Capítulo 1 de 13
La ventana de Carmen
La primera vez que Carmen vio a Luis, él estaba de rodillas en el suelo.
Mucho después recordaría aquel detalle: no su rostro, ni el color de sus ojos, ni la camisa gastada que llevaba, sino la naturalidad con que se había arrodillado junto a un desconocido para ayudarlo.
Pero aquella mañana todavía no sabía su nombre.
El día había comenzado con el sonido de la llave.
Carmen abrió los ojos cuando Brígida entró en su dormitorio y dejó una jofaina sobre el tocador. El agua tembló dentro del recipiente; unas gotas cayeron sobre la madera.
—Ya dieron las siete, niña.
Carmen se incorporó despacio. Había dormido mal. Durante la noche, el viento había hecho golpear una rama contra la pared del patio, y cada vez que despertaba creía escuchar pasos en el pasillo.
—¿Mi padre está en casa?
—En el despacho.
Brígida apartó las cortinas.
La luz entró en una franja estrecha, iluminando la alfombra, los zapatos alineados junto a la cama y la esquina del armario. Más allá del cristal estaba el balcón: una baranda de hierro, dos macetas y apenas un espacio suficiente para colocar una silla.
Enfrente se alzaba otra casa.
Tan próxima, que Carmen podía distinguir las grietas alrededor de su ventana, la pintura desprendida de las puertas y una telaraña tendida entre dos barrotes. Aquel balcón llevaba meses vacío. A veces una paloma se posaba en él; otras, el viento empujaba una hoja seca hasta sus rincones.
Cuando era niña había preguntado si las personas que vivieran allí podrían conversar con ella sin salir a la calle.
Su madre había sonreído.
—Si hablaran bajito, quizá.
Carmen recordaba la respuesta mejor que la voz con que se la había dicho.
—¿Qué vestido quieres? —preguntó Brígida.
—El claro.
—Tu padre recibirá al administrador después del desayuno. Tal vez te pida bajar.
—Entonces el claro.
Brígida la miró por encima del hombro, pero no insistió. Sacó del armario un vestido de algodón color crema, con un bordado azul todavía inconcluso en las mangas.
Mientras la ayudaba a abrocharlo, Carmen observó el reflejo de ambas en el espejo. Brígida tenía los dedos gruesos y una pequeña cicatriz cerca del pulgar. La había visto trabajar toda su vida: remendar, ordenar, servir, abrir y cerrar puertas. Nunca se había preguntado si aquellas manos habían hecho algo que ella desconociera.
—Necesito hilo azul —dijo.
El ama de llaves ajustó el último botón.
—Hay en el costurero.
—Es más oscuro.
—Servirá.
Carmen bajó la mirada hacia la manga.
—Se va a notar.
Brígida dejó de tocar el vestido.
El reloj del pasillo dio una campanada breve.
—Desayuna primero —respondió.
Don Rodrigo de Alcázar tomaba chocolate en la cabecera de la mesa.
A su derecha había varias cartas abiertas. A la izquierda, un plato de pan que apenas había tocado. Vestía de negro, como casi todas las mañanas, y mantenía el cabello cuidadosamente peinado hacia atrás.
Carmen lo saludó antes de sentarse.
—Buenos días, padre.
Él alzó los ojos.
—Buenos días.
Durante unos minutos solo se escuchó el roce de los cubiertos y el ruido distante de Brígida dando instrucciones en la cocina.
Carmen partió un pedazo de pan.
Había aprendido a esperar. Si su padre estaba leyendo, no convenía interrumpirlo; si dejaba una carta sobre la mesa con demasiada fuerza, era mejor guardar cualquier petición para otro día. Aquella mañana parecía tranquilo.
—Quisiera ir a comprar hilo.
Don Rodrigo pasó a la siguiente página.
—Brígida puede hacerlo.
—Necesito comparar el color.
Él miró la manga del vestido.
—¿Para terminar eso?
—Sí.
Don Rodrigo volvió a sus cartas.
Carmen creyó que no obtendría respuesta. Bebió un sorbo de chocolate y procuró esconder la decepción.
—Que te acompañe Inés —dijo él al fin—. Y vuelve antes del almuerzo.
Ella dejó la taza con cuidado.
—Gracias, padre.
—No te entretengas.
Carmen asintió.
Mientras terminaba de desayunar, hizo un esfuerzo por comer a la misma velocidad de siempre. Temía que cualquier muestra de impaciencia provocara una pregunta, y que una pregunta bastara para deshacer el permiso.
Arriba, Inés la esperaba con un chal sobre el brazo.
Era apenas un poco menor que ella. Había llegado a la casa dos años antes, recomendada por una lavandera que conocía a Brígida, y al principio respondía a todo con un «sí, señorita» casi inaudible. Con el tiempo había aprendido a hablar con Carmen cuando estaban solas.
—¿De verdad nos dejan salir? —preguntó.
—A comprar hilo.
Inés miró el costurero abierto.
Había tres madejas azules.
Carmen cerró la tapa.
—Ninguna es del color que necesito.
La muchacha hizo un esfuerzo por no sonreír.
La calle olía a pan recién horneado y a humedad.
Carmen respiró hondo al cruzar la puerta. Brígida se quedó en el umbral hasta verlas doblar la esquina.
A esa hora, Guanajuato ya estaba despierto. Un hombre empujaba un carro cargado de leña. Dos mujeres discutían el precio de unas verduras. Desde una ventana sacudieron un mantel, y las migas cayeron cerca de un perro que aguardaba con paciencia.
Carmen caminaba despacio.
Dentro de su casa, los días se parecían tanto que a veces necesitaba mirar el calendario para distinguirlos. Afuera, cada pocos pasos ocurría algo: alguien saludaba, una puerta se abría, un niño corría con una rueda de madera y casi chocaba contra una mula.
—Cuidado —le dijo Inés, apartándola suavemente.
Carmen se rio.
—Lo he visto.
—Entonces mírelo desde aquí.
—Cuando estamos solas puedes llamarme Carmen.
—Si alguien me escucha, Brígida me hará repetir «señorita» hasta la noche.
Entraron en una tienda pequeña donde los hilos estaban guardados en cajones estrechos.
El dependiente extendió varias madejas sobre el mostrador. Carmen comparó cada una con la manga de su vestido, aunque el tono correcto apareció casi enseguida.
—¿Este? —preguntó Inés.
—Quizá el otro.
El hombre abrió un segundo cajón.
Carmen sabía que estaba demorándose, pero le resultaba difícil renunciar a esos minutos. Observó los carretes, las cintas y un pequeño abanico con flores pintadas. Tocó el borde de una tela que no pensaba comprar.
Cuando salieron, llevaba el hilo azul envuelto en papel.
—Ya podemos volver —dijo Inés.
Carmen miró hacia la plaza.
—Pasemos por la fuente.
—No está de camino.
—Está muy cerca.
Inés vaciló. Después acomodó el chal que llevaba sobre el brazo.
—Solo un momento.
El muchacho cayó antes de que ellas llegaran.
Carmen escuchó el golpe, seguido por un grito breve. Vio rodar una pequeña cesta y varias manzanas dispersarse sobre las piedras.
El niño tendría nueve o diez años. Se había incorporado sobre los codos y miraba su rodilla con espanto. Una línea de sangre le descendía por la pierna.
Dos personas se detuvieron.
—Se tropezó —dijo una mujer.
—Levántate, muchacho —ordenó un hombre que llevaba prisa.
El niño trató de obedecer y volvió a sentarse.
Entonces un joven dejó un saco junto a la fuente y se arrodilló frente a él.
—Despacio. Déjame ver.
Tenía polvo en el cabello y en los hombros. Una manga de su camisa estaba desgarrada cerca del codo. Carmen reparó en sus manos, grandes y oscuras de tierra, que se acercaron a la herida con sorprendente cuidado.
—¿Cómo te llamas?
—Tomás.
—Bien, Tomás. Vamos a quitar la suciedad.
El niño retrocedió.
—Va a doler.
—Un poco. Si dejamos esas piedritas, dolerá más después.
El joven sacó un pañuelo del bolsillo. Lo miró, advirtió lo sucio que estaba y volvió a guardarlo. Luego se inclinó hacia el agua de la fuente.
Carmen abrió su bolso.
—Tengo uno limpio.
Él levantó la cabeza.
Por un instante, ella perdió la seguridad con que se había acercado.
El desconocido tenía ojos claros y una pequeña herida junto a la ceja. Parecía fatigado, pero su mirada permaneció atenta mientras observaba el pañuelo que ella sostenía.
—Se le va a arruinar, señorita.
—Un pañuelo se lava.
Él lo recibió procurando tocar apenas una esquina.
—Gracias.
Inés se quedó un paso detrás.
El joven humedeció la tela y volvió junto al niño.
—Mira hacia allá —le dijo—. Cuenta las palomas.
Tomás miró el borde de la fuente.
—Hay tres.
—Yo veo cuatro.
—Una está detrás.
—Entonces cuéntalas otra vez.
Mientras hablaba, limpió la herida. Tomás apretó los dientes, pero siguió buscando aves con la vista.
Carmen recogió la cesta y comenzó a juntar las manzanas.
Una había rodado hasta el borde de un escalón. Se agachó para alcanzarla, sujetándose la falda con una mano.
—Señorita… —murmuró Inés.
Carmen le entregó la cesta.
—Ayúdame con aquella.
El joven la miró brevemente antes de continuar.
Cuando la rodilla quedó limpia, dobló el pañuelo y lo apoyó sobre la raspadura.
—¿Puedes mover el pie?
Tomás lo hizo.
—¿Y la pierna?
El niño asintió.
Antes de ayudarlo a levantarse, Luis retiró el pañuelo y comprobó que la raspadura había dejado de sangrar. Guardó la tela aparte. Tomás apoyó al principio el peso en una sola pierna; después dio un paso inseguro.
—Mi madre se va a enojar —dijo, mirando las manzanas.
—Dile que te caíste —respondió Carmen.
—Me dijo que no corriera.
Ella buscó una respuesta y no la encontró.
El joven sonrió apenas.
—Entonces también tendrás que decirle que tenía razón.
Tomás bajó la cabeza.
—¿Dónde está tu puesto? —preguntó él.
El niño señaló hacia el mercado.
Una mujer que había presenciado la escena se ofreció a acompañarlo. Carmen le entregó la cesta y vio cómo se alejaban, despacio, con el muchacho aún cojeando.
El joven se lavó las manos en la fuente.
Solo entonces pareció recordar el pañuelo.
—Se lo devolveré limpio.
—No hace falta.
—Sí hace.
Lo dijo con sencillez, sin dureza. Carmen comprendió que insistir en regalárselo podía incomodarlo.
Él extendió la tela para revisar el daño. En una esquina estaba bordada una pequeña C.
—¿Dónde puedo entregárselo?
Carmen abrió la boca.
Podía darle su dirección. Sin embargo, imaginó a Brígida recibiendo a aquel hombre en la puerta, y después a su padre preguntando quién era, cómo lo había conocido y por qué conservaba algo suyo.
Inés se movió a su lado.
—Podemos recogerlo en el puesto de la madre del niño —sugirió.
Era una solución razonable.
Carmen miró hacia el camino por donde Tomás se había marchado.
—Mañana pasaré por aquí —dijo.
Inés volvió el rostro hacia ella.
El joven sostuvo su mirada.
—Entonces mañana estará limpio.
Ya se habían alejado unos pasos cuando Carmen se detuvo.
Aún no sabía cómo llamarlo.
Se volvió.
Él recogía el saco que había dejado junto a la fuente. Tuvo que hacer un esfuerzo para subirlo al hombro.
—¿Cómo se llama? —preguntó ella.
El joven enderezó la espalda.
—Luis.
Carmen repitió el nombre en voz baja.
—Yo soy Carmen.
Luis miró la esquina bordada del pañuelo.
—Lo imaginé.
Ella sonrió.
No supo qué más decir. Le parecía que debía despedirse de alguna forma especial, pero Inés ya había comenzado a caminar y la plaza estaba llena de personas que podían conocer a su padre.
—Hasta mañana —dijo.
—Hasta mañana, señorita Carmen.
La palabra «señorita» le sonó distinta en su voz.
Caminaron en silencio durante la primera calle.
Carmen llevaba el paquete de hilo apretado contra el bolso. Cada tanto recordaba un detalle: la forma en que Luis había distraído al niño, la mancha de polvo cerca de su cuello, el cuidado con que había tomado el pañuelo.
—No deberíamos haber dicho que volveríamos —comentó Inés.
Carmen miró al frente.
—Tenemos que recogerlo.
—Puedo venir yo.
La propuesta le produjo una decepción tan inmediata que no logró ocultarla.
Inés la observó.
—¿Qué? —preguntó Carmen.
—Nada.
—Lo estás pensando.
—Estoy pensando que todavía no tenemos permiso para salir mañana.
Carmen aflojó la mano sobre el paquete.
Hasta ese instante no lo había considerado. Había hablado de regresar como si la decisión le perteneciera.
—Podríamos decir que el hilo no era suficiente.
Inés bajó la vista hacia el envoltorio.
—Compramos bastante.
—Entonces botones.
La muchacha dejó escapar una pequeña risa, pero enseguida se puso seria.
—Su padre hace preguntas cuando algo le parece raro.
Carmen lo sabía.
La advertencia la acompañó hasta la casa.
Don Rodrigo estaba en el patio cuando regresaron.
Hablaba con el administrador, un hombre delgado que sostenía un cuaderno contra el pecho. Al ver a su hija, dejó de hablar.
—¿Conseguiste lo que buscabas?
Carmen levantó el paquete.
—Sí, padre.
Él miró el reloj que llevaba sujeto a una cadena.
Aún faltaba para el almuerzo.
—Bien.
Ella pasó junto a los hombres con la cabeza ligeramente inclinada. Cuando llegó a la escalera, escuchó que retomaban la conversación.
Hablaban de trabajadores, de una entrega demorada y de dinero.
Carmen subió sin detenerse.
En el dormitorio, Inés dejó el chal sobre una silla.
—Voy a ayudar a Brígida.
Carmen asintió.
Cuando quedó sola, abrió el paquete y colocó la madeja junto al costurero. Era el tono exacto. No podía fingir que se había equivocado sin estropear una mentira sencilla.
Se sentó a bordar.
Pasó el hilo por el ojo de la aguja en el primer intento. Normalmente necesitaba varios. Comenzó por una hoja pequeña, luego terminó una flor y continuó con el borde de la manga.
Al cabo de un rato se dio cuenta de que estaba sonriendo.
Dejó la labor sobre las rodillas.
Al otro lado del cristal, el balcón de enfrente seguía vacío. Una de sus puertas estaba ligeramente vencida y se movía con el viento.
Carmen se levantó y abrió las suyas.
Abajo, una mujer pasó con una cesta cubierta. Después apareció un hombre que arrastraba los pies y se detuvo para ajustar la correa de su zapato.
La vida continuaba por aquel espacio estrecho sin necesitar el permiso de don Rodrigo.
Carmen apoyó las manos en la baranda.
Pensó en Luis regresando a su casa, lavando el pañuelo, recordando quizá la conversación. Se avergonzó de aquellas suposiciones, aunque nadie pudiera escucharlas.
No sabía si él era amable con todo el mundo.
Probablemente sí.
Aquella idea debería haber restado importancia al encuentro. En cambio, hizo que lo recordara con mayor ternura.
Durante el almuerzo, su padre le preguntó por el bordado.
—¿Lo terminarás hoy?
—Creo que sí.
—Tu tía vendrá el domingo. Quiero que estés presentable.
Carmen dejó el tenedor.
—¿Podría salir mañana?
Don Rodrigo la miró.
El silencio duró apenas unos segundos, pero ella sintió cómo se le enfriaban las manos.
—¿Para qué?
Carmen había preparado respuestas durante la última hora. Ninguna le pareció creíble cuando tuvo que pronunciarla.
—Olvidé comprar unos botones.
—Pídeselos a Brígida.
Él volvió al plato.
La petición había terminado.
Carmen bajó los ojos.
A su lado, Brígida retiró una fuente y continuó hacia la cocina. No hizo ningún comentario, aunque Carmen tuvo la impresión de que había escuchado con atención.
El resto del almuerzo transcurrió sin que ella dijera nada más.
Por la tarde terminó el bordado.
Lo extendió sobre la cama y examinó las flores azules. Había deseado concluir aquella labor durante semanas; ahora, al verla completa, solo encontraba en ella la razón que le había permitido salir.
Inés entró poco antes de que encendieran las lámparas.
—Brígida necesita recoger unas cintas mañana —dijo mientras ordenaba el tocador.
Carmen alzó la cabeza.
—¿Dónde?
—Cerca de la plaza.
La joven dejó la aguja en el costurero.
—¿Te lo ha dicho ella?
Inés asintió.
—Dice que, si ya terminó el vestido, podría acompañarme para escogerlas.
Carmen se quedó mirándola.
—¿Mi padre lo sabe?
—Brígida se lo preguntará.
La esperanza volvió con tanta fuerza que tuvo que sentarse.
—No le has contado nada, ¿verdad?
Inés negó.
Después sacó del bolsillo una cinta arrugada y la dejó junto al peine.
—Esta es la que hay que reemplazar.
Carmen la tomó. Era una cinta vieja, usada muchas veces para sujetar las cortinas interiores del armario.
No preguntó más.
Esa noche tardó en acostarse.
Escuchó a su padre cerrar el despacho, los pasos de Brígida recorriendo el pasillo y el cerrojo de la puerta principal. Después la casa fue quedando en silencio.
Carmen se acercó una última vez al balcón.
El callejón estaba casi oscuro. Una lámpara lejana iluminaba apenas las piedras. En la casa de enfrente no había ninguna luz.
Le vino a la memoria el niño contando palomas.
Tres.
Después cuatro.
Recordó que Luis había conseguido limpiar la herida sin avergonzarlo por llorar. Le había hablado como si el miedo del pequeño mereciera paciencia.
Carmen cerró las puertas y apoyó la frente un instante contra la madera.
Al día siguiente tendría que levantarse, vestirse y desayunar delante de su padre. Tendría que esperar a que Brígida preguntara por las cintas y procurar que nada en su rostro revelara cuánto le importaba la respuesta.
Se metió en la cama.
Por primera vez en mucho tiempo, deseó que la noche terminara pronto.
Antes de quedarse dormida imaginó la fuente, el agua y una mano extendiéndole su pañuelo limpio.
Luego recordó su nombre.
Luis.
