Capítulo 3 de 13
Las tardes robadas
El jueves, Carmen salió de casa con una lista de compras que había escrito tres veces.
En la primera había puesto hilo, aunque sabía que Brígida recordaría la madeja recién comprada. En la segunda añadió botones y una cinta para el cabello. La tercera incluía agujas, tela para pañuelos y un encargo verdadero del ama de llaves: dos varas de encaje.
Aquella última lista le pareció suficientemente razonable.
La dobló y la guardó en el bolso.
Debajo llevaba el pañuelo.
No necesitaba llevarlo. Desde que Luis se lo había devuelto, permanecía limpio en el cajón del tocador. Sin embargo, aquella mañana le había resultado imposible dejarlo allí.
Inés la esperaba al pie de la escalera.
—Brígida dice que revisemos bien el encaje. La última vez estaba manchado en una punta.
Carmen asintió.
—¿Nos dio dinero suficiente?
—Sí.
La criada observó su bolso, después su rostro.
—También dijo que no tardemos.
Carmen comenzó a ponerse los guantes.
—No tardaremos.
Inés no respondió.
Al cruzar el patio encontraron a don Rodrigo junto al administrador. Su padre hablaba en voz baja, pero hizo una pausa al verlas.
—¿Otra vez a la tienda?
Carmen sintió que el guante se le trababa en un dedo.
—Brígida necesita encaje.
Don Rodrigo miró a Inés.
—¿Es cierto?
—Sí, señor.
Él sostuvo la mirada de la muchacha unos segundos.
Después les indicó que continuaran.
Carmen terminó de ajustar el guante cuando ya estaban en la calle.
Solo entonces pudo respirar con tranquilidad.
Luis llegó a la fuente después de pasar por el taller de Mateo.
Había ayudado a mover unas tablas y llevaba una astilla pequeña clavada cerca del pulgar. Intentó sacarla con las uñas mientras esperaba, pero acabó por dejarla.
La plaza estaba más concurrida que la semana anterior.
Se colocó junto al puesto de fruta, donde podía mirar hacia la calle sin llamar demasiado la atención. Tomás acomodaba manzanas en una cesta.
—Ya no cojeas —le dijo.
El niño estiró la pierna.
—Todavía tengo costra.
—No te la arranques.
Tomás hizo una mueca que reveló haberlo intentado.
Luis compró una manzana.
La sostuvo sin comerla.
Había pensado en aquel encuentro durante toda la semana y ahora no sabía qué haría si Carmen aparecía. No tenía nada que devolverle ni una razón práctica para acercarse.
Podía saludarla.
Preguntarle por el bordado.
Eso ya lo había preguntado.
Miró hacia la calle.
Una mujer con sombrilla dobló la esquina. Detrás venían un anciano y dos niñas. Luis volvió la vista al puesto antes de descubrirse esperando con demasiada evidencia.
—¿No se la va a comer? —preguntó Tomás.
Él miró la fruta.
—Después.
El niño siguió acomodando su mercancía.
Entonces Luis oyó una voz conocida.
—Me alegra verlo de pie.
Carmen estaba junto a la cesta.
Tomás sonrió y le mostró la rodilla sin que ella se lo pidiera. Inés volvió el rostro, divertida.
Luis se quitó el sombrero.
—Buenos días.
Carmen lo miró.
La sorpresa en sus ojos duró apenas un instante. Después apareció algo que a él le dio valor para permanecer allí.
—Buenos días, Luis.
Ella también había esperado encontrarlo.
No lo dijo, pero Luis lo comprendió cuando dejó de buscar una excusa para quedarse.
Compraron el encaje antes de conversar.
Inés insistió en ello con una firmeza que Carmen no discutió. Luis se despidió provisionalmente y permaneció cerca de la fuente.
Dentro de la tienda, Carmen examinó la pieza extendida sobre el mostrador.
—Está limpio —dijo.
—De este lado también —respondió Inés, dándole la vuelta.
El dependiente cortó la cantidad solicitada.
Mientras envolvía la compra, Carmen miró hacia la puerta.
Inés se acercó a ella.
—Unos minutos —murmuró.
Carmen bajó los ojos hacia sus guantes.
—No te he pedido nada.
—Todavía.
La joven no pudo evitar sonreír.
Al salir, Luis seguía allí.
Se acercaron a un costado de la fuente, donde el ruido del agua les permitía hablar sin que cada palabra llegara a los puestos vecinos. Inés se quedó a cierta distancia, fingiendo interés por unas cintas expuestas al aire libre.
—Pensé que quizá vendría —dijo Luis.
Carmen lo miró.
Él pareció arrepentirse de la confesión.
—Quiero decir, por las compras.
—Los jueves suele haber menos gente en las tiendas —respondió ella.
Miraron alrededor.
La plaza estaba llena.
Carmen soltó una risa pequeña.
Luis también.
Aquel desacierto les ahorró varias frases de cortesía.
—Entonces elegimos mal el día —dijo él.
—Parece que sí.
Carmen se quitó un guante y lo guardó.
—¿Cómo sigue su hermano?
—Convencido de que pronto sabrá más que el maestro.
—¿Y será cierto?
—Espero que tarde un poco. El maestro todavía le paga.
Ella rio.
Luis observó cómo se le relajaban los hombros.
—Me está ayudando a leer —añadió.
Carmen dejó de sonreír para escucharlo mejor.
—¿El libro de las cuentas?
—Sí. Anoche entendí una página entera.
Lo dijo sin fingir indiferencia.
Carmen sintió una alegría que no esperaba.
—¿De qué trataba?
Luis le explicó un problema de medidas. Se detuvo en mitad de una frase, buscando la palabra adecuada, y ella aguardó sin completarla por él.
Cuando terminó, Carmen miró la astilla que sobresalía de su mano.
—Tiene algo ahí.
Luis volvió la palma.
—Una tabla quiso quedarse conmigo.
Ella se inclinó un poco.
—Está cerca de la superficie.
—La sacaré luego.
Carmen abrió el bolso y sacó una aguja envuelta en papel.
Se quedó mirándola, sorprendida por su propia iniciativa.
Luis sonrió.
—Hoy también venía preparada para una desgracia.
—Esta es más pequeña que la anterior.
Le entregó la aguja.
Él consiguió levantar la astilla y retirarla.
—Gracias.
Carmen recibió de nuevo la aguja. Sus dedos estuvieron a punto de tocarse.
Ninguno se apartó con rapidez.
La primera conversación duró menos de un cuarto de hora.
Cuando Inés se acercó, Carmen entendió que había llegado el momento de volver.
Sintió una resistencia tan fuerte que tardó en guardar la aguja.
Luis no intentó retenerla.
—Que le vaya bien —dijo.
Carmen asintió.
Dieron unos pasos.
Luego ella se volvió.
—El próximo jueves debemos recoger una tela.
Inés miró hacia otro lado.
Luis sostuvo el sombrero entre las manos.
—Yo podría pasar por aquí.
Carmen hizo una leve inclinación de cabeza.
Continuó andando sin volver a mirarlo.
A mitad del camino, Inés preguntó:
—¿Qué tela?
Carmen apretó el bolso.
—Todavía no la he elegido.
La criada caminó unos pasos en silencio.
—Tendrá que elegirla antes de que Brígida pregunte.
La semana siguiente Carmen necesitó tela para unos pañuelos.
La otra, hilo blanco.
Después una cinta que Inés realmente deseaba para arreglar una cofia.
Cada compra era pequeña. Carmen procuraba no abusar del dinero y dedicaba varias tardes a terminar labores que pudieran justificar sus salidas. Su habitación empezó a llenarse de prendas remendadas y bordados concluidos.
Brígida los examinaba.
A veces parecía satisfecha. Otras se quedaba mirando a Carmen durante un instante que la hacía bajar los ojos.
Nunca preguntó por Luis.
Los jueves adquirieron un lugar propio en la semana.
Carmen los esperaba mientras tocaba el piano, durante las comidas silenciosas y al acostarse. Luis los calculaba según sus turnos, cambiando horas con un compañero cuando podía y renunciando al encuentro cuando el trabajo no se lo permitía.
La primera vez que él faltó, Carmen permaneció junto al puesto de fruta hasta que Inés le tocó el brazo.
—Tenemos que irnos.
Carmen miró una vez más hacia la calle.
—Sí.
Aquella noche pensó en la herida de su ceja y en las piedras de la mina.
El jueves siguiente, al verlo, olvidó la prudencia.
—¿Dónde estuvo?
Luis la observó con sorpresa.
—Trabajando. No me dejaron salir.
Carmen apretó el borde del bolso.
—Creí que…
No terminó.
Él comprendió.
—Estoy bien.
Ella asintió, pero necesitó unos segundos para recuperar la calma.
Luis bajó la voz.
—Lamento que se preocupara.
Carmen miró hacia la fuente.
—No sabía a quién preguntar.
Desde entonces, cuando sospechaba que no podría acudir, Luis dejaba aviso con la madre de Tomás. Carmen llegaba al puesto, escuchaba la noticia y regresaba con una decepción que al menos ya no llevaba miedo.
Aprendieron a hablar de cosas que no contaban a nadie más.
Luis le describió la habitación donde vivía, el libro prestado y las herramientas que él y Mateo querían comprar. Carmen escuchaba con interés las pequeñas decisiones que tomaban juntos: cuánto ahorrar, qué reparar primero, cuándo convenía aceptar un trabajo.
—¿Y si no están de acuerdo? —preguntó una tarde.
—Discutimos.
—¿Su hermano puede discutir con usted?
Luis sonrió.
—Lo hace bastante.
Carmen guardó silencio.
Él se dio cuenta de que la pregunta no había sido una broma.
—¿Usted no discute en su casa?
Ella alisó el puño de su manga.
—No suele servir de mucho.
Luis no supo qué responder.
Carmen cambió de tema, pero él recordó la forma en que había dicho aquellas palabras.
Otra vez le contó que copiaba poemas en un cuaderno.
—¿Para aprenderlos?
—Algunos. Otros porque me gusta cómo suenan.
—¿Escribe también?
Carmen hizo un gesto dubitativo.
—Empiezo cosas.
—¿Qué cosas?
—Versos. Frases. Casi nunca los termino.
Luis apoyó una mano en el borde de la fuente.
—¿Por qué?
Ella miró a Inés, que conversaba con una vendedora a pocos pasos.
—Cuando los leo otra vez, me parecen distintos.
—¿Peores?
—A veces. O demasiado claros.
Luis frunció el ceño.
Carmen buscó una explicación.
—Como si hubiera contado algo que preferiría guardar.
Él asintió despacio.
—Entonces podría no enseñárselos a nadie.
—Supongo.
—O enseñarlos solo cuando usted quiera.
Carmen lo miró.
Aquella posibilidad parecía sencilla al escucharla en su voz.
El jueves siguiente llevó un papel doblado.
Lo había escrito junto al balcón, mientras Brígida supervisaba la limpieza del piso inferior. Después lo había guardado entre las páginas de un libro y había pasado toda la noche pensando que no debía entregarlo.
Por la mañana lo metió en el bolso.
Lo sacó antes de salir.
Luego volvió a meterlo.
Luis la encontró más callada que de costumbre.
—¿Está cansada?
—No.
Carmen abrió el bolso.
Sus dedos tocaron el papel.
—Traje algo.
Él esperó.
Ella se lo entregó con rapidez, antes de perder el valor.
Luis desdobló la hoja.
Las líneas estaban escritas con letra pequeña y cuidadosa. Había una palabra tachada y otra añadida sobre el renglón.
—¿Lo escribió usted?
Carmen asintió.
Él comenzó a leer.
Lo hizo despacio. Carmen escuchaba el agua y los pasos de los transeúntes mientras trataba de no seguir sus ojos sobre la página.
Luis se detuvo.
—Esta palabra…
Ella se acercó lo suficiente para verla.
—Umbral.
Él la repitió.
—Umbral.
Continuó.
El poema describía una ventana abierta, una calle que cambiaba a lo largo del día y a alguien que reconocía las horas por las vidas que pasaban debajo. Terminaba con una frase sencilla:
Hoy he dejado la silla vacía.
Luis volvió al principio.
Carmen sintió deseos de recuperar el papel.
—No tiene que leerlo otra vez.
—Quiero.
Ella se quedó quieta.
Cuando él levantó la mirada, no sonreía.
—Creo que conozco esa ventana.
Carmen notó que le ardían los ojos.
Había temido que los versos fueran torpes, que las palabras no dijeran nada o dijeran demasiado. No había previsto lo que sentiría si alguien entendía exactamente lo que había intentado escribir.
—La calle es distinta cuando una está dentro —murmuró.
Luis miró alrededor.
Luego volvió a doblar la hoja siguiendo los pliegues originales.
—¿Puedo guardarlo?
Carmen levantó la cabeza.
—¿Lo quiere?
—Sí.
Ella asintió.
Luis colocó el papel dentro de su chaleco.
Carmen siguió aquel movimiento hasta que la tela lo ocultó.
Durante el regreso no habló casi nada. Inés le preguntó si se encontraba bien y ella respondió que sí.
Esta vez era verdad.
La lluvia los sorprendió dos jueves después.
Había comenzado como una llovizna mientras salían de la tienda. Inés propuso regresar de inmediato, pero una ráfaga oscureció la calle y el agua cayó con fuerza antes de que alcanzaran la esquina.
Luis los llamó desde un arco cercano.
—Aquí.
Carmen sujetó su falda y corrió los últimos pasos. Inés llegó detrás, protegiendo las compras bajo el chal.
El refugio era estrecho. Una puerta cerrada ocupaba el fondo y el agua escurría por ambos lados de la entrada.
Carmen se apoyó contra la pared, riéndose por la carrera.
Tenía una gota en la punta de la nariz.
Luis la miró y se rio también.
Inés revisó el paquete.
—El encaje está seco.
—Menos mal —dijo Carmen.
La criada contempló la calle.
—Si no afloja, tendremos problemas para llegar a tiempo.
Aquella observación les recordó la casa.
Carmen dejó de reír.
Luis se apartó hacia el borde para darles más espacio. El agua le mojó un hombro.
—Se está empapando —dijo ella.
—Solo de este lado.
Carmen hizo sitio junto a la pared.
Él vaciló antes de acercarse.
Quedaron más próximos de lo que habían estado nunca.
La lluvia golpeaba las piedras con tal fuerza que las conversaciones de la plaza desaparecieron. Inés se situó junto al otro extremo del arco, pendiente del cielo y de las personas que pasaban corriendo.
Carmen miró las manos de Luis.
Él tenía los dedos entrelazados para mantenerlos quietos.
—¿Lleva todavía el poema? —preguntó.
Luis tocó el chaleco.
—Hoy sí.
—Se puede mojar.
—Está bien guardado.
Carmen sonrió.
Una gota descendió desde su cabello hasta la sien. Luis levantó la mano, dispuesto a apartarla.
Se detuvo antes de tocarla.
Ella vio la duda en su rostro.
Podría haber vuelto los ojos hacia la calle. Podría haber fingido que no había advertido el gesto.
En cambio, levantó su mano y tomó la de él.
Luis permaneció inmóvil.
Carmen también.
Sus dedos eran fríos por la lluvia. Los de él tenían pequeñas asperezas y una cicatriz que ella sintió bajo el pulgar.
Luis cerró despacio la mano alrededor de la suya.
No dijeron nada.
A unos pasos, Inés volvió ligeramente la cabeza. Los vio, miró hacia la plaza y permaneció donde estaba.
Carmen escuchaba el agua, pero ya no pensaba en cuánto tardaría en cesar.
Luis la miró.
—Carmen —dijo.
Era la primera vez que pronunciaba su nombre sin anteponerle ninguna palabra.
Ella alzó los ojos.
Él pareció buscar una frase. No la encontró.
Carmen apretó apenas sus dedos.
La lluvia empezó a disminuir.
Se separaron cuando Inés anunció que podían caminar.
Carmen tardó un instante en recuperar el guante.
Lo tenía en la mano izquierda y había olvidado ponérselo.
Luis recogió del suelo el paquete de compras, que la criada había colocado junto a la puerta, y se lo entregó.
—Puedo acompañarlas hasta…
Inés negó con suavidad.
—Desde aquí estamos cerca.
Él comprendió.
Carmen lo miró una vez más.
Ya no bastaba con decir «hasta el jueves», pero tampoco sabía qué otra cosa podía pronunciar delante de su acompañante.
—Cuide el papel —dijo.
Luis tocó el chaleco.
—Lo cuidaré.
Carmen se marchó.
El agua corría entre las piedras. Tuvo que levantar la falda para atravesar un pequeño arroyo, y al hacerlo descubrió que aún sentía el contacto de su mano.
Inés caminaba a su lado sin hablar.
Cuando estuvieron lejos de la plaza, Carmen preguntó:
—¿Estás enfadada?
La criada tardó en responder.
—Estoy preocupada.
Carmen bajó la falda.
—Solo nos tomamos de la mano.
—Lo he visto.
Continuaron unos pasos.
—Tu padre no preguntará qué hicieron —añadió Inés—. Preguntará quién es.
Carmen miró al frente.
Hasta entonces había logrado mantener separados los jueves y la casa. Luis pertenecía a la fuente, al puesto de fruta, a las conversaciones que continuaban en su memoria cuando ya estaban lejos.
De pronto tuvo que imaginarlo delante de don Rodrigo.
La imagen le produjo miedo.
Inés suavizó la voz.
—No se lo diré a nadie.
Carmen se detuvo un instante.
—Gracias.
La muchacha acomodó las compras contra su pecho.
—Vamos. Brígida ya estará mirando el reloj.
El ama de llaves las esperaba en el vestíbulo.
Observó sus zapatos mojados, la falda de Carmen y el paquete protegido bajo el chal.
—Las sorprendió el agua.
—Nos refugiamos hasta que disminuyó —explicó Inés.
Brígida recibió las compras.
Carmen esperó una pregunta más.
No llegó.
—Sube a cambiarte —le dijo—. Vas a dejar huellas por toda la casa.
La joven obedeció.
En su dormitorio se quitó los guantes y los dejó sobre el tocador. Uno estaba húmedo. El otro conservaba la forma de sus dedos.
Se acercó al balcón.
La casa de enfrente seguía vacía. El agua goteaba desde el tejado hasta la baranda y, abajo, alguien empujaba con una escoba las hojas arrastradas por la lluvia.
Carmen apoyó la palma desnuda sobre el hierro.
Estaba frío.
Cerró los ojos e intentó recordar con precisión la mano de Luis.
No le resultó difícil.
La puerta del dormitorio se abrió detrás de ella.
—Tu padre pregunta si ya has vuelto —dijo Brígida.
Carmen retiró la mano de la baranda.
—Sí.
El ama de llaves observó los guantes sobre el tocador.
Después miró a Carmen.
—Eso le he dicho.
Salió sin añadir nada.
Carmen permaneció junto al balcón hasta escuchar sus pasos alejarse.
Luego cerró las puertas y buscó su cuaderno.
En una página nueva escribió la fecha.
La pluma quedó suspendida unos segundos sobre el papel.
Por fin trazó una sola frase:
Hoy me llamó por mi nombre.
La leyó.
Esta vez no la tachó.

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