Capítulo 5 de 25

Las luces entre los árboles

Adrián sujetó a Yesenia por el codo antes de que pudiera acercarse más. Desde la elevación, el resplandor apenas permitía distinguir tres construcciones y un espacio despejado entre ellas. Una lámpara colgaba bajo un techo de lámina. Más lejos ardía una fogata. Un motor comenzó a zumbar. La luz eléctrica aumentó de intensidad. Yesenia reconoció el sonido de un generador y sintió otra vez aquella esperanza peligrosa: si tenían combustible, herramientas y comunicación, quizá también podían sacarlos de allí. Entonces vio al hombre de la silla. Estaba junto a uno de los postes, inclinado hacia delante. Sus brazos parecían sujetos detrás del respaldo.

Otra persona se acercó y le levantó la cabeza tirándole del cabello. Adrián hizo retroceder a Yesenia. Bajaron sin hablar. Alonso esperaba de pie.

—¿Qué hay?

El capitán se agachó junto a Alfredo.

—Un campamento. No vamos a acercarnos.

—¿Por qué?

—Hay una persona atada.

Mariela alzó la cabeza.

—¿Cómo que atada?

Adrián miró las bolsas.

—Recogemos todo. Despacio. Sin luces.

Alonso volvió los ojos hacia el resplandor.

—Pueden ser vigilantes. Gente protegiendo algo.

—Están protegiendo algo —respondió el piloto—. Eso ya lo vimos.

Yesenia dobló la manta con movimientos rápidos. Guardó los alimentos y comprobó que el botiquín siguiera cerrado. Alfredo trató de incorporarse. Esta vez no consiguió hacerlo solo. Antes de avanzar, Adrián les pidió que revisaran los teléfonos.

—Apáguenlos. Si una pantalla se enciende mientras caminamos, pueden verla.

Alonso metió el suyo en un bolsillo. Mariela lo sostuvo unos segundos más.

—Tengo que mandar un mensaje.

—No hay señal —dijo él.

—Ya sé.

La joven miraba una conversación abierta. Yesenia alcanzó a distinguir una fotografía familiar antes de que Mariela apagara el aparato. Alfredo llevaba el teléfono en el bolsillo delantero del pantalón. Lo sacó con la mano sana.

—Mi esposa debe estar llamándome —murmuró.

Adrián bajó la mirada un instante. Después acomodó el brazo sano de su compañero sobre sus hombros.

—Vamos.

La oscuridad les obligaba a moverse casi a tientas. Yesenia caminaba delante de Mariela, apartando las ramas más bajas y avisándole de las raíces. Alonso llevaba el agua, la herramienta y una de las mantas. El capitán avanzaba al final, sosteniendo a Alfredo. Buscaron un terreno que descendiera hacia el lado opuesto del campamento. No habían recorrido cien metros cuando una claridad pasó sobre las hojas. Los cinco se detuvieron. Era una linterna. Alguien caminaba por una vereda situada más abajo. Adrián les indicó que se agacharan.

El hombre llevaba una radio encendida. Hablaba en portugués, pero Yesenia distinguió una palabra que ya había escuchado aquella noche. Alcaráz. Alonso también la reconoció. Se quedó inmóvil, con una botella apretada contra el pecho. La respuesta de la radio llegó acompañada de interferencias. El hombre rio y continuó por la vereda. Esperaron. Cuando se alejó, Alonso acercó la boca al oído de Adrián.

—Ya saben quién soy.

—Encontraron sus documentos.

—Entonces nos van a buscar.

El capitán miró la oscuridad por donde había desaparecido la luz.

—Sí.

El barro se volvió más profundo al pie de la elevación. Mariela resbaló y metió una pierna hasta media pantorrilla. Trató de sacarla apoyándose en Yesenia, que sintió una punzada en la rodilla. Alonso dejó las bolsas y sujetó a Mariela por debajo de los brazos. Entre ambos consiguieron liberarla. Antes de abandonar la elevación, Yesenia le había envuelto los pies con dos tiras del forro de una manta. Los tacones habían quedado atrás. La tela protegía apenas de las raspaduras, y el barro ya estaba aflojando los nudos. Uno de sus zapatos improvisados —un trozo de tela sujeto alrededor del pie— quedó hundido.

—No puedo —dijo ella.

Tenía la respiración entrecortada.

—Podemos rodearlo —respondió Yesenia.

—No hablo del barro.

La joven se cubrió la boca. Alonso recogió las bolsas sin mirarla. Adrián se acercó con Alfredo. El copiloto estaba sudando y apenas levantaba los pies. No podían seguir mucho más. Encontraron unos troncos caídos sobre una franja algo más firme y se acomodaron detrás. Desde allí aún llegaba el zumbido del generador. Yesenia abrió el botiquín mientras Adrián revisaba a Alfredo. El copiloto tenía el rostro ceniciento. Cada intento de acomodar el hombro le arrancaba un gesto de dolor.

—¿Se te duermen los dedos? —preguntó el capitán.

—A ratos.

Adrián examinó la mano y comprobó que pudiera moverla. Yesenia sostenía la linterna dentro de una manta para ocultar la luz. Alfredo la miró.

—Esto no estaba en el contrato.

Ella intentó sonreír.

—El mío tampoco lo mencionaba.

La broma duró poco. Adrián volvió a cubrirlo.

—Necesitamos ayuda médica.

Alonso levantó la cabeza.

—Ahí tienen gente.

El capitán cerró el botiquín.

—También tienen a un hombre amarrado.

—Y una radio. Podemos ofrecerles dinero.

Yesenia dejó la linterna.

—Todavía no nos han visto. Podemos seguir buscando otra salida.

Alonso se pasó una mano por el rostro.

—¿Buscando dónde?

Se quedaron quietos para escuchar; ninguno sabía qué dirección proponer. La selva producía tantos sonidos que resultaba difícil separar unos de otros. Había insectos, agua y animales moviéndose entre la vegetación. A intervalos llegaban voces del campamento. Después oyeron una frase en español.

—Mañana lo bajamos al río.

Un hombre respondió algo en portugués. La conversación se acercaba. Adrián apagó la linterna. Yesenia sintió a Mariela sujetarle la manga. Dos hombres pasaron por la vereda con un bidón entre ambos. Uno llevaba una pistola en la cintura. El otro arrastraba una cadena que golpeaba las piedras. Alfredo cerró los ojos. Yesenia le apoyó la mano sobre la pierna. Los hombres continuaron hablando hasta que sus voces se confundieron con el generador. Adrián esperó varios minutos antes de moverse.

—Voy a ver la vereda. Quizá nos lleve al río.

—Voy contigo —dijo Yesenia.

—Necesito que te quedes con Alfredo.

Ella miró al copiloto y asintió. Alonso se levantó.

—Yo voy.

El capitán vaciló.

—No se separa de mí. Si le digo que se agache, se agacha.

—Entendido.

Se alejaron sin encender ninguna luz. Yesenia acomodó la manta sobre Alfredo. Mariela se abrazó las rodillas.

—¿Tú tienes hijos? —preguntó de pronto.

Yesenia la miró.

—Uno.

—¿Cuántos años?

—Seis meses.

Mariela dejó caer las manos. Durante un momento pareció querer decir algo que no encontró cómo expresar.

—¿Con quién está?

—Con mi mamá.

La joven asintió despacio. Después se quitó una pulsera de cuentas doradas que se le había enganchado varias veces en las ramas y la guardó en el bolsillo.

—Van a volver —murmuró.

Yesenia no supo si hablaba de Adrián y Alonso o de todos ellos. Los hombres regresaron con barro en las rodillas. Adrián se agachó junto al grupo.

—La vereda baja hacia un embarcadero. Hay dos lanchas.

Alonso miró el agua que les quedaba.

—Una tiene motor.

—Y un hombre vigilando —añadió el capitán.

Yesenia observó el rostro del heredero. Algo había cambiado durante aquellos minutos.

—¿Qué más vieron?

Adrián tardó en contestar.

—Un cobertizo con bidones y cajas. Algunas tienen etiquetas de combustible. Hay armas.

Alonso tragó saliva.

—El hombre de la silla sigue ahí.

Mariela se cubrió los brazos.

—¿Estaba vivo?

—Sí —respondió él.

Había querido hablar con aquellas personas. Ahora evitaba mirar hacia las luces. Adrián trazó con el dedo una línea sobre la tierra.

—El río está aquí. El campamento, más arriba. Podemos intentar rodearlo por el otro lado.

Alfredo escuchaba con los ojos cerrados.

—No voy a llegar.

El capitán interrumpió el dibujo.

—Vamos a ayudarte.

—Adrián.

La manera en que pronunció su nombre hizo callar a todos.

—Necesito parar.

El piloto apoyó una mano en su espalda. Llevaban años volando juntos. Yesenia lo había advertido desde el hangar: las bromas, la forma de anticipar lo que el otro necesitaba, la confianza con que trabajaban. Ahora Adrián lo miraba sin saber qué ofrecerle.

—Descansamos un poco —decidió.

Yesenia bebió un sorbo y pasó la botella a Mariela. El agua estaba tibia. Alonso se sentó enfrente y contempló la bolsa donde ella guardaba los alimentos.

—¿Cuánto queda?

Yesenia se lo dijo. Él hizo cuentas en silencio. Después sacó del bolsillo un encendedor.

—Lo encontré en mi maleta.

Se lo entregó. Yesenia lo comprobó sin producir llama y lo guardó en el equipo.

—Puede servir.

Alonso aceptó. Durante unos segundos pareció dispuesto a decir algo más. Un grito del campamento lo interrumpió. Fue breve, seguido por un golpe y una voz que dio una orden. Mariela empezó a respirar demasiado rápido. Yesenia se acercó.

—Mírame.

La joven negó.

—Ya sé lo que me vas a decir.

—Entonces hazlo conmigo.

Respiraron juntas hasta que Mariela consiguió soltar el aire sin temblar. Alonso las observó. No intervino. Cuando Adrián decidió que debían continuar, Alfredo intentó levantarse y cayó contra el tronco. La madera hizo un ruido seco. Todos miraron hacia la vereda. Por un instante no ocurrió nada. Luego se oyó un silbido. Una linterna se encendió entre los árboles. Adrián sujetó a Alfredo.

—Muévanse.

Yesenia recogió el botiquín. Alonso tomó las bolsas y Mariela avanzó detrás de ella. La luz comenzó a recorrer el terreno. Una voz gritó. Esta vez no ofrecía ayuda. Alfredo tropezó. Adrián consiguió sostenerlo, pero quedaron rezagados. Yesenia se volvió. El capitán le hizo una seña urgente.

—Sigue. Llévalos abajo.

Ella vaciló. Un disparo arrancó corteza del tronco que acababan de dejar. Alonso sujetó a Mariela por la cintura. Yesenia buscó con la mirada un paso entre los árboles y los condujo hacia él. Detrás escuchó a Adrián gritar:

—¡Estamos heridos! ¡No disparen!

Otra voz respondió una orden incomprensible. Después llegó el sonido de un golpe. Yesenia se detuvo. Desde donde estaba ya no podía ver al capitán ni al copiloto. Solo alcanzó a oír a Alfredo pronunciar el nombre de su compañero. Y enseguida, una voz en español:

—A esos dos, llévenlos al campamento.