Capítulo 7 de 13

Los balcones

Carmen escuchó el chirrido mientras intentaba leer.

Tenía un libro abierto sobre las rodillas y una vela junto al codo. Desde hacía casi una hora permanecía en la misma página. Reconocía una mancha cerca del margen, el pequeño doblez de una esquina y una palabra que había seguido con el dedo tantas veces que la tinta empezaba a parecerle extraña.

Al principio pensó que el ruido venía del pasillo.

Levantó la cabeza.

La puerta de su dormitorio seguía cerrada.

Después oyó otro sonido: una hoja de madera rozando el suelo, un movimiento próximo a la ventana.

Venía de enfrente.

Carmen miró hacia las cortinas. Detrás del tejido distinguió una luz que no recordaba haber visto en aquella casa.

Se puso de pie.

El libro resbaló de sus rodillas y cayó sobre la alfombra.

No lo recogió.

Se acercó a las puertas del balcón y apartó apenas la cortina.

Luis estaba al otro lado del callejón.

Durante un instante ninguno se movió.

Él tenía una mano apoyada en la baranda y la otra junto al cuerpo, como si hubiera llegado hasta allí sin saber qué hacer después. La luz de una vela le iluminaba un lado del rostro.

Carmen sostuvo la cortina.

Temió que, si la soltaba, la imagen desapareciera.

Luis pronunció su nombre en voz baja.

—Carmen.

Ella abrió la puerta.

El aire fresco le tocó la cara.

—¿Qué haces ahí?

La pregunta salió apenas como un soplo.

Luis sonrió, nervioso.

—Vivo aquí.

Carmen miró detrás de él.

Reconoció la habitación oscura que llevaba años viendo desde lejos. Ahora había una mesa, una vela y una silla.

—No entiendo.

—Compré la casa.

Ella volvió a mirarlo.

—¿La compraste?

Él asintió.

Carmen se llevó una mano a la boca.

La risa apareció antes que el llanto y se quebró enseguida. Intentó contener ambos sonidos, mirando hacia la puerta del dormitorio.

Luis dio un paso hacia la baranda.

—No quería asustarte.

Carmen negó.

Tenía demasiadas preguntas y ninguna conseguía salir.

Él estaba allí.

Durante los últimos días había imaginado todos los lugares donde podría encontrarlo. La fuente. El arco donde se habían refugiado. La calle del mercado.

No había pensado en el balcón que llevaba toda su vida enfrente.

—¿Puedo acercarme? —preguntó Luis.

Carmen extendió la mano.

Sus dedos se rozaron primero.

La distancia era pequeña, pero los obligaba a inclinarse. Luis apoyó el antebrazo en la baranda y avanzó un poco más.

Entonces consiguió sujetarla.

Carmen bajó los ojos hacia sus manos.

La de Luis estaba tibia. Tenía una pequeña raspadura nueva junto al pulgar.

La apretó con fuerza.

Él respondió sin hacer preguntas.

Permanecieron así mientras la joven intentaba respirar con tranquilidad. Cada vez que creía haberlo conseguido, otra lágrima le descendía por la mejilla.

Luis la miró.

—Inés me contó.

Carmen volvió el rostro.

La marca del golpe había perdido el rojo intenso de los primeros días, pero todavía conservaba una sombra cerca del pómulo.

Él la vio.

Su mano se tensó alrededor de la de ella.

Carmen lo notó y levantó la cabeza.

—Estoy mejor.

Luis asintió despacio.

—¿Te duele?

—Menos.

Él miró hacia el interior del dormitorio.

Carmen imaginó lo que estaba pensando.

—No puedes entrar.

Luis volvió los ojos hacia ella.

—No iba a intentarlo.

Pero los dos miraron la distancia entre las barandas.

Abajo, el callejón estaba oscuro. Las piedras parecían mucho más lejanas desde allí.

Carmen apretó sus dedos.

—No lo hagas nunca así.

—No lo haré.

Ella sostuvo su mirada hasta creerle.

Luego volvió a acercarse todo lo que podía.

—Pensé que no volvería a verte.

Luis respiró hondo.

—Yo no sabía cómo llegar hasta ti.

Carmen miró la casa.

Ahora comprendía.

Una voz en la planta baja los hizo callar.

Luis retiró apenas el brazo, dispuesto a esconderse. Carmen mantuvo la mano entre las suyas hasta escuchar que la conversación se alejaba hacia el patio.

—Es Brígida —susurró.

Él esperó.

Carmen escuchó el sonido de unos platos, una puerta y los pasos de Inés cruzando el corredor inferior.

Conocía aquellos ruidos desde niña. Durante el encierro había aprendido a distinguirlos mejor: cuándo alguien subía con una bandeja, cuándo su padre abría el despacho, cuándo el ama de llaves comprobaba que las ventanas quedaran cerradas.

Hasta entonces cada sonido le había anunciado algo que debía soportar.

Ahora necesitaba escucharlos para conservar aquel encuentro.

Luis bajó aún más la voz.

—¿Tu padre está en casa?

—En el despacho.

—Puedo volver después.

Carmen negó enseguida.

La rapidez del gesto la avergonzó un poco.

Luis la observó con ternura.

—Me quedaré mientras puedas.

Ella se secó la mejilla con la mano libre.

—¿Desde cuándo es tuya?

—Desde hoy.

—¿Y ya estás viviendo aquí?

Luis miró hacia atrás.

—Todavía falta traer algunas cosas.

Carmen distinguió el cuarto vacío.

—¿Una cama?

—También.

Por primera vez consiguió reír sin que la risa se rompiera.

Luis sonrió con ella.

Le contó cómo había encontrado la casa.

La visita nocturna con Mateo, la vecina del cubo, don Anselmo y la puerta azul cerca del mercado. Carmen escuchaba cada detalle como si necesitara comprobar que todo había sucedido de verdad.

—¿Tu hermano te ayudó?

—Sí.

—¿Está aquí?

—Se fue hace un rato.

Carmen miró el interior oscuro.

—Quisiera conocerlo.

Luis asintió.

—Él también quiere conocerte.

La frase le dio una alegría pequeña y cálida.

Luego recordó el dinero.

—¿Cuánto te costó?

Él vaciló.

Carmen advirtió la pausa.

—Luis.

—Pude pagarla.

—Eso no es lo que te pregunté.

Luis demoró la respuesta.

—Casi todo lo que habíamos ahorrado.

Carmen dejó de sonreír.

Recordó el taller del que habían hablado tantas veces. Las herramientas. El banco de trabajo. Mateo aprendiendo a calcular las medidas para no desperdiciar madera.

—No debiste…

Se detuvo.

Luis aguardó.

Carmen miró otra vez la habitación vacía y sintió vergüenza de su primera respuesta. Él no necesitaba que lo reprendieran por haber intentado verla.

—No sabía que ibas a hacer esto —dijo al fin.

—Yo tampoco lo sabía cuando salí a buscar la casa.

—¿Y el taller?

—Tendrá que esperar.

Ella soltó lentamente el aire.

—Mateo también ahorró.

—Lo hablamos.

Carmen observó a Luis.

No quería que el gesto se convirtiera en algo que ella debiera pagar con obediencia. Había aprendido a reconocer demasiado bien ese peso.

Él pareció comprender su inquietud.

—No tienes que decidir nada esta noche —dijo.

Carmen levantó los ojos.

—Quiero hablar contigo. Eso es todo lo que esta casa me permite hacer.

Ella permaneció callada unos segundos.

Después volvió a apretar su mano.

—Gracias.

Luis sacó la carta del chaleco.

La sostuvo doblada entre los dedos.

Carmen la reconoció.

—La recibiste.

—Sí.

Había querido preguntárselo desde que lo vio, aunque la presencia de él hacía evidente la respuesta.

Luis guardó de nuevo el papel.

—Intenté escribirte.

—¿Qué ibas a decir?

Él miró hacia la vela de su cuarto.

Carmen esperó.

Luis estaba acostumbrado a hablar de trabajo, de dinero, de cosas que necesitaban hacerse. Las palabras que había ensayado a solas parecían demasiado grandes al tenerla delante.

Volvió a mirarla.

—Que me pasa lo mismo.

Ella no se movió.

Él continuó:

—Cuando pienso en una casa, en salir de la mina, en lo que quiero después… te encuentro ahí.

Carmen sintió que el llanto regresaba, pero esta vez consiguió sonreír.

Luis bajó la voz.

—No sé cómo sería.

—Yo tampoco.

—No quiero mentirte.

Ella negó.

—No lo hagas.

El silencio que siguió fue distinto de todos los que Carmen conocía en su casa.

Podía permanecer dentro de él sin sentirse corregida ni vigilada.

Luis le acarició apenas los dedos con el pulgar.

—Te quiero, Carmen.

La joven cerró los ojos un instante.

Había esperado aquellas palabras sin admitirlo del todo.

Cuando volvió a mirarlo, respondió:

—Yo también te quiero.

Luis bajó la cabeza.

Su sonrisa apareció despacio, como si necesitara tiempo para creer lo que acababa de escuchar.

Unos pasos en la escalera los hicieron separarse.

Carmen retiró la mano y Luis retrocedió hacia su habitación.

Ella cerró una de las hojas del balcón, recogió el libro del suelo y se sentó junto a la vela.

No consiguió abrirlo por la página correcta.

La llave entró en la cerradura.

Brígida apareció con la cena.

Carmen mantuvo los ojos sobre el libro mientras el ama de llaves cruzaba el dormitorio.

—Pensé que estarías acostada.

—No tenía sueño.

Brígida dejó la bandeja.

Después miró la puerta abierta del balcón.

—Está refrescando.

Carmen pasó una página.

—Todavía no tengo frío.

El ama de llaves se acercó a la ventana.

Carmen sintió que el corazón le golpeaba en la garganta.

Desde su silla podía ver una franja de la casa opuesta. La luz de Luis seguía encendida, aunque quedaba lejos de las puertas.

Brígida permaneció un momento junto a la cortina.

—Hay alguien enfrente —dijo.

Carmen no logró responder enseguida.

—He oído abrir la puerta.

Era verdad.

El ama de llaves miró hacia el interior oscuro de la otra casa.

Luis no se movió.

—Llevaba mucho tiempo vacía.

Brígida ajustó la cortina para que no rozara la vela.

Luego volvió hacia la bandeja.

—Come antes de que se enfríe.

Carmen asintió.

El ama de llaves recogió una taza del tocador y caminó hacia la puerta. Antes de salir, miró una vez más a la joven.

Carmen sostuvo el libro demasiado recto.

Brígida bajó los ojos hacia él.

No dijo nada.

Cerró con cuidado.

La llave giró.

Carmen esperó.

Contó los pasos de Brígida hasta la escalera. Después escuchó su voz llamando a Inés desde abajo.

Dejó el libro.

La cena seguía sobre la mesa, intacta.

Se levantó y regresó al balcón.

Luis apareció cuando la vio.

—Creí que me había visto —susurró.

—No lo sé.

Él miró hacia la puerta del dormitorio.

—Podemos dejarlo por hoy.

Carmen contempló la bandeja.

Todavía le temblaban las manos.

Sin embargo, pensar en despedirse le resultaba más difícil que el miedo.

—Un momento más.

Luis asintió.

Esta vez permanecieron detrás de las barandas, sin inclinarse para tocarse.

La prudencia les dejó un pequeño espacio que ambos sintieron enseguida.

—¿Siempre cierra? —preguntó él.

Carmen miró la puerta.

—Sí.

—¿Desde aquel día?

Ella asintió.

Luis apoyó las manos sobre el hierro.

—Inés dijo que te amenazó con el convento.

Carmen bajó la voz.

—Si vuelvo a mencionarte.

Él la observó.

—¿Ha dicho cuándo?

—No.

Aquella incertidumbre los obligó a callar.

Luis había comprado una casa para llegar hasta ella. Ahora comprendían que encontrar una manera de verse no bastaba para detener las decisiones de don Rodrigo.

Carmen fue la primera en hablar.

—No quiero quedarme aquí.

Luis levantó la cabeza.

Ella miró su dormitorio.

Había vivido toda su vida entre aquellos muebles. Conocía el dibujo de la alfombra, la forma de la luz sobre el tocador y el sonido del armario cuando cambiaba el tiempo.

Desde el martes, cada objeto parecía formar parte de la cerradura.

—No sé cómo salir —añadió—. Pero no quiero acostumbrarme.

Luis escuchó sin interrumpir.

—Tenemos que pensarlo —dijo.

Carmen volvió hacia él.

—Juntos.

—Juntos.

No fijaron una fecha.

No hablaron todavía de caminos ni de dinero.

Les bastó saber que aquella conversación podía continuar.

Antes de despedirse acordaron una señal.

Luis colocaría una vela encendida sobre la mesa, en un lugar visible desde la ventana. Carmen movería la cortina si podía abrir el balcón.

Si no lo hacía, él esperaría sin llamarla.

—Aunque me veas dentro —advirtió ella.

—Aunque te vea.

Carmen asintió.

Escucharon pasos en el callejón.

Un hombre pasó debajo con una lámpara. La luz recorrió las piedras y después desapareció al doblar la esquina.

Ambos retrocedieron hasta que estuvo lejos.

Luis miró las puertas de su balcón.

—Voy a ponerles aceite. Hacen demasiado ruido.

Carmen sonrió.

—Ese ruido me hizo levantar la cabeza.

Él volvió a mirarla.

—Entonces sirvió de algo.

Se quedaron callados.

La despedida llegó sin que ninguno quisiera pronunciarla.

Carmen extendió la mano una última vez.

Luis se acercó y la tomó.

Ella observó la pequeña raspadura de su pulgar. Pasó un dedo junto a la herida con cuidado.

—¿Te la hiciste aquí?

—Moviendo la mesa.

Carmen miró hacia el cuarto.

—Tendrás que traer más muebles.

—Poco a poco.

La frase, tan corriente, le permitió imaginar otros días.

Un día con una cama.

Otro con una silla que no estuviera rota.

Una mañana en que pudiera entrar por la puerta.

Luis le apretó suavemente la mano.

—Descansa.

—Tú también.

Se soltaron.

Carmen cerró el balcón y permaneció detrás del cristal hasta que él hizo lo mismo.

La cena se había enfriado.

Carmen se sentó y comió más de lo que había conseguido comer en varios días. Después llevó la vela al escritorio y abrió su cuaderno.

Encontró la página donde había escrito que Luis la llamó por su nombre.

Debajo quedaba mucho espacio.

Tomó la pluma.

No supo describir de inmediato lo que había sucedido. Las frases que le venían parecían pequeñas frente a la casa vacía, las llaves y la mano extendida sobre el callejón.

Al final escribió:

Esta noche hemos podido hablar.

Leyó la frase.

Añadió:

Me ha preguntado qué quiero.

La punta de la pluma dejó una gota junto al último punto. Carmen la secó con cuidado.

Guardó el cuaderno bajo la almohada y apagó la vela.

Desde la cama podía ver una línea de luz detrás de las cortinas.

Luis seguía despierto al otro lado.

La puerta del dormitorio estaba cerrada, como la noche anterior.

Carmen escuchó los ruidos de la casa, esperó a que se apagaran y se volvió hacia el balcón.

Esta vez sabía quién estaría allí cuando llegara la noche siguiente.

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