Capítulo 3 de 25
La tierra que no debía estar allí
Yesenia pasó el pulgar sobre la fotografía de Mateo. La grieta de la pantalla atravesaba la manta del niño, pero le dejaba intacto el rostro. Durante unos segundos se quedó mirando aquella pequeña boca entreabierta, intentando recordar el sonido de su respiración. Después cerró la imagen. La batería marcaba cuarenta y tres por ciento. Apagó el teléfono para conservarla. A unos metros, Adrián examinaba el avión. El fuego seguía concentrado cerca del ala derecha, donde un hilo oscuro humedecía la tierra. Cada vez que una ráfaga movía las hojas, las llamas se inclinaban hacia el fuselaje.
—Nadie se acerca por ese lado —dijo.
Alonso levantó la cabeza.
—Mis cosas están adentro.
El capitán lo miró.
—Hay una fuga de combustible.
—Mi teléfono satelital está en el equipaje.
Adrián cambió de expresión.
—¿En qué maleta?
Alonso señaló hacia la parte posterior.
—Una negra. Compartimento principal.
El capitán contempló la distancia entre la salida y el fuego. Yesenia se puso de pie.
—Yo sé dónde quedó el equipaje de mano.
—Te lastimaste la rodilla —respondió él.
—Puedo caminar.
Alfredo intentó mover el brazo y soltó un gemido. Adrián tomó una decisión.
—Vienes conmigo. Solo alcanzamos ese compartimento desde la salida de emergencia. Si el humo entra en la cabina, salimos sin recoger nada más.
Alonso avanzó detrás de ellos.
—Yo también.
—Usted se queda aquí.
—Es mi avión.
Adrián dio media vuelta.
—Y hace cinco minutos estaba tratando de sacarlo vivo de él.
—Quédese aquí.
Alonso se detuvo. El calor se notaba antes de llegar al fuselaje. Yesenia apoyó una mano en el borde de la salida y subió con ayuda de Adrián. Dentro, el olor a combustible era más intenso. Un crujido llegó desde la zona de la cocina. La cabina parecía mucho más pequeña. Los asientos se habían desplazado sobre sus anclajes. Había fragmentos de plástico en el suelo, una botella rota y una cortina arrancada que cubría parte del pasillo. Yesenia señaló el compartimento. Adrián retiró dos bolsos y encontró la maleta negra.
—¿Algo más indispensable?
Ella miró la cocina.
—Agua.
En segundos sacaron las botellas que permanecían en un armario bajo. Yesenia metió en una bolsa varias barras de cereal, paquetes de galletas y dos mantas. Adrián recogió una linterna y el equipo que había quedado cerca de la cabina de mando. Un hilo de humo comenzó a entrar por una rendija del suelo.
—Salimos.
Adrián no intentó llegar al transmisor fijo: estaba en la sección posterior, al otro lado del humo. Miró la base de la antena exterior, arrancada durante el impacto. Podía haberse emitido una señal antes de romperse, pero no tenían forma de comprobarlo. Yesenia se volvió por última vez. Su bolso estaba bajo el asiento de servicio. Dentro tenía documentos, un cambio de ropa y el pequeño extractor de leche que había comprado en abonos. Dio un paso hacia él. Adrián la sujetó del antebrazo.
—Ahora.
Ella obedeció. Bajaron y caminaron deprisa. No llegaron a recorrer veinte metros cuando algo reventó detrás de ellos. Mariela gritó. Una llamarada se elevó junto al ala y alcanzó las ventanas del costado. El ruido de metal que cedía los obligó a retroceder hasta los árboles. Yesenia cayó sobre la pierna sana. Desde el suelo vio cómo el fuego entraba en el lugar donde, una hora antes, había servido vino. Alonso abrió la maleta con movimientos torpes. Apartó camisas, un estuche de reloj y una caja que Mariela intentó recoger.
—Déjalo —le dijo.
Encontró el teléfono satelital entre una carpeta y una bolsa de cables. Lo encendió. Mariela se sentó en el suelo mientras él examinaba el aparato. Al girar el cuerpo para acomodarse llevó una mano al costado y respiró con cuidado. Yesenia lo advirtió, pero Mariela insistió en que era un golpe. La lluvia y el estado de Alfredo los obligaron a repartir la atención entre todos. Todos se acercaron. La pantalla permaneció negra. Alonso volvió a presionar el botón.
—Tiene batería. Lo cargaron ayer.
Quitó la funda. Una esquina del aparato estaba hundida y la carcasa se había abierto cerca de la batería. Adrián lo tomó, revisó el daño y se lo devolvió sin hacer promesas.
—Podemos volver a intentarlo después. Ahora hay que reunir lo que tenemos.
Alonso miró el teléfono. Yesenia reconoció la impotencia de quien espera que un objeto obedezca porque siempre ha obedecido. Esta vez no lo hizo. Extendieron una manta sobre una zona de tierra menos húmeda. Habían recuperado once botellas de agua, nueve barras de cereal, cinco paquetes pequeños de galletas, dos mantas, una linterna, el botiquín y una herramienta del equipo de emergencia. Alfredo encontró también un silbato en su chaleco. Mariela contempló los alimentos.
—Eso no alcanza.
Nadie respondió. Adrián separó una botella para limpiar las heridas que todavía tenían barro.
—Vamos a distribuirlo. No sabemos cuánto tardarán en localizarnos.
—Mi gente ya debe estar buscándome —dijo Alonso.
—Eso espero.
—No, no lo espera. Es un hecho. Tenía una reunión esta tarde.
El capitán cerró el botiquín.
—Entonces alguien notará nuestra ausencia pronto.
Alonso pareció aferrarse a esa frase. Yesenia se sentó junto a la manta. La rodilla había empezado a hincharse y sentía el hombro endurecido. Cuando intentó acomodarse la chaqueta, una punzada le atravesó el pecho. Bajó la mirada. Habían pasado demasiadas horas desde la última extracción. Se volvió hacia los árboles y apretó los labios. Mariela la observó.
—¿Estás sangrando?
—No.
Yesenia se cruzó de brazos.
—Necesito unos minutos.
Adrián señaló una zona resguardada por hojas anchas.
—No te alejes. Alfredo, quédate donde puedas verla.
El sonido del avión quemándose llegaba entre los árboles. Yesenia se acomodó detrás de la vegetación, a poca distancia de los demás. Intentó aliviar la presión como había aprendido, con cuidado y usando lo poco que tenía disponible. Le dolía. Más que eso, le dolía pensar en la leche perdida, en el niño que esa mañana habría buscado su pecho al despertar. Su madre tendría reservas para un tiempo. Después encontraría una manera. Siempre la encontraba. Yesenia apoyó la frente en su antebrazo. Quiso llorar, pero escuchó movimiento cerca y se enderezó.
—¿Todo bien? —preguntó Alfredo desde el otro lado de las hojas.
—Sí.
—No tienes que decir que sí a todo.
Ella soltó una risa breve, sin alegría.
—Entonces no.
El copiloto permaneció en silencio. Eso le permitió respirar. Cuando regresó, Alonso estaba discutiendo con Adrián.
—Podemos caminar hasta encontrar señal.
—Sin saber dónde estamos, alejarnos ahora puede complicar el rescate.
—¿Y quiere que pasemos la noche mirando cómo arde el avión?
—Quiero que tomemos decisiones útiles.
Mariela se había sentado sobre la maleta. Tenía los pies manchados de barro y los zapatos de tacón junto a ella.
—Yo no puedo caminar así.
Yesenia miró sus pies. Una cortadura fina le cruzaba el talón. Abrió el botiquín y buscó una gasa. Mariela retiró la pierna al principio.
—Me va a arder.
—Probablemente.
La joven vaciló y después se dejó atender. Alonso dejó de hablar. Yesenia limpió la herida, la cubrió y examinó los zapatos.
—Necesitamos encontrar algo más cómodo en su equipaje.
—Hay unos tenis —respondió Mariela—. En el avión.
Ninguno miró hacia el fuego. La lluvia comenzó poco después. Primero fueron gotas separadas, pesadas, que dejaban círculos oscuros sobre la manta. Luego el agua cayó con tanta fuerza que tuvieron que guardar los alimentos y buscar resguardo. Se acomodaron bajo una agrupación de árboles, sin alejarse demasiado del claro. Las hojas reducían parte de la lluvia, aunque pronto todos estaban empapados. El incendio perdió intensidad. Un vapor gris se levantó del fuselaje. Adrián observaba el cielo entre las ramas. Alfredo, sentado junto a él, temblaba pese al calor. Yesenia lo notó.
—Capitán.
Adrián se agachó frente al copiloto.
—¿Mareo?
—Un poco.
Le revisó la venda y le pidió que describiera el dolor. Alfredo contestó con precisión, pero su rostro había adquirido una palidez que preocupó a Yesenia. Mariela se pegó al costado de Alonso. Él la rodeó con un brazo mientras miraba el agua correr sobre sus zapatos. Por primera vez desde que lo conocía, Yesenia lo vio sin nada que lo distinguiera del resto: estaba mojado, tenía miedo y no sabía qué hacer. Aun así, cuando sus miradas se encontraron, ella recordó lo que había oído junto a la cabina. Hay estándares. Apartó los ojos. La lluvia disminuyó antes de que oscureciera.
Adrián y Yesenia regresaron hasta el borde del claro. El avión había quedado ennegrecido de un lado. Una sección del techo se había hundido y seguían saliendo pequeñas columnas de humo. No podían utilizarlo como refugio. El capitán buscó un lugar donde dejar una señal visible desde el aire. Con ayuda de Yesenia dispuso varias piezas claras recuperadas alrededor del sitio de aterrizaje. Mientras él acomodaba la última, ella vio algo junto al barro. Una huella. Se agachó. Tenía el dibujo rectangular de una suela.
—Capitán.
Adrián se acercó. La pisada estaba lejos de las que ellos habían dejado y apuntaba hacia el río. Encontraron otra. Después, entre dos árboles, apareció una rama cortada limpiamente. Adrián levantó la vista.
—No nos separamos.
Regresaron con los demás. Alonso escuchó la noticia y se puso de pie.
—Entonces hay gente.
—Puede haberla —respondió el capitán.
—Vamos a buscarlos.
Yesenia miró hacia el lugar de las huellas. No había visto casas, humo de cocina ni una embarcación. Solo aquel corte reciente y marcas que desaparecían entre la vegetación. Adrián pidió esperar hasta tener más luz. Alonso abrió la boca para protestar. Entonces llegó un ruido desde el río. Un motor pequeño. Todos se quedaron quietos. El sonido se acercó, disminuyó y finalmente se apagó. Mariela comenzó a levantarse.
—¡Aquí! —alcanzó a decir.
Adrián alzó una mano. Algo en su expresión la hizo callar. Desde el claro se escucharon voces. Yesenia no entendió las palabras. Distinguió, en cambio, el golpe seco de una puerta metálica y una carcajada breve. Después aparecieron dos haces de luz junto al avión. Los hombres no llamaron a posibles sobrevivientes. Uno iluminó las huellas en el barro. El otro levantó un arma y señaló hacia los árboles donde se habían refugiado.