Capítulo 1 de 25
La mujer que sobraba
A las cuatro y diecisiete de la mañana, Yesenia López consiguió desprender de su blusa los dedos de su hijo. Mateo dormía con la boca entreabierta, vencido después de una madrugada de despertares. Tenía seis meses y la costumbre de aferrarse a la ropa de su madre incluso mientras soñaba. Yesenia permaneció inclinada sobre la cuna. Le rozó la frente con los labios y aspiró ese olor tibio que reconocería en cualquier lugar.
—Voy a volver pronto —susurró.
Desde la puerta, Elena, su madre, la observaba con una taza de café entre las manos.
—Yo lo cuido, hija.
Yesenia asintió, aunque siguió mirando al niño. Sobre la cómoda había dejado los pañales, dos cambios de ropa y una libreta donde había anotado horarios que su madre conocía de memoria. También estaba la leche extraída durante la noche. Antes de salir había comprobado tres veces la temperatura del refrigerador.
—Si le da fiebre…
—Te llamo.
—Y si no quiere comer…
—Yesenia.
La suavidad con que su madre dijo su nombre terminó por hacerla volverse.
—Lo he cuidado desde que nació. Vamos a estar bien.
Yesenia tomó la taza. El café estaba demasiado caliente, pero bebió un sorbo. La casa permanecía en silencio. Al fondo del pasillo, el foco del baño iluminaba una humedad que llevaba meses extendiéndose por el techo. Había prometido repararla con el pago de aquel servicio especial. Tres días de trabajo. Una bonificación que todavía no le habían confirmado por escrito. El servicio incluía el viaje a Manaos, dos noches de espera durante la convención y el regreso a México. Elena había organizado los cuidados de Mateo con una vecina para que también pudiera descansar.
Suficiente, quizá, para comprar los medicamentos y dejar de posponer el recibo de la luz.
—¿Dormiste algo? —preguntó su madre.
—Un rato.
No le dijo que había pasado casi una hora sentada en el suelo del baño, llorando sin saber cómo detenerse. En la consulta le habían hablado de depresión posparto. Le explicaron que podía tratarse, que necesitaba descanso, apoyo y seguimiento. Yesenia salió con una cita próxima y una sensación de alivio que duró hasta que vio el costo de los traslados. A veces lograba organizar el día. Otras, lavarse el cabello le parecía una tarea imposible. Amaba a su hijo con una intensidad que la asustaba. Eso no impedía que estuviera agotada. En su teléfono apareció la notificación del conductor.
—Ya llegó.
Su madre le acomodó el cuello del uniforme. Yesenia había tenido que comprar una talla mayor. La falda cerraba, pero al sentarse le apretaba el abdomen. Bajo la luz del pasillo se notaban las manchas oscuras que el embarazo le había dejado en las mejillas.
—Te ves bonita —dijo su madre.
Yesenia sonrió apenas. Antes de salir volvió a la cuna y tomó una fotografía. En el hangar privado, el avión parecía una promesa de tranquilidad. Su fuselaje blanco reflejaba las luces del amanecer. En la cola destacaba el emblema de Aero Alcaráz, una de las compañías del grupo que también poseía almacenes, hoteles, aseguradoras y edificios que Yesenia conocía únicamente desde la calle. El piloto la recibió junto a la escalerilla.
—Adrián —se presentó—. Tú debes ser Yesenia.
—Buenos días, capitán.
—Los pasajeros llegan en unos cuarenta minutos. Alfredo está revisando cabina. Puedes instalarte.
El copiloto levantó una mano desde el interior.
—Bienvenida al servicio donde el café tiene más presupuesto que nosotros.
Adrián lo miró.
—No empieces.
—Era una observación financiera.
Yesenia agradeció la broma con una sonrisa. Dentro del avión había asientos de cuero color crema, mesas de madera pulida y una pequeña zona privada al fondo. Revisó los equipos de emergencia, los cinturones, los compartimentos y la cocina. Contó las botellas de agua y comprobó el material médico. Después guardó su bolso y colocó el teléfono en modo silencio. Su madre le había enviado una fotografía de Mateo dormido. La amplió hasta que el rostro del niño ocupó toda la pantalla.
—¿Primera vez en este avión? —preguntó Alfredo desde el pasillo.
Yesenia bloqueó el teléfono.
—Sí.
—El equipo es bueno. Y Adrián conoce estos vuelos mejor que su propia casa.
El piloto, que escuchó desde la cabina, respondió sin volverse:
—Mi esposa dice lo mismo, pero con otro tono.
Alonso Alcaráz llegó sin cargar equipaje. Un empleado llevaba sus maletas; otro sostenía una funda con un traje que Yesenia imaginó más caro que todos los muebles de su casa. Lo reconoció inmediatamente. Era difícil no hacerlo. Durante los últimos meses, su rostro había aparecido en revistas, videos y programas de espectáculos. Primero por su ruptura con la actriz Renata Varela; después por una canción que ella había publicado y que los presentadores analizaban como si contuviera documentos confidenciales.
Se había hablado de tatuajes, de celos y de supuestos rituales para retener a sus parejas. Nadie parecía necesitar pruebas. Bastaba repetir una versión con suficiente seguridad. Luego llegaron las fotografías de Alonso con una actriz estadounidense. Las mismas cuentas que habían insultado a Renata comenzaron a comparar sonrisas, vestidos, edades y nacionalidades. Yesenia había visto algunos videos durante sus madrugadas de insomnio. Recordaba especialmente una grabación de la madre de Alonso, Beatriz Alcaráz, apartando un micrófono mientras decía que ciertas mujeres confundían la fama con la educación. Ahora él estaba frente a ella, con lentes oscuros y una camisa blanca abierta en el cuello.
—Bienvenido, señor Alcaráz.
Alonso hizo un gesto distraído. Mariela subió detrás. No era la actriz estadounidense de las últimas fotografías. Aquel romance había terminado semanas antes. Mariela, una modelo mexicana a la que había conocido en una campaña del grupo, llevaba poco tiempo saliendo con él. Vestía un conjunto de lino claro y un bolso pequeño. Era hermosa de una manera que parecía preparada para ser fotografiada incluso a esa hora. Al entrar, recorrió la cabina con los ojos y sonrió.
—Esto sí me gusta.
Alonso apoyó una mano en su cintura.
—Todavía no has visto el hotel.
Mariela lo besó. Yesenia bajó discretamente la mirada hacia la lista de servicio.
—¿Les ofrezco agua, café o jugo antes del despegue?
—Agua —respondió Mariela—. ¿Tienes mineral?
—Por supuesto.
—Para mí café —dijo Alonso—. Sin azúcar.
No la miró al pedirlo. Despegaron cuando la ciudad comenzaba a iluminarse. Yesenia realizó la demostración de seguridad. Mariela prestó atención durante algunos segundos; Alonso continuó escribiendo en el teléfono. Después del ascenso, él solicitó el desayuno y preguntó por el vino.
—Podemos servirlo cuando lo desee —respondió ella.
—Entonces tráelo.
Mariela rio.
—Son las siete de la mañana.
—En algún lugar ya es hora.
Yesenia abrió la botella, sirvió las copas y retiró los platos conforme terminaron. Mientras trabajaba, reconoció el apellido grabado en la vajilla. Alcaráz. También había estado bordado en el chaleco que usó durante cuatro años en una tienda departamental. Recordó las jornadas de pie, los cierres tardíos y las llamadas para que cubriera turnos en sus días libres. Estudiaba después del trabajo. Algunas noches se quedaba dormida con el manual abierto sobre las piernas. Había aprobado sus cursos, cumplido prácticas y aprendido a manejar emergencias. Ahora estaba allí. Se sostuvo unos segundos en ese pensamiento.
Al fondo, Alonso y Mariela se levantaron para entrar en la zona privada. Él dejó una copa a medio beber sobre la mesa.
—Que no nos interrumpan —indicó.
—Entendido.
Yesenia recogió la copa y cerró suavemente la puerta que separaba ambas áreas. Un rato después, cuando Alonso salió, tenía el cabello revuelto y buscaba su teléfono. Pasó frente a ella sin hablar. Yesenia estaba acomodando unas servilletas junto a la cocina cuando oyó su voz cerca de la cabina.
—Adrián, necesito que revisen quién autoriza estas asignaciones.
Ella permaneció inmóvil.
—¿Ocurrió algo con el servicio? —preguntó el piloto.
—La sobrecargo.
Hubo una pausa.
—Está haciendo bien su trabajo.
—No hablo de eso. Hablo de la imagen. Es inaudito que manden a una aeromoza así a un vuelo ejecutivo.
Yesenia apretó las servilletas.
—¿Así cómo? —preguntó Adrián.
—Pasada de peso. Y con esas manchas en la cara. Hay estándares.
La voz del piloto perdió cordialidad.
—Cumple los requisitos para volar.
—Al regresar, que la retiren de estos servicios. Hablaré con personal.
Yesenia sintió que le ardían las orejas. Miró el reflejo de su rostro en la puerta metálica de la cocina. De pronto vio únicamente las manchas, el cuello cansado y el uniforme que se ajustaba demasiado a su cintura. Pensó en el techo húmedo. En los pañales. En la próxima consulta. Alonso regresó al pasillo y la encontró de pie.
—Más hielo, por favor.
Yesenia sostuvo su mirada un instante. Él no pareció advertir nada.
—Enseguida, señor.
Tuvo que apoyar el recipiente sobre la mesa para que no se notara cuánto le temblaban las manos. En el baño, abrió el grifo y dejó correr el agua. Respiró despacio, tal como le habían enseñado cuando practicó evacuaciones. Inhalar. Contar. Soltar el aire. El teléfono seguía sin conexión. Abrió la fotografía de Mateo. Su hijo tenía una mano junto a la mejilla y una pequeña arruga entre las cejas.
—Voy a volver —murmuró.
Se secó los ojos antes de que las lágrimas dañaran el maquillaje. Después salió a continuar el servicio. Ya sobre territorio brasileño, y después de un desvío para evitar una línea de tormentas, Adrián frunció el ceño frente a los instrumentos. Alfredo comparó una lectura con otra.
—Tenemos una discrepancia.
Alfredo había detectado primero una advertencia del sistema eléctrico. Uno de los paneles parpadeó; al estabilizarse, dos indicaciones de posición dejaron de coincidir. El problema persistió después de la primera comprobación. Durante los minutos siguientes, los pilotos intentaron aislar los equipos afectados mientras mantenían el vuelo bajo control. Adrián ordenó solicitar un desvío hacia el aeropuerto alterno que habían previsto.
—La veo —respondió Adrián.
Comprobaron la navegación. Uno de los sistemas dejó de responder durante unos segundos y volvió mostrando información que no concordaba con el segundo. Adrián pidió una verificación. El ruido que acompañó la respuesta de radio hizo que ambos se inclinaran hacia los auriculares. En la cabina de pasajeros, Yesenia sintió la primera sacudida. Aseguró los objetos de la cocina.
—Señor Alcaráz, señorita Mariela, por favor abróchense los cinturones.
Mariela obedeció. Alonso miró por la ventanilla.
—¿Cuánto falta?
—Lo consultaré en cuanto sea posible.
Otra sacudida movió la copa abandonada. Yesenia la sujetó antes de que cayera. El aviso de cinturones permaneció encendido. Entonces llegó la voz de Adrián por el intercomunicador.
—Yesenia, asegura completamente la cabina.
Algo en su tono la hizo levantar la cabeza.
—¿Preparamos descenso?
La respuesta tardó un momento.
—Prepárala ahora.
Ella comprobó los cierres y pasó junto a los pasajeros. Alonso ya no miraba el teléfono. Tras la ventanilla se extendía un territorio verde, inmenso, sin carreteras visibles. Yesenia terminó de asegurar la última mesa y se sentó en su lugar, ajustándose el arnés. En la cabina de mando, Alfredo hizo un nuevo intento de comunicación. Solo respondió la estática. Adrián observó el combustible restante y después las nubes que crecían delante de ellos.
—Necesito que me encuentres dónde bajar.
Alfredo lo miró. Esta vez ninguno de los dos hizo una broma.