Capítulo 5 de 13

La denuncia

La carta llegó a Luis el lunes, cuando todavía tenía las manos cubiertas de polvo.

Una muchacha lo esperaba frente al taller de Mateo. Llevaba un canasto de ropa sobre la cadera y miraba hacia ambos extremos de la calle.

—¿Usted es Luis?

Él dejó en el suelo la tabla que ayudaba a transportar.

—Sí.

La joven sacó un papel de entre las prendas.

—Me dijeron que se lo diera en la mano.

Luis reconoció la letra antes de desdoblarlo.

—¿Quién te lo entregó?

—Inés.

Quiso preguntar más, pero la muchacha ya había acomodado el canasto.

—Tengo que volver.

Luis le agradeció. La vio alejarse y buscó un lugar donde leer sin que nadie le hablara.

Se sentó sobre un banco junto a la pared del taller.

Las primeras líneas le exigieron toda su atención. Encontró una palabra que no conocía bien, volvió al principio y comprendió la frase por lo que venía después.

Don Esteban Valcárcel.

Propuesta de matrimonio.

La respuesta de Carmen.

Luis apretó el papel entre los dedos y aflojó enseguida la mano para no arrugarlo.

Cuando llegó al párrafo donde ella hablaba de lo que quería para su vida, dejó de escuchar los golpes de herramientas que salían del taller.

Tú estás ahí.

Volvió a leer esas palabras.

Habían conversado durante semanas, se habían buscado entre la gente y se habían tomado de la mano bajo la lluvia. Aun así, recibir aquella certeza por escrito le produjo una alegría que casi dolía.

Luego leyó el final.

Carmen tenía miedo.

Guardó la carta y se puso de pie.

Mateo lo encontró poco después junto a la puerta.

—¿Qué pasó?

Luis le entregó el papel.

Su hermano lo leyó con más rapidez. Cuando terminó, no hizo ninguna broma.

—Valcárcel tiene dinero —dijo.

—Lo sé.

—Y conoce a todo el mundo.

Luis tomó de nuevo la carta.

—No me ha escrito sobre él.

Mateo lo miró.

—Te ha escrito porque su padre quiere casarla con él.

Luis pasó el pulgar por un pliegue.

—Tengo que hablar con ella.

—¿Cómo?

No lo sabía.

El jueves estaba demasiado lejos. Podía ir a la fuente aquella misma tarde, aunque Carmen no hubiera prometido salir. Podía preguntar en el puesto de fruta. También podía buscar a Inés.

Lo único que le resultaba insoportable era volver a casa y esperar.

Mateo apoyó una mano sobre el banco.

—Si vas a su puerta, primero piensa qué vas a decir.

Luis levantó la cabeza.

—No voy a ir a su puerta.

Pero había pensado en ello.

Su hermano lo advirtió y no insistió.

En casa de Carmen, el lunes transcurrió con una calma difícil de soportar.

Don Rodrigo salió temprano. Doña Mercedes no llegó por la mañana, como había anunciado, y Brígida mantuvo a Inés ocupada en la cocina.

Carmen pasó varias veces cerca de la escalera.

Quería preguntar por la carta, pero no encontraba un momento en que la criada estuviera sola.

A mediodía la vio cruzar el patio con una jarra.

Se acercó fingiendo buscar una servilleta.

—¿Llegó? —susurró.

Inés asintió.

Carmen sintió que se le aflojaban las rodillas.

—¿Estás segura?

—Se la dieron a él.

Desde la cocina, Brígida llamó a la muchacha.

Inés se apartó.

Carmen volvió al comedor con las manos vacías. Se dio cuenta de ello cuando Brígida le preguntó qué buscaba.

—Agua.

El ama de llaves señaló la jarra que ya estaba sobre la mesa.

—Ahí tienes.

Carmen se sirvió.

Bebió aunque no tenía sed.

Luis esperó junto a la fuente aquella tarde.

Llevaba un papel para responder, pero no había conseguido escribir nada que le pareciera suficiente. Había intentado comenzar dos veces en el taller. Al final solo había trazado el nombre de Carmen.

Quería decirle que también ella estaba en la vida que imaginaba.

Quería preguntarle qué deseaba hacer.

Y quería asegurarle que no tendría que enfrentar sola aquella conversación.

Las frases se le amontonaban cuando intentaba ponerlas en orden.

Al caer la tarde, compró fruta para justificar su permanencia. Tomás ya había sido enviado a casa y su madre comenzaba a recoger el puesto.

—¿Espera a la señorita? —preguntó la mujer.

Luis dejó de acomodar las monedas.

Ella ató un extremo del paño.

—No ha venido.

Él asintió.

—Si la ve mañana…

Se detuvo.

La mujer lo miró con una seriedad nueva.

Luis sacó el papel incompleto y volvió a guardarlo.

—Dígale que vine.

—Si la veo, se lo diré.

La ayudó a levantar una cesta.

Después regresó a casa.

Don Rodrigo recibió la noticia el martes.

Se encontraba frente a un almacén, conversando con un conocido sobre una entrega que llevaba varios días retrasada. El hombre cambió de asunto mientras guardaba un recibo.

—Por cierto, vi a su hija cerca de la fuente.

Don Rodrigo levantó la cabeza.

—¿Cuándo?

—La semana pasada. El día de la lluvia, creo.

El hombre sonrió.

—Conversaba con un joven. Muy atenta, por lo que alcancé a ver.

Don Rodrigo permaneció quieto.

—La acompaña una criada.

—Sí, sí. La muchacha estaba allí.

Su conocido empezó a comprender que el comentario no había sido bien recibido.

—Seguramente alguien que usted conoce.

—¿Cómo era?

El hombre vaciló.

Describió a Luis: joven, ropa modesta, una camisa clara que parecía reservada para ocasiones especiales.

—Creo que trabaja en la mina. Lo he visto por ese camino.

Don Rodrigo miró hacia la plaza.

—¿Los ha visto otras veces?

—Una o dos.

El hombre bajó la voz.

—No quise decir…

Don Rodrigo dio por terminada la conversación.

Volvió a casa sin entrar al almacén.

Brígida estaba contando servilletas cuando él cruzó el vestíbulo.

Dejó el sombrero sobre una silla.

—¿Dónde está Carmen?

—Arriba.

—Llama a Inés.

El ama de llaves notó algo en su voz y abandonó la labor.

Inés llegó desde el patio con las manos húmedas.

—Señor.

Don Rodrigo la hizo entrar en el despacho.

Brígida los siguió, pero él levantó una mano.

—Tú también.

Cerró la puerta.

Inés se quedó cerca del marco. Había agua entre sus dedos y procuró secarse discretamente las palmas contra el delantal.

—¿Con quién habla mi hija cuando salen?

La muchacha miró un instante a Brígida.

—Con los dependientes, señor. A veces con la señora del puesto de fruta.

—¿Y con un hombre?

Inés no respondió enseguida.

Don Rodrigo se acercó.

—Te he hecho una pregunta.

—Hace unas semanas un niño se cayó junto a la fuente.

Brígida volvió los ojos hacia ella.

—Un joven lo ayudó —continuó la criada—. La señorita le prestó un pañuelo.

—¿Y han tardado semanas en devolverlo?

Inés bajó la mirada.

Don Rodrigo aguardó.

El silencio de la muchacha fue suficiente.

Se volvió hacia Brígida.

—Ve al dormitorio. Revisa los cajones.

El ama de llaves no se movió.

—La señorita está allí.

—Que salga.

Brígida sostuvo su mirada un instante.

Después abrió la puerta.

Carmen estaba escribiendo cuando el ama de llaves entró.

Cerró el cuaderno por costumbre.

Brígida miró el escritorio y luego el tocador.

—Tu padre quiere que bajes.

Carmen se puso de pie.

—¿Ahora?

—Sí.

Antes de salir, vio que Brígida se acercaba al primer cajón.

Se detuvo.

—¿Qué hace?

El ama de llaves mantuvo la mano sobre el tirador.

No respondió.

Carmen miró el cuaderno cerrado.

Después el cajón donde guardaba sus papeles.

—¿Le ha pedido que busque algo?

Brígida abrió despacio.

—Baja, Carmen.

La joven cruzó la habitación y sujetó el cajón.

Dentro estaban los pañuelos, algunas cintas y la nota que Luis le había entregado el último jueves.

La recordaba palabra por palabra.

El jueves puedo salir temprano. Quiero mostrarte dónde se ve toda la ciudad.

La habían escrito entre ambos junto a la fuente. Luis había querido asegurarse de que ella recordara el encuentro, y Carmen le había prestado su pluma. Él había formado las letras con cuidado, apoyando el papel sobre la piedra.

Ahora la nota estaba allí, doblada bajo una cinta.

Carmen la tomó.

Brígida la vio.

—Dámela.

La joven negó.

—Tu padre ya sabe que hablas con alguien.

Carmen dejó de respirar un instante.

El ama de llaves extendió la mano.

—No hagas que venga a buscarla él.

Durante unos segundos permanecieron una frente a otra.

Carmen miró la nota.

Podía romperla.

Pero el nombre de Luis ya había entrado en la casa, aunque su padre todavía no lo conociera.

Entregó el papel.

Don Rodrigo esperaba de pie junto al escritorio.

Inés permanecía al otro extremo de la habitación.

Carmen la miró primero. La criada tenía los labios apretados y parecía esforzarse por no llorar.

Brígida dejó la nota sobre la mesa.

Don Rodrigo la leyó.

Al terminar, levantó los ojos hacia su hija.

—¿Quién es?

Carmen apretó las manos junto a la falda.

—Luis.

—¿Luis qué?

—Mendoza.

Su padre repitió el apellido en voz baja.

Se acercó al escritorio, abrió un cajón y sacó una relación de trabajadores. Pasó un dedo por la lista.

Carmen contempló el movimiento con una angustia creciente.

Don Rodrigo encontró lo que buscaba.

—Un minero.

Ella asintió.

Él dejó la hoja junto a la nota.

Durante un instante, ambos papeles permanecieron separados sobre la madera: en uno estaba la invitación escrita por Luis; en el otro, una línea donde su nombre aparecía acompañado de un salario.

Don Rodrigo señaló esa línea.

—¿Sabes siquiera quién es?

—Sí.

—¿Y desde cuándo te encuentras con él?

Carmen miró a Inés.

Su padre golpeó el escritorio con la palma.

—Mírame a mí.

Ella obedeció.

—Desde hace varias semanas.

—¿A escondidas?

—Usted me permitía salir.

—A comprar lo que necesitabas.

Carmen sintió que el miedo empezaba a mezclarse con rabia.

—También necesitaba hablar con alguien.

Don Rodrigo avanzó hacia ella.

El golpe la tomó por sorpresa.

La cabeza se le volvió hacia un lado y tuvo que apoyarse en el borde del escritorio. Durante unos segundos oyó un zumbido y no logró distinguir las palabras de Inés.

La criada había dado un paso.

Brígida le sujetó el brazo.

Carmen se llevó los dedos a la mejilla.

Su padre respiraba con fuerza.

Ella lo miró sin comprender del todo que aquello acababa de ocurrir.

—Fuera —ordenó él.

Inés no se movió.

—¡Fuera!

Brígida la condujo hacia la puerta.

Antes de cerrarla, miró a Carmen.

La joven permanecía apoyada en el escritorio.

Cuando quedaron solos, don Rodrigo recogió la nota.

—No volverás a verlo.

Carmen notaba el latido de su cara.

No respondió.

Su padre continuó:

—Le enviaré aviso. Si vuelve a acercarse a ti, perderá el trabajo.

Ella se enderezó.

—Él no ha hecho nada malo.

—Ha olvidado su lugar.

—Yo fui quien le habló.

Don Rodrigo la observó.

Carmen sostuvo su mirada, aunque todavía le temblaban las piernas.

—Y yo quiero seguir viéndolo.

Su padre dejó la nota sobre la mesa con una lentitud que la asustó.

—Ahora entiendo tu conducta del domingo.

Ella guardó silencio.

—¿Rechazaste a don Esteban por ese hombre?

Carmen pensó en la habitación descrita durante el almuerzo, en el broche verde y en su padre cerrando la carpeta.

—Lo rechacé porque no quiero casarme con él.

—¿Y con el otro sí?

La pregunta quedó entre ambos.

Carmen no había hablado con Luis de matrimonio. Apenas habían empezado a decir lo que sentían. Pero la amenaza de su padre convertía cada respuesta en una renuncia o una defensa.

—Quiero elegir —dijo.

Don Rodrigo torció la boca.

—No sabes lo que eliges.

—Entonces déjeme conocerlo.

Él apartó la silla de un empujón.

Carmen retrocedió.

Su padre vio el movimiento. No pareció detenerlo ni avergonzarlo.

Abrió la puerta y llamó a Brígida.

El ama de llaves apareció casi enseguida.

Don Rodrigo sacó una llave del bolsillo.

—Llévala arriba.

Brígida miró la llave.

—Señor…

—Desde hoy permanecerá en su habitación.

Carmen sintió un frío súbito.

—No puede encerrarme.

Su padre se volvió hacia ella.

—No volverás a salir hasta que entiendas lo que has hecho.

Después miró al ama de llaves.

—Y si insiste en mencionar a ese hombre, prepararás sus cosas para el convento.

Carmen subió despacio.

No quería darle a su padre el espectáculo de verla correr, pero cada escalón le exigía un esfuerzo.

Brígida iba detrás.

En el pasillo encontraron a Inés junto a una ventana. La criada se acercó, llorando ya sin disimulo.

—No le dije su nombre.

Carmen le tomó la mano.

—Lo sé.

—Me preguntó y yo…

—Lo sé, Inés.

Brígida abrió la puerta del dormitorio.

Carmen entró.

Vio el escritorio, el vestido claro sobre una silla y el libro que había dejado abierto por la mañana. Todo estaba en el mismo lugar. Le resultó extraño que la habitación pudiera seguir pareciendo la suya.

El ama de llaves dejó una jofaina sobre el tocador.

—Ponte un paño frío.

Carmen se miró en el espejo.

La mejilla empezaba a enrojecer.

Brígida humedeció un pañuelo y se lo ofreció. La joven lo recibió sin hablar.

Desde el pasillo, Inés quiso entrar.

—Ahora no —dijo Brígida.

Carmen volvió la cabeza.

—Que se quede.

El ama de llaves miró hacia la escalera.

Abajo se escuchó la voz de don Rodrigo llamándola.

Brígida cerró los ojos un momento.

Después salió.

La puerta se cerró.

Carmen oyó introducir la llave.

Se puso de pie.

—Brígida.

El metal giró.

—Brígida, por favor.

Al otro lado hubo una pausa.

Luego se alejaron unos pasos.

Carmen se acercó a la puerta y puso la mano sobre el picaporte.

Lo bajó.

La madera no cedió.

Permaneció allí hasta que el paño comenzó a gotearle sobre la manga.

Después lo dejó en la jofaina.

La tarde avanzaba.

Desde la calle llegaban voces, el golpe de unas ruedas contra las piedras y una conversación que se interrumpió bajo su balcón. Carmen abrió las puertas y salió.

Abajo, dos mujeres cruzaban el callejón llevando una cesta entre ambas.

Una levantó la cabeza.

Carmen se apartó por instinto.

Regresó al dormitorio y buscó su cuaderno.

Lo abrió en la última página escrita.

Hoy me llamó por mi nombre.

Pasó los dedos sobre la tinta seca.

Quiso añadir algo debajo, pero no encontró palabras.

La pluma permaneció en el escritorio.

Al caer la noche llevaron la cena.

Brígida entró con la bandeja y cerró detrás de sí. Carmen miró la llave que llevaba sujeta en la mano.

—¿Cuánto tiempo?

El ama de llaves colocó la comida sobre la mesa.

—No lo ha dicho.

—¿Va a dejarme aquí mañana?

Brígida no respondió.

Carmen se acercó.

—¿Y el jueves?

El silencio del ama de llaves le dio la respuesta.

Más tarde escuchó a Inés al otro lado de la puerta.

La criada habló tan bajo que Carmen tuvo que arrodillarse cerca del umbral.

—Voy a intentar avisarle.

Carmen apoyó la mano en la madera.

—No hagas nada que pueda ponerte en peligro.

Inés soltó aire.

—Tiene que saberlo.

La joven cerró los ojos.

Era cierto.

Luis podría esperarla junto a la fuente. Podría creer que había cambiado de opinión después de escribirle. Peor aún: podía acercarse a la casa sin conocer la amenaza de don Rodrigo.

—Dile que no venga —susurró—. Mi padre quiere hacerle perder el trabajo.

Al otro lado, Inés guardó silencio.

—¿Me has oído?

—Sí.

Carmen apretó los dedos contra el suelo.

—Y dile que no fui yo.

La frase salió rota.

Inés se acercó más.

—¿Qué no fue usted qué?

Carmen miró hacia el escritorio, hacia el cuaderno abierto y las cortinas inmóviles.

—La que dejó de querer verlo.

Un ruido en la escalera interrumpió la conversación.

Los pasos de Inés se alejaron deprisa.

Carmen permaneció arrodillada.

En la planta baja, una puerta se cerró. Después la casa fue quedando en silencio.

La llave seguía fuera.

Ella seguía dentro.

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