaráz?
El capitán levantó la cabeza.
—Necesitamos asistencia médica.
El hombre le dio una bofetada. Alonso se movió. Yesenia lo sujetó por la manga. Adrián tardó unos segundos en enderezarse.
—Mi compañero está herido.
El hombre miró a Alfredo. Después volvió a acercarse al piloto.
—¿Dónde está?
Adrián respiró por la boca.
—No lo sé.
El hombre se incorporó y habló con los demás. Yesenia no entendió la frase, pero reconoció la orden cuando dos se dirigieron hacia la vereda. Continuarían buscando. Alfredo levantó la cabeza.
—Adrián…
El capitán intentó acercarse, pero la cuerda que le sujetaba los brazos lo detuvo. Pidió agua. Uno de los hombres tomó una botella de las provisiones recuperadas junto al avión. Bebió frente a ellos y dejó caer un poco sobre el barro. Yesenia sintió una náusea. Alonso tenía los dientes apretados.
—Puedo negociar —susurró.
Ella se volvió hacia él.
—Ya saben que tienes dinero.
—Entonces querrán mantenerme vivo.
—No sabemos qué harán con nosotros.
Alonso miró de nuevo a los prisioneros. Por un momento pareció dispuesto a levantarse. Luego vio el arma apoyada contra el poste. Se quedó donde estaba. En el cobertizo del fondo había bidones, cajas y rollos de cable. Sobre una mesa descansaban varias radios y una batería conectada a un cargador. Alonso señaló la mesa. Yesenia siguió su mirada. Una radio podía permitirles pedir ayuda. También podía hacer que los descubrieran antes de pronunciar una palabra. El generador vibraba junto a una pared. Un cable atravesaba el patio y subía hasta una lámpara. No parecía un asentamiento improvisado. Había rutas, suministros y vigilancia.
Yesenia buscó algo que les indicara quiénes eran. Vio matrículas sueltas, chalecos de trabajo y un casco amarillo colocado sobre una caja. En otra pared, una tela roja cubría parcialmente un dibujo circular hecho con pintura negra. Frente a ella había velas. Alonso también lo vio. Ninguno dijo nada. El hombre de la cicatriz volvió a hablar con Adrián. Esta vez su tono fue más bajo.
—Tu jefe puede resolver esto.
—Con una transferencia —añadió el hombre—. Los dos pilotos vivos le van a ayudar a entenderlo.
Alonso oyó su propia respiración. El dinero que había imaginado ofrecer ya formaba parte de la amenaza. El piloto lo miró.
—No sé dónde está.
—Tú lo trajiste.
—Aterrizamos de emergencia.
El hombre sonrió apenas.
—Aquí nadie llega por accidente.
Yesenia sintió que la frase no estaba dirigida solo al capitán. Los demás la habían escuchado con atención. Uno bajó la cabeza hacia la tela roja. El jefe volvió a señalar el dibujo. Yesenia distinguió en español las palabras «ofrenda» y «obediencia». Las mezclaba con órdenes sobre combustible, rutas y dinero. El jefe hablaba de ofrendas mientras señalaba los bidones y las radios. Cuando uno de los hombres tardó en inclinar la cabeza, lo miró hasta que obedeció. Otro se tocó el pecho.
El hombre de la cicatriz dio una orden y dos vigilantes levantaron a Adrián. Alfredo intentó incorporarse, pero su pierna cedió. Lo arrastraron unos pasos antes de sostenerlo por los brazos. Los llevaron hacia una construcción larga, separada de las otras. Adrián volvió la cabeza hacia el bosque. Durante un segundo, Yesenia creyó que miraba directamente al lugar donde estaban escondidos. Después la puerta se cerró. Alonso comenzó a retroceder. Yesenia permaneció inmóvil. Necesitaba saber si había una ventana, otra puerta, algún lugar por donde llegar hasta ellos.
La construcción tenía tablas separadas y un techo de lámina. Un hombre colocó una tranca exterior. Otro se sentó cerca con un arma sobre las piernas. Alonso le tocó el hombro. Ella negó. Él acercó la boca a su oído.
—Van a rodear el bosque. Mariela está sola.
Yesenia cerró los ojos un instante. Luego comenzó a moverse. Regresaron por un trayecto ligeramente distinto para evitar la vereda. A mitad del descenso escucharon pasos. Alonso sujetó a Yesenia y ambos se agacharon detrás de un tronco. Una luz pasó sobre sus espaldas. El hombre se detuvo tan cerca que ella oyó el roce de su ropa. La rodilla empezó a temblarle. Intentó cambiar de postura. Una ramita se quebró bajo su mano. La linterna giró. Alonso la atrajo hacia el hueco de una raíz y se quedó sobre ella, protegiendo el espacio visible con su cuerpo. Yesenia contuvo el aire.
La luz recorrió el tronco. Un insecto grande salió de la corteza y voló hacia el hombre. Él maldijo, agitó la mano y retrocedió. Desde la vereda lo llamaron. Se marchó. Alonso tardó en apartarse. Tenía una raspadura nueva en el cuello.
—¿Puedes caminar? —preguntó apenas.
Yesenia asintió. Mariela estaba donde la habían dejado. Al verlos, se levantó tan deprisa que tuvo que apoyarse en Alonso.
—Escuché gente.
—También nosotros —respondió él.
Yesenia se sentó y bebió un sorbo. Mariela miró hacia arriba.
—¿Los encontraron?
—Están vivos —dijo Yesenia.
La joven se cubrió el rostro. Alonso dejó la herramienta en el suelo.
—Los tienen encerrados.
—¿Podemos sacarlos?
Yesenia pensó en la tranca, el vigilante y el arma.
—Ahora no.
La respuesta le pesó al pronunciarla. Desde el campamento llegó el ruido de metal que habían oído antes. Tres golpes. Una pausa. Otros tres. Después comenzaron las voces. No era una conversación. Varias personas repetían una frase al mismo tiempo, con un ritmo lento que atravesaba la vegetación. Alonso miró a Yesenia. Ella recordó las velas, la tela roja y la manera en que los hombres habían recibido las palabras del jefe. La puerta de la construcción se abrió con un golpe lejano. Adrián gritó algo. Los tres se quedaron inmóviles. El canto aumentó.
Y, entre aquellas voces, Yesenia escuchó con claridad la del hombre de la cicatriz:
—Primero los que cayeron del cielo.