Capítulo 2 de 13
El hombre de la mina
Luis tuvo que cambiar el saco de hombro dos veces antes de llegar a casa.
La costura rota de su camisa le rozaba el brazo, y una piedra pequeña se le había metido en el zapato. Podría haberse detenido a sacarla, pero continuó andando. Todavía llevaba en la mano el pañuelo de Carmen y procuraba mantenerlo lejos del polvo de su ropa.
Al doblar la última esquina encontró a Mateo sentado en el umbral.
Su hermano tenía un libro abierto sobre las rodillas y seguía una línea con el dedo. Movía los labios sin emitir sonido.
—¿Ya terminaste? —preguntó Luis.
Mateo levantó la cabeza.
—Depende.
—¿De qué?
—De si esta palabra dice lo que creo.
Le mostró la página.
Luis dejó el saco en el suelo y se inclinó.
—No sé.
Mateo sonrió.
—Entonces estamos igual.
El libro pertenecía a un carpintero del barrio, que se lo había prestado con la condición de que no manchara las hojas. Trataba de cuentas y medidas. Mateo quería aprender a calcular lo necesario para fabricar una mesa sin desperdiciar madera.
A sus diecisiete años, ya trabajaba como ayudante en el taller. Luis esperaba que pudiera quedarse allí. Cada vez que su hermano hablaba de buscar empleo en la mina para ganar más dinero, él encontraba un motivo para cambiar de conversación.
—¿Hay agua? —preguntó.
—En la jarra. Traje dos viajes.
Luis entró.
La habitación conservaba el calor del mediodía. Había dos camas estrechas, una mesa reparada en una esquina y un brasero junto a la puerta. En la pared colgaban una chaqueta, dos sombreros y una bolsa de herramientas.
Mateo cerró el libro y lo siguió.
—Dejé frijoles.
—Ahora como.
Luis vació un poco de agua en la palangana.
Primero se lavó las manos. El agua se oscureció enseguida. Se frotó los nudillos, las uñas y las grietas de las palmas; después fue hasta la puerta a tirarla.
Regresó y sirvió agua limpia.
Mateo observó el pañuelo.
—Eso no es tuyo.
—Me lo prestaron.
—¿Quién?
Luis sumergió la tela.
La mancha de sangre comenzó a diluirse.
—Una muchacha.
Mateo se acercó a la mesa.
—¿Para qué?
—Un niño se cayó cerca de la fuente. Se abrió la rodilla.
—¿Y te prestó el pañuelo para limpiarlo?
Luis asintió.
Frotó la tela con jabón, despacio, cuidando el pequeño bordado de una esquina.
Mateo apoyó los codos en la mesa.
—Debía de tener otro.
—Quizá.
—¿Era bonita?
Luis dejó de mover las manos.
La pausa bastó.
Su hermano soltó una risa.
—Ya veo.
—No ves nada.
—Veo que llevas un rato lavando un pañuelo que podrías haber dejado en agua hasta mañana.
Luis volvió a frotarlo.
La sangre había salido casi por completo. Quedaba una sombra tenue junto al borde.
—Tengo que devolvérselo.
—¿Dónde?
—En la fuente.
—¿Cuándo?
Luis levantó los ojos.
—¿No estabas estudiando?
Mateo se enderezó, satisfecho.
—Mañana, entonces.
Comieron sentados junto a la puerta abierta.
Luis partió las tortillas y dejó las más grandes cerca del plato de su hermano. Mateo lo advirtió, pero no dijo nada. Había discusiones que ambos conocían demasiado bien.
En el patio compartido, una mujer sacudía una manta. Más allá, un hombre arreglaba el asa de un cubo mientras discutía con su esposa sobre cuánto podría durar aquella reparación.
Mateo contó lo ocurrido en el taller. El maestro le había permitido marcar por primera vez las tablas de un encargo importante.
—Las revisó todas después —añadió.
—Es su trabajo.
—Yo no había cometido ningún error.
—Entonces habrá quedado contento.
Mateo movió una tortilla sobre el plato.
—Dijo que mañana puedo seguir.
Luis sonrió.
—Eso quiere decir que sí.
La conversación quedó en silencio.
El pañuelo se secaba junto a la ventana, extendido sobre una tabla limpia. Luis lo miró.
Mateo también.
—¿Cómo se llama?
Luis tardó en contestar.
—Carmen.
Su hermano probó el nombre en voz baja, como si buscara reconocerlo.
—¿La conoces de antes?
—No.
—¿Y ella sabe que trabajas en la mina?
Luis miró su camisa.
—No creo que fuera difícil imaginarlo.
Mateo apoyó la tortilla en el plato.
—¿Venía sola?
—Con una muchacha que la acompañaba.
Aquello cambió la expresión de su hermano.
—Una señorita —dijo.
Luis no respondió.
Mateo se limpió las manos.
—Ten cuidado.
—Solo voy a devolverle algo.
—Lo sé.
Pero no parecía creer que aquel fuera el único motivo.
Luis apartó el plato y se recostó contra la pared. Estaba cansado. Había comenzado a trabajar antes de que amaneciera, y aún sentía en los brazos el esfuerzo de la jornada.
Desde donde estaba podía ver la letra bordada.
Una C pequeña, azul, hecha con puntadas tan regulares que parecían trazadas.
Recordó a Carmen agachándose para recoger las manzanas. La joven que la acompañaba había intentado detenerla, pero ella ya tenía una en la mano. No había parecido preocupada por el suelo ni por su vestido.
También recordó cómo lo había mirado cuando le pidió su nombre.
Sin apresurarlo.
Luis cerró los ojos.
—¿Qué sucede? —preguntó Mateo.
—Nada.
—Estás sonriendo.
Él se pasó una mano por la cara.
—Déjame comer tranquilo.
Su hermano volvió al plato, pero la preocupación no lo abandonó.
Aquella tarde Luis reparó la manga de su camisa.
No sabía coser bien. Sus puntadas quedaban grandes y desiguales, aunque cumplían su función. Había aprendido después de la muerte de su madre, cuando descubrieron que podían prolongar el uso de una prenda mucho más de lo que habían supuesto.
Mateo estudiaba junto a él.
Cada cierto tiempo leía una palabra en voz alta y esperaba una confirmación que Luis no siempre podía darle.
—Medida —dijo.
—Sí.
—Proporción.
Luis alzó la vista.
—Esa no la conozco.
Mateo volvió varias páginas hasta encontrar un ejemplo.
—Creo que es la relación entre dos cantidades.
Luis lo escuchó explicar una operación y procuró seguirlo. Se equivocó en el resultado, lo que hizo reír a su hermano.
No le molestó.
Le gustaba descubrir que Mateo empezaba a saber cosas que él ignoraba.
Después revisó las monedas guardadas en una lata bajo su cama. Separó lo necesario para comida, renta y combustible. El resto volvió a esconderlo.
Mateo miró la lata.
—El maestro vende unas herramientas viejas.
—¿Cuánto pide?
Su hermano se lo dijo.
Luis hizo las cuentas mentalmente.
—Podemos comprar una ahora.
—Con una no basta.
—Con una empezamos.
Desde hacía meses hablaban de abrir algún día un taller pequeño. Nada ambicioso: reparaciones, bancos, puertas, muebles sencillos. Mateo pondría el oficio; Luis aprendería a trabajar la madera y se ocuparía de transportar los encargos.
Aún estaban lejos.
Sin embargo, las monedas empezaban a tener una forma concreta en su imaginación. Ya no eran únicamente comida aplazada o un par de zapatos que tendrían que esperar. Eran una sierra, un banco de trabajo, una habitación donde el aire entrara sin traer polvo de piedra.
Luis guardó la lata.
—Pregúntale si puede esperarnos una semana.
Mateo asintió.
Cuando volvió a mirar hacia la ventana, el pañuelo ya estaba seco.
La noche le dejó poco descanso.
Luis soñó con el ruido de una piedra desprendiéndose y despertó antes de que se encendiera ninguna lámpara en el patio.
Permaneció acostado unos segundos.
Mateo dormía de lado, con un brazo fuera de la manta.
Luis se levantó y buscó su ropa a oscuras. Tenía que pasar por la mina antes del encuentro. El capataz le había permitido salir temprano a cambio de cubrir unas horas de un compañero enfermo durante los días anteriores.
Se echó agua en la cara.
Al tocar su ceja notó el pequeño corte que se había hecho la víspera. Le escoció. Lo dejó limpio y se miró en el trozo de espejo sujeto a la pared.
No había mucho que hacer.
Se peinó con los dedos y tomó su camisa de trabajo.
La de los domingos quedó doblada junto al pañuelo.
Dentro de la mina, el tiempo se medía de otra forma.
Luis conocía los recodos por la inclinación del suelo y por el cambio del aire. Sabía dónde había que bajar la cabeza, dónde convenía asegurar mejor la lámpara y qué lugar del pasadizo devolvía dos veces el ruido de los golpes.
Aquella mañana trabajó junto a un hombre llamado Julián.
Llevaba muchos años allí y tenía una tos que empeoraba durante el frío. Hablaba poco mientras trabajaba; guardaba sus comentarios para los descansos.
—Estás mirando mucho la luz —observó.
Luis acomodó una piedra.
—Para eso está.
Julián soltó una tos breve.
—Hoy tienes prisa.
—Salgo antes.
—Ya me dijeron.
El hombre se sentó un momento y bebió de su recipiente.
Luis continuó trabajando.
—¿Vas a ver a alguien? —preguntó Julián.
—Tengo un encargo.
—Pues procura salir con los dos brazos. Los encargos esperan.
Luis sonrió apenas.
Más tarde, un golpe desprendió un fragmento del techo. Cayó cerca de su pie.
Ambos se quedaron quietos.
Julián levantó la lámpara y examinó la grieta.
—Por ahí no seguimos.
Avisaron a los otros hombres y buscaron al encargado.
Mientras esperaban, Luis contempló el trozo de piedra que había caído. Era pequeño, comparado con los que había visto otras veces. Bastaba, sin embargo, para abrir una cabeza.
Se acordó de Mateo dormido.
Luego, inesperadamente, de Carmen junto a la fuente.
La imagen le produjo una incomodidad que no supo explicar. Había trabajado allí durante años. El peligro era conocido; no necesitaba una razón nueva para querer salir vivo.
Pero aquella mañana la tenía.
Al regresar a casa encontró la camisa limpia sobre la mesa.
Mateo había puesto agua a calentar.
—No es mucha —advirtió—. Si usas toda, después tendrás que traer más.
Luis lo miró.
—¿No deberías estar en el taller?
—Entro más tarde. El maestro fue a comprar madera.
Su hermano señaló la ceja.
—Límpiate eso.
Luis se lavó el cabello, el cuello y los brazos. Cambió el agua para las manos y empleó un cepillo pequeño en las uñas.
Las manchas no desaparecieron del todo.
Insistió hasta que la piel le dolió.
—Ya están limpias —dijo Mateo.
Luis dejó el cepillo.
Se puso la camisa de los domingos. Había amarilleado un poco cerca del cuello, pero estaba entera. Después sacudió sus zapatos y dobló el pañuelo.
Mateo lo observó desde la puerta.
—¿Y si no viene?
Luis guardó la tela dentro del chaleco.
—Esperaré un rato.
—¿Y después?
—Volveré.
Su hermano bajó los ojos.
—No quería molestarte ayer.
Luis se acercó y le acomodó el cuello de la camisa.
—Lo sé.
Mateo sostuvo su mirada.
—Solo no quiero que te hagan daño.
Luis no encontró una respuesta que pudiera prometerle aquello.
Le apretó el hombro y salió.
Llegó demasiado temprano.
La fuente tenía una sombra más corta que la del día anterior. Un vendedor ordenaba naranjas sobre un paño y dos muchachas llenaban cántaros hablando al mismo tiempo.
Luis se quedó cerca, sin saber dónde poner las manos.
Sacó el pañuelo, comprobó que seguía doblado y volvió a guardarlo.
Cada vez que alguien aparecía por la calle de Carmen, levantaba la cabeza.
Pasaron unos minutos.
Luego otros.
Se preguntó si ella habría mencionado el encuentro delante de su familia y alguien le habría prohibido acudir. También pensó que tal vez el pañuelo no tuviera ningún valor y que Carmen hubiera olvidado recuperarlo en cuanto llegó a casa.
La segunda posibilidad le resultó más difícil de aceptar.
Se apartó para dejar pasar a una mujer.
—¿Busca a alguien? —preguntó ella.
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
La mujer lo miró un instante y continuó.
Luis decidió esperar hasta que la sombra alcanzara una piedra determinada. Después iría al puesto de fruta, dejaría el pañuelo y regresaría a casa.
Estaba mirando aquella piedra cuando escuchó su nombre.
—Luis.
Carmen venía acompañada de Inés.
Llevaba el vestido claro, ahora con el bordado terminado, y una cinta en el cabello. Se había detenido a pocos pasos, como si también ella necesitara un instante para decidir cómo acercarse.
Luis se quitó el sombrero.
—Buenos días.
—Buenos días.
Sacó el pañuelo.
—Quedó limpio.
Carmen lo recibió con ambas manos.
Desdobló una esquina y examinó el bordado.
—No tenía que molestarse tanto.
—No fue molestia.
Ella volvió a doblarlo.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Inés miró hacia una tienda.
—Debemos recoger las cintas —recordó.
Carmen asintió, pero permaneció allí.
—¿Supo algo del niño?
Luis agradeció la pregunta.
—Su madre me dijo que está bien. Se quejó más por el jabón que por la caída.
Carmen rio.
La risa le cambió el rostro. Luis se dio cuenta de que el día anterior apenas la había visto sonreír.
—¿Lo conoce? —preguntó ella.
—Lo he visto vender fruta. A veces le compro algo.
—¿Trabaja todos los días?
—Ayuda cuando sale de sus clases.
Carmen miró hacia el mercado.
—Me gustaría preguntarle cómo sigue.
—El puesto está cerca.
Inés se volvió enseguida.
—Después de las cintas, señorita.
Carmen miró a su acompañante y aceptó con una leve inclinación de cabeza.
Luis volvió a ponerse el sombrero.
Creyó que el encuentro había terminado.
—¿Venía del trabajo ayer? —preguntó ella.
Él se detuvo.
—Sí.
—¿De la mina?
Luis asintió.
Carmen miró la pequeña herida junto a su ceja.
—¿Se hizo eso allí?
Él se tocó cerca del corte.
—No es nada.
—No le pregunté si era grave.
La respuesta lo sorprendió.
Carmen pareció advertirlo y bajó un poco la voz.
—Perdone. Solo quería saber.
—Sí —contestó él—. Me golpeé al levantarme en un lugar bajo.
Ella asintió, como si guardara el dato.
Luis esperaba otras preguntas. Cuánto ganaba, para quién trabajaba, si conocía a un administrador o a un propietario. Eran las que solían hacerle las personas vestidas como ella.
Carmen preguntó:
—¿Le queda tiempo para hacer otras cosas?
Él pensó en las monedas, en Mateo, en la manga remendada.
—A veces.
—¿Qué hace?
—Ayudo a mi hermano. Quiere ser carpintero.
—¿Es pequeño?
—Tiene diecisiete años. Si me escucha llamarlo pequeño, no me hablará en todo el día.
Carmen sonrió otra vez.
—Entonces no se lo diré.
Caminaron unos pasos hacia la tienda.
Inés iba delante. Luis se mantuvo a una distancia prudente, dispuesto a despedirse cuando llegaran.
—Mi hermano está aprendiendo a llevar cuentas —continuó—. Yo le ayudo menos de lo que quisiera.
—¿Por qué?
Él dudó.
Podía decir que estaba cansado cuando volvía. Era verdad. También podía afirmar que Mateo prefería estudiar solo.
Pero Carmen lo miraba con atención.
—Hay palabras que no sé leer.
La frase le dejó una sensación amarga.
Esperó que ella apartara los ojos o cambiara de tema con demasiada rapidez.
Carmen, en cambio, lo pensó.
—A mí me sucede con algunas de francés.
Luis la miró.
Ella se ruborizó.
—No es lo mismo. Lo sé. Quería decir que tener un libro delante no siempre ayuda tanto como uno espera.
Luis soltó una risa breve.
—Mi hermano cree que, si mira una palabra bastante tiempo, terminará por entenderla.
—¿Y funciona?
—Todavía no.
Carmen rio con él.
Habían llegado a la tienda. Inés se detuvo bajo el marco de la puerta.
Luis se quitó nuevamente el sombrero.
—No quiero retrasarlas.
Carmen sostuvo el pañuelo contra su bolso.
—Gracias por traerlo.
—Era suyo.
—Gracias por ayudar al niño, entonces.
Luis miró un instante hacia la plaza.
—Había que hacerlo.
Ella pareció a punto de responder, pero Inés llamó al dependiente y el momento se interrumpió.
Luis retrocedió.
Antes de alejarse, reparó en el bordado terminado de la manga.
—Encontró el azul.
Carmen bajó los ojos hacia las flores.
—Sí.
—Le quedó bien.
Ella pasó un dedo sobre una puntada.
—Lo terminé ayer.
Luis asintió.
Luego se despidió y empezó a caminar.
No se volvió hasta llegar a la esquina.
Carmen continuaba junto a la puerta.
Cuando sus miradas se encontraron, ella no fingió estar observando otra cosa.
Levantó ligeramente la mano.
Luis respondió.
Regresó por una calle distinta.
Necesitaba andar un poco antes de entrar en la habitación donde Mateo le preguntaría cómo había ido todo. No tenía una respuesta sencilla.
Habían hablado apenas unos minutos.
Carmen se había llevado el pañuelo.
No habían acordado volver a verse.
Luis se detuvo frente a un puesto de pan y compró dos piezas pequeñas. El vendedor le dio una tercera, partida en un extremo.
—Esa salió fea —explicó.
Luis le agradeció y siguió.
Al pasar cerca del taller escuchó la voz de Mateo. Su hermano estaba discutiendo una medida con el carpintero. Hablaba con seguridad, aunque todavía sostenía la regla de una manera que revelaba su poca experiencia.
Luis permaneció fuera hasta que terminaron.
Pensó en lo que acababa de confesarle a Carmen.
No había sabido leer todas las palabras del libro de Mateo. Durante años había aceptado aquella limitación como una incomodidad más, semejante al frío o a los zapatos gastados.
Ahora le molestaba de otra forma.
No porque Carmen supiera más.
Le molestaba haber sentido vergüenza al decirlo.
Cuando Mateo salió al patio por unas tablas, Luis lo llamó.
Su hermano abrió los ojos.
—¿Ya volviste?
Luis le entregó el pan.
—Para después.
Mateo lo tomó sin dejar de observarlo.
—¿Vino?
—Sí.
Esperó más detalles.
Luis miró hacia el interior del taller.
—Esta noche quiero que me ayudes con el libro.
—¿Con cuál?
—Con el que estás leyendo.
Mateo frunció el ceño.
—Es de cuentas.
—Podemos empezar por las palabras.
Su hermano tardó unos segundos en responder.
Después asintió.
—Está bien.
Luis se apartó para dejar pasar al maestro y tomó una de las tablas del suelo.
—¿Dónde va esto?
Mateo señaló el fondo del patio.
Caminaron juntos, uno en cada extremo.
Aquella noche, después de cenar, Mateo abrió el libro sobre la mesa.
La lámpara dejaba una luz amarilla en el centro y sombras largas alrededor de las camas.
Luis acercó la silla.
Empezaron por una página sencilla.
Mateo señaló una línea.
Luis reconoció algunas palabras, se detuvo en otras y volvió al principio cuando perdió el sentido. Su hermano esperó. Solo intervino cuando se lo pidió.
Al cabo de un rato, Luis logró terminar un párrafo.
—Otra vez —dijo.
Mateo lo miró sorprendido.
Luis volvió a leerlo.
Esta vez llegó al final con menos tropiezos.
Afuera alguien cerró una puerta. Una mujer llamó a sus hijos. El patio fue quedando en silencio.
Luis apoyó el dedo en la siguiente línea.
—Esta.
Mateo acercó un poco la lámpara.
Continuaron hasta que el aceite comenzó a agotarse.
Cuando se acostó, Luis tenía los ojos cansados y una satisfacción discreta que no sentía desde hacía tiempo.
En el clavo de la pared, la camisa de los domingos esperaba la siguiente ocasión.
Pensó que quizá no volvería a ver a Carmen.
La ciudad era grande para quienes podían recorrerla y pequeña para quienes debían seguir siempre los mismos caminos. No sabía cuáles serían los de ella ni cuándo tendría permiso para salir.
Se volvió hacia la pared.
Recordó su mano levantándose junto a la tienda.
Después recordó que, al despedirse, había olvidado preguntarle algo que ahora le parecía indispensable.
Si regresaría alguna vez a la fuente.
Luis cerró los ojos.
La mañana del jueves quedaba libre en su próxima jornada.
Podía pasar por allí.
Solo un momento.

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