Capítulo 4 de 13
La propuesta del padre
El domingo, Brígida abrió el armario de Carmen antes de que ella terminara de peinarse.
Sacó el vestido de seda verde y lo extendió sobre la cama. Luego colocó junto a él un par de guantes que Carmen utilizaba únicamente para las visitas importantes.
—Tu padre quiere que bajes con esto.
Carmen observó el vestido desde el tocador.
—¿Viene mi tía?
—No.
Brígida empezó a revisar el cuello, buscando alguna arruga.
—Entonces puedo ponerme el claro.
—Ha pedido este.
Carmen dejó el cepillo.
En el espejo vio que el ama de llaves evitaba mirarla. Aquello la inquietó más que la elección del vestido.
—¿Quién viene?
—Don Esteban Valcárcel.
Conocía el nombre. Lo había escuchado en conversaciones de su padre y lo había visto algunas veces a la salida de misa: un hombre de barba cuidada, manos pequeñas y un bastón que llevaba incluso cuando no parecía necesitarlo.
—¿A comer?
Brígida asintió.
Carmen se volvió.
—Nunca me hacen cambiar de vestido por los socios de mi padre.
El ama de llaves alisó una manga que ya estaba lisa.
—Hoy comerás con ellos.
La joven miró de nuevo la seda verde.
Era un vestido hermoso. Su padre lo había encargado meses atrás, después de que una pariente comentara que Carmen estaba en edad de recibir visitas. Entonces no había prestado atención a la frase.
Aquella mañana le pareció que Brígida llevaba sobre la cama una explicación que ninguna de las dos quería pronunciar.
Don Rodrigo recibió a su hija en el salón.
No estaba solo. Su hermana, doña Mercedes, se había instalado en una butaca junto a la ventana y sostenía un abanico cerrado entre las manos.
—Ahora sí —dijo al ver a Carmen—. Ese color te favorece.
La joven se inclinó para besarla.
—No sabía que vendría.
—Tu padre me mandó buscar.
Carmen miró hacia él.
Don Rodrigo se ajustaba un puño de la camisa.
—Tu tía nos acompañará al almuerzo.
Doña Mercedes examinó a su sobrina de arriba abajo.
—La cinta podría ir un poco más alta.
Carmen llevó una mano al cabello.
—Brígida la puso así.
—Brígida sabe muchas cosas, pero no siempre lo que está de moda.
Su tía se levantó y acomodó la cinta sin pedir permiso. Carmen permaneció quieta mientras sentía los dedos tirando de un mechón.
—Así.
Don Rodrigo observó el resultado y asintió.
—Recuerda saludar con cortesía. Don Esteban nos honra con su visita.
—Siempre saludo con cortesía, padre.
Él levantó los ojos.
Carmen bajó la mano.
Doña Mercedes abrió el abanico.
—Está nerviosa. Es natural.
La joven volvió a mirarla.
—¿Por qué habría de estarlo?
Su tía intercambió una mirada con don Rodrigo.
Antes de que alguno respondiera, se escucharon golpes en la puerta principal.
Don Esteban entró con un pequeño estuche y un ramo envuelto en papel.
Entregó el bastón a Inés, saludó a don Rodrigo y se inclinó ante doña Mercedes. Cuando llegó el turno de Carmen, sostuvo su mirada un instante más de lo que ella esperaba.
—Cada vez se parece más a su madre.
La frase la obligó a sonreír.
Era una cortesía habitual de los visitantes, aunque pocos habían conocido verdaderamente a su madre.
—Gracias.
Don Esteban le ofreció el ramo.
Carmen lo recibió y reconoció el olor de las flores antes de mirarlas. Había rosas claras y algunas ramas pequeñas para adornarlas.
—No debía haberse molestado.
—Un gusto.
Después abrió el estuche.
Dentro había un broche dorado con una piedra verde.
Carmen no extendió la mano.
Don Rodrigo se acercó.
—Es un detalle muy generoso.
—Lo vi y pensé en ella —explicó el visitante.
Doña Mercedes soltó una pequeña exclamación de aprobación.
—Combina con el vestido.
Carmen miró a su padre.
Entonces comprendió que el color no había sido escogido aquella mañana por casualidad.
—Es precioso —dijo su tía—. Permíteme.
Tomó el broche y se acercó al pecho del vestido.
Carmen retrocedió apenas.
Doña Mercedes se detuvo.
Don Rodrigo la miró.
—Da las gracias, Carmen.
La joven sintió el peso del ramo entre los dedos.
—Se lo agradezco mucho.
Su tía prendió la joya en la seda.
Al bajar los ojos, Carmen vio la piedra asentada sobre su pecho, donde un instante antes no había nada.
Durante el almuerzo, don Esteban habló de sus almacenes.
Tenía mercancías detenidas en un camino, un administrador que le causaba disgustos y una casa en otra ciudad que pensaba reparar antes de la temporada de lluvias.
Doña Mercedes hacía preguntas.
Don Rodrigo escuchaba con atención.
Carmen cortaba la comida en pedazos pequeños.
—Su padre me ha dicho que toca el piano —comentó don Esteban de pronto.
Ella levantó la cabeza.
—Un poco.
—En mi casa hay uno excelente. Mi difunta esposa lo mandó traer.
Carmen no supo qué responder.
—Aunque apenas lo usaba —continuó él—. Siempre decía que volvería a practicar, y después encontraba otra ocupación.
Doña Mercedes sonrió.
—Carmen tiene buena mano. Y es constante cuando se lo propone.
La joven sintió que su padre la observaba.
—Me gusta tocar —dijo.
—Eso está bien —respondió don Esteban—. Una casa necesita ciertas distracciones.
Carmen miró el broche.
La piedra recogía la luz de la ventana.
—También escribe —añadió su tía.
Don Rodrigo dejó el cuchillo junto al plato.
—Copia versos.
Carmen no lo corrigió.
—Las jóvenes suelen hacerlo —dijo don Esteban—. Mi esposa guardaba un álbum de esos. Nunca supe para qué servía.
Doña Mercedes rio suavemente.
Carmen apoyó los cubiertos.
Recordó a Luis leyendo su poema junto a la fuente, deteniéndose en una palabra sin avergonzarse de preguntar. Recordó que había vuelto al principio porque deseaba leerlo otra vez.
Le costó regresar a la mesa.
—¿Le interesan los libros? —preguntó a don Esteban.
Él pareció sorprendido.
—Cuando son útiles.
—¿Y cuáles considera útiles?
—Los que ayudan a comprender el comercio, por ejemplo. O a llevar bien las cuentas.
Carmen asintió.
No había desprecio en su respuesta. Simplemente no parecía concebir que ella pudiera estar preguntando por otra cosa.
—He mandado arreglar la biblioteca —añadió él—. Hay bastantes volúmenes allí. Tendrá ocasión de conocerla.
Carmen levantó los ojos.
Doña Mercedes bebió agua.
Don Rodrigo continuó comiendo.
La frase quedó sobre la mesa sin que nadie la explicara.
Después del almuerzo le pidieron que tocara el piano.
Carmen escogió una pieza breve.
Los dedos le respondieron por costumbre, aunque en dos ocasiones tuvo que buscar la melodía que había perdido mientras pensaba.
Don Esteban permanecía sentado junto a su padre. Ambos hablaban en voz baja.
Al terminar, el visitante aplaudió con moderación.
—Muy bien.
Doña Mercedes le indicó que se acercara.
—Siéntate con nosotros.
Carmen obedeció.
Don Esteban le preguntó si le gustaban los jardines. Ella dijo que sí. Él describió el patio de su casa y la fuente que pensaba colocar en el centro.
Luego habló de una habitación orientada hacia el sol de la mañana.
—Es tranquila —dijo—. La calle de ese lado tiene poco tránsito.
Carmen miró hacia las ventanas del salón.
Le parecía que todos conocían el motivo de la visita y esperaban que ella colaborara sin obligarlos a nombrarlo.
Durante un momento deseó hacerlo.
Podría sonreír, responder y dejar que la tarde terminara. Subir después a su habitación, quitarse el vestido y continuar su vida hasta el jueves.
Pero la habitación de la que hablaba don Esteban seguía apareciendo en su imaginación.
Una ventana distinta.
Otro patio.
Otro hombre decidiendo dónde debía sentarse.
—¿Por qué me lo cuenta? —preguntó.
El visitante dejó de hablar.
Doña Mercedes cerró el abanico.
Don Rodrigo intervino antes de que Carmen pudiera añadir nada.
—Porque don Esteban desea que conozcas mejor su casa.
Ella sostuvo la mirada de su padre.
—Entiendo.
No entendía por qué nadie había considerado necesario hablar primero con ella.
Don Esteban se marchó cerca de las cuatro.
Antes de despedirse, tomó la mano enguantada de Carmen y se inclinó sobre ella.
—Ha sido una tarde agradable.
La joven respondió lo que se esperaba.
Cuando cerraron la puerta, doña Mercedes se volvió hacia su hermano.
—Es un hombre serio.
Don Rodrigo asintió.
—Y generoso —añadió ella, mirando el broche.
Carmen se lo quitó.
Su tía extendió la mano para impedirlo, pero llegó tarde.
—Podrías llevarlo un poco más.
—Me pesa.
Doña Mercedes frunció el ceño.
La joya era pequeña.
Carmen la guardó en el estuche.
Su padre abrió la puerta del despacho.
—Ven.
Ella lo siguió.
Doña Mercedes permaneció en el salón.
Sobre el escritorio había varios documentos.
Carmen reconoció la letra del administrador en una hoja y el sello de don Esteban en otra. Don Rodrigo recogió algunos papeles y los puso bajo una carpeta.
—Siéntate.
Ella tomó asiento frente a él.
Su padre acomodó el estuche del broche sobre la mesa.
—Don Esteban desea casarse contigo.
Aunque lo había comprendido durante el almuerzo, escuchar la frase completa le produjo una sensación de caída.
Miró la puerta.
Estaba cerrada.
—¿Desde cuándo?
Don Rodrigo pareció desconcertado por la pregunta.
—Hemos hablado en las últimas semanas.
Carmen pensó en los jueves.
Mientras ella aprendía a reconocer los pasos de Luis entre la gente de la plaza, su padre había conversado sobre su matrimonio con un hombre al que apenas conocía.
—¿Le ha dado una respuesta?
—Considero que es una propuesta conveniente.
—No le he preguntado eso.
Don Rodrigo se recostó en la silla.
Carmen sintió miedo, pero ya había empezado.
—¿Le dijo que yo aceptaba?
—Le dije que hablaría contigo.
Ella miró el estuche.
—Entonces dígale que no.
Su padre permaneció inmóvil.
El reloj del despacho avanzó varios segundos antes de que respondiera.
—Estás reaccionando sin pensar.
—He pensado durante toda la tarde.
—No conoces al hombre.
—Precisamente.
Don Rodrigo juntó las manos sobre la mesa.
—Tiene una posición sólida. No te faltará nada.
Carmen notó que las uñas se le hundían en las palmas, escondidas bajo los guantes.
—No quiero casarme con él.
—Todas las jóvenes sienten temor cuando llega el momento.
—No es temor.
Su padre la observó con una paciencia que ella conocía bien: la que empleaba antes de considerar terminada una discusión.
—Tu tía vendrá a hablar contigo mañana.
—No necesito hablar con mi tía.
—Carmen.
Ella se detuvo al oír el tono.
Durante años, aquel cambio de voz había bastado para hacerla callar.
Esta vez tardó un poco más.
—¿Importa lo que yo quiera?
Don Rodrigo apartó la vista.
—Importa tu futuro.
—Es mi futuro.
Él empujó la silla hacia atrás.
El ruido de la madera contra el suelo la hizo tensarse.
—No vas a hablarme como si yo fuera un desconocido que intenta perjudicarte. Todo lo que tienes ha salido de mi trabajo.
Carmen bajó los ojos hacia los documentos.
—¿Y por eso debo aceptar?
—Por eso deberías confiar.
Ella respiró despacio.
Quería encontrar una frase que no lo enfureciera y que, al mismo tiempo, le permitiera comprenderla.
—No lo amo.
Don Rodrigo soltó aire por la nariz.
—Aprenderás a respetarlo.
—Lo respeto. He sido cortés con él.
—Entonces no hay problema.
Carmen alzó la cabeza.
—Sí lo hay.
Su padre caminó hasta la ventana.
Permaneció allí unos instantes, mirando el patio.
Carmen pudo ver la tensión en su espalda. Nunca parecía tan alto como cuando se levantaba en mitad de una conversación.
—El matrimonio no es un poema —dijo.
Ella sintió calor en el rostro.
—No he dicho que lo sea.
—Una casa se sostiene con dinero, acuerdos y obligaciones. Con cosas que tú no has tenido que resolver.
Carmen miró otra vez el escritorio.
La hoja parcialmente escondida bajo la carpeta mostraba una cifra y la firma de su padre.
Recordó las conversaciones interrumpidas cuando ella entraba en el patio. Las cartas durante el desayuno. La irritación con que don Rodrigo había recibido al administrador en los últimos días.
—¿Tiene que ver con sus negocios?
Él se volvió.
—¿Qué?
—El matrimonio.
Don Rodrigo regresó a la mesa.
—No sabes de lo que hablas.
Carmen sintió deseos de retirar la pregunta.
En cambio, señaló los papeles.
—Ha estado preocupado. Don Esteban hablaba hoy como si ya hubieran acordado muchas cosas.
Su padre cerró la carpeta.
—Mis asuntos no te incumben.
La respuesta le dolió de una forma inesperada.
Hacía un momento le había hablado de confiar en él. Ahora le negaba incluso la posibilidad de entender qué estaba ocurriendo.
—Pero debo ayudar a resolverlos.
Don Rodrigo apoyó ambas manos en el escritorio.
—Basta.
Carmen se levantó.
No se había propuesto desafiarlo de aquella manera. Le temblaban las rodillas y tenía la garganta seca.
Aun así, sostuvo el estuche.
—Esto tampoco lo quiero.
Lo dejó delante de él.
Su padre miró la joya.
Después abrió la puerta.
—Retírate.
Carmen pasó junto a él.
Antes de salir, lo escuchó añadir:
—Hay decisiones que pertenecen al jefe de esta casa.
Ella se detuvo con una mano sobre el marco.
Podía volverse. Podía repetir que no quería casarse.
Comprendió que él ya lo sabía.
Continuó andando.
Doña Mercedes la esperaba al pie de la escalera.
—Tu padre desea lo mejor para ti.
Carmen siguió subiendo.
Su tía se acercó.
—Escúchame un momento.
Ella se volvió.
—¿Sabía por qué venía don Esteban?
Doña Mercedes vaciló.
—Tu padre me lo comentó.
—¿Y nadie pensó en decírmelo?
—Habrías pasado la mañana nerviosa.
Carmen miró el abanico entre las manos de su tía.
—He pasado toda la tarde sin saber qué podía contestar.
—No tenías que contestar nada. Solo conocerlo.
La joven sintió que la conversación regresaba al mismo lugar del que acababa de salir.
—Estoy cansada.
Doña Mercedes suspiró.
—Descansa. Mañana verás las cosas con más calma.
Carmen terminó de subir.
En el pasillo encontró a Inés.
La muchacha llevaba una bandeja vacía y se detuvo al verla.
—¿Qué ocurre?
Carmen negó con la cabeza.
Entró en su dormitorio y cerró la puerta.
Le costó quitarse el vestido.
Los botones de la espalda estaban demasiado juntos para sus dedos. Tiró de uno, después de otro, y terminó por quedarse inmóvil frente al espejo.
La seda verde le pareció ajena.
Llamó a Inés.
La criada entró enseguida y comenzó a desabrocharla sin preguntar. Solo cuando el vestido quedó sobre la cama, Carmen pudo hablar.
—Quiere casarme con don Esteban.
Inés dejó de doblar una manga.
—¿Su padre?
Carmen asintió.
La muchacha bajó la voz.
—¿Y usted?
La pregunta bastó para que los ojos de Carmen se llenaran de lágrimas.
Había hablado con su padre, su tía y el visitante. Nadie había formulado aquello con tanta sencillez.
Se sentó en la cama.
—Yo no quiero.
Inés dejó el vestido y se acercó.
No intentó asegurarle que todo se resolvería. Se quedó a su lado mientras Carmen lloraba, cuidando que sus sollozos no llegaran hasta el pasillo.
Cuando logró calmarse, la joven preguntó:
—¿Crees que puede obligarme?
Inés miró la puerta.
—No sé.
Carmen agradeció aquella respuesta, aunque la asustara.
Afuera, Brígida llamó a la criada.
Inés apretó un instante su mano antes de salir.
La cena llegó en una bandeja.
Brígida la dejó junto al balcón.
—Tu padre dice que puedes comer aquí.
Carmen miró el plato.
—No tengo hambre.
—Come un poco.
El ama de llaves recogió el vestido verde.
Lo sostuvo por los hombros y examinó los botones abiertos.
—No lo quiero puesto otra vez —dijo Carmen.
Brígida no respondió de inmediato.
—Lo guardaré.
La joven la miró.
Quiso preguntarle si lo había sabido. Si había elegido aquella seda siguiendo instrucciones que todos comprendían salvo ella.
Sin embargo, el cansancio pudo más.
Brígida abrió el armario y colgó el vestido con cuidado.
Cuando se marchó, Carmen tomó una cucharada de sopa. Estaba tibia.
Comió apenas la mitad.
Después abrió el balcón.
El callejón conservaba la humedad de la tarde. Desde la casa de enfrente llegaba el pequeño golpeteo de una puerta suelta.
Carmen apoyó las manos en la baranda.
Pensó en Luis.
Hasta aquella mañana, recordarlo había sido una alegría que cabía en los momentos libres. Ahora lo necesitaba de otra manera. Deseaba contarle lo sucedido y escuchar su voz antes de que las decisiones de su padre ocuparan toda la casa.
No sabía cuándo llegaría el próximo jueves.
No sabía si la dejarían salir.
Encendió una vela y sacó papel del cajón.
Escribió:
Luis: mi padre ha recibido una propuesta de matrimonio.
La frase parecía escrita por alguien sereno.
La rompió.
En la segunda hoja comenzó explicando la visita, el ramo y el broche. Llenó varios renglones y luego se dio cuenta de que había descrito todo salvo lo que quería decir.
También la rompió.
Se quedó mirando la tercera hoja.
El viento movió ligeramente la llama.
Carmen pensó en el poema que Luis llevaba guardado. Había tenido miedo al entregárselo, pero él lo había leído con atención y había comprendido.
Apoyó la pluma.
Luis:
Hoy mi padre me ha dicho que quiere casarme con don Esteban Valcárcel. Yo le he respondido que no deseo hacerlo, pero no sé si aceptará mi respuesta.
No puedo esperar al jueves para contártelo. Tampoco sé si podré salir.
Se detuvo.
Había algo más.
Algo que nunca habían dicho al tomarse de la mano, aunque ella lo había llevado consigo durante todo el camino de regreso.
Continuó:
Cuando pienso en lo que quiero para mi vida, tú estás ahí. No sé todavía cómo decírtelo sin sentir miedo. Solo sé que no quiero ocultártelo.
Carmen leyó las palabras.
Esta vez no apartó la vista.
Añadió:
No sé qué puede hacer mi padre, pero sé que no quiero la vida que ha elegido para mí.
Firmó.
Esperó a que la tinta secara.
Después dobló el papel hasta que pudo esconderlo dentro de su mano.
Inés regresó para retirar la bandeja.
Carmen se levantó antes de que alcanzara la mesa.
—Necesito pedirte algo.
La criada vio el papel.
No preguntó para quién era.
—Mañana llevan ropa a la lavandería —dijo en voz baja.
Carmen se acercó.
—¿Podrías…?
Inés tomó la carta.
—Conozco a una muchacha que trabaja cerca del taller de su hermano. Puedo dársela.
La joven sintió alivio y culpa al mismo tiempo.
—Si te descubren…
—No la llevaré en el bolsillo.
Inés se acercó al montón de ropa preparado junto al armario. Separó una prenda, deslizó la carta entre dos pliegues y la dejó debajo de las demás.
Luego recogió la bandeja.
En la puerta se volvió.
—¿Quiere mucho a Luis?
Carmen permaneció quieta.
No había tenido tiempo de hacerse la pregunta con esas palabras.
Pensó en su mano bajo la lluvia, en la paciencia con que ayudaba a Tomás y en la alegría de escuchar que había conseguido leer una página entera.
Pensó también en el lugar vacío junto a la fuente cuando él no había podido acudir.
—Sí —respondió.
Inés asintió.
Salió con la bandeja.
Carmen escuchó sus pasos alejarse y miró el montón de ropa.
La carta estaba allí.
Por primera vez, una decisión suya iba a abandonar la casa antes de que su padre pudiera detenerla.

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