Capítulo 6 de 13

La casa vacía

Inés encontró a Luis cerca de la iglesia, el miércoles al caer la tarde.

Había salido a recoger un frasco para Brígida y llevaba las monedas apretadas dentro del bolsillo. Don Rodrigo había permitido el encargo después de preguntarle cuánto tardaría. La muchacha había respondido que regresaría antes de que encendieran las lámparas.

Ahora veía a Luis al otro lado de la calle y no sabía cómo llamarlo sin atraer miradas.

Él la reconoció primero.

Se apartó de un grupo de hombres que conversaban junto a la escalinata y cruzó hacia ella.

—¿Carmen?

Inés miró alrededor.

—Caminemos.

Luis obedeció. Se mantuvo a un paso de distancia mientras avanzaban hacia una calle menos concurrida.

—¿Recibió mi carta? —preguntó él.

La muchacha volvió la cabeza.

—¿Le escribió?

—No he podido hacérsela llegar.

Inés bajó los ojos.

—Entonces es mejor que la guarde.

Luis se detuvo.

Ella también.

La luz empezaba a disminuir entre los edificios. Desde la plaza llegaban las voces de unos vendedores que recogían sus puestos.

—Su padre lo sabe —dijo Inés.

Luis sintió que todo lo que había preparado para decirle a Carmen se volvía inútil.

—¿Qué sabe?

—Que se encuentran. Encontró una nota.

Él recordó la hoja escrita junto a la fuente.

—¿Dónde está ella?

Inés apretó el frasco que acababa de comprar.

—En su habitación.

—Voy a hablar con…

La muchacha le sujetó el brazo.

—No.

Luis la miró.

Inés retiró la mano enseguida, pero continuó:

—Me pidió que le dijera que no fuera. Su padre amenazó con hacerle perder el trabajo.

Él apenas escuchó la última parte.

—¿La deja salir?

Inés negó.

—Cierra la puerta con llave.

Luis volvió el rostro hacia la calle por donde se llegaba a la casa.

La criada dio un paso para interponerse.

—Si va ahora, será peor.

Él permaneció inmóvil.

—¿Le hizo daño?

Inés abrió la boca y volvió a cerrarla.

Luis sintió el cambio en su respiración.

—Dímelo.

La muchacha miró el suelo.

—La golpeó.

Él cerró la mano.

Durante unos segundos no consiguió hablar. Se imaginó a Carmen en el despacho de su padre, a quien nunca había visto de cerca, y no supo dónde colocar aquella imagen dentro de los recuerdos que tenía de ella.

La fuente.

El papel doblado.

Su mano bajo la lluvia.

Y ahora aquello.

—¿Está bien?

Inés asintió, aunque sus ojos se llenaron de lágrimas.

—La mejilla todavía le duele. Pero está bien.

Luis se pasó una mano por la boca.

—¿Qué puedo hacer?

La muchacha tardó en responder.

—No sé.

La sinceridad de aquella respuesta lo dejó sin apoyo.

Inés miró hacia la iglesia. Las campanas comenzaron a sonar.

Tenía que volver.

—Me pidió que le dijera otra cosa.

Luis levantó la cabeza.

La criada tragó saliva.

—Que no fue ella la que dejó de querer verlo.

Él bajó los ojos.

La rabia seguía allí, pero aquellas palabras le permitieron respirar.

—Dile que yo tampoco.

Inés asintió.

—Y que encontraré una manera de hablar con ella.

La muchacha lo miró con preocupación.

—No vaya a la puerta.

Luis tardó un instante.

—No iré.

Inés acomodó el frasco entre las manos y regresó por donde había venido.

Él la vio alejarse hasta que desapareció entre la gente.

Aquella noche no abrió el libro.

Mateo lo había dejado sobre la mesa, junto a la lámpara. Cuando Luis entró, su hermano supo enseguida que había recibido noticias.

Lo escuchó sin interrumpir.

Después se levantó, cerró la puerta y volvió a sentarse.

—Si te presentas allí, no te dejarán verla.

—Ya lo sé.

—Y pueden decir que los amenazaste.

Luis apoyó los codos en las rodillas.

—Ya lo sé, Mateo.

El muchacho guardó silencio.

Luis miró sus manos. Había trabajado toda la vida para que pudieran servirle. Sabía cargar, reparar, sostener el peso de otro hombre cuando necesitaba ayuda.

Ahora no encontraba qué hacer con ellas.

—La tiene encerrada —dijo.

Mateo miró la lámpara.

—¿No puede bajar cuando él sale?

—La puerta está cerrada.

—¿Y las ventanas?

Luis levantó la cabeza.

Nunca había visto el dormitorio de Carmen.

Sabía que tenía un balcón. Ella se lo había descrito al hablar del poema: una baranda de hierro, dos macetas, una silla. Enfrente había una casa tan próxima que de niña había imaginado conversar con sus habitantes.

Luis recordó aquello con claridad.

Se puso de pie.

Mateo lo observó.

—¿Adónde vas?

—A caminar.

Su hermano también se levantó.

—Voy contigo.

Luis no discutió.

La casa de don Rodrigo tenía una entrada amplia y ventanas protegidas por rejas.

Luis la reconoció por la descripción de Inés. Había pasado cerca otras veces sin detenerse, procurando que nadie pudiera relacionar sus pasos con Carmen.

Ahora se quedó al comienzo de la calle.

En la planta baja había luz.

Dos hombres salieron por la puerta principal y se despidieron de alguien que permanecía dentro. Luis no alcanzó a verlo.

Mateo le tocó el brazo.

—Desde aquí llaman la atención.

Continuaron andando.

Dieron vuelta por una calle estrecha que bordeaba un costado de la casa. Las piedras estaban húmedas y el aire olía a agua retenida entre los muros.

Luis levantó la vista.

Vio dos balcones.

Uno pertenecía a la casa de Carmen.

El otro estaba justo enfrente.

Se detuvo.

Mateo siguió su mirada.

—¿Es ese?

Luis no contestó enseguida.

Una lámpara encendida detrás de las cortinas iluminaba las puertas del primer balcón. No había nadie fuera.

En la casa opuesta todo permanecía oscuro.

El espacio entre ambas barandas era mínimo.

Luis avanzó un par de pasos y volvió a mirar.

Si una persona se inclinaba desde cada lado, podrían tocarse.

—Luis.

Él señaló el balcón vacío.

—¿Quién vive allí?

Mateo observó la fachada.

La puerta inferior tenía el polvo acumulado en los relieves. Una de las ventanas estaba cubierta por una tabla.

—No parece vivir nadie.

Luis se acercó y examinó la cerradura.

No la tocó.

Al fondo del callejón se abrió una puerta. Una mujer salió con un cubo y los miró.

—¿Buscan a alguien?

Mateo se apartó un poco.

Luis se volvió.

—Al dueño de esta casa.

La mujer dejó el cubo junto a su puerta.

—Don Anselmo. Ya no vive aquí.

—¿Dónde podría encontrarlo?

Ella los examinó antes de responder.

—Con su hermana, cerca del mercado. La casa de la puerta azul.

Luis se quitó el sombrero.

—Gracias.

La mujer levantó el cubo.

—Quiere venderla, si eso es lo que busca. Lleva meses diciendo que se irá con los hijos.

Luis miró otra vez hacia arriba.

Las cortinas de Carmen se movieron ligeramente.

Esperó.

Nadie salió.

Encontró a don Anselmo al día siguiente.

Era un hombre de espalda encorvada que abrió la puerta con un manojo de llaves entre los dedos. Luis tuvo la impresión de que siempre las llevaba consigo.

—¿La casa del callejón? —preguntó.

—Sí.

Don Anselmo lo observó de los zapatos al sombrero.

—¿Para usted?

—Para mí.

—Es pequeña.

—Quisiera verla.

El hombre miró hacia el interior de la casa de su hermana.

—Voy a buscar la otra llave.

Luis esperó junto a la puerta.

Cuando don Anselmo regresó, llevaba un abrigo demasiado grueso para aquella mañana.

Caminaron despacio.

El propietario habló de la casa durante el trayecto: la había heredado de su esposa, el techo necesitaba algunas reparaciones y había tenido dificultades para venderla porque los compradores preferían una calle donde cupiera un carro.

Luis escuchó.

No mencionó a Carmen.

Al llegar, don Anselmo tuvo que empujar la puerta con el hombro.

La madera se abrió con un gemido.

Un olor a polvo y encierro salió hacia el callejón.

—Hay que ventilar —dijo el hombre.

La planta baja tenía dos habitaciones y un patio diminuto.

En un rincón había restos de leña; en otro, una jarra rota. La luz entraba desde arriba y dejaba las paredes en penumbra.

Luis examinó una mancha cerca del techo.

—¿Entra agua?

—Cuando llueve fuerte.

Don Anselmo lo dijo sin intentar disimularlo.

Subieron por una escalera estrecha.

Dos peldaños crujieron bajo el peso de Luis. Se detuvo a comprobarlos antes de continuar.

Arriba había un cuarto casi vacío.

Una silla rota descansaba junto a la pared. En el suelo se distinguía la marca de un mueble retirado tiempo atrás.

Las puertas del balcón estaban cerradas.

Luis se acercó.

Don Anselmo buscó una llave pequeña.

—Esto también se atasca.

La cerradura cedió al segundo intento.

Luis abrió.

La claridad le hizo entrecerrar los ojos.

Enfrente estaban las dos macetas.

La baranda de hierro.

La silla.

El dormitorio de Carmen quedaba oculto tras una cortina ligera.

Luis apoyó las manos en su propio balcón y midió la distancia con la vista.

No era una ilusión producida por la oscuridad.

Estaba cerca.

Muy cerca.

Don Anselmo se colocó a su lado.

—Por aquí entra poco sol, pero corre aire.

Luis retrocedió antes de que el hombre pudiera advertir cuánto le importaba lo que había al otro lado.

—¿Cuánto pide?

El propietario le dijo la cantidad.

Luis mantuvo el rostro quieto.

Era casi todo lo que había ahorrado.

Volvió a casa con polvo en las mangas.

Mateo había terminado de comer y guardaba el pan sobrante en un paño.

—¿La viste?

Luis asintió.

—¿Y?

Se sentó.

Durante un momento contempló el libro sobre la mesa.

Después le dijo el precio.

Mateo dejó el pan.

—Eso es el taller.

Luis bajó la cabeza.

—Lo sé.

Su hermano permaneció de pie.

—La sierra. El banco. Las herramientas.

—Lo sé.

Mateo apartó la silla, pero no se sentó.

—¿Vas a comprarla?

Luis miró hacia la ventana.

—Desde el balcón podría hablar con ella.

—¿Y después?

La pregunta lo hizo volver el rostro.

Mateo continuó:

—¿Vas a pasar los días allí mientras su padre decide cuándo mandarla lejos?

Luis apoyó las manos sobre la mesa.

—Necesito saber qué quiere hacer.

—Te lo ha escrito.

—Me ha dicho que no quiere casarse con ese hombre. No sé si quiere marcharse. No sé cuánto tiempo tenemos.

Mateo se sentó al fin.

Luis habló más despacio:

—No puedo decidir por ella desde aquí.

Su hermano miró el suelo.

Aquella frase lo detuvo.

Habían pasado la infancia escuchando decisiones tomadas por otros: dónde trabajaría su padre, cuánto recibirían al final de la semana, cuándo había que abandonar una habitación porque alguien podía pagar más.

Mateo levantó la cabeza.

—Podrías alquilarla.

—Le pregunté. Quiere vender.

—¿Y si después necesitas ese dinero para salir de Guanajuato?

Luis no respondió.

Había hecho la misma cuenta durante todo el camino.

—Quedaría poco —admitió.

Mateo se pasó una mano por el cabello.

El silencio duró hasta que una vecina golpeó algo contra el borde de una pila en el patio.

Luis se inclinó y sacó la lata de debajo de la cama.

La puso sobre la mesa.

No la abrió.

Mateo la miró como si acabara de conocerla.

Carmen pasó el jueves junto al balcón.

Se había vestido a la misma hora de siempre. Después comprendió que no necesitaba hacerlo y quedó sentada ante el tocador con el peine en la mano.

Inés le llevó el desayuno.

—Lo vi —dijo en cuanto Brígida salió del pasillo.

Carmen se volvió.

La criada repitió el mensaje de Luis.

La joven escuchó sin moverse.

Cuando Inés terminó, Carmen cerró los ojos.

—¿Parecía muy enfadado?

—Sí.

Ella abrió los ojos con miedo.

—Pero me prometió que no vendría a la puerta —añadió la muchacha.

Carmen respiró mejor.

Inés colocó la taza cerca de ella.

—Dijo que encontraría una manera.

Durante el resto de la mañana, Carmen se descubrió prestando atención a cada ruido de la calle.

Una voz.

Un paso.

Una puerta.

Varias veces se levantó y miró hacia abajo.

Luis no apareció.

Al mediodía, Brígida entró y encontró la bandeja casi intacta.

—Tienes que comer.

Carmen tomó el pan.

Lo partió sin hambre.

—¿Mi padre sigue diciendo lo mismo?

El ama de llaves recogió la taza vacía.

—Está ocupado.

Carmen la miró.

—Yo también lo estaba antes de que me encerrara.

Brígida dejó de acomodar la bandeja.

No la reprendió.

Antes de salir, movió la silla del balcón hacia una zona donde llegaba un poco más de luz.

Carmen esperó a que cerrara.

Luego volvió a sentarse allí.

La casa de enfrente permanecía muda.

Luis y Mateo hicieron las cuentas después de cenar.

Separaron la renta, la comida de las semanas siguientes y una pequeña reserva. El resto quedó en montones sobre la mesa.

Luis contó dos veces.

Todavía faltaba dinero.

Mateo se levantó y buscó una bolsa entre su ropa.

La vació junto a las monedas.

—No —dijo Luis.

Su hermano acomodó las piezas.

—Es para las herramientas.

—Precisamente.

Mateo lo miró.

—Yo también puedo decidir qué hago con lo que gano.

Luis dejó de hablar.

El muchacho continuó contando.

Sus ahorros completaban la cantidad. Quedaban unas pocas monedas fuera del pago, suficientes para gastos inmediatos y muy poco más.

Luis apoyó la espalda en la silla.

—No sé cuándo podré devolvértelo.

—Trabajaremos.

—No va a ser fácil.

Mateo soltó una risa sin alegría.

—Nunca has prometido eso.

Luis observó el dinero.

Cada moneda tenía detrás una jornada, un encargo, algo que habían dejado de comprar. El taller había crecido lentamente entre aquellas piezas. Ahora debía admitir que lo estaban aplazando por una casa que ninguno de los dos necesitaba para vivir.

Miró a su hermano.

—Quiero que la veas antes de pagar.

Mateo asintió.

—Y que revisemos esa escalera.

Don Anselmo aceptó reservar la casa durante dos días.

Mateo la recorrió con la atención aprendida en el taller. Se arrodilló junto a los peldaños flojos, comprobó la madera del marco y levantó la vista hacia las vigas.

—Aquí hay que reforzar —dijo.

Luis se agachó a su lado.

El propietario aguardaba abajo.

Por primera vez, los dos hermanos hablaron de aquella casa sin mencionar a Carmen. Calcularon reparaciones, señalaron una ventana que podía recuperarse y comprobaron qué puertas aún cerraban bien.

Al llegar al balcón, Mateo se quedó quieto.

Miró la distancia.

Luego a Luis.

—Ahora entiendo.

Su hermano no respondió.

La cortina del cuarto de enfrente se movió.

Ambos retrocedieron al interior.

Mateo habló en voz baja:

—Podrías llamarla.

Luis sintió el impulso de hacerlo.

Se acercó un paso.

Después escuchó a don Anselmo preguntar desde la escalera si habían terminado.

No quería que una voz pronunciada demasiado pronto llegara a los oídos equivocados.

Cerró las puertas con cuidado.

—Cuando sea nuestra.

La compra quedó acordada el sábado.

Don Anselmo recibió el dinero, lo contó despacio y extendió el recibo sobre una mesa prestada. Un escribiente les había ayudado a preparar los documentos, y Luis leyó cada página antes de firmar, deteniéndose donde necesitaba una explicación.

Mateo permaneció a su lado.

Cuando terminaron, el propietario separó dos llaves del manojo.

Las puso en la mano de Luis.

—La grande es la entrada. La otra abre el balcón.

Luis cerró los dedos alrededor de ellas.

Don Anselmo siguió hablando: dónde convenía revisar el techo, qué vecino conocía a un albañil, cómo se desaguaba el patio cuando llovía.

Luis procuró recordarlo todo.

Al salir, Mateo se quedó mirando las llaves.

—Ya está.

Luis asintió.

No sintió la alegría que había imaginado.

Sintió el peso de lo que acababan de gastar y, debajo, una esperanza que todavía no se atrevía a mostrar.

Compraron una escoba, una vela y un pequeño trozo de jabón.

Nada más.

Entraron al anochecer.

Mateo abrió el patio y empezó a barrer. Luis llevó agua desde una fuente cercana, un cubo cada vez. Limpiaron una mesa abandonada que don Anselmo había permitido conservar y apartaron los objetos rotos.

La casa respondió con ruidos que fueron aprendiendo: una tabla que crujía, una puerta que golpeaba al abrir otra, el eco de sus pasos en las habitaciones vacías.

Subieron una silla.

La colocaron lejos del balcón.

Mateo examinó de nuevo la escalera y apoyó una tabla provisional sobre el peldaño más gastado.

—Por hoy aguanta —dijo—. Mañana traigo lo necesario.

Luis lo ayudó a recoger.

Había polvo en ambos, y la camisa limpia de Mateo ya tenía una mancha oscura en la manga.

Su hermano tomó el sombrero.

—Voy a casa.

Luis miró hacia las puertas cerradas del balcón.

—Me quedaré un rato.

Mateo se detuvo junto a la escalera.

—Cuando la veas, escúchala primero.

Luis levantó los ojos.

—Lo haré.

El muchacho asintió y bajó.

Poco después se cerró la puerta de entrada.

Luis permaneció solo en el cuarto.

Encendió la vela sobre la mesa. La llama iluminó apenas la pared, la silla y el borde de sus manos.

Sacó del chaleco la carta de Carmen.

La leyó una vez más.

Luego la guardó junto al poema.

Al otro lado de las puertas escuchó un ruido pequeño.

Tal vez una maceta.

Tal vez la silla de ella.

Luis se acercó.

Puso la llave en la cerradura y la hizo girar muy despacio.

El metal produjo un chasquido.

Esperó.

En la casa de enfrente algo dejó de moverse.

Luis apoyó la mano sobre la madera.

Por primera vez desde que Inés le había contado el encierro, no había entre él y Carmen una calle imposible de recorrer ni una puerta vigilada por su padre.

Había un balcón. Abrió una hoja.

El aire fresco entró en la habitación.

Al otro lado del callejón, las cortinas estaban iluminadas.

Luis dio un paso hacia la baranda.

Y aguardó a que ella levantara la mirada.

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