Capítulo 2 de 25
Un cielo sin coordenadas
Alfredo volvió a llamar. Pronunció el identificador del avión, informó de los problemas de navegación y solicitó confirmación de posición. Esperó con el auricular presionado contra la oreja. La estática llenó la cabina. Adrián mantenía ambas manos cerca de los controles. Frente a ellos, las nubes habían cerrado el horizonte, y la lluvia resbalaba sobre el parabrisas en líneas rápidas.
—Prueba en la frecuencia de emergencia.
Alfredo obedeció. Esta vez creyó escuchar una voz. Duró apenas un segundo, demasiado poco para entenderla.
—Tenemos recepción intermitente.
Adrián miró los instrumentos. La avería eléctrica había inutilizado parte de la navegación y degradado las comunicaciones. Conservaban instrumentos de vuelo independientes para mantener la aeronave bajo control, pero no una posición fiable. Desde el último punto confirmado habían cambiado de rumbo para evitar las tormentas y buscar el alterno; ahora la lluvia les impedía reconocer el terreno. Habían pasado más de cuarenta minutos entre los desvíos por mal tiempo y los intentos de alcanzar el alterno. Con cada corrección de rumbo disminuía el margen de combustible que les permitiría llegar a una pista. El combustible restante ya no les permitía seguir buscando indefinidamente.
—Debimos regresar cuando apareció la primera falla —dijo Alfredo.
Adrián no contestó inmediatamente. Habían intentado alcanzar el aeropuerto alterno, pero las comunicaciones se deterioraron durante la maniobra y las indicaciones de posición comenzaron a contradecirse. Ahora necesitaban tierra donde aterrizar.
—Sigue llamando.
Alfredo repitió el aviso de emergencia y la última posición que podían confirmar. Adrián había seleccionado el código de emergencia del transpondedor antes de que también ese equipo comenzara a fallar. Ninguno sabía cuánto de la transmisión había llegado a tierra. Yesenia tenía los dedos enlazados sobre el regazo. Desde su asiento veía a Mariela, que apretaba el cinturón con ambas manos. Alonso observaba la puerta de la cabina de mando, impaciente.
—Esto ya duró bastante —dijo.
Una vibración recorrió el suelo. Yesenia reconoció el impulso de levantarse para revisar otra vez los compartimentos, pero permaneció asegurada. Había terminado de comprobarlos. Moverse ahora solo aumentaría el riesgo.
—¿Es normal? —preguntó Mariela.
—Estamos atravesando una zona de mal tiempo.
—Eso ya lo sé. Te pregunto si es normal que suene así.
Yesenia escuchó. Además de la lluvia, había un ruido grave, irregular, que parecía llegar desde atrás.
—Voy a solicitar información —respondió.
Tomó el interfono. Adrián contestó con una sola palabra:
—Dime.
—Cabina asegurada. Los pasajeros necesitan saber qué ocurre.
—Tenemos dificultades técnicas y estamos buscando un lugar adecuado para aterrizar. Mantén a todos sentados.
Yesenia sintió una presión en el estómago.
—Entendido.
Dejó el interfono. Alonso inclinó el cuerpo hacia ella.
—¿Qué dijo?
—El capitán está evaluando un aterrizaje por dificultades técnicas.
—¿En qué aeropuerto?
Yesenia guardó silencio un instante.
—Todavía no nos ha confirmado uno.
Alonso se desabrochó.
—Voy a hablar con él.
—Señor Alcaráz, debe permanecer sentado.
Él ya estaba de pie cuando el avión descendió bruscamente. Una mano suya se golpeó contra el respaldo. Mariela soltó un grito. Yesenia se sostuvo del arnés.
—¡Siéntese y abróchese ahora!
Alonso la miró, sorprendido por el tono. Ella señaló su asiento. Esta vez obedeció. A través de un claro entre las nubes apareció el río. Era ancho, oscuro y atravesaba la vegetación con curvas que parecían no terminar nunca. Adrián buscó una ribera despejada, un camino, cualquier superficie que ofreciera una posibilidad. Alfredo apartó por un momento los ojos de la radio.
—Ahí.
Señaló hacia la derecha. Había una franja de tierra junto a una curva del agua. Desde aquella altura parecía relativamente plana. En un extremo se distinguían árboles pequeños; en el otro, una zona clara de barro y piedras. No era una pista. Adrián calculó la aproximación.
—Necesito verla mejor.
Giró con cuidado. El avión protestó con una vibración que ambos sintieron a través de los asientos. Alfredo comprobó el combustible y levantó la mirada hacia el capitán. No necesitó decir nada. Adrián tomó el interfono.
—Les habla el capitán.
Yesenia enderezó la espalda.
—Vamos a realizar un aterrizaje de emergencia. Sigan las instrucciones de la sobrecargo. Mantengan los cinturones ajustados.
Mariela empezó a negar con la cabeza.
—No. No, no, no…
Alonso presionó el botón del interfono.
—Adrián, soy yo. ¿Dónde vas a aterrizar?
—Señor Alcaráz, debo concentrarme en la maniobra.
—Te estoy preguntando dónde.
Yesenia intervino:
—Suelte el interfono.
Alonso se volvió hacia ella. Su expresión tenía algo nuevo. La irritación seguía allí, pero debajo comenzaba a asomar el miedo. Yesenia habló despacio.
—Necesitan trabajar. Nosotros tenemos que prepararnos.
Le indicó a Mariela que retirara los zapatos de tacón. Después comprobó visualmente los cinturones y explicó la posición de protección correspondiente a sus asientos. Mariela no parecía escuchar. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Míreme —le pidió Yesenia—. Mariela, míreme.
La joven consiguió enfocar su rostro.
—Cuando dé la orden, se inclina como le expliqué. Protege la cabeza.
—No se levanta hasta que se lo indique.
—¿Nos vamos a morir?
Yesenia sintió el peso de la pregunta.
—Ahora haga esto conmigo.
Repitió la postura. Mariela la imitó. Alonso ajustó su cinturón hasta que la tela le presionó la cintura. Por la ventanilla, los árboles se veían cada vez más cerca. Yesenia pensó en una cucharita amarilla. La había dejado sobre la mesa antes de salir. Su madre usaría esa cuchara para darle a Mateo el alimento de media mañana. La imagen le llegó con una nitidez absurda: el borde de plástico, una pequeña mordida en el mango, la mano de su hijo intentando sujetarla. Quiso sacar el teléfono. No lo hizo. Escuchó cambiar el sonido de los motores. Después llegó la orden de Adrián.
—¡Posición de protección!
Yesenia la repitió con toda la fuerza de su voz. Se inclinó. El primer contacto con el suelo fue un golpe que le sacudió los dientes. El segundo la empujó contra el arnés. Algo se rompió cerca de la cocina. El avión avanzó dando tumbos. Hubo un estruendo metálico, un giro violento y el ruido de objetos que chocaban contra los compartimentos cerrados. Yesenia mantuvo la cabeza protegida. Apretó los ojos mientras el suelo parecía levantarse debajo de ella. Entonces llegó el impacto final. Durante unos segundos no supo si seguían moviéndose.
Tenía un zumbido en los oídos y un dolor agudo en el hombro izquierdo. Levantó la cabeza. La cabina estaba inclinada. Una de las ventanas se había agrietado; del techo colgaba un panel y había polvo suspendido en el aire. Mariela lloraba. Alonso permanecía inmóvil, con sangre en la ceja.
—¿Me escuchan? —preguntó Yesenia.
Él levantó la mirada.
—Sí.
Un olor penetrante comenzó a imponerse sobre el polvo. Yesenia se desabrochó y se puso de pie con dificultad. Sintió la rodilla derecha floja, pero soportaba su peso.
—Dejen todo. Vamos a salir.
Mariela intentó recoger su bolso.
—¡Déjelo!
La joven lo soltó. Yesenia llegó hasta la salida principal, examinó el exterior y accionó el mecanismo. La puerta estaba deformada. Tiró otra vez. No cedió. Desde la cabina apareció Alfredo, sujetándose un brazo.
—La salida del otro lado.
Adrián venía detrás. Tenía un corte en la frente. Entre los dos ayudaron a abrir la salida de emergencia. El aire húmedo entró de golpe. Fuera había barro, vegetación aplastada y parte del ala apoyada contra un tronco.
—Bajen y aléjense del avión —ordenó Adrián.
Alfredo salió primero. Ayudó a Mariela, que temblaba tanto que no conseguía apoyar bien los pies. Alonso la siguió. Yesenia tomó el equipo de emergencia accesible junto a la salida. Adrián recogió el botiquín y la acompañó afuera. En cuanto pisó tierra, ella sintió que la rodilla le ardía. Caminaron hacia una zona despejada. Detrás, el avión emitió un chasquido. Una llama pequeña apareció cerca del ala dañada.
—Más lejos —dijo Adrián.
Se detuvieron al borde de los árboles. Mariela cayó de rodillas y vomitó. Alonso miraba el avión como si todavía esperara que alguien llegara para corregir lo sucedido. Yesenia contó. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Todos habían salido. Se llevó una mano al pecho y descubrió que estaba respirando demasiado rápido. Adrián abrió el botiquín.
—Primero revisamos lesiones.
Alfredo podía mover los dedos, pero el brazo le dolía desde el hombro hasta el codo. Mariela tenía abrasiones en las piernas. También se había golpeado el costado contra el brazo del asiento. Cuando Adrián le preguntó dónde le dolía, señaló las piernas y dijo que lo demás era un golpe leve. El capitán anotó que debían volver a revisarla en cuanto estuvieran a resguardo. Alonso se presionó una gasa sobre la ceja. Yesenia se sentó en una raíz mientras examinaban su rodilla. El uniforme se había rasgado. Debajo había una herida superficial rodeada de barro.
—Puedes caminar —dijo Adrián—. Vamos a limpiarla.
Ella aceptó. El capitán tenía las manos manchadas de sangre, parte suya y parte de Alonso. Al terminar las primeras curaciones, sacó un dispositivo del equipo de emergencia. Lo comprobó una vez. Después otra. Alfredo observó su expresión.
—¿Funciona?
Adrián apretó la mandíbula.
—Está dañado.
El golpe había fracturado la carcasa. Alonso sacó su teléfono. Lo levantó, caminó unos pasos y volvió a mirar la pantalla. Sin servicio.
—Tiene que haber otra cosa —dijo.
—El transmisor del avión pudo activarse —respondió Adrián—. Pero necesitamos comprobarlo cuando sea seguro acercarnos.
La llama creció junto al fuselaje. Alonso miró alrededor.
—¿Dónde estamos?
Adrián tardó en responder.
—No tengo una posición confirmada.
El silencio que siguió fue distinto al del avión. Allí había insectos, hojas que se movían y un rumor constante de agua. Mariela empezó a llorar de nuevo. Yesenia metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta. Su teléfono seguía allí. La pantalla tenía una grieta, pero encendió. Abrió la fotografía de Mateo. Por primera vez desde que salió de casa, no pudo prometerle que volvería pronto.