Capítulo 8 de 13

Una vida posible

La segunda noche, Carmen no pudo abrir el balcón.

La vela de Luis apareció poco después de que terminaran de retirar la cena. Desde su silla vio encenderse la pequeña luz al otro lado del callejón, en el sitio que habían acordado.

Se levantó.

Antes de llegar a la cortina escuchó la llave.

Don Rodrigo entró sin llamar.

Carmen volvió hacia el tocador y tomó el cepillo.

Su padre observó la habitación. Llevaba un sobre cerrado entre los dedos.

—Tu tía vendrá mañana.

Ella dejó el cepillo.

—¿Para hablar de don Esteban?

—Para hacerte compañía.

Carmen miró el sobre.

Su padre lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Brígida dice que has comido mejor.

—Tenía hambre.

Don Rodrigo asintió, como si aquella respuesta confirmara algo que había pensado.

Se acercó al armario, tocó una de las puertas y después miró el escritorio.

Carmen sintió el impulso de ocultar el cuaderno que estaba bajo su almohada, aunque él ni siquiera había dirigido los ojos hacia la cama.

—Espero que estos días te hayan servido —dijo.

Ella permaneció quieta.

Su padre aguardó una respuesta.

—He tenido tiempo de pensar.

—Bien.

Don Rodrigo pareció satisfecho.

Carmen no añadió en qué había pensado.

Al otro lado del cristal, la vela continuaba encendida.

Luis vio la sombra de un hombre atravesar la habitación de Carmen.

Retrocedió enseguida.

Había estado a punto de abrir las puertas, pero se quedó detrás de la pared, fuera de la franja visible desde el otro balcón.

Escuchó sin distinguir palabras.

Se reprochó haber dejado la vela demasiado cerca. También comprendió que apagarla de pronto podría llamar más la atención.

La mantuvo donde estaba.

Esperó.

El hombre permaneció unos minutos en el cuarto. Después la luz de Carmen cambió de forma cuando se abrió la puerta del dormitorio.

Luis contó lentamente hasta veinte.

La cortina no se movió.

Esperó un poco más.

Luego tomó el libro que Mateo había dejado sobre la mesa y se sentó a leer.

No consiguió terminar la primera línea.

Carmen no dio la señal.

Después de la visita de su padre escuchó pasos varias veces en el pasillo. Primero Brígida, luego Inés y más tarde el propio don Rodrigo, que se detuvo cerca de su puerta antes de continuar hacia su habitación.

No sabía si había sospechado algo.

Miró la vela de Luis hasta que empezó a consumirse.

Quiso abrir apenas una hoja para explicarle. Recordó lo acordado y permaneció dentro.

Él no la llamó.

Aquella obediencia a una señal tan sencilla la hizo sentirse acompañada.

Luis podía verla. Sabía que estaba allí.

Y aun así esperaba a que ella decidiera.

La noche siguiente consiguió abrir cuando la casa quedó en silencio.

Luis se acercó enseguida, aunque esperó a que ella apartara la cortina por completo.

—Ayer vino mi padre —susurró Carmen.

—Lo vi.

—No sé si sospecha.

Él miró hacia la puerta.

—Podemos hablar desde dentro.

Ambos acercaron sus sillas a las puertas abiertas. La distancia les impedía tomarse de la mano, pero los ocultaba mejor de quienes pasaran por el callejón.

Carmen se sentó con las manos sobre las rodillas.

—Pensé que te marcharías.

Luis negó.

—Estábamos de acuerdo.

Ella observó la mesa de su cuarto.

Ahora había un libro, un jarro y una manta doblada sobre una caja.

—Ya trajiste algunas cosas.

—Mateo dice que una casa no mejora porque uno la mire mucho.

Carmen sonrió.

—Tiene razón.

—Hoy aseguró el peldaño que estaba flojo.

—Dale las gracias de mi parte.

Luis asintió.

Después tomó una hoja.

—También recibí noticias de un amigo.

Carmen se inclinó hacia delante.

—¿De quién?

—Andrés. Trabajó conmigo en la mina. Se fue a Querétaro hace dos años.

Ella escuchó con atención.

Luis había enviado un recado por medio de un arriero que recorría aquel camino. La respuesta había llegado más pronto de lo esperado.

—Trabaja donde guardan materiales y reparan carros —explicó—. Dice que a veces necesitan hombres para cargar, arreglar ruedas y ayudar con las entregas.

—¿Te darían trabajo?

—Él puede hablar con el encargado. No lo asegura.

Carmen asintió.

Luis volvió a mirar el papel.

—También dice que conoce a una viuda que alquila cuartos.

Ella sostuvo la mirada en la hoja, aunque no podía leerla desde su lado.

Por primera vez, marcharse tenía un lugar.

Una ciudad y una persona que podía abrirles una puerta.

Durante los días siguientes hablaron de cosas que Carmen nunca había tenido que calcular.

Cuánto costaba un cuarto.

Cuánta comida podían comprar con el dinero que quedaba.

Qué llevarían y qué tendrían que conseguir después.

Luis le explicó lo que había reservado tras la compra de la casa. No ocultó lo poco que era.

Carmen escuchó sin interrumpir.

Luego se levantó y buscó papel en el escritorio.

Volvió con la pluma y comenzó a escribir cantidades.

—Podemos anotar lo que sabemos.

Luis miró la hoja que ella apoyaba sobre un libro.

—Algunas cosas pueden cambiar.

—Entonces dejamos espacio.

Él sonrió.

Carmen hizo dos columnas.

En una puso lo que tenían. En la otra, lo que necesitarían.

Cuando terminó de escuchar las cifras, permaneció unos segundos mirando el papel.

—No alcanzaría mucho tiempo.

—No.

Luis lo dijo con una franqueza que ella agradeció, aunque le diera miedo.

—Podría vender la casa —añadió él.

Carmen alzó los ojos.

—No antes de que yo salga.

—No.

Ambos comprendieron que aquella posibilidad también necesitaba tiempo.

Encontrar un comprador.

Recibir el dinero.

Evitar que don Rodrigo descubriera quién vivía enfrente.

Carmen volvió a mirar las cuentas.

—Mientras tanto podemos ahorrar algo más.

Luis contempló la puerta de su dormitorio.

Ella entendió la objeción antes de que hablara.

El tiempo que necesitaban no les pertenecía por completo.

Una noche, Carmen mencionó sus joyas.

Luis dejó el jarro sobre la mesa.

—¿Quieres llevarlas?

Ella pensó en el broche verde, guardado otra vez en el despacho de su padre.

—Algunas eran de mi madre.

—Entonces no deberías venderlas.

Carmen observó sus manos.

Llevaba una sortija pequeña que casi nunca se quitaba.

—Podrían servirnos.

Luis se acercó un poco a la puerta.

—No quiero que te quedes sin algo que te importa porque hemos hecho mal las cuentas.

—No has hecho mal las cuentas.

—Gasté casi todo en esta casa.

Ella levantó la cabeza.

—Y ahora tenemos que decidir con lo que queda.

Luis guardó silencio.

Carmen comprendió que la compra seguía pesándole. La casa había hecho posible aquellas conversaciones, pero también había reducido las opciones que podían llevarlos lejos.

Se quitó la sortija y la sostuvo un momento.

—No he dicho que vaya a venderla esta noche. Solo quiero que podamos hablar de todo.

Él asintió.

Ella volvió a ponérsela.

Continuaron con las cuentas.

Carmen sabía coser, bordar y arreglar prendas.

Hasta entonces lo había hecho para ocupar las tardes o cumplir las indicaciones de su tía. Al revisar lo que necesitarían en Querétaro, aquellos conocimientos adquirieron una utilidad distinta.

—Podría trabajar con una costurera —dijo.

Luis bajó los ojos hacia el papel.

—Al principio podría ser difícil encontrar a alguien.

—Lo sé.

—Yo buscaría primero…

Se detuvo.

Carmen lo observó.

—¿Primero qué?

Él movió la hoja entre las manos.

—Un trabajo que alcanzara para los dos.

Ella tardó un instante en responder.

—¿Y mientras tanto tendría que esperar encerrada en otro cuarto?

Luis alzó la cabeza.

—No quise decir eso.

—Entonces dime qué querías decir.

Él apoyó el papel sobre la mesa.

Desde el callejón llegó el ruido de un cubo arrastrado contra las piedras. Esperaron hasta que cesó.

—Pensé que, después de todo lo que has pasado, no querrías preocuparte también por eso —dijo Luis.

Carmen miró hacia su cama, su armario, la puerta cerrada.

—Quiero preocuparme por cosas que pueda hacer.

Él la escuchó.

—Quiero salir a buscar un encargo —continuó—. Decir cuánto puedo cobrar. Equivocarme si no sé calcularlo. Aprender.

Luis bajó la mirada.

—Tienes razón.

Carmen aguardó.

Él volvió hacia ella.

—No me corresponde decidirlo.

La joven aflojó las manos.

—Podrías ayudarme a preguntar.

—Eso sí.

Ella sonrió apenas.

Luis hizo otra anotación en la hoja.

Por primera vez añadió un gasto que ninguno había mencionado: tela, hilo y unas tijeras buenas.

Mateo conoció a Carmen una tarde en que don Rodrigo había salido.

Luis se lo presentó desde el balcón, después de que ella diera la señal.

El muchacho apareció con una tabla bajo el brazo. Había ido a reparar el asiento de la silla y no esperaba encontrar las puertas abiertas.

Carmen se puso de pie.

—Así que tú eres el que sabe de proporciones.

Mateo miró a su hermano.

Luis apartó los ojos, divertido.

—A veces —respondió el muchacho.

Carmen sonrió.

—Gracias por ayudar con la casa.

Mateo dejó la tabla junto a la pared.

—Todavía falta.

Se quedó mirando la distancia entre ambos balcones.

Luego observó a Carmen con una seriedad que ella no esperaba.

—Luis me contó que quieren irse.

La joven asintió.

—Lo estamos pensando.

Mateo miró a su hermano y después volvió hacia ella.

—Yo puedo preguntar por los carros que salen. En el taller conocemos a varios conductores.

Luis apoyó una mano sobre la baranda.

—Cuando sepamos cómo sale Carmen.

Los tres miraron hacia la puerta de su dormitorio.

La llave seguía siendo el problema.

Carmen no tenía acceso a ella. Brígida la llevaba durante el día y se la devolvía a don Rodrigo por la noche.

Inés no podía tomarla sin que la descubrieran.

Mateo se rascó la nuca.

—Bueno. Lo otro puedo ir preguntándolo.

Carmen sintió una gratitud difícil de expresar.

—No quiero que pierdas tu trabajo por nosotros.

El muchacho la miró.

—No voy a preguntar así.

Luis sonrió.

Mateo recogió la tabla.

—Y necesito terminar esta silla antes de que alguien se siente.

Se retiró al interior.

Carmen lo siguió con la mirada.

—Se parece a ti.

—Él dice que no.

Había noches en que apenas podían hablar.

Una vez Carmen abrió solo para decir que Brígida estaba despierta. Otra, Luis regresó tan cansado que se quedó dormido en la silla mientras esperaba la señal.

Carmen lo vio desde detrás de la cortina.

Tenía la cabeza apoyada contra la pared y el libro abierto sobre el pecho.

No lo despertó.

Se sentó en su propio cuarto y leyó unas páginas, levantando los ojos de vez en cuando para comprobar que seguía allí.

Luis se despertó mucho después.

Al verla sonrió, avergonzado.

Ella llevó un dedo a los labios y señaló la cama que él había conseguido instalar contra la pared.

Él obedeció.

Aquella noche no se tomaron de la mano.

Carmen durmió mejor.

El miércoles, Luis apareció con un paquete pequeño.

Lo dejó sobre la mesa y aguardó a que ella pudiera acercarse.

Carmen miró el envoltorio.

—¿Qué es?

Él apartó el papel.

Dentro había dos tazas de barro.

Una era un poco más alta que la otra. Ambas tenían el borde oscuro y una línea irregular pintada alrededor.

Carmen sonrió.

—¿Para tu casa?

Luis miró las tazas.

—Para cuando podamos desayunar juntos.

Ella dejó de mirar el paquete y alzó los ojos hacia él.

La frase había salido sin preparación.

Luis pareció darse cuenta de ello y tomó una taza para examinarla.

—Esta tiene un defecto —dijo, mostrando una pequeña desportilladura.

Carmen se inclinó.

—Entonces esa será la tuya.

Él soltó una risa.

—Podríamos turnarnos.

—No. Yo lavaré la otra.

Luis colocó ambas sobre la mesa.

Carmen contempló el lugar que ocupaban.

Habían hablado de cuartos alquilados, de empleos inciertos y de dinero suficiente para unos pocos días. Las tazas no resolvían nada.

Aun así, le permitían ver algo que las cifras no habían conseguido mostrarle.

Una mesa por la mañana.

El sueño todavía en los ojos de Luis.

El ruido de agua en un patio.

Una conversación que no tuviera que terminar al escuchar pasos en la escalera.

—¿Te gusta el café? —preguntó él.

—Sí.

—Yo lo tomo muy caliente.

Carmen sonrió.

—Entonces tendré que esperar antes de llevarte la contraria.

Luis apoyó las manos en la baranda.

—Podrías hacerlo mientras se enfría.

Ella se acercó.

Se tomaron de la mano.

Habían aprendido dónde apoyar los brazos para no forzar las barandas. Luis todavía miraba hacia abajo antes de inclinarse, y Carmen procuraba mantener los pies firmes.

Aquella noche el callejón estaba vacío.

Una brisa leve movía las hojas de las macetas.

Luis contempló a Carmen.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

Él negó despacio.

—Estoy intentando imaginarte en otro lugar.

—¿Dónde?

—En una calle donde podamos caminar sin contar los minutos.

Carmen sintió el contacto de sus manos. Pensó en lo que perdería al marcharse.

Su padre.

La casa donde había vivido su madre.

Brígida e Inés.

Durante un momento sintió una tristeza tan profunda que no consiguió hablar.

Luis lo advirtió.

—¿Estás bien?

Ella asintió, aunque después negó.

Él esperó.

—Voy a echar de menos algunas cosas.

Luis le acarició los dedos.

—Lo sé.

Carmen lo miró.

No intentó convencerla de que el amor borraría todo lo demás. Permaneció allí, permitiéndole sentir pena por una casa de la que deseaba escapar.

La joven dio un pequeño paso hacia la baranda.

Con la mano libre tocó la manga de Luis.

Él se inclinó apenas.

Carmen alzó el rostro.

El beso fue breve.

Tuvieron que acercarse con cuidado, sorteando el hierro y la postura incómoda de sus brazos. Sus labios se encontraron apenas un instante antes de que ambos retrocedieran para recuperar el equilibrio.

Se quedaron mirándose.

Carmen empezó a reír en silencio.

Luis también.

La risa le tembló un poco a ella.

Él sostuvo su mano con mayor firmeza.

—¿Estás bien? —volvió a preguntar.

Esta vez Carmen respondió sin dudar.

—Sí.

Escucharon una puerta en la planta baja y se apartaron.

Carmen regresó al interior.

Luis permaneció cerca de su ventana hasta que ella movió la cortina una vez más, indicándole que podía continuar allí.

No abrieron.

Les bastó verse.

Antes de acostarse, Carmen sacó su cuaderno y revisó las cuentas.

Añadió las tijeras.

Debajo escribió:

Dos tazas. Ya las tenemos.

Luego dejó la pluma.

La lista seguía teniendo demasiados espacios vacíos.

El trabajo no estaba asegurado. No conocían el precio del viaje. La puerta de su habitación continuaba cerrada por fuera.

Carmen acercó la vela al papel y miró las palabras durante un rato.

Después escribió una pregunta en una hoja aparte:

¿Cómo salgo de esta habitación?

La dobló y la guardó en el cuaderno.

Al otro lado del callejón, Luis apagó su vela.

Carmen se quedó junto al cristal.

Sabía qué quería encontrar al salir.

Todavía tenía que conseguir abrir la puerta.

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