Capítulo 4 de 25
Abandonar el refugio
Adrián bajó la mano lentamente. Nadie se movió. Desde el claro, el haz de una linterna recorrió el barro, se detuvo en una botella vacía y avanzó hacia los árboles. Yesenia sintió el impulso de agacharse, pero temió que el movimiento de las hojas delatara su posición. El hombre armado dijo algo. Una segunda voz respondió desde el avión. Alonso se inclinó hacia el capitán.
—Pueden ayudarnos.
Adrián acercó los labios a su oído.
—Todavía no sabemos quiénes son.
La luz pasó por encima del grupo. Mariela se aferró a la manga de Alonso; Alfredo apretó la mandíbula para contener un quejido cuando cambió el peso de su cuerpo. Yesenia podía escuchar su propia respiración. Los hombres se acercaron a la maleta negra que habían dejado junto a una raíz. Uno la abrió, alumbró su interior y sacó una camisa. Después encontró la carpeta de Alonso. Pronunció el apellido. Alcaráz. La manera en que el otro hombre levantó la cabeza hizo que Yesenia mirara al heredero. Él también había oído. La tercera persona apareció desde el río.
Llevaba una gorra oscura, botas altas y un arma colgada del hombro. Habló con los otros mientras revisaba el equipaje. De su cinturón pendía una radio; al activarla, una voz respondió con claridad. Había comunicación. Yesenia sintió una esperanza tan brusca que casi le dolió. Bastaba acercarse. Pedir que avisaran. Decirles que había un herido, que necesitaban un hospital, que en México un niño esperaba a su madre. Entonces el recién llegado ordenó algo. El hombre que sostenía la carpeta arrancó una hoja y se la guardó en el bolsillo. Los tres rieron.
Adrián comenzó a retroceder, un paso apenas, y les indicó que lo siguieran. Alonso no se movió.
—Tienen radio —susurró.
El capitán señaló el arma.
—Y están buscando nuestras huellas.
—Quizá quieren encontrarnos.
Adrián sostuvo su mirada.
—Voy a sacar a mi tripulación de aquí. Venga con nosotros.
Por primera vez, Alonso no respondió. Se internaron entre los árboles con la lentitud que les permitía Alfredo. Adrián lo sujetaba por el lado sano. Yesenia caminaba detrás de ellos, con el botiquín cruzado sobre el cuerpo y una bolsa de alimentos en la mano. Alonso llevaba el agua y las mantas; Mariela avanzaba a su lado, intentando no llorar. La oscuridad había cambiado el bosque. Donde unas horas antes distinguían troncos, raíces y espacios para pasar, ahora solo veían formas superpuestas. Yesenia colocaba cada pie con cuidado, tanteando el suelo antes de apoyar la rodilla lastimada. Detrás llegó un silbido. Los cinco se detuvieron.
Una voz llamó desde el claro, primero en portugués y después en un español áspero:
—¡Avión! ¡Ayuda!
Mariela levantó la cabeza. Adrián le tocó el hombro. La voz volvió a llamar.
—¡Tenemos radio! ¡Vengan!
Yesenia apretó la bolsa. Alfredo acercó la boca al oído del capitán.
—Podría ser cierto.
Adrián observó entre las hojas. Apenas se alcanzaba a ver una luz.
—Podría.
Siguieron caminando. No habían avanzado mucho cuando escucharon un disparo. Mariela se agachó con un grito ahogado. Alonso la sostuvo antes de que cayera. Un segundo disparo cortó el aire. Esta vez llegó acompañado de una carcajada. Adrián los condujo hacia una hondonada cubierta de helechos. Se acomodaron detrás de un tronco caído y esperaron. Yesenia tenía barro hasta los tobillos. Una hormiga grande le caminó sobre la muñeca. La apartó despacio. Las voces comenzaron a alejarse del avión. El ruido de una rama quebrada les indicó que alguien había entrado en el bosque. Alonso volvió la cara hacia el capitán.
La pregunta ya no apareció. La linterna pasó a pocos metros. Yesenia distinguió unas botas entre los helechos. El hombre se detuvo, orientó la luz hacia el suelo y murmuró algo por la radio. Una voz le respondió. Él avanzó otros dos pasos. Alfredo temblaba contra el hombro de Adrián. El esfuerzo de mantenerse encogido le había acentuado el dolor, y su respiración se volvió corta. Yesenia extendió una mano y la apoyó suavemente sobre su brazo sano. El copiloto la miró. Ella respiró despacio para que la siguiera. Una vez. Otra. El hombre alumbró el tronco.
La luz tocó las hojas detrás de las cuales estaba Mariela. Yesenia sintió que la joven iba a moverse. Alonso le cubrió la mano con la suya. Entonces alguien gritó desde el río. El hombre se volvió, respondió con fastidio y se alejó. Esperaron hasta que dejaron de oír sus pasos.
—Hay que continuar —susurró Adrián.
Alfredo intentó levantarse y perdió el equilibrio. El capitán lo sostuvo, pero ambos terminaron de rodillas. Yesenia ayudó desde el otro lado.
—Estoy bien —dijo el copiloto.
Tenía la frente mojada. Adrián le tocó la nuca y después lo miró a los ojos.
—Necesitamos detenernos pronto.
—Entonces nos detenemos —respondió Alonso.
Desde el claro llegó otro grito. Adrián negó.
—Un poco más lejos.
Mariela se había quitado los tacones. Caminaba con los zapatos en una mano y los pies desnudos sobre el barro. Yesenia señaló uno de ellos.
—Va a lastimarse más.
—No puedo seguir con esto.
La sobrecargo miró alrededor, buscando una solución que no encontraba. Alonso dejó las bolsas en el suelo y se agachó.
—Sube.
Mariela lo miró.
—¿Qué?
—Te cargo un tramo.
Ella se sujetó a sus hombros. Alonso consiguió ponerse de pie, pero el peso lo hizo inclinarse. Dio varios pasos inseguros antes de encontrar el equilibrio. Yesenia recogió parte del agua. No dijo nada. Atravesaron un terreno donde las raíces formaban escalones oscuros. Adrián eligió una dirección que los apartara del motor y de las voces, procurando no perder de vista el desnivel hacia el río. Yesenia recordó una instrucción de sus cursos: permanecer cerca de la aeronave facilitaba la localización. Estaban haciendo lo contrario. Miró al capitán. Él pareció comprenderla.
El río corría por debajo de la elevación. Habían seguido primero su ribera para alejarse del claro y luego una pendiente lateral; el campamento quedaba río abajo, oculto detrás del mismo relieve. El fuego del avión y el ruido de la lluvia les habían impedido advertirlo antes.
—En cuanto podamos, dejaremos señales —murmuró.
Ella aceptó. Detrás de ellos quedaban los restos del avión, la posibilidad de un transmisor todavía activo y cualquier oportunidad de ser vistos desde el aire. Delante no sabían qué había. Adrián avanzó. Yesenia lo siguió. Encontraron una pequeña elevación protegida por árboles de raíces anchas. El suelo estaba menos encharcado y desde allí podían escuchar el río, aunque no verlo. Adrián examinó el espacio con la linterna, cubriendo parte del haz con los dedos para reducir la luz. No era seguro. Era lo que tenían.
Ayudaron a Alfredo a sentarse. Mariela se dejó caer junto a una raíz y comenzó a llorar sin hacer ruido. Alonso apoyó las manos en las rodillas. Había llevado a Mariela durante menos de diez minutos y respiraba como si hubiera corrido. Yesenia distribuyó pequeños sorbos de agua. Cuando le entregó una botella, él bebió demasiado deprisa.
—Despacio —le dijo.
Alonso bajó la botella. Miró cuánto quedaba y se la devolvió. Adrián revisó de nuevo al copiloto. La hinchazón del hombro había aumentado. Alfredo podía responder con claridad, pero estaba exhausto y no conseguía acomodarse sin dolor.
—No voy a poder cargar nada —admitió.
—No te lo estamos pidiendo.
El capitán le colocó una manta alrededor del cuerpo. Yesenia buscó en el botiquín y le acercó el material que necesitaba. Sus movimientos profesionales le daban algo a lo que aferrarse: abrir, comprobar, entregar, guardar. Mientras tuviera una tarea, podía evitar pensar en Mateo. Luego el pecho volvió a dolerle. Se cruzó de brazos. Adrián levantó la mirada.
—¿Qué necesitas?
Ella vaciló. Alonso estaba sentado cerca.
—Un poco de privacidad.
El capitán asintió y le indicó un espacio detrás de una raíz, a unos pasos.
—Te esperamos aquí.
Cuando regresó, Mariela tenía la cabeza apoyada en las rodillas. Alonso miraba el teléfono satelital roto. Había intentado encenderlo otra vez. Yesenia se sentó junto a una de las bolsas y abrió una barra de cereal. La dividió en dos antes de comer. Alonso observó el pequeño trozo que ella guardaba.
—Puede tomar una completa.
—Necesitamos que duren.
Él miró los paquetes.
—Mañana nos encontrarán.
Yesenia no contestó.
—Van a buscar el avión —insistió.
Ella levantó la vista.
—Nosotros ya no estamos en él.
La frase quedó entre ambos. Alonso apartó el teléfono.
—No teníamos elección.
—Ya lo sé.
Yesenia mordió la barra. Estaba reseca y le costó tragarla. Él parecía querer añadir algo, pero terminó apoyándose contra el tronco. Se turnaron para vigilar. Adrián tomó el primer turno y pidió a Yesenia que intentara descansar. Ella extendió parte de una manta sobre el suelo y se acomodó con cuidado, protegiendo la rodilla. No pudo cerrar los ojos mucho tiempo. Cada ruido le hacía levantar la cabeza. Una caída de agua. El roce de algo entre las hojas. Un chillido lejano que no supo reconocer. Alonso tampoco dormía.
Estaba a poca distancia, con Mariela recostada contra él. Su camisa blanca se había vuelto gris en los puños y tenía una mancha de sangre seca bajo la ceja.
—¿Cuánto tiempo trabajó en la aerolínea? —preguntó en voz baja.
Yesenia tardó en responder.
—Poco.
—Adrián confía en usted.
Ella miró al capitán, que permanecía atento a la oscuridad.
—Estoy haciendo mi trabajo.
Alonso bajó los ojos. Quizá recordaba su conversación de la mañana. Yesenia no quiso aliviarle aquella incomodidad. Se acomodó de espaldas a él. El sonido apareció cerca de medianoche. Tres golpes metálicos. Una pausa. Después otros tres. Adrián se incorporó. Yesenia también los había oído. Llegaban del otro lado de la elevación, lejos del avión. Alfredo abrió los ojos.
—¿Qué es eso?
Un resplandor anaranjado comenzó a filtrarse entre los troncos. Parecía demasiado estable para ser un relámpago, demasiado bajo para venir del cielo. Adrián avanzó unos pasos y se agachó detrás de una raíz. Yesenia llegó a su lado. Desde allí distinguieron luces. Varias. Y, sobre una franja oscura de terreno, la silueta de un techo. Había construcciones en medio de la selva. Entonces una voz gritó desde aquel lugar. Otra le respondió. Yesenia miró al capitán. Él retrocedió sin apartar los ojos de las luces. Habían abandonado el avión para alejarse de los hombres del río.
Ahora comprendían que habían caminado hacia donde vivían.